Archivos de la categoría ‘Personajes’

Napoleón, científico

26 / Marzo / 2008

Entre 1799 y 1805 Pierre Simon Laplace (1749-1827) publicó los cuatro tomos de su Traité de Mécanique céleste. Fue un logro extraordinario: al traducir los Principia al lenguaje del cálculo diferencial, aumentaba enormemente la potencia y versatilidad de la teoría de Newton, y conseguía resolver muchas cuestiones que hasta entoces estaban abiertas. Entre ellas había una fundamental: la estabilidad del sistema solar.

Según la gravitación universal de Newton, el sistema solar funciona como un reloj mecánico: una vez puesto en unas condiciones iniciales, sus movimientos se siguen necesariamente con precisión. Sin embargo, los cálculos eran endiabladamente complicados y no parecía claro que los planetas no acabaran saliéndose de sus órbitas. De hecho, Newton estaba convencido de que Dios necesitaba trabajar de relojero, haciendo de vez en cuando algún ajuste para evitar la catástrofe.

En su tratado, Laplace consiguió prescindir de esa hipótesis[1]. Así lo dijo, según la leyenda mil veces repetida, en la conversación que tuvo con Napoleón cuando le entregó de un ejemplar del Traité:

Napoleón: “Habéis escrito un libro sobre el sistema del Universo, sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador”.
Laplace:Sire, no he necesitado esa hipótesis”.

Esta historia[2] dice mucho de Laplace, pero también (y nunca se menciona esto) de Napoleón. El Traité de Laplace era lo más avanzado de la física de la época. Estaba al alcance de muy pocos comprenderlo. Napoleón discutiendo su sistema con Laplace sería, en nuestro siglo, algo así como George Bush hablando de supercuerdas con Edward Witten.

El interés por la ciencia de Napoleón no era anecdótico. Había sido alumno de Laplace en la escuela de cadetes, y era un excelente matemático aficionado (hay incluso un teorema de Napoleón, aunque parece que en realidad es de Mascheroni). No me voy a extender sobre las aficiones aficiones científicas de Napoleón (hay más en Historias de la Ciencia), pero sí quiero contar una anécdota que he encontrado en el delicioso librito de I.B. Cohen El triunfo de los números.

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Julián Marías: Una vida presente

16 / Marzo / 2008

Sólo vi una vez a Julián Marías, en la Feria del Libro de Madrid. Estaba en una caseta, mano sobre mano, con un aspecto algo desamparado, sin que nadie se acercara a pedirle una firma. Yo había leído un libro suyo, “La felicidad humana”, y había algún otro que me interesaba, pero siempre he sido muy vergonzoso para estas cosas. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y me fui.

Me arrepentí luego. Don Julián tenía más de ochenta años y me dije que no habría muchas más ocasiones de verle; que cuando volviera a la Feria, me acercaría con un libro y hablaría con él. No hubo ya ocasión.

Cuando leí las necrológicas, en diciembre de 2005, aumentó mi interés por él. Supe que estuvo preso tras la Guerra Civil, y que cuando salió fue ninguneado vergonzosamente (su tesis doctoral debe ser la única que fue calificada con suspenso en la historia de la universidad española). Y la marginación continuó hasta su muerte, pues nunca fue querido por los hunos (que no le perdonaban que fuera demócrata y leal a la República) ni por los hotros (que le despreciaban por su liberalismo político y su catolicismo).

Tuve curiosidad por sus memorias, “Una vida presente”, sobre todo por el primer tomo, el que trataba la infancia y juventud (siempre lo más interesante en unas memorias) y la época de la República y la Guerra Civil. Estaba agotado. Y no se reeditó tras su muerte: muy significativo del interés que despertó.

Hace cosa de dos meses lo encontré en una librería de viejo, por cinco euros, y lo he leído con creciente interés. Tiene un estilo austero, nada “literario”. Me dio la impresión de que estaba escrito de corrido, y así resultó ser: cerca del final, Marías dice que nunca hace borradores (llama la atención que el libro se comenzó el 14 de julio de 1988 y se acabó el 26 de agosto de 1988: casi 400 páginas en poco más de un mes).

Pero al ir avanzando en su lectura, uno se va dando cuenta de que, a pesar de la ausencia de énfasis, estamos ante un hombre admirable que cuenta una historia admirable: la de alguien que nunca formó parte de ninguna capilla o secta cultural o política, que lo pagó caro, pero que fue capaz de vivir con dignidad en un ambiente indigno.

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El ministro que tuneó su CV

5 / Marzo / 2008

No tenía una opinión formada de Bernat Soria hasta que le nombraron ministro. Bastó oir su intervención en la toma de posesión, cuando dijo eso de «Al presidente Zapatero yo le daría el Nobel de la Honestidad y la Solidaridad» para que me la formara (ahora ha vuelto a pedir el Nobel para su jefe, en esta ocasión el de la Paz). Así que no me ha sorprendido gran cosa enterarme de que nuestro ministro de sanidad ha embellecido su curriculum (tuneado dice Santiago González) atribuyéndose varios méritos que no tiene. No tengo apenas tiempo de escribir, pero por fortuna Arcadi Espada lo ha contado todo bien claro: aquí está la denuncia original, aquí la respuesta de Soria en su blog y aquí la réplica de Espada.

A Soria nos lo han presentado como un número uno de la investigación mundial con células madre, pero por suerte en 2008 estas cosas se comprueban: existe internet, existe el indice h, y existe la lista de los highly cited del ISI. Con estas herramientas, uno puede comprobar en diez minutos, antes de irse a dar clase, que:

  1. Soria no está en la lista de los investigadores españoles highly cited.
  2. Soria tiene un índice h de 27. Eso está muy bien en física, pero en ciencias biomédicas los h son mucho más altos. Así que he buscado los de los investigadores españoles que son highly cited en temas afines:
    1. Mariano Barbacid (Molecular Biology & Genetics): h = 67
    2. Juan Rodés (Clinical Medicine): h = 71
    3. Francisco Sánchez-Madrid (Inmunology): h = 47
    4. Fernando Baquero (Microbiology): h = 44
    5. Esteban Domingo (Microbiology): h = 49

Conclusión: saquenla ustedes, que yo me voy a dar clase.

Jacques Ellul: Traición a occidente

24 / Febrero / 2008

Hace tiempo que quería leer algo de Jacques Ellul. No recuerdo dónde leí algo sobre él la primera vez, pero por lo que decían lo asocié a Iván Illich y a Lewis Mumford, dos incisivos críticos de la sociedad tecnológica.

Ellul fue profesor durante muchos años en la Universidad de Burdeos, su ciudad natal. Entre 1936 y 1997 (murió en 1994) publicó más de 50 libros, que trataban desde la historia del derecho romano a la crítica a los mass media. Pero no se limitó a ser un erudito: participó en la resistencia, fue una figura destacada de la iglesia protestante francesa, dirigió un club de prevención de la delincuencia juvenil, fue alcalde de pueblo, y estuvo entre los pioneros del ecologismo francés (se le atribuye la frase “piensa globalmente, actúa localmente“).

Por fin he conseguido un libro suyo, Traición a occidente (editado en español en 1976, casi inencontrable). Lo he leído con avidez. Ellul es francés y se nota (empezamos mal). Pero no está afectado de pedantería. Escribe con pasión, y parece que sin un plan rígido: abundan las disgresiones, aunque sabe dónde quiere llegar. Demuestra erudición, pero no se molesta en citar fuentes ni argumentar académicamente. Ellul escribe como un profeta, no como un profesor.

¿Cual es la traición a occidente de la que habla Ellul? La de los intelectuales que reniegan del valor de la civilización occidental. Y especialmente, los de izquierdas:

La izquierda está metida hasta el cuello en la mentira. No representa en absoluto a los pobres. No los defiende nunca. Les ha quitado la ilusión religiosa del paraíso celestial futuro para sustituirla por la ilusión del paraíso terrenal futuro. La izquierda es el equivalente exacto de la Iglesia burguesa del siglo XIX con respecto a los pobres. Presenta los mismos caracteres y merece los mismos reproches. Entre los pobres se hacen varias distinciones, exactamente lo mismo que hacían los cristianos burgueses del siglo XIX: hay pobres buenos, los que andan de acuerdo con las instrucciones, los buenos corderos de la revolución, aquellos cuya situación puede ser explotada como factor propagandístico, y hay pobres malos, aquellos que en un régimen comunista no aceptan estar a gusto, los que se revuelven a diestro y siniestro simplemente porque son infelices, sin tener en cuenta los planes de la revolución mundial, o aquellos que representan unos valores y una cultura tradicionales. A todos estos hay que reprimirlos sin más miramientos.

Pero Ellul no tiene elogios para la derecha. Al contrario: si no la critica es porque ni siquiera merece la pena. “Una vez más”, dice, “repetiré que, en mi opinión, la derecha no existe, que carece de porvenir, de legitimidad, e incluso de existencia”. Sólo la izquierda era la heredera de la esencia de Occidente: la libertad individual frente al poder. La izquierda estaba en el buen camino al ponerse de parte de los excluidos, de los perdedores, de los explotados. Pero tradujo esta opción por “llevar los pobres al poder”, por la dictadura del proletariado, por la identificación del pobre con Dios. Es decir, lo planteó en términos de poder, corrompiendo así la esencia de Occidente. En cuanto se produce este retroceso, dice Ellul, “las demás traiciones van seguidas. Y continúan. Se ha perdido la partida. Está irremediablemente perdida”.

El paisaje ideológico ha cambiado mucho desde la época en la que se escribió el libro, en 1974. Llama la atención que un engendro como el maoísmo estuviera de moda entonces entre los intelectuales franceses. Pero sigue vigente, incluso más acentuada, la traición de la que hablaba Ellul. Abandonado el marxismo, han permanecido como señas de identidad de la izquierda el complejo de culpa por los presuntos crímenes de Europa y la simpatía por cualquiera que luche contra la civilización occidental. El análisis de esta actitud ocupa la primera parte del libro de Ellul, y hablaré de ella en el próximo post.

Disciplina sin objetivo y objetivos sin disciplina

19 / Febrero / 2008

Me he encontrado en Armas y Esperanza de Freeman Dyson esta cita de J. Robert Oppenheimer, sacada de una carta a su hermano Frank, en 1932:

Porque creo que la recompensa de la disciplina es mayor que su objetivo inmediato, no quisiera que pienses que es posible una disciplina sin objetivo: por su naturaleza, la disciplina requiere someter el alma a algún fin, tal vez menor; aunque este fin debe ser real, si la disciplina no ha de ser ficticia. Por consiguiente, pienso que todas las cosas que evocan la disciplina: el estudio y nuestros deberes hacia los hombres y la comunidad, la guerra y las estrecheces personales, y aún la necesidad de subsistencia, debemos recibirlas con profunda gratitud, pues sólo por medio de ellas podemos alcanzar el mayor despego, y sólo así podremos conocer la paz.

Se me ocurre que esto tiene aplicación a las reformas que estamos presenciando en nuestro sistema educativo. No en relación a la disciplina, de la que, por desgracia, ningún reformador habla ahora, pero sí en relación a otras cosas cuya “recompensa es mayor que su objetivo inmediato”: las capacidades, destrezas… de las que tan amigos son los pedagogos constructivistas que inspiran nuestras leyes.

Evidentemente está muy bien que nuestros alumnos aprendan a expresarse, a analizar temas complejos, a trabajar en equipo… pero ¿lo pueden hacer en el vacío? Creo que, como la disciplina (como cualquier otra virtud, como la felicidad misma), todas esas cualidades sólo pueden llegar de forma sobrevenida, como subproducto del esfuerzo de perseguir objetivos más concretos. En palabras de Jaques Barzun:

Las simples pero difíciles capacidades de prestar atención, reproducir con precisión, seguir una argumentación, detectar una ambigüedad o una falsa inferencia, poner a prueba las suposiciones reuniendo las evidencias en su contra, organizar el propio tiempo y los propios pensamientos para el estudio… todas estas capacidades no pueden enseñarse en el vacío, sino sólo a través de las dicicultades de una materia determinada; no pueden adquirirse en el curso de un año, sino gradualmente.

Ya es un tópico decir que la cultura es el poso que queda cuando se olvida todo lo que se aprendió en la universidad. Pero para que quede poso, la copa tiene que haber estado llena de vino.

* * *

Coda: Oppenheimer tuvo que recordar que no es posible una disciplina sin objetivo; en su época, era obvio que tampoco son posibles unos objetivos sin disciplina. Hoy, tras décadas de destrucción cosntructivista de la enseñanza, debemos recalcar ambas cosas.

Citas de Knuth

13 / Enero / 2008

Donald E. Knuth es una leyenda entre los informáticos, pero muchos que no lo somos lo veneramos también por haber creado TeX, el programa gratuito que permite escribir ecuaciones en un PC con una calidad tipográfica profesional. Todo físico o matemático serio usa TeX (normalmente, en versión LaTeX). TeX fue una solución tan perfecta al problema de escribir textos matemáticos que no ha sido desplazado en más de 20 años.

Knuth sigue en activo (hace poco caí por su web, que tiene muchas curiosidades) y acaba de cumplir 70 años. Via La Singularidad Desnuda me he encontrado con este post que, entre otras cosas interesantes, recopila algunas citas suyas. Hay dos que no podían dejar de llamarme la atención (la traducción es mía):

[Sobre la física y su divulgación] Hace algunos años, abrí por casualidad el famoso libro de Paul Dirac sobre Mecánica Cuántica, y me sorprendió encontrar no sólo que Dirac era un escritor extraordinariamente bueno, sino que su libro no era totalmente imposible de entender. La mayor sorpresa, sin embargo –fue realmente un shock- fue aprender que las cosas de las que habla en ese libro son totalmente diferentes de todo lo que había leído en Scientific American o en cualquier otra exposición divulgativa del tema. Parece ser que cuando los físicos hablan entre sí, hablan de transformaciones lineales de espacios de Hilbert generalizados sobre los números complejos; las cantidades observables son los autovalores y las autofunciones de los operadores lineales hermíticos. Pero cuando los físicos hablan para el público general, no se atreven a mencionar tales cosas esotéricas, así que hablan de partículas, y espines, y cosas así, que no llegan a ser ni la mitad de la historia. No me extraña que nunca fuera capaz de entender realmente esos artículos de divulgación.

[Sobre el libre albedrío y el problema del mal] Puedo diseñar un programa que nunca “se cuelgue” si no le doy ninguna opción al usuario. Y si le permito elegir sólo entre un pequeño número de opciones, limitadas a un menú, puedo estar seguro de que nada anómalo ocurrirá, porque cada opción puede ser prevista por anticipado y sus efectos pueden ser verificados. Pero si doy al usuario la posibilidad de escribir programas que se combinen con mi propio programa, puede armarse una de mil demonios.

Los einsteins de casi todo

19 / Diciembre / 2007

¿Se han dado cuenta de que “einstein” se ha convertido en un nombre común? Ser “el einstein de XXXX” viene a significar “ser el número uno de XXXX” (lo que no deja de ser paradójico, pues, como es bien sabido, Einstein es el número dos de la física)…

Se me ha ocurrido que Google puede convertir este uso en una manera objetiva de medir el prestigio y me he entretenido un rato buscando “the Einstein of XXXX” para unas cuantas disciplinas. Ahí van los einsteins, algunos bastante curiosos… (ordenados de más a menos resultados):

Medicine [16]: Hans Selye (14), Samuel Hahnemann (1), Vladimir Dilman (1)

Economics [10]: J.M. Keynes (2), C. H. Douglas (2), R.H. Coase (1), K. Arrow (1), R. Mundell (1), M. Friedman (1), P. Samuelson (1), J. F. Nash (1)

Psychology [8]: Ken Wilber (3), C.G. Jung (1), J. Piaget (1), L. Vygotsky (1), T. Leary (1), Albert Ellis (1)

Maths [7]: Alexandre Grothendieck (7)

Biology [7]: James Watson (4), Robert Gallo (1), C. Darwin (1), E. Haeckel (1)

Philosophy [4]: Gotthard Günther(3), Jacques Derrida (1)

Genetics [2]: Jerome Lejeune (1), L-L. Cavalli-Sforza (1)

Chemistry [2]: Linus Pauling (2)

Geology [1]: James Hutton (1)

Architecture [1]: Frank Lloyd Wright (1)

Computer Science [1]: Alan Turing (1)

y finalmente…, Physics [0]: ¡Ni siquiera Einstein es el Einstein de la física!

***

Nota: agradezco colaboraciones para encontrar los Einsteins de otras disciplinas: de momento he encontrado a Homer Simpson como Einstein de la TV, a David Beckham como Einstein del fútbol…

Todo escolar sabe… (y II)

2 / Octubre / 2007

¿Cuales son esas ideas fundamentales para entender el mundo que, según Gregory Bateson, la instrucción escolar deja escrupulosamente de lado? En la cita del post anterior teníamos una enumeración desordenada: entropía, sacramento, sintaxis, número, cantidad, pauta, relación lineal… En el segundo capítulo de Espíritu y naturaleza, el titulado precisamente Todo escolar sabe, Bateson selecciona quince herramientas conceptuales de las que carecen los estudiantes:

He encontrado un extraño vacío en su forma de pensar, que deriva de la carencia de ciertas herramientas de pensamiento. Esta carencia está distribuida bastante por igual en todos los niveles de educación, entre estudiantes de ambos sexos y entre humanistas tanto como entre científicos. En concreto, es la falta de conocimiento de los presupuestos no sólo de la ciencia sino también de la vida cotidiana.

Como ya dije, al leer Espíritu y naturaleza me ha sorprendido que a muchas de sus ideas las venía dando vueltas desde años. Algunas, incluso, han salido a relucir en este blog, más o menos directamente.

* * *

Esta es la lista de Bateson (con algunos enlaces a posts relacionados):

1. La ciencia nunca prueba nada.

2. El mapa no es el territorio, y el nombre no es la cosa nombrada.
(ver: La concepción mágica del lenguaje)

3. No hay experiencia objetiva.
(ver: Teorías y panotios)

4. Los procesos de formación de imágenes son inconscientes.
(ver: Invisibilidad de lo inmóvil y El hombrecillo que mira la retina)

5. La división del universo percibido en partes y tonalidades es conveniente y puede ser necesaria, pero ninguna necesidad determina de qué modo debe practicársela.
(ver: Una realidad multidimensional)

6. Las secuencias divergentes son impredecibles.

7. Las secuencias convergentes son predecibles.

8. “Nada puede provenir de la nada”.

9. El número es diferente de la cantidad.

10. La cantidad no determina la pauta.

11. En biología no hay “valores” monótonos.
(ver: El camión de la basura)

12. A veces lo pequeño es hermoso (incluyendo El cuento del caballo poliploide)

13. La lógica es un modelo deficiente de la causa y el efecto.

14. La causalidad no opera hacia atrás

15. Por lo común, el lenguaje sólo destaca uno de los aspectos de una interacción cualquiera.

16. Las palabras “estabilidad” y “cambio” describen unas partes de nuestras descripciones.

* * *

Los post que he enlazado no siempre tienen una relación directa e inmediata con la idea de Bateson, pero la tienen. Irán saliendo más: hace tiempo que tenía pensado escribir sobre el punto 12 y sobre el 1…

(El capítulo entero, en inglés, y otros dos más del libro, están aquí)

Todo escolar sabe… (I)

1 / Octubre / 2007

En 1978 Gregory Bateson sabía que su muerte estaba próxima. Tenía 74 años y su vida había sido intensa. Hijo de William Bateson (que redescubrió a Mendel y acuñó la palabra “genética”), se formó como naturalista en Cambridge y fue antropólogo en Nueva Guinea, donde conoció a la que fue su esposa: Margaret Mead. Tras la Segunda Guerra Mundial, se afincó en los Estados Unidos, donde se interesó por la Teoría de la comunicación y la Cibérnética, y formuló su célebre teoría del doble vínculo de la esquizofrenia (que está en el origen de la “escuela de Palo Alto” de Watzlawick y compañía). En los años 60 vivió en Hawai, estudiando la comunicación entre los delfines.

Bateson no fundó una escuela, escribió poco, y sólo tuvo una cátedra al final de su vida. A diferencia de Margaret Mead, se mantuvo siempre apartado de los focos. Pero en los años 70, se había convertido en una celebridad entre los iniciados, sobre todo para el movimiento New Age, que le consideraba uno de sus gurús.

Por esa época, Bateson había empezado a escribir un libro que iba a exponer ordenadamente su pensamiento, hasta entonces disperso en unas cuantas publicaciones inconexas. Lo tituló La idea evolutiva, y se proponía reexaminar la evolución biológica a la luz de la Cibernética y la Teoría de la Información. Pero al empezar a escribir, se topó con una dificultad: los conceptos que manejaba, los útiles básicos para pensar sobre el mundo natural (y sobre nosotros mismo, que somos parte de él) no forman parte del curriculum académico. No podía contar con que el lector los conociera.

Se me hizo monstruosamente evidente que en este país [USA], en Inglaterra, y, supongo, en todo el mundo occidental, la instrucción escolar se cuidaba tanto de eludir todos los problemas decisivos, que tendría que escribir un segundo libro para explicar ideas a mi juicio elementales, relacionadas con la evolución y con casi cualquier otro pensamiento biológico o social -con la vida cotidiana y el desayuno que ingerimos-. La educación oficial no le decía a la gente nada acerca de todo lo había en las playas y en los bosques de secuoyas, en los desiertos y en las llanuras. Ni siquiera personas crecidas y con hijos podían dar cuenta razonable de conceptos como entropía, sacramento, sintaxis, número, cantidad, pauta, relación lineal, nombre, clase, relevancia, energía, redundancia, fuerza, probabilidad, partes, todo, información, tautología, homología, masa newtoniana y misa cristiana [newtonian mass and christian mass], explicación, descripción, regla de las dimensiones, tipo lógico, metáfora, topología, etc. ¿Qué son las mariposas?¿Qué son las estrellas de mar?¿Qué son la belleza y la fealdad?

Bateson tuvo que empezar a escribir otro libro para explicar todo esto; un libro que tituló, con ironía, Todo escolar sabe.

La tarea iba creciendo y su salud era ya débil. Cuando en 1978 le diagnosticaron un cáncer de pulmón inoperable, llamó en su ayuda a su hija Mary Catherine. Con su colaboración finalmente los dos libros se fundieron en uno sólo: Espíritu y Naturaleza (del que está sacada la cita de arriba).

Compré este libro recién llegado a Madrid, en una de mis primeras Ferias del Libro (había leído a Fritjof Capra, el de “El tao de la física”, que mencionaba a Bateson como a un gurú -naturalmente-). Lo empecé, pero no era una lectura fácil. Ahora, llevado por mi renovado interés por Watzlawick, lo he acabado, por fin (¡nada menos que 18 años después!).

Me ha llamado la atención que muchas cosas que entonces me resultaban difíciles ahora no lo son, porque he leído, pensado y a veces escrito sobre ellas (otras, sobre todo las más técnicas de biología, sigo sin entenderlas). Quizá estos años me ha estado influyendo subterráneamente lo que entonces leí; quizá otros autores que he leído estaban influidos por Bateson o quizá mis inquietudes eran naturalmente afines a las suyas. El caso es que me ha sorprendido hasta que punto durante estos años he ido dando vueltas a los temas de este libro, sin saberlo…

[Aquí, un extracto muy amplio del primer capítulo del libro]

(Continuará…)

Convertirse en natural

9 / Septiembre / 2007

En  Uvas amargas, de Jon Elster, se cuenta una curiosa historia sobre Stendhal: Cuando era joven, el autor francés estaba obsesionado por la idea de convertirse en natural….

Esto, en última instancia, supone no dar la impresión de que se está tratando de causar impresión. “Nada es tan agradable como esas humoradas que no parecen requerir ninguna habilidad en su autor, que nos hacen reír sin sentirnos obligados a darle o a manifestarle nuestra admiración” [escribió en su diario]. De acuerdo con esto, Stendhal se propuso “decir todo lo que se me venga a la cabeza, decirlo simplemente y sin pretensión; evitar tratar de producir un efecto en la conversación”.

Descubrió que no era tarea fácil: esforzarse en no producir ningún efecto introducía un elemento intencional en su conducta, que era incompatible con la falta de intencionalidad que caracteriza la verdadera naturalidad. Estaba atrapado en una paradoja.

Finalmente, Stendhal reconoció que jamás podría lograr voluntariamente su objetivo. Tuvo que renunciar a convertirse en una persona natural:

Sus tentativas de ser natural tendían a pasar por encima o por debajo de la marca señalada (”temiendo galopar demasiado rápido, tiro demasiado de las riendas”) de modo que se pasó a la ficción, a la narrativa, como medio de actuar su deseo por poder delegado.