Hay que reconocer que juzgar es difícil. Para hacerlo bien tendríamos que tener todos los elementos, todas las facetas del problema a la vista. Eso, estrictamente, sólo es posible en un sistema formal como la lógica o las matemáticas, donde tenemos problemas “cerrados”. Pero en cuanto salimos al mundo real, deja de estar claro qué elementos “entran” y cuales “no entran” en el problema: en realidad, todo está conectado con todo, de modo que todos los problemas son abiertos, tienen un contorno difuso.
¿Qué hacemos entonces? No podemos suspender el juicio indefinidamente, de modo que recurrimos a un paradigma: un marco conceptual que nos dice qué es relevante y qué no lo es. El paradigma convierte el problema abierto en un problema cerrado.
Por ejemplo: si nuestro problema es elegir con qué material hacemos una pared en una casa, el paradigma de la física clásica nos dice que lo relevante es la resistencia estructural del material, su conductividad térmica y su calor específico. Podemos prescindir de su precio, de su textura, de si según cierta religión es “impuro” o “puro”, de si es de fabricación nacional o importado… Obviamente todos esos factores “irrelevantes” pueden no serlo: el precio casi nunca lo será (y habrá que introducir un paradigma adicional para juzgar: el económico), pero los otros factores también pueden ser importantes en ocasiones.
Cuando tenemos que resolver un problema o hacer un juicio, solemos pensar que basta con dos cosas: conocer los hechos y tener claro cuales son nuestros fines, lo que consideramos bueno y malo. Pero no es así, porque los “hechos” son siempre demasiados, y para separar el trigo de la paja hace falta el paradigma.




