Hace tiempo que quería leer algo de Jacques Ellul. No recuerdo dónde leí algo sobre él la primera vez, pero por lo que decían lo asocié a Iván Illich y a Lewis Mumford, dos incisivos críticos de la sociedad tecnológica.
Ellul fue profesor durante muchos años en la Universidad de Burdeos, su ciudad natal. Entre 1936 y 1997 (murió en 1994) publicó más de 50 libros, que trataban desde la historia del derecho romano a la crítica a los mass media. Pero no se limitó a ser un erudito: participó en la resistencia, fue una figura destacada de la iglesia protestante francesa, dirigió un club de prevención de la delincuencia juvenil, fue alcalde de pueblo, y estuvo entre los pioneros del ecologismo francés (se le atribuye la frase “piensa globalmente, actúa localmente“).

Por fin he conseguido un libro suyo, Traición a occidente (editado en español en 1976, casi inencontrable). Lo he leído con avidez. Ellul es francés y se nota (empezamos mal). Pero no está afectado de pedantería. Escribe con pasión, y parece que sin un plan rígido: abundan las disgresiones, aunque sabe dónde quiere llegar. Demuestra erudición, pero no se molesta en citar fuentes ni argumentar académicamente. Ellul escribe como un profeta, no como un profesor.
¿Cual es la traición a occidente de la que habla Ellul? La de los intelectuales que reniegan del valor de la civilización occidental. Y especialmente, los de izquierdas:
La izquierda está metida hasta el cuello en la mentira. No representa en absoluto a los pobres. No los defiende nunca. Les ha quitado la ilusión religiosa del paraíso celestial futuro para sustituirla por la ilusión del paraíso terrenal futuro. La izquierda es el equivalente exacto de la Iglesia burguesa del siglo XIX con respecto a los pobres. Presenta los mismos caracteres y merece los mismos reproches. Entre los pobres se hacen varias distinciones, exactamente lo mismo que hacían los cristianos burgueses del siglo XIX: hay pobres buenos, los que andan de acuerdo con las instrucciones, los buenos corderos de la revolución, aquellos cuya situación puede ser explotada como factor propagandístico, y hay pobres malos, aquellos que en un régimen comunista no aceptan estar a gusto, los que se revuelven a diestro y siniestro simplemente porque son infelices, sin tener en cuenta los planes de la revolución mundial, o aquellos que representan unos valores y una cultura tradicionales. A todos estos hay que reprimirlos sin más miramientos.
Pero Ellul no tiene elogios para la derecha. Al contrario: si no la critica es porque ni siquiera merece la pena. “Una vez más”, dice, “repetiré que, en mi opinión, la derecha no existe, que carece de porvenir, de legitimidad, e incluso de existencia”. Sólo la izquierda era la heredera de la esencia de Occidente: la libertad individual frente al poder. La izquierda estaba en el buen camino al ponerse de parte de los excluidos, de los perdedores, de los explotados. Pero tradujo esta opción por “llevar los pobres al poder”, por la dictadura del proletariado, por la identificación del pobre con Dios. Es decir, lo planteó en términos de poder, corrompiendo así la esencia de Occidente. En cuanto se produce este retroceso, dice Ellul, “las demás traiciones van seguidas. Y continúan. Se ha perdido la partida. Está irremediablemente perdida”.
El paisaje ideológico ha cambiado mucho desde la época en la que se escribió el libro, en 1974. Llama la atención que un engendro como el maoísmo estuviera de moda entonces entre los intelectuales franceses. Pero sigue vigente, incluso más acentuada, la traición de la que hablaba Ellul. Abandonado el marxismo, han permanecido como señas de identidad de la izquierda el complejo de culpa por los presuntos crímenes de Europa y la simpatía por cualquiera que luche contra la civilización occidental. El análisis de esta actitud ocupa la primera parte del libro de Ellul, y hablaré de ella en el próximo post.