Archivos de la categoría ‘psicología’

Pareto y la superstición de la uniformidad

9 / Abril / 2008

Vilfredo Pareto fue un ingeniero italiano, notable, además de por su sonoro nombre, por introducir varios conceptos matemáticos en la economía. Sin embargo, es recordado sobre todo por el Principio de Pareto, que ha logrado entrar en el selecto club de las leyes pop (como la ley de Murphy o el Principio de Peter).

En esencia, el Principio de Pareto dice que la mayoría de los resultados (o de los recursos) los produce (o los posee) una minoría. “Mayoría” suele traducirse por “80%” y “minoría” por “20%”.

Pareto encontró este resultado estudiando la distribución de la riqueza en varios países. Pero se ha aplicado en muchos otros casos: se dice que el 80% de las consultas al médico las genera el 20% de la población; que el 80% de la producción de una empresa se debe al 20% de los trabajadores; que el 80% de los accidentes de tráfico los causa un 20% de los conductores; que un 80% de la contaminación producida por los vehículos la emite un 20% de éstos, etc, etc.

La mayoría de las veces no hay datos reales que respalden esos números… pero era de esperar: ya hemos dicho que se trata de cultura pop. Lógicamente, entonces, el principio tiene mucho predicamento en el mundo del management: Se acepta como un artículo de fe, por ejemplo, que el 20% de nuestras actividades nos proporciona el 80% de los resultados. La clave para un mayor rendimiento sería centrarse en esas actividades productivas.

Hace poco leí un artículo que cuestionaba esta idea. Puede que esa proporción sea cierta, decía, pero esto no sirve de mucho si no podemos identificar de antemano el 20% “útil”. Y, aunque pudiéramos, a lo mejor resultaba que el 80% “inútil” era en realidad necesario para sustentar al otro 20% (igual que dedicar tiempo al sueño -o tener fincas en barbecho- no disminuye la productividad sino que la aumenta).

Esto me interesó porque enlaza con algo que llevo pensando hace tiempo. Cuando se citan instancias del principio de Pareto se presentan casi invariablemente como algo malo: si el 80% de la riqueza está en manos del 20% de la población, eso sólo puede significar que la sociedad es injusta; si el 80% de la producción la genera el 20% de los trabajadores, es que hay mucho vago en la empresa, y así. Pero en realidad no sabemos cual es el grado justo de desigualdad. Lo que ocurre es que asumimos que el estado natural y deseable de las cosas es un estado de reparto igualitario, y que por tanto las desviaciones respecto de esa igualdad son perversas y deben ser corregidas.

Esto es lo que llamo la superstición de la uniformidad, y cada vez está más extendida: si en una facultad hay una asignatura con muchos suspensos se abre una investigación al profesor; en un hospital, se exige la destitución del jefe del servicio con mayor tasa de mortalidad, etc.

Es una superstición porque puede ocurrir que unas reglas del juego perfectamente justas e igualitarias produzcan un resultado muy alejado de la uniformidad. La razón más obvia es que a menudo los jugadores tendrán cualidades diversas. Pero la razón más interesante es otra. Porque, incluso cuando todos los participantes sean idénticos, el resultado no será uniforme.

Lo veremos en el próximo post.

Promediando rostros

16 / Enero / 2008

Cuando en un laboratorio se tiene una medida “fea” (es decir, ruidosa), lo que suele hacerse es repetirla, cuantas más veces mejor, y promediar. Esto elimina en buena medida el ruido, y obtenemos una medida “bonita”.

Por ejemplo, supongamos que estamos midiendo un voltaje en función del tiempo, y obtenemos gráficas como estas:

ruido1.jpg

Promediándolas obtenemos esta gráfica mucho más limpia:

ruido2.jpg

(en realidad no es el promedio de las cuatro anteriores sino de 16: promediar elimina el ruido pero muy lentamente, a un ritmo proporcional a la raíz cuadrada del número de promedios).

Lo curioso es que esto funciona con personas.

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Andrés Ibáñez: Unger y la mirada

11 / Noviembre / 2007

[Ibáñez habla aquí de un tema que me fascina, del que he hablado en varios sitios, sobre todo en Invisibilidad de lo inmóvil. Adrián Unger es además un misterio: no he encontrado en la web nada sobre él ni sobre su libro.]

* * *

Publicado en ABCD el 10 de noviembre de 2007

Uno de los libros más extraordinarios que conozco es Investigaciones sobre la mirada, de Adrián Unger. Las investigaciones de Unger, fisiólogo de la universidad de los franciscanos de Löwen, se mueven en un terreno intermedio entre la anatomía y la poesía, entre la especulación y la metafísica. El libro es de 1946, y de él sólo existen, que yo sepa, una traducción al francés de 1958 y otra al inglés de 1959, que es la que yo leí hace unos años y que un milagroso azar me ha devuelto al fondo de uno de esos armarios que llevamos años sin revisar y que, al ser abiertos y aireados, nos muestran de pronto delicados fragmentos intactos de nuestro distante pasado.

El libro llegó a mí de una manera bastante curiosa. Lo encontré en la biblioteca de un camping (sic) en Edimburgo, Escocia, a principios de los años 80. Nunca he sido ladrón, pero aquel libro llamó tanto mi atención que al instante decidí quedármelo. Recuerdo que la lectura del libro me impresionó mucho entonces, pero los jóvenes están acostumbrados a sentirse impresionados y están convencidos, por otra parte, de que el mundo está abarrotado de misterios. ¿Qué es un misterio más cuando todo parece un misterio, cuando el sexo, el amor, el tiempo, el espacio, la identidad, el volumen, la memoria, los insectos, las constelaciones, la realidad toda, en definitiva, parece un inconcebible misterio? Por otra parte, mi inglés no era muy bueno en esa época, y no estoy seguro de haber comprendido del todo lo que afirma este libro escandaloso. Y es que, me digo, si de verdad hubiera entendido entonces lo que descubre Unger, si de verdad lo hubiera tomado en consideración, mi vida habría sido diferente.

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Ritmos circadianos (y III): La zona zombi

7 / Noviembre / 2007

[Viene de aquí]

En todo lo que hemos visto hasta ahora sobre los ritmos circadianos, los seres humanos somos esencialmente iguales al resto de los seres vivos. Pero hay una diferencia crucial, que, observada por primera vez por investigadores alemanes, fue confirmada de modo espectacular en el segundo encierro de Siffre, los seis meses de 1972.

Al principio todo marchó como de costumbre: ciclos de vigilia/sueño de 26 horas, sincronizados con el ciclo de temperatura. En el día 37, sin embargo, ocurrió algo extraño. Siffre “trasnochó”, para dormir luego 15 horas seguidas. A partir de ahí, su patrón de sueño perdió aparentemente toda regularidad, incluyendo días de 40 ó 50 horas. Mientras, su temperatura corporal mantuvo, imperturbable, su ciclo de 26 horas. Los dos ciclos se habían desacoplado.

Este extraño fenómeno se ha llamado desincronización interna. En cuanto el sujeto empieza a vivir en la cueva, sus ciclos internos adoptan su periodo propio (Free Runing Period, FRP) y pierden la sincronía con el mundo exterior. Pero cuando pasan muchas semanas, sus ciclos de temperatura y sueño pierden también su sincronía. Esto es algo sorprendente (por ejemplo, desmiente la idea de que la temperatura baja durante el sueño por la inactividad del organismo). Pero quizá lo más curioso es que este estado sólo se ha encontrado en los seres humanos. Da la impresión de que sólo en nosotros el ciclo vigilia/sueño, el ciclo de la consciencia en definitiva, tiene una entidad que no se reduce a la fisiología.

Tras la experiencia de Siffre, la desincronización interna fue investigada sistemáticamente por E. Weitzman y C. Czeisler con voluntarios encerrados en un hospital de Nueva York. Era lógico su interés: el fenómeno era en sí un enigma, pero además parecía proporcionar una ventana nueva para entender toda la cuestión de los ritmos circadianos.

En efecto, mientras todo va al unísono, tenemos poca información. Cuando se desacopla el ritmo fisiólogico del ambiente, empezamos a aprender cosas nuevas, rasgos propios del ciclo fisiológico que estaban enmascados por su sincronización con el ambiente: por ejemplo, que persiste aunque no haya noche y día, o que su duración propia no son 24 horas. Análogamente, la desincronización interna promete revelar las características propias del sueño, al desacoplar su ciclo del fisiológico.

La idea es atractiva, pero al principio no se sacó nada en claro. Los patrones de sueño de los sujetos en desincronización interna parecían caóticos. Podían tener días de 50 horas y días de menos de 20, sin ninguna razón aparente (y quizá lo más asombroso es que los sujetos no se percibían nada anormal). Finalmente, Czeisler dio con la idea de los “raster plots” (los mapas de sueño de los que hablé aquí) y encontró por fin una regularidad.

strgtz2.jpg

El “raster plot” de la izquierda es el de un sujeto en desincronización interna (referencia aquí). Cada día es un tramo horizontal completo, los trazos negros son periodos de sueño, y los días sucesivos se ponen en renglones sucesivos. Al representarlos de esta manera, se ve que hay unas bandas prohibidas diagonales (marcadas en gris) en las que nunca comienza el sueño; esas bandas son paralelas a la línea de mínima temperatura corporal. A la derecha se han representado los mismos datos pero con un eje horizontal de 24,55 horas, que era el periodo del ciclo de temperatura del sujeto, de modo que las bandas prohibidas quedan verticales. Se puede ver también que los sueños largos comienzan a temperaturas altas; los cortos, a temperaturas bajas.

Una vez encontrada la clave de la relación estadística con la temperatura, Czeisler y sus colaboradores (entre ellos Strogatz, de quien he sacado la gráfica de abajo) pudieron establecer cómo depende la probabilidad de dormirse de la temperatura corporal.

zonazomb.jpg

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Ritmos circadianos (II): Los péndulos simpáticos

5 / Noviembre / 2007

[Viene de aquí]

Desde que Michel Siffre pasó dos meses en una cueva en 1962, numeros investigadores han estudiado los ritmos circadianos en el hombre. Uno de los resultados que se ha establecido es que, si bien casi siempre tienen un periodo de más de 24 horas, hay importantes diferencias individuales (lo que ha llevado a hablar de cronotipos).

Cuando hablamos aquí del periodo del ciclo circadiano nos referimos a su duración propia; la que tendría aislados en una cueva (en inglés, suele llamarse Free Running Period, FRP). En las circunstancias habituales, este periodo propio se acomoda al periodo ambiente de exactamente 24 horas. Es decir, nuestro “oscilador interno” (la actividad orgánica) adopta el periodo del “oscilador externo” (el ambiente).

Este fenómeno es conocido en física desde hace tiempo con el nombre de entrainment (que podríamos traducir por “arrastre” o “atrapamiento”): siempre que se dos osciladores de frecuencia similar interaccionan, sus frecuencias acaban sincronizadas.

pendulos.jpg

La primera persona que describió el entrainment fue Christiaan Huygens, que observó que cuando dos relojes de péndulo se ponían cerca, ambos oscilaban en sincronía, con independencia de cómo empezaran la oscilación. La misteriosa “simpatía” entre los relojes desaparecía cuando se alejaban (según el DRAE: simpatía: 5. f. Fís. Relación entre dos cuerpos o sistemas por la que la acción de uno induce el mismo comportamiento en el otro).

En nuestro caso, el ciclo ambiente “arrastra” al ciclo fisiológico, forzando su periodo a 24 horas. Pero aunque todos los ciclos se vuelvan así de 24 horas, no lo hacen de la misma manera. Esto puede apreciarse bien en esta figura (zeitgeber es cualquier indicación temporales externa: aquí, la banda gris indica la noche; la oscilación sería la de la temperatura corporal):

entrainment.jpg

(La figura está extraída de este paper de revisión -aviso: no apto para todos los públicos-).

Se aprecia que en las personas con un ciclo circadiano (FRP) corto, el ciclo fisiológico queda adelantado en comparación con las de ciclo largo. Es decir, su temperatura alcanza el mínimo antes. Pero ese mínimo ocurre dos o tres horas antes de la hora “fisiológica” de despertarse. La mayoría de las personas (que tienen un FRP del tipo “largo”) tienen ese mínimo hacia las cuatro o las cinco de la mañana, y se despiertan a una hora razonable.

Pero la minoría con FRP corto lleva el reloj adelantado: tienen tendencia a despertarse pronto (y a acostarse pronto). Y hay otra minoría con FRP muy largo a la que el cuerpo les piede levantarse tarde (y acostarse tarde). Estos grupos son lo que se ha dado en llamar alondras y buhos, respectivamente. Quizá hayan oído hablar de esto, porque es una de esas nociones científicas que quedan bien en los suplementos dominicales y dan para charlar en el café: “yo es que no puedo levantarme pronto, pero no por vago: es que genéticamente soy un buho…”, etc (dos ejemplos aquí y aquí).

Resumiendo: el entrainment del ciclo circadiano con el ciclo ambiente fuerza a aquél a tener el periodo de 24 horas; pero aunque el periodo del ciclo es el mismo para todas las personas, la fase difiere según el cronotipo: alondra / normal / buho (ya sé que este resumen no aporta nada nuevo, pero ¿a que está bien poder decir una frase tan campanuda?)

Con esto ya entendemos mejor (eso espero) la importancia de los ritmos circadianos, pero seguimos sin saber qué pasó cuando Siffre volvió a la cueva. Que es precisamente lo más interesante. Queda para otro post.

***

NOTA: La imagen de los pédulos simpáticos está sacada de un artículo de Strogatz y Stewart en Scientific American. Merece la pena para enterarse del fascinante asunto de la sincronización en sistemas biológicos, en un contexto más amplio que el de los ritmos circadianos. Y aprovecho para dar crédito a Strogatz por su magnífico libro Sync, del que está sacado casi todo lo que estoy contando en esta serie. Libro que, por cierto, salió hace más de cuatro años y sigue sin traducir al castellano…

Ritmos circadianos (I): Seis meses bajo tierra

4 / Noviembre / 2007

[Explicación: En la última entrada acababa diciendo que era de esperar que el cambio horario cause trastornos, y más el de primavera que el de otoño... pero que necesitaba otro post para explicarlo. Ligera equivocación: voy a necesitar tres. Espero que tengan paciencia.]

En 1972, Michel Siffre pasó seis meses recluido a treinta metros de profundidad en una cueva de Tejas. El aislamiento fue durísimo: la humedad echó a perder sus libros, el tocadiscos se averió, y su único compañero, un ratón, murió accidentalmente. El último día le faltó poco para morir a él: recibió una fuerte descarga eléctrica cuando, al parecer, la corriente de un rayo se derivó a través de los electrodos que registraban su ritmo cardiaco.

Nuestro hombre no se había encerrado en una cueva para salir en el libro Guiness, sino para hacer un experimento. Un experimento singular, porque él era su propio conejillo de indias.

Siffre quería estudiar los ritmos biológicos. Nuestra vida es cíclica, y el más notorio de todos los ciclos es el de vigilia/sueño, sincronizado con el de día/noche. Pero además, la actividad de todos los órganos del cuerpo sigue un ciclo de 24 horas. Esta periodicidad se traduce en una oscilación de la temperatura corporal (de casi 1ºC): alcanza un mínimo dos o tres horas antes de despertarse y un máximo por la tarde.

Tenemos pues tres ciclos: el de la consciencia (vigilia/sueño), el de la actividad orgánica (temperatura corporal) y el del ambiente (día/noche). Y se plantea por eso la cuestión de qué relación tienen. El ciclo de consciencia y el ciclo orgánico, ¿son tan sólo un subproducto del ciclo ambiente, o tienen entidad propia? Si no hubiera día ni noche, ¿seguiríamos durmiendo cada 24 horas?¿Seguiría variando la temperatura de nuestro cuerpo? Una manera de empezar a responder a estas preguntas es pasando unos meses en una cueva.

Pero hay maneras menos heroicas de hacerlo. Como es lógico, experimentos de este tipo se habían hecho en el laboratorio. Se había encontrado que, en ausencia de todo indicio del ciclo día/noche, tanto los animales como las plantas seguían viviendo según un ciclo, sólo que su duración no era exactamente de 24 horas: para los ratones era de 23,5 horas, para las mimosas, de 22 horas… Desde los monos a los microbios, todos los seres vivos mostraban estos ritmos circadianos (”de cerca de un día”) en sus hábitos de sueño, temperatura, y demás variables orgánicas. Quedaba por estudiar el hombre, y ahí fue donde Siffre se ofreció voluntario.

Su primera experiencia fue en 1962, cuando pasó dos meses en una cueva de los Alpes. Privado de toda referencia temporal, Siffre alternó de manera normal vigilia y sueño, y su temperatura osciló también con normalidad, sólo que sus días duraron 26 horas. No fue una experiencia agradable (cuando vio la luz, dijo sentirse “medio loco, como una marioneta descoyuntada”), pero proporcionó un resultado importante: la primera evidencia de que en el hombre, como los ratones o las mimosas, los ciclos circadianos tienen una entidad propia, independiente del ciclo día/noche ambiente.

¿Qué importancia tiene esto?¿Por qué volvió a encerrarse Siffre en una cueva diez años después? Tendremos que esperar al próximo post.

Trastornando los relojes

29 / Octubre / 2007

Nunca he entendido lo del cambio de hora. Todos los años los periódicos dicen lo mismo: que sirve para ahorrar energía. Pero ¿por qué? Porque al adelantar la hora en verano tenemos más tiempo de luz solar por las tardes y ahorramos en iluminación. Pero ¿no sería mejor entonces adelantar la hora en invierno, que es cuando anochece antes? Y ya puestos, si el horario de verano es el que ahorra, ¿por qué no mantenerlo todo el año?

(En realidad, eso es algo que en cierto modo ya hacemos en España desde 1940: en ese año, Franco sacó a España de huso horario Greenwich, que es el que nos corresponde geográficamente, para meternos en el de Berlín: una hora de adelanto).

Tomado de NeoFronteras

¿Realmente merece la pena adelantar una hora más?¿Y sobre todo, hacerlo sólo siete meses al año?¿Todo para ahorrarse seis euros por familia?

Más allá del incordio de tener que recorrer la casa dos veces al año poniendo en hora los relojes, se van acumulando evidencias de que el cambio de hora puede tener costes ocultos importantes. En Current Biology se acaba de publicar un estudio sobre el efecto del cambio horario en los patrones de sueño de más de 50000 personas de Europa Central (reseñas en NeoFronteras, Medline y Cordis). El resultado es que el cambio al horario de invierno, que acabamos de hacer, se acomoda con bastante facilidad. Sin embargo, la mayoría de la gente no llega a ajustar su reloj circadiano al cambio al horario de verano: sólo recupera el ajuste con el nuevo cambio al horario de invierno. Vivimos medio año con un mini jet-lag generalizado cuyas consecuencias son difíciles de valorar.

Según el autor del estudio, Till Roenneberg, de la Universidad Ludwig-Maximilians de Múnich:

(El cambio de hora) es una de esas arrogancias humanas: que podemos hacer lo que deseamos siempre y cuando tengamos disciplina. Nos olvidamos de que existe un reloj biológico que es tan antiguo como los organismos vivos, un reloj que no puede engañarse. El cambio puramente social de la hora no puede engañar al ritmo circadiano (…) Es demasiado pronto para afirmar si el cambio horario tiene un impacto grave a largo plazo sobre nuestra salud, pero los resultados indican que debemos tomar este asunto con seriedad y realizar muchas más investigaciones sobre el fenómeno.

Es comprensible que Roenneberg pida más dinero para sus proyectos. Pero quizá lo más interesante de su resultado es que era previsible: confirma, con una muestra muy grande, lo que se esperaba a la luz de investigaciones anteriores sobre ritmos circadianos. Pero me tengo que ir a dormir, así que lo contaré en otro post… otros tres posts: este, este y este ;-)

Todo escolar sabe… (y II)

2 / Octubre / 2007

¿Cuales son esas ideas fundamentales para entender el mundo que, según Gregory Bateson, la instrucción escolar deja escrupulosamente de lado? En la cita del post anterior teníamos una enumeración desordenada: entropía, sacramento, sintaxis, número, cantidad, pauta, relación lineal… En el segundo capítulo de Espíritu y naturaleza, el titulado precisamente Todo escolar sabe, Bateson selecciona quince herramientas conceptuales de las que carecen los estudiantes:

He encontrado un extraño vacío en su forma de pensar, que deriva de la carencia de ciertas herramientas de pensamiento. Esta carencia está distribuida bastante por igual en todos los niveles de educación, entre estudiantes de ambos sexos y entre humanistas tanto como entre científicos. En concreto, es la falta de conocimiento de los presupuestos no sólo de la ciencia sino también de la vida cotidiana.

Como ya dije, al leer Espíritu y naturaleza me ha sorprendido que a muchas de sus ideas las venía dando vueltas desde años. Algunas, incluso, han salido a relucir en este blog, más o menos directamente.

* * *

Esta es la lista de Bateson (con algunos enlaces a posts relacionados):

1. La ciencia nunca prueba nada.

2. El mapa no es el territorio, y el nombre no es la cosa nombrada.
(ver: La concepción mágica del lenguaje)

3. No hay experiencia objetiva.
(ver: Teorías y panotios)

4. Los procesos de formación de imágenes son inconscientes.
(ver: Invisibilidad de lo inmóvil y El hombrecillo que mira la retina)

5. La división del universo percibido en partes y tonalidades es conveniente y puede ser necesaria, pero ninguna necesidad determina de qué modo debe practicársela.
(ver: Una realidad multidimensional)

6. Las secuencias divergentes son impredecibles.

7. Las secuencias convergentes son predecibles.

8. “Nada puede provenir de la nada”.

9. El número es diferente de la cantidad.

10. La cantidad no determina la pauta.

11. En biología no hay “valores” monótonos.
(ver: El camión de la basura)

12. A veces lo pequeño es hermoso (incluyendo El cuento del caballo poliploide)

13. La lógica es un modelo deficiente de la causa y el efecto.

14. La causalidad no opera hacia atrás

15. Por lo común, el lenguaje sólo destaca uno de los aspectos de una interacción cualquiera.

16. Las palabras “estabilidad” y “cambio” describen unas partes de nuestras descripciones.

* * *

Los post que he enlazado no siempre tienen una relación directa e inmediata con la idea de Bateson, pero la tienen. Irán saliendo más: hace tiempo que tenía pensado escribir sobre el punto 12 y sobre el 1…

(El capítulo entero, en inglés, y otros dos más del libro, están aquí)

[Reseña] Malcolm Gladwell: La frontera del éxito

28 / Septiembre / 2007

Empecé a leer este libro poco convencido. Sabía que fue un best seller en Estados Unidos, donde apareció en el año 2000 con el título de The tipping point, y tenía una ligera idea de qué iba. Me imaginaba que iba a decir que una causa pequeña puede tener un gran efecto, y a dar instrucciones para usar tal “descubrimiento” en provecho propio, para alcanzar el éxito. O sea, uno más del género de autoayuda para managers…

El arranque del libro no hace mucho para desmentirlo. Pero poco a poco la idea va tomando cuerpo y resulta ser más sustanciosa de lo que parecía. Gladwell, además, la sabe presentar con eficacia, usando muchos ejemplos variados, interesantes y bien contados, a menudo largos pero que siempre ilustran la tesis principal: así, hasta el lector más reticente acaba por rendirse (yo me rendí en el capítulo 3, cuando Gladwell cuenta la historia de Barrio Sésamo…)

Pero una cosa es la retórica y otra la sustancia. ¿Cual es la tesis del libro? ¿Es correcta? ¿Es tan relevante como dicen los comentarios de la solapa, donde hasta Bill Clinton opina?

Solemos pensar que debe haber una proporcionalidad entre las causas y las consecuencias. Un problema grave (pongamos, la inseguridad ciudadana) debe tener soluciones costosas y complejas (más policías, reformar el código penal, educar mejor a los adolescentes…) Es cierto que no siempre ocurre así: a menudo hay modas que surgen como de la nada, sin causa aparente. Gladwell cuenta, por ejemplo, como en los años 90 los zapatos Hush Puppies pasaron casi de la noche a la mañana de estar totalmente pasados de moda a ser lo más cool, y sus ventas anuales subieron de treinta mil pares a dos millones, sin que mediara ninguna campaña de publicidad. Pero parece que estos fenómenos no pasan de anécdotas limitadas a temas insustanciales.

La tesis del libro es que esta desproporción entre causa y efecto, lejos de ser la excepción, es la norma. Esto, en realidad, es algo bien conocido en física: la mayoría de los sistemas reales son no lineales y tienen una dinámica caótica: pequeñas diferencias en las condiciones iniciales o de contorno pueden tener consecuencias dramáticas (es el famoso efecto mariposa). Si esto ocurre en un sistema tan sencillo como un péndulo doble ¿cómo no va a ocurrir en la sociedad?

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La felicidad no da la felicidad

10 / Septiembre / 2007

Una historia judía cuenta que un joven solicitó a su padre permiso para casarse con la señorita Katz. El padre se opuso. Pero el hijo respondió que sólo podría ser feliz casándose con la señorita Katz. La réplica del padre fue: “¿Ser feliz? ¿y de qué te servirá eso?”

En efecto: la felicidad no da la felicidad. Ese el tema, en resumen, de El arte de amargarse la vida, de Paul Watzlawick, que es de donde he sacado la historia. La cita de Dostoievski que abre el libro nos permite empezar a entender la paradoja:

«¿Qué puede esperarse de un hombre? Cólmelo usted de todos los bienes de la tierra, sumérjalo en la felicidad hasta el cuello, hasta encima de su cabeza, de forma que a la superficie de su dicha, como en el nivel del agua, suban las burbujas; déle unos ingresos que no tenga más que dormir, ingerir pasteles y mirar por la permanencia de la especie humana; a pesar de todo, este mismo hombre, de puro desagradecido, por simple descaro, le jugará a usted en el acto una mala pasada. A lo mejor comprometerá los mismos pasteles y llegará a desear que le sobrevenga el mal más disparatado, la estupidez más antieconómica, sólo para poner a esta situación totalmente razonable su propio elemento fantástico de mal agüero. Justamente, sus ideas fantásticas, su estupidez trivial, es lo que querrá conservar…»

El problema, claro está, es que a un hombre no le podemos dar la auténtica felicidad: sólo le podemos dar todos los bienes de la tierra. Pero la felicidad se le escapará, porque la felicidad tiene una peculiar propiedad: no se puede conseguir con una búsqueda directa. Como la naturalidad que buscaba Stendhal, sólo puede ser sobrevenida.

La naturalidad y la felicidad pertenecen a la elusiva categoría de los estados que son esencialmente un subproducto (así los llama Jon Elster en Uvas amargas).

Leslie Farber enumeraba una larga lista de tales estados, que quedan fuera del alcance los esfuerzos de nuestra voluntad:

Puedo querer el conocimiento, pero no la sabiduría; irme a la cama, pero no dormir; comer, pero no el hambre; la mansedumbre, pero no la humildad; la escrupulosidad, pero no la virtud; la autoafirmación o la bravura, pero no el coraje; el sexo, pero no el amor; la conmiseración, pero no la simpatía; las congratulaciones, pero no la admiración; la religión, pero no la fe; la lectura, pero no la comprensión.

Esta lista deja claro que no se trata de un fenómeno en absoluto marginal. Todo lo más valioso es un subproducto. Y siendo así, ¿qué hacemos con el sueño ilustrado de que podemos perseguir conscientemente nuestra felicidad?

***

Este post -que al final ha ido por otros derroteros- iba a ser un homenaje a mi admirado Paul Watzlawick, que me acabo de enterar de que murió en marzo de este año. Watzlawick me descubrió muchas cosas en una época que fue decisiva para mí. Volveré a hablar de él. De momento, les recomiendo Cambio, un libro imprescindible (El arte de amargarse la vida está en pdf aquí, pero es una obrita menor y no todo el mundo entiende su ironía).