Concluyo aquí el resumen de la primera parte de Traición a Occidente, de Jacques Ellul, que comencé en el post anterior. Son frases entrasacadas del libro (en cursiva las mías).
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Lo esencial, el eje, lo irrecusable, es que Occidente hizo la primera llamada en el mundo al individuo y a la libertad. Por consiguiente, creo que nadie podrá quitarnos esa gloria, y cualesquiera que sean nuestras acciones negativas y nuestras traiciones, cualesquiera que sean nuestros crímenes por cualquier lado, hemos hecho dar al conjunto de la humanidad un paso gigantesco que le sacó de su infancia. Y si ahora se extiende por todo el mundo esta rebelión contra Occidente, estas acusaciones, estos movimientos de liberación, ¿de dónde han salido? Únicamente de la proclamación de la libertad que difundió por todo el mundo el Occidente.
Si miramos la evolución de las sociedades, todas han pasado de una indistinción completa de sus miembros a una individualización, de una “comuna original” a un conjunto de hombres separados; han ido de una ausencia total de libertad, y por tanto de independencia, a un desempeño progresivo de esa libertad, una afirmación de ser portador de esa exigencia de libertad. Si se quiere encontrar una línea común a todas las historias de todas las sociedades, probablemente es ésta y sólo ésta.
En esta lenta caminata histórica, inconsciente y espontánea, nadie ha fijado nunca un fin, nadie ha dicho nunca lo que se quería, ni siquiera expresado lo que se estaba intentando hacer. Lo que descubrió occidente es justamente el sentido de todo esto; lo que ha hecho ha sido expresar lo que buscaba el hombre. Cualquier hombre. Occidente ha hecho consciente y voluntario el proyecto humano. Ha fijado un objetivo y lo ha llamado libertad; más adelante, individuo.
La otra cara de la invención de la libertad y del individuo es el autocontrol, el sometimiento a un código que impide el choque brutal de unos individuos con otros: leyes, normas de cortesía, ritos… y sobre todo, sometimiento a la razón.
La razón, en contra de lo que pensaban los filósofos del S. XVIII, no es un producto natural que se las arregla por sí mismo. Pensaron que la razón es un don de la “naturaleza humana”, igual que dijeron -otra necedad- que “el hombre es libre por naturaleza”. Cometen el mismo error los intelectuales que abominan del hombre occidental, los estructuralistas, marxistas… [y hoy añadiría Ellul, a buen seguro a los posmodernos y políticamente correctos]: en su fuero interno se hallan tan convencidos de que el individuo y la razón son imperecederos que pueden permitirse el lujo, tan agradable, de cuestionarlos, de negarlos, de exaltar el valor de la locura y el irracionalismo. Artaud es el modelo, el santo y el héroe, el maestro del pensamiento y la nueva encarnación de lo absoluto. Claro que al hacer esto se sigue trazando un gentil discurso muy racional sobre Artaud. Lacan puede tartajear genialidades como la pitonisa encima de su trípode, mientras conserva el más racional de los comportamientos sociales con respecto al dinero, y los mayores exaltadores del odio a la sociedad occidental, los Sollers o los Foucault, siguen una carrera universitaria racionalmente conducida y de tipo perfectamente occidental.
[Los occidentales nos estamos comportando respecto a nuestros valores, a nuestra razón, como nos hemos comportado con los ríos o los bosques: pensábamos que eran tan grandes, tan seguros, que se les podía hacer cualquier cosa, verter cualquier residuo. Pero no era así, y hoy nos encontramos que están a punto de morir. La razón tampoco es tan grande ni tan segura].
Por el contrario, la razón es una edificación frágil que fue madurando lentamente. Es algo que se ha edificado progresivamente en el mundo occidental, desde su difícil parto en Grecia y Roma, como una construcción compensatoria de la posibilidad de libertad conquistada. Se trata del esfuerzo por encontrar algo que no sea ni la sujección exterior ni los imperativos sociales interiorizados, y que permita al hombre a la vez ser libre y elegir, sin embargo, expresiones o ideas que puedan ser reconocidas como aceptables y comunes por los demás miembros de la tribu.
Aquí está la prodigiosa invención de Occidente: que la vida del hombre pueda ser ese juego sutil, infinitamente delicado, entre la libertad y la razón. Y esto no lo ha hecho nadie más. De esta forma hemos elaborado el tipo de hombre más acabado, más consciente.