Archivos de la categoría ‘literatura’

Ganas de leer

21 / Noviembre / 2007

Cada vez leo más ensayos y menos novelas. Supongo que es la edad: Josep Pla dijo aquello de que “un hombre que después de los 40 años aún lee novelas es un puro cretino”.

Leo en el cercanías, con un lápiz en la mano, marcando la estructura, “presubrayando”. Normalmente, varios libros en paralelo: ahora, El encuentro entre ciencia y religión, de Ian Barbour, La evolución del deseo de David M. Buss, y Programming the universe de Seth Lloyd. No hay nada que me guste más que leer, pero leo como si fuera una obligación, como si tuviera una misión, algo importante que descubrir y poco tiempo para descubrirlo.

Y llega un momento en que empiezo a saturarme, a notar la sequedad de espíritu (¿la acedia?). Me viene un deseo infantil, un deseo de puro cretino, de encontrar libros “que me dijesen cosas bonitas”. De encontrar un libro que sea “el hacha para el mar helado que llevamos adentro”. O simplemente un libro en el que me pierda, como me perdía hace muchos años en Robinson Crusoe, tumbado en el sofá, en casa de mis padres.

Así que un día como hoy entro en una librería, sólo diez minutos mientras hacía tiempo, y miro los estantes con hambre. No compro nada porque tengo muchos libros pendientes. Pero anoto estos:

· El reloj de Carlo Levi
· Cuentos completos de Saki
· Las cosmicómicas de Italo Calvino
· Las cosas de Georges Perec
· Cuentos contados dos veces de Nathaniel Hawthorne
· Cuentos completos de Flannery O’Connor

¿Hay alguno de estos libros que diga cosas bonitas?¿Qué sea como un hacha para el mar helado?¿O simplemente, en el que uno se pueda perder?

[Reseña] Haruki Murakami: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

26 / Octubre / 2007

(Tenía escrita esta reseña ya hace algún tiempo, y pensaba publicarla cuando le dieran el Nobel a Murakami… pero ya que las apuestas no acertaron, no iba a esperar a otro año ;-) )

***

Las navidades pasadas saqué de la Biblioteca Kafka en la orilla, un libro de Haruki Murakami. Me sonaba porque hablaba bien de él Andrés Ibáñez. Lo devoré. Sólo tenía tres días para devolverlo y tuve que hacer lectura rápida a veces, pero hacía mucho tiempo que no me enganchaba tanto un libro. El caso es que cuando lo acabé, no sabía decir si era bueno o no. Estaba bien escrito, muy bien tramado, te transportaba a otra realidad que está sin embargo en esta… pero la historia era cada vez más inverosími, al final había demasiados cabos sueltos… Me quedaba la sospecha de si Murakami no sería un farsante: ¿es esto buena literatura?

Supongo que es una pregunta pueril. La cuestión, a mi edad, debería ser si me gusta o no me gusta: ya debería tener un criterio propio. Creo que en general lo tengo. ¿Por qué esta ambigüedad con Murakami?

Posiblemente porque no se ajusta a los códigos convencionales que nos dicen “qué es” un libro, que nos facilitan meterlo en una casilla. Con los libros ocurre como con las personas: para juzgarlos hay que conocerlos bien. Eso requiere tiempo y por eso solemos recurrir, como atajos, a lo que en estadística se llaman “proxies“: signos indirectos, que a lo mejor no tienen importancia en sí mismos pero que suelen tener correlación con cosas que sí la tienen. Con las personas, puede ser la manera de vestir, el acento, el vocabulario que emplean…Con los libros, la portada, la editorial, lo que sabemos del autor…y por supuesto cosas más sustanciales (no todo va a ser “juzgar los libros por las tapas”).

Algunos de esos “proxies” más sustanciales despistan en el caso de Murakami. Por ejemplo, el lenguaje. No es “literario”, no es prosa poética, aunque tampoco es completamente plano (como el de una Julia Navarro, pongamos). Así que la textura de la prosa no nos orienta mucho, por más que para mí tiene un gran mérito escribir con tanta claridad y fluidez.

Otro ejemplo: el uso de la fantasía. La introducción de elementos fantásticos normalmente está codificada: esperamos que aparezcan de ciertas maneras admisibles. Un libro puede ser abiertamente fantástico, o de ciencia ficción, o de realismo mágico. Esta etiqueta podría cuadrar a Murakami, porque aparece la magia en un contexto realista, urbano y contemporáneo. Pero a diferencia de García Márquez y sus epígonos, aquí esos elementos fantásticos son esenciales a la trama, no son meros adornos costumbristas.

Leyendo este verano la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo se me ocurrió una posible clave.

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Déspotas orientales

8 / Mayo / 2007

Cuenta Heródoto que cuando el rey Darío de Persia partía con su ejército contra los escitas…

…sucedió que uno de los persas, llamado Eobazo, el cual tenía tres hijos y los tres partían para aquella campaña, suplicó a Darío que de los tres dejase a uno en su casa. Respodiole Darío que, siendo él su amigo y pidiéndole un favor tan pequeño, quería darle el gusto cumplido dejándole a los tres. Eobazo no cabía en sí de contento, creyendo que sus hijos quedarían libres y exentos de marchar a la guerra; pero Darío dio orden de que los ejecutores de sus sentencias mataran a todos los hijos de Eobazo, y de este modo, degollados, quedaron con su padre.

Una generación más tarde, Jerjes, el hijo de Darío, manda su ejército contra Grecia. Se presentó ante él un amigo lidio, Pitio, y le suplicó…

Señor, cinco hijos tengo, y los cinco os acompañan en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que, compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buena hora los otros cuatro, llevadlos en vuestro ejército, y ojalá, cumplidos vuestros deseos, retornéis glorioso.

Al oír estas palabras, Jerjes montó en cólera: “¿Cómo tú, hombre ruin –gritó al anciano- te has atrevido a hacer mención de ese hijo que, siendo mi esclavo, debería acompañarme con toda su familia y aun su misma esposa?” Acabada de dar esta respuesta, dio orden a los ejecutores ordinarios de los suplicios que fuesen al punto a buscar al hijo primogénito de Pitio y hallado lo partiesen en dos de un tajo, y luego pusiesen una mitad del cuerpo en el camino a mano derecha y la otra a mano izquierda, y que entre ellas pasase el ejército.

(Tomado de Ryszard Kapuscinski, Viajes con Heródoto; pp 165 y 226)

***

La campaña de Jerjes contra Grecia es la que acabó en las batallas de las Termópilas (sí, la de 300), Platea y Salamina. Pese a ser muy inferiores en número, los griegos combatieron heroicamente y acabaron venciendo. Afortunadamente…

Andrés Ibáñez: Cambiar el mundo

8 / Mayo / 2007

¿Dije que cada vez me gusta más Andrés Ibáñez? :-)  (Las negritas del final son mías)

Publicado en ABCD, 5 de mayo de 2007

Fíjese que lo que resulta imposible es no cambiar el mundo. Inténtelo usted, inténtelo. Yo, por ejemplo, al escribir este artículo, estoy cambiando el mundo. Tengo una taza de té aquí a mi lado. Me la tomo. Ya no hay té en la taza. He cambiado el mundo.

Pero a lo mejor es que yo no entiendo bien en qué consiste eso de «cambiar el mundo». Vamos a ver. No seamos ceporros. No seamos literales. Yo oigo a mi alrededor que hay algunos escritores que escriben «para cambiar el mundo».

Ah, ya. Entre la línea anterior y ésta han pasado unos cuarenta minutos. He hecho un par de llamadas de teléfono. Ya, ya, ya. Me explican que «cambiar el mundo» significa luchar contra la injusticia. A uno de mis interlocutores le he preguntado que a qué injusticia se refería, ¡y me ha colgado el teléfono! A otro le he recitado aquello de Walt Whitman de «no veo ni una sola imperfección en todo el universo» y me ha dicho que yo era un fascista y un reaccionario. Le he contestado que los fascistas veían imperfecciones en todas partes y querían cambiar miles de cosas. Y luego, ingenuo de mí, me he atrevido a preguntar, ¿tiene algo que ver con el fascismo, eso de cambiar el mundo? Y otra vez me han colgado.

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Andrés Ibáñez: Estoy harto

28 / Abril / 2007

Cada vez me gusta más Andrés Ibáñez…

[Publicado en ABCD de las artes y las letras, 28-04-2007]

Creo que si oigo otra conferencia más, si leo un artículo más, si participo en otro debate más sobre el tema de la literatura «plana» y «fácil» contra la literatura «exigente» y «difícil» me voy a poner a gritar. No, estoy gritando ya. ¡Estoy harto, harto, hartooooooooooooooooo!

Ya se imaginarán ustedes que esto viene a cuento del discurso de Antonio Gamoneda al recibir el Premio Cervantes. Aprovecho la ocasión para darle la enhorabuena al poeta, pero ¿otra vez con lo mismo? ¿Es que no podemos hablar de otra cosa? ¿Es que no podemos pasar al siguiente punto del orden del día? Y es que cuando se habla de literatura, de poesía, del arte de la novela, se pueden tratar temas verdaderamente interesantes. Ahí están las cartas de Keats, o las de Rilke, o los ensayos de Bajtin, o los de Blanchot, o los de Lezama, o tantos otros textos que reflexionan sobre el hecho literario, desde los sublimes, como el de Heidegger hablando de Trakl, hasta los transparentes como el de Gao Xingjiang hablando sobre la forma en que él entiende el «compromiso». Porque la discusión intelectual está muy bien, pero esta discusión absurda que enfrenta continuamente a unos poetas con otros, a unos novelistas con otros y a unos críticos con otros, tiene poco de intelectual, es de bajo vuelo, se basa en presupuestos falsos y, me parece, no lleva a ningún sitio.

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Mis cinco novelas favoritas

23 / Abril / 2007

No soy nada amigo de celebrar los “días internacionales de” (del medio ambiente, de la mujer, de la biodiversidad o del cuarto de baño, que todos estos existen y muchos más). Pero con el Día del libro tengo que hacer una excepción. Y ya que estamos, from lost to the river: voy a caer en el tópico meme de “los cinco mejores…” Ya que hice una lista de libros de ciencia, ahora van las novelas.

Hay muchos libros que me han entusiasmado. Recuerdo, por ejemplo, pasarme unas navidades leyendo El nombre de la rosa y sentirme transportado, completamente feliz. Recuerdo otros muchos libros que me entusiasmaron tanto o casi tanto en su día, como El perfume, de Patrick Suskind; o como Octubre Octubre, de José Luis Sampedro. O Cien años de soledad, que no pude dejar de leer hasta terminarlo, en un día y medio.

Pero a la hora de hacer una lista con “mis” cinco novelas, no me sentía a gusto poniendo éstas. Por una parte, sospecho que hoy no me entusiasmarían de igual modo. Y por otra parte, si tengo que elegir sólo cinco, tienen que ser mías en otro sentido, no sólo porque me gustaron en su momento, sino porque, de alguna manera, me hicieron. Y entonces, la cosa cambia, y el primer libro que se me aparece es Demian de Herman Hesse. Lo leí a los dieciséis años (un amigo se lo había dejado a uno de mis hermanos mayores y lo ví en la mesa). No entendí mucho, pero lo suficiente para intuir que ahí había otra cosa, un sabor nuevo, algo que no tenían Asimov, Lapierre y Collins o Frederick Forsythe. Aquel librito extraño tenía algo fascinante. Luego lo compré y lo volví a leer. Y luego leí casi todo Herman Hesse. Y acabé subrayando Demian. Ya nunca me gustarían igual Lapierre y Collins.

Así que mi lista empieza con Demian. Para ser breve, no repetiré autores, así que no puedo poner Bajo la rueda, El lobo estepario o El juego de los abalorios. Y para ser breve no explicaré las razones por las que están los otros libros…

Esta es la lista:

Demian de Herman Hesse
Rayuela de Julio Cortázar
Los hermanos Karamazov de Fedor Dostoyevki
Ana Karenina de Lev Tolstoi
La regenta de Clarín

(Si hubiera acabado Guerra y Paz creo que la habría puesto en lugar de Ana Karerina, pero nunca consigo pasar de la página 800…)

Y de postre, un ejercicio muy fácil: aquí está el comienzo de esos cinco libros; hay que averiguar a cual corresponde cada uno….

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Tener nombre y existir

17 / Abril / 2007

En Viajes con Heródoto, Ryszard Kapuscinski cuenta como, cuando era un periodista novato que no había salido nunca de Polonia, le enviaron a la India para escribir unas crónicas de viajes. Apenas sabe inglés, no conoce a nadie allí, y no sabe por dónde empezar. Para colmo, Nasser decide nacionalizar el canal de Suez, y comienza una guerra que bloquea el canal y hace que su billete de vuelta sea papel mojado. Atrapado en la India, Kapuscinski necesita aprender inglés. Compra un par de libros de ocasión, uno de ellos Por quién doblan las campanas:

Regresé al hotel. Abrí a Hemingway y empecé por la primera frase: “He lay flat on the brown, pine-needled floor of the forest, his chin on his folded arms, and high overhead the wind blew in the top of the pine trees“. No entendí nada. Llevaba conmigo un pequeño diccionario inglés-polaco, el único que había logrado comprar en Varsovia. En él encontré tan sólo la palabra brown, marrón.

Continúa leyendo frase tras frase sin entender nada. La lengua se ha convertido en una cárcel:

…se me antojó como algo material, físico, como una corporeidad convertida en esa muralla que de pronto se levanta en medio del camino y no nos permite seguir adelante, que nos cierra el mundo vetándonos la entrada. Había algo desolador y humillante en aquella sensación.

Pero tiene cortada la vuelta atrás. No puede volver a Polonia y no le queda más remedio que saltar esa muralla. Se pelea febrilmente con Hemingway (descubre que los diálogos son más fáciles que las descripciones), apunta los letreros de las calles, las pancartas en las manifestaciones…

Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar una lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo lo que sabía nombrar; por ejemplo, recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, descubrí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto -y más rico en su inabarcable diversidad- se abriría ante mí el mundo.

La edad folletinesca

18 / Marzo / 2007

Hace no mucho escribía que “dentro de algunos siglos los historiadores estudiarán los suplementos dominicales con pasión para entender la mentalidad de nuestra época. No hay una ventana mejor a la manera de ver el mundo, los valores, prejuicios y contradicciones de nuestra sociedad“. Me he dado cuenta ahora de dónde me viene, quizá, esa idea.

En El juego de los abalorios, Herman Hesse dibuja un lejano futuro en el que, en la remota región de Castalia, una especie de orden de estudiosos practica una disciplina intelectual en la que se combinan (y recombinan) las matemáticas, la música, la filosofía, la crítica literaria… eso es el juego de los abalorios.

Vale la pena leer la descripción del Siglo XX que hace uno de los historiadores de Castalia. Desde que me encontré con esto, hace más de 17 años (glup!), la última frase no ha dejado de resonar en mi recuerdo…

Los frutos y productos por razón de los cuales denominamos “folletinesca” a esa edad al parecer fueron engendrados o elaborados por millones como parte integrante y especialmente preferida de la prensa diaria; formaron el alimento principal de los lectores que habían menester de cultura; informaron, o mejor dicho, parlotearon acerca de mil temas científicos, y probablemente los más inteligentes de aquellos folletinistas se burlaron a menudo de su propia labor (…).

Los temas que predominaban en aquellos ensayos eran anécdotas de la vida de hombres y mujeres célebres y su correspondencia; títulos había, por ejemplo, parecidos a estos: “Federico Nietzsche y la moda femenina hacia 1870”, o “Los platos predilectos del compositor Rossini”, o “El papel del perrito faldero en la vida de las grandes cortesanas, etc” (…).

Otra veces se notaba una singular preferencia por la interpelación de personajes conocidos sobre problemas del momento: en tales interviews se hacía hablar, por ejemplo, a químicos de renombre o virtuosos del piano sobre política; a actores en boga, bailarines, gimnastas, aviadores e incluso poetas sobre las ventajas y desventajas de la soltería, sobre presumibles causas de la crisis financiera y otros asuntos de parecido jaez. Se pretendía tan sólo poner en relación un nombre conocido con algún tema del día. (…).

Asimismo, según parece, se incluían en el folletín ciertos juegos (…) millares y millares de hombres, que generalmente realizaban trabajos pesados y llevaban una existencia difícil, permanecían durante horas enfrascados entre cuadritos y cruces de letras, cuyas casillas rellenaban de acuerdo con ciertas reglas de juego. (…)

Aquellos hombres, con sus adivinanzas infantiles y sus “postizos” culturales, no eran sin embargo niños ingenuos o feacios juguetones: estaban angustiosamente envueltos en fermentos y sismos políticos, económicos y morales, y sostuvieron frecuentes luchas civiles y terribles guerras; sus jueguecillos educativos no fueron simplemente niñerías tontas o amables, sino que respondían a una profunda necesidad de cerrar los ojos y de refugiarse en un mundo ilusorio y anodino en lo posible, eludiendo problemas insolubles y congojosos terrores de ruina. Ponían perseverancia en aprender la conducción de automóviles, o difíciles juegos de naipes, y con ánimo de distraerse se dedicaban a resolver dameros porque estaban enfrentados casi sin defensa a la muerte, a la angustia, al dolor y al hambre, sin que en todos los casos pudieran confortarlos las iglesias o aconsejarlos el espíritu. Esta gente que leía tantos ensayos y oía tantas conferencias no se concedía tiempo para fortalecerse contra el miedo ni ponía empeño en combatir desde dentro de su alma contra la angustia de la muerte: se dejaban vivir temblando y no creían en ningún mañana.

Hermann Hesse, El juego de los abalorios

Antología de bodrios (V): Sexo, mentiras y bluetooth

25 / Febrero / 2007

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que la gente iba a misa los domingos. Las cosas han cambiado, pero no porque el domingo haya dejado de ser el día del Señor. Lo que ocurre es que el Señor ha cambiado. El adoctrinamiento no viene hoy del púlpito, sino del periódico del domingo. Y sobre todo, del suplemento de colorines.

Dentro de algunos siglos, estoy seguro, los historiadores estudiarán estos suplementos con pasión para entender la mentalidad de nuestra época. No hay una ventana mejor a la manera de ver el mundo, los valores, prejuicios y contradicciones de nuestra sociedad.

Por ejemplo, nuestro bodrio de hoy: el artículo de portada del El País Semanal (EPS) de hace una semana. Se titula Sexo: por puro placer. Además de la portada, doce páginas. Comienza así:

Vacíe su mente. Olvide su forma, sus aristas. Como el agua. A partir de esta línea sea sexo. Sólo sexo. Sin hipocresías, sin limitaciones. Sólo sexo. El sexo puede fluir o puede estallar en su cabeza. Lo que no puede evitar es que esté ahí. Es usted un animal, amigo o amiga mía. Enfréntese a estas líneas como tal. Deje a un lado cualquier tipo de prejuicio, inclinación política o moral. Sea sexo, amigo mío. Sólo sexo.

¿Doce páginas de esta literatura? No, tranquilos: el género no tolera artículos de más de cuatro páginas, y en eso se queda el artículo si quitamos las fotos de actos sexuales. Que son, claro, “artísticas” (se nota porque están en blanco y negro) . Lo que dice en resumen es que estamos viviendo una segunda revolución sexual gracias a Internet. Y que todo es fantástico. Un ejemplo de testimonio personal (el género demanda mucho testimonio personal):

Antonio tiene 37 años. Es soltero, heterosexual y sin pareja. “Es una cosa de no creerlo. Si estoy aburrido un viernes por la noche y me apetece echar un polvo, sólo tengo que encender el ordenador. Probablemente una hora después esté acostándome con una chica bastante cercana a mis gustos”, asegura.

Y digo yo: ¿dónde está la novedad?¿No era la prostitución “la profesión más antigua del mundo”? No se crean. La idea es que esto es sexo 2.0 y “no hay ánimo de lucro, sólo sexo libre y consentido”:

Más de un millón de españoles visitan cada mes páginas de Internet enfocadas a las relaciones sexuales esporádicas. La edad más habitual del usuario se sitúa entre 25 y 45 años, y en una proporción de 10 hombres por cada mujer. El perfil: cualquiera. Profesionales, acaudalados, funcionarios, asalariados mileuristas, amas de casa. La cama empieza a no entender de clases.

No merece la pena resumir el artículo, que por otra parte se lee en cinco minutos aquí. Lo que he citado es suficiente para apreciar el tono de arrobado entusiasmo con el que más que informarnos, se nos anuncia la buena nueva de un mundo en el que el ejecutivo yacerá con la mileurista, el negro y el rumano copularán juntos, de los móviles se forjarán consoladores y de las bombas pastillas de viagra.

Pero no me resisto a transcribir el final, que es antológico:

Tal vez le interese una aventura sencilla, aséptica y de nueva generación. Es la última moda. El toothing. Se trata de utilizar el dispositivo de bluetooth del teléfono móvil para ponerse en contacto con personas que no conoce. Esta práctica se ha extendido en Londres, sobre todo en medios de transporte donde la corta distancia ayuda. Usted puede recibir un mensaje más que picante de alguien. Eso no quiere decir que vaya a irse a la cama con un desconocido o desconocida. Pero ¿a quién no le pica el gusanillo de la aventura, de identificar a ese o esa amante furtivo?, ¿a quién no le gusta que le suban la autoestima? Por un momento sea sexo. Conecte su teléfono.

Increíble pero cierto: el redactor de El País no sabe que eso del toothing es un bulo (uno de esos hoax que proliferan en internet). Una broma que se le ocurrió hace tres años un periodista y en la que picaron muchos medios, entre otros El Mundo, siempre dispuesto a dar pábulo a cualquier tontería morbosa. Basta poner “toothing” en Google para encontrarse con esta referencia (que lo explicaba ya en abril del 2005) y con el correspondiente artículo de la Wikipedia.

¿Cómo es posible que el periodista haya picado el anzuelo, casi dos años después de que se destapara el pastel y sin que nadie en la redacción del periódico lo haya advertido? Yo creo que por la misma razón por la que se pica siempre en todos los timos: porque se quiere creer.

En otro post volveré a esto, porque este bodrio da para mucho…

(Más bodrios, aquí…)

Pequeñas y grandes virtudes

20 / Febrero / 2007
Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito sino el deseo de ser y de saber.

Sin embargo, casi siempre hacemos lo contrario. Nos apresuramos a enseñarles el respeto a las pequeñas virtudes, fundando en ellas todo nuestro sistema educativo. De esta manera elegimos el camino más cómodo, porque las pequeñas virtudes no encierran ningún peligro material, es más, nos protegen de los golpes de la suerte. Olvidamos enseñar las grandes virtudes, y sin embargo, las amamos, y quisiéramos que nuestros hijos las tuviesen, pero abrigamos la esperanza de que broten espontáneamente en su ánimo, un día futuro, pues las consideramos de naturaleza instintiva, mientras que las otras, las pequeñas, nos parecen el fruto de una reflexión, de un cálculo, y por eso pensamos que es absolutamente necesario enseñarlas.

En realidad, la diferencia es sólo aparente. También las pequeñas virtudes provienen de lo más profundo de nuestro instinto, de un instinto en el que la razón no habla, un instinto al que me resultaría difícil poner nombre. Y lo mejor de nosotros está en ese mudo instinto, y no en nuestro instinto de defensa, que argumenta, sentencia, diserta con la voz de la razón.

La educación no es más que una cierta relación que establecemos entre nosotros y nuestros hijos, un cierto clima en el que florecen los sentimientos, los instintos, los pensamientos. Ahora bien, yo creo que un clima inspirado por completo en el respeto a las pequeñas virtudes hace madurar insensiblemente para el cinismo, para el miedo a vivir. Las pequeñas virtudes en sí mismas no tienen nada que ver con el cinismo, con el miedo a vivir, pero todas juntas, y sin las grandes, generan una atmósfera que lleva a esas consecuencias. No quiero decir que las pequeñas virtudes, en sí mismas, sean despreciables, sino que su valor es de importancia complementaria y no sustancial, no pueden estar solas sin las otras, y solas sin las otras son pobre alimento para la naturaleza humana. El hombre puede encontrar a su alrededor y beber del aire la manera de ejercitar las pequeñas virtudes, en medida moderada y cuando sea del todo indispensable, porque las pequeñas virtudes son de un orden muy común y difundido entre los hombres. Pero las grandes virtudes no se respiran en el aire, y deben constituir la primera sustancia de la relación con nuestros hijos, el principal fundamento de la educación. Además, lo grande puede contener también lo pequeño, pero lo pequeño, por ley de la naturaleza, no puede de ninguna manera contener lo grande.

Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes, p145-147