«Teo» Uriarte, ex etarra: «Zapatero ha dado a ETA la mayor legitimación de su historia»

ABC 22-01-06 EDICIÓN IMPRESA – Terrorismo

La sesión del 17 de mayo de 2005 en el Congreso de los Diputados en la que Zapatero pidió «permiso» para acercarse a ETA está subrayada en negro en la memoria de Eduardo «Teo» Uriarte, buen conocedor de una banda contra la que sólo ve una receta efectiva: aplicar la ley

«TEO» URIARTE

Ex etarra, ex parlamentario vasco y gerente de la Fundación para la Libertad
(…)
-¿La condescendencia del Gobierno con el Estatuto catalán ha resucitado el plan Ibarretxe, le ha dado un oxígeno inesperado?

-Hombre, no, porque el plan Ibarretxe nunca acabó en un cajón. Fue tapado por alguna otra cosa inmediata, como constituir el propio Gobierno vasco o sacar los Presupuestos adelante. Pero el plan Ibarretxe queda ahí «per secula seculorum» salvo soluciones más traumáticas. El problema de todo esto es qué tipo de sistema político e institucional nos hemos dado que cualquiera puede plantear su traumática transformación, y además desde fuera de los organismos que deberían tratar estas cuestiones. En ese nivel de osadía estamos. ¿Qué estabilidad política se ofrece en España para que desde la periferia se pueda llegar a dar la vuelta a la Constitución? La nueva generación de políticos que ha accedido al poder, de la que el primer exponente es Ibarretxe, tiene como única ideología la del «¿qué mal hay en ello?» y la del «¿por qué no?». Es una ideología de naturaleza higienista, que funciona a base de protocolos, y de cierta concepción misionera, por la trascendencia que atribuyen a lo que se disponen a hacer. Eso les imbuye de un radicalismo político propio del viejo doctrinario de los años treinta del siglo XX.

-En su libro de memorias usted hace la reflexión de que el plan Ibarretxe, lejos de ser moderno, es una vuelta al modelo imperial de relación pactada con las periferias…

-Es una manifestación más del carlismo integrista que está en los orígenes del nacionalismo vasco. Pero lo malo no es que ese proyecto sea el del PNV, que eso ya lo sabemos. Es que es también el de Zapatero. Quiere aplicar a España un modelo a imagen del propio PSOE, que hoy se llama «federal» pero que es en realidad «confederal», conceptos que pueden parecer lo mismo pero que no tienen nada que ver. Zapatero se ha dicho: «Constituyamos la organización territorial del país a semejanza de cómo funciona el partido». La cultura fundamental de los nuevos políticos es la de partido. Y además, si un partido está en el poder, el poder aglutina, no hay asomo de contestación interna. Las corrientes de opinión de otros tiempos no existen. A lo más que se llega es a asumir la organización en clanes. Son una estructura organizada como la vieja España imperial, una tendencia que aún no se ha visto en el PP, pero que aparecerá. El confederalismo de Ibarretxe y Maragall es otra cosa. Ellos, como Escarlata O´Hara, se han jurado que nunca más volverán a pasar hambre, o sea, que no dejarán el poder nunca y que siguen organizando lo mejor que pueden el tejido clientelar. Y como el confederalismo, a diferencia del federalismo, es el gran chollo, con el que «estoy unido al resto para lo bueno, pero no para lo malo», pues ya sabemos dónde empieza y dónde acaba su proyecto político.

-De alguna manera usted sostiene en sus memorias que fue ese clientelismo nacionalista el que hizo que en última instancia los constitucionalistas perdieran las elecciones de 2001 en el País Vasco…

-Yo creo que sí. En España es en la periferia donde se materializan fórmulas políticas que se parecen más a un régimen que a un sistema jurídico, hasta el extremo de que se puede llegar a percibir como más fácil quitar al presidente del Gobierno español o, incluso, me atrevo a decir, llegar a descabalgar a la Monarquía, que echar a un presidente de Comunidad autónoma. Es tal la inmediatez de la relación política, es tal la relación del administrado con la Administración que los lazos de dependencia son enormes. Esta organización territorial de España habría sido el sueño de los caciques de la etapa canovista. Y eso se nos vende como progresismo. A mí me da mucha más garantía una Sala judicial a la que recurrir en Madrid que no la de ese con el que tomo chiquitos en el «batzoki».

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