Archivos de la categoría ‘Familia’

Viaje en el tiempo (adelanto editorial)

4 / Mayo / 2008

ʕOs acordais de Luis el del niño aventureroʖ ʕSiʖ vien pues haora es inventor y acaba de inventar…¡Una maquina del tiempo! Pues bien esto es exactamente. Despues de salir de la unibersidad se dirijio a los archibos de Aristoteles mientras hojeaba un cuaderno de apuntes se callo un pergamino

penso –otra vez un pergamino- lo lello y salio pitando hacia su lavoratorio y construllo la maquina del tiempo. Vueno ya saveis el principio ʕQue querreque que queris saber como continuaʖ Vale os lo contare.

Luego despues de construirla llamo a su amigo el grumete despues de proponerle un viaje a Egito prepararon todo y se metieron en la maquina y unos istantes despues estaban en lo que hora es el Cairo*1 ya en el desierto escondieron la maquina en una duna*2 miraron al orizonte y vieron… ¡La esfinge*3¡ Se acercaron ya estavan por la parte trasera paso el gran visir. Hal darse cuenta crello que eran ladrones y los arresto para llevarlos ante Ramsés. Ya en palacio encerrados en la carcel antes de ser guzgados, derrepente el suelo temblo y se abrio una trampilla.

Al mismo tiempo olleron pasos ¡Era el gran visir avia que uir! Sin pensarselo dos veces los dos amigos se metieron en el tunel pero era demasiado tarde el gran visir ya avia entrado. De imediato llamo a la guardia, mientras tanto el grumete y Luis vagavan por las galerias suterraneas caminaron y caminaron asta llegar

[Aquí se interrumpe el manuscrito que he sustraído a mi hijo. Sólo faltan unas notas a pie de página...]

*1 Capital de Egito
*2 monton de tierra
*3 piramide en forma de gato y cabeza de hombre

* * *

El texto completo será publicado en…

que ya publicó “El niño aventurero”, la primera aventura de Luis, “el niño que se cansó de la vida cotidiana…”

Rotondas paradójicas

21 / Abril / 2008

El otro día tuve una pequeña discusión en el coche con mi mujer.

Conducía ella, como de costumbre. Íbamos por una ciudad que apenas conocíamos, por una de esas avenidas jalonadas de rotondas, y me di cuenta de que nos habíamos equivocado. Así que dije:

- Nos hemos pasado, tenemos que dar la vuelta

- Vale, en la próxima rotonda. Pero ¿lo que dices es que gire 360 grados?

- Mujer, 360 grados no: 180 grados. Tenemos que retroceder por donde hemos venido, eso es dar un giro de 180 grados.

- Pero para volver por donde hemos venido tenemos que hacer la rotonda completa. Eso son 360º.

- Mira, dar un giro de 360 grados es volver a la misma posición, ¡es no hacer nada!

- Pero ¿no dices que haga la rotonda completa? ¡Una vuelta! ¡Hombre, pues eso son 360 grados!¿no?

- Bueno, mira, me parece que no entiendes que… ¡oye!¡qué se nos se nos pasa la rotonda! ¡Gira, c#?$%@, gira!

Al final no hizo falta estar de acuerdo para hacer el giro correcto. Y pensando más tranquilamente, me di cuenta de que los dos teníamos razón. Pero ¿es posible?

(Y ya de paso: ¿revelará esto alguna diferencia entre el cerebro del hombre y el de la mujer?).

No saben lo que se pierden

11 / Enero / 2008

Hablando con mi hijo, sentado en la cama (el mismo escenario de este post).

- ¿Sabes, papá, que me pasa una cosa muy rara?
- ¿Qué, hijo? [temiéndome algo malo]
- Pues que me pongo a leer, y a leer, y estoy mucho rato, y todo el día venga a leer…¡y no me aburro!
- [Aliviado] Claro, es que leer es una cosa muy especial…Porque puede que te lo pases muy bien corriendo, pero después de mucho correr…
- Te cansas
- Claro, y ya no te lo pasas bien. O puede que te lo pases bien viendo dibujos en la tele, pero si estás mucho tiempo acaba doliéndote la cabeza.
- Sí
- O también te gusta mucho jugar con los playmobil, pero al final, si estás mucho rato…
- Acaba siendo aburrido
- Por eso lo que pasa con la lectura es muy especial, no pasa con ninguna otra cosa. Así que esos niños que no les gusta leer…
- ..no saben lo que se pierden [no esperó a que acabase la frase y la dijimos los dos a la vez].

No creo que haya habido padre más orgulloso que yo en ese momento :-D

No se puede no hacer nada

18 / Octubre / 2007

La semana pasada mi hijo, de 7 años, me contó su primer descubrimiento filosófico. La conversación fue justo a la hora de acostarse.

- ¿Sabes, papá, que no se puede no hacer nada?
- ¿Cómo que no? ¿Qué quieres decir?
- Bueno, yo ahora, tú dirías que no estoy haciendo nada, ¿no?
- Sí, no estás haciendo nada.
- ¡Pues no, porque estoy sentado en la cama! ¿ves? Estoy haciendo algo: estar sentado en la cama? ¡Siempre haces algo!

Pensé en la no-acción del Zen, pensé en el wu-wei del Tao, pensé en Watzlawick y su aforismo: “no se puede no comunicar”. Pero sólo dije:

-Bueeeno, hijo…, que es muy tarde y hay que dormir.

Mapas de sueño

11 / Julio / 2007

Sé que suena poético, pero se trata de algo muy práctico, de pura supervivencia: conseguir descansar cuando se tiene un bebé.

Los bebés (lo digo para los jóvenes lectores) tienen tres necesidades básicas: recarga energética (comer), eliminación de residuos (pis y caca) y reseteo periódico (dormir). Todas dan trabajo, pero en las dos primeras hemos avanzado mucho gracias al biberón y a los pañales desechables. En la tercera, sin embargo, estamos como en la prehistoria. En realidad, bastante peor, porque en el paleolítico no tenían que madrugar para llegar a la oficina.

No es que el bebé duerma poco: generalmente duerme muchísimo, pero sin regularidad y nunca muchas horas seguidas. Esto puede resultar agotador para los padres. Tras unas semanas de no dormir más de tres horas seguidas se acaba entrando en un estado de desorientación temporal: no se sabe cuantas tomas lleva el niño, cuantas cacas ha hecho, si tendrá sueño o hambre… por no hablar de si tiene que tomar una medicina cada ocho horas.

Tras unos días de caos con mi primer hijo, mi mujer y yo empezamos a apuntar las cacas, las tomas y sobre todo los periodos de sueño en un cuaderno. Pronto descubrimos que era mucho mejor hacerlo en forma gráfica, en papel cuadriculado (cada media hora, un cuadrito) para descubir los patrones a simple vista. Durante unos meses, esos “mapas de sueño” nos fueron muy útiles para recuperar la cordura. Por ejemplo, descubrí que todo era más regular de lo que parecía, sólo que la duración del día del niño no era de 24 horas (creo que era mayor, de unas 26, pero algo irregular) de modo que todo se iba desfasando y cada día ocurría a una hora distinta.

Bueno, pues resulta que en el año 2003, Ben MacNeill and Jennifer Egan, dos padres primerizos, tenían los mismos problemas que nosotros, y dieron con la misma solución. Sólo que eran americanos y sabían programar aplicaciones web, así que crearon un programa llamado Trixie Tracker (Trixie es su hija) que hace justo lo que nuestro cuaderno. Aquí está el mapa de sueño de su hija con cinco meses (dormida en azul, despierta en amarillo):

Un poco desquiciante…Esto es lo que los MacNeill consideraban ideal:

La información del mapa puede resumirse en que para cada hora del día hay una cierta probabilidad de que el niño esté dormido. Yo hice una gráfica de probabilidad de sueño, y lo que más me ha llamado la atención es que los MacNeill tuvieron justo la misma idea…

Esto es lo que sale para el er mes (así no hay quien viva):

Sleep Probability chart for an individual child (1st month)

Para los 6 meses:

Sleep Probability chart for an individual child (6 months old)

Para los 12 meses (aquí la cosa ya empieza a ir bien):

Sleep Probability chart for an individual child (12 months old)

POSTDATA: Leyendo el fascinante Sync, de Steven Strogatz, me he encontrado que estos “mapas de sueño” son una técnica clásica en la investigación de los ritmos circadianos: se llaman “raster plots”, y dice Strogatz que

La virtud de estos gráficos es que cualquier patrón repetitivo en los datos salta a la vista: un ritmo estricto de 24 horas se reconoce de inmediato como una banda vertical de barras, que empiezan y acaban a la misma hora del día. Un ritmo de más de 24 horas se ve como una banda diagonal inclinada hacia la derecha

¡Justo lo que descubrí yo en aquellas primeras semanas de padre primerizo! Está claro que la necesidad aguza el ingenio…

El caso de las ratas manipuladas: una segunda moraleja

28 / Marzo / 2007

Del caso de las ratas manipuladas podemos sacar una segunda lección, más sutil que la mera desconfianza ante las lecciones de los “expertos”.

¿Por qué los biólogos habían pasado por alto el factor principal -el cuidado materno- al estudiar el desarrollo del sistema hormonal de las ratas? Porque normalmente ese factor permanece constante y no vemos por eso sus efectos. En la naturaleza todas las madres cuidan a sus crías, pero en el ambiente artificial del laboratorio, con temperatura y humedad controladas, con comida y agua en abundancia y sin predadores, algunas madres se atontan y se vuelven negligentes con sus crías. En realidad, en el laboratorio las madres sufren una relativa privación sensorial, y las crías, una relativa privación de cuidado materno. En esta situación anómala, los chillidos de terror de las crías sacan a las madres de su modorra y despiertan en ellas el comportamiento que sería normal en la naturaleza (así que en este experimento, irónicamente, el “grupo de control”, el cercano al estado natural, eran las crías manipuladas…). La importancia del cuidado materno sólo se desveló cuando una situación artificial provocó diferencias en este factor, que normalmente permanecía constante.

Esta lección es muy general: los factores más importantes en un proceso determinado pueden permanecer invisibles, incluso en los experimentos más cuidadosos, por la sencilla razón de que son constantes en todas las instancias de ese proceso. Es más, precisamente por ser factores esenciales suelen permanecer constantes. Y eso puede llevarnos a dar importancia a cosas secundarias y a descuidar lo importante, de una manera, eso sí, avalada por la ciencia.

Quizá sea bueno aprender la lección con las ratas de laboratorio, en vez de con nuestros hijos.

El caso de las ratas manipuladas

27 / Marzo / 2007

[Una fábula con moralejas]

Las experiencias de la infancia temprana pueden tener efectos que duran toda la vida. Entender cómo y por qué ocurre esto es crucial para valorar, por ejemplo, la importancia de los malos tratos a los niños, y, en general, para guiarnos en la compleja cuestión de cómo educar.

No es sencillo, ni generalmente ético, hacer experimentos con niños. Afortunadamente, podemos hacerlos con animales… pero las cosas a veces no son lo que parecen. Un caso instructivo es el de la manipulación temprana (early handling), que Patrick Bateson y Paul Martin cuentan en el capítulo 3 de Design for a Life.

Se sabe que, simplemente por manipular las ratas de laboratorio cuando son crías de unas pocas semanas, se modifica su comportamiento en la edad adulta. Las ratas que de pequeñas fueron manipuladas un rato a diario por una persona, cuando son adultas reaccionan mejor ante el estrés. Se ha comprobado que su glándula pituitaria libera rápidamente la hormona ACTH, que a su vez dispara la acción de las suprarrenales. Las ratas a las que no se manipuló cuando eran crías tienen el sistema hormonal peor ajustado. Tardan más en liberar hormonas y una vez liberadas, estas permanecen mucho más tiempo en sangre: son lentas ante el peligro y el susto les dura mucho más. Cuando llegan a viejas, tienen mayor degeneración hormonal y menos capacidad de aprender, seguramente por haber estado expuestas durante periodos prolongados a las hormonas del estrés.

Interesante, pero ¿por qué ocurre esto?¿Que lección práctica podemos sacar?

Lo más natural es pensar que el contacto físico tiene efectos benéficos: a las ratas les viene bien que las toquen y a nuestros hijos también les vendrán bien los abrazos. O quizá, sacar a la cría un rato de la jaula es un tipo de estimulación precoz: a las ratas les viene bien asomarse al mundo y a nuestros hijos les vendrá bien ir al parque y a los museos.

Pero quizá hemos ido demasiado deprisa en nuestras conclusiones. Cuando se estudió con más detenimiento, se entendió lo que estaba pasando realmente.

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Pequeñas y grandes virtudes

20 / Febrero / 2007
Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito sino el deseo de ser y de saber.

Sin embargo, casi siempre hacemos lo contrario. Nos apresuramos a enseñarles el respeto a las pequeñas virtudes, fundando en ellas todo nuestro sistema educativo. De esta manera elegimos el camino más cómodo, porque las pequeñas virtudes no encierran ningún peligro material, es más, nos protegen de los golpes de la suerte. Olvidamos enseñar las grandes virtudes, y sin embargo, las amamos, y quisiéramos que nuestros hijos las tuviesen, pero abrigamos la esperanza de que broten espontáneamente en su ánimo, un día futuro, pues las consideramos de naturaleza instintiva, mientras que las otras, las pequeñas, nos parecen el fruto de una reflexión, de un cálculo, y por eso pensamos que es absolutamente necesario enseñarlas.

En realidad, la diferencia es sólo aparente. También las pequeñas virtudes provienen de lo más profundo de nuestro instinto, de un instinto en el que la razón no habla, un instinto al que me resultaría difícil poner nombre. Y lo mejor de nosotros está en ese mudo instinto, y no en nuestro instinto de defensa, que argumenta, sentencia, diserta con la voz de la razón.

La educación no es más que una cierta relación que establecemos entre nosotros y nuestros hijos, un cierto clima en el que florecen los sentimientos, los instintos, los pensamientos. Ahora bien, yo creo que un clima inspirado por completo en el respeto a las pequeñas virtudes hace madurar insensiblemente para el cinismo, para el miedo a vivir. Las pequeñas virtudes en sí mismas no tienen nada que ver con el cinismo, con el miedo a vivir, pero todas juntas, y sin las grandes, generan una atmósfera que lleva a esas consecuencias. No quiero decir que las pequeñas virtudes, en sí mismas, sean despreciables, sino que su valor es de importancia complementaria y no sustancial, no pueden estar solas sin las otras, y solas sin las otras son pobre alimento para la naturaleza humana. El hombre puede encontrar a su alrededor y beber del aire la manera de ejercitar las pequeñas virtudes, en medida moderada y cuando sea del todo indispensable, porque las pequeñas virtudes son de un orden muy común y difundido entre los hombres. Pero las grandes virtudes no se respiran en el aire, y deben constituir la primera sustancia de la relación con nuestros hijos, el principal fundamento de la educación. Además, lo grande puede contener también lo pequeño, pero lo pequeño, por ley de la naturaleza, no puede de ninguna manera contener lo grande.

Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes, p145-147

[Reseña] J.R. Harris: The nurture assumption (El mito de la educación)

2 / Diciembre / 2006

Judith Rich Harris: El mito de la educación, Ed. Grijalbo, 1999

Me he encontrado (via Topo Universitario) con esta magnífica reseña de un libro que debería ser de lectura obligatoria para todos los opinadores profesionales sobre el penoso declive de la enseñanza, los malos tratos a los niños, el auge de las drogas en los adolescentes, la integración de los inmigrantes…

Si en lugar de opinar sin parar se tomaran el tiempo de leer este libro quizá dejaran de repetir los tópicos políticamente correctos o regurgitar el psychobabble de los periódicos del domingo. Pero no caerá esa breva.

El libro, “The Nurture Assumption” de Judith Rich Harris, ha sido traducido (discutiblemente) como “El mito de la educación” y si hay que resumirlo en cinco líneas podría hacerse así:

La teoría que Harris propone se denomina “Teoría de la Socialización Grupal”: “los niños nacen con ciertas características. Sus genes les predisponen a desarrollar cierto tipo de personalidad. Pero el entorno puede cambiarles. No la crianza -el entorno que pueden proporcionarle sus padres_, sino el entorno fuera del hogar, el que comparten con sus compañeros” (p. 192) Es decir, la socialización no es algo que los mayores les hagan a los niños, sino algo que los niños hacen por sí mismos.

Diversidad e infelicidad: el efecto Cenicienta

20 / Noviembre / 2006

Leo en ABC:

Los casos de niños maltratados por sus familias casi se han triplicado en cinco años

En cinco años, los casos de menores que han sido maltratados por sus familias casi se han triplicado. En 2001, 2.614 pequeños fueron víctimas de la violencia generada por sus seres más queridos. Y en 2005, la cifra se elevó a 6.438. Sobre todo han sido los menores de 13 años quienes más lo han sufrido (…) Esa es una de las realidades que muestra el informe «La infancia en cifras», cuyos principales datos presentó ayer la secretaria de Estado de Servicios Sociales, Familias y Discapacidad, Amparo Valcarce, durante la celebración del Seminario Internacional de Infancia y con motivo del Día Internacional de la Infancia, que se celebrará el próximo 20 de noviembre.

El titular es escalofriante (y exagerado: el aumento es de un factor 2.46, que yo no diría que es “casi 3″). Y la noticia continúa en tono sombrío, con un rosario de problemas (”Violencia, pobreza, abortos, drogas, alcohol, los trastornos alimenticios… son los males a los que se enfrentean nuestros menores”). (more…)