El otro peligro de la droga, por IGNACIO CALDERÓN

Por IGNACIO CALDERÓN
Director general de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción

ABC EDICIÓN IMPRESA – Colaboraciones

ÚLTIMAMENTE asistimos a una catarata de informaciones que confirman una tendencia que parece, de momento, imparable: el aumento de los consumos de drogas entre los más jóvenes, especialmente de las llamadas «drogas lúdicas» -cannabis, cocaína, alcohol, drogas de síntesis-, que han llegado a convertirse en elementos omnipresentes en el tiempo de ocio de adolescentes y jóvenes españoles. Es sobradamente conocido que los consumos de drogas siempre se deben a una génesis multidimensional; nunca hay una sola razón para consumir. Y estoy hablando no de ese consumo adictivo que supone un recorrido previo en la reiteración de los usos y que está enormemente influido por razones personales. De los consumos que estoy hablando, a los que aplico ese origen multicausal, son todos esos consumos experimentales más o menos habituales pero que todavía no están condicionados por la dependencia, que son los que en gran medida abonan esa explosión de las prevalencias entre los adolescentes.

Alguien puede querer acceder al uso de drogas por razones individuales de todo tipo: evadir un conflicto, cubrir una necesidad, la búsqueda de una determinada sensación o incluso por ideología o «contraculturalidad». Pero además de por razones individuales, es innegable que actualmente a los consumos de drogas se accede por motivos de origen social. A veces son las modas, las aspiraciones colectivas, las prioridades sociales, las que a través de la presión del grupo -del pequeño grupo que rodea a cada persona o del gran grupo que constituye el contexto- influyen en el individuo.

Cuando, como es el caso, la extensión del comportamiento adquiere unas dimensiones tan importantes, no parece razonable interpretar que sean elementos individuales los que están promoviendo el cambio. Por tanto, deberá ser más bien a ese horizonte de razones sociales a las que debamos atender para explicar un fenómeno de dimensiones tan obviamente colectivas.

¿Qué ha pasado en nuestra sociedad que tanto propicia el que, cada vez más, adolescentes y jóvenes se inicien en el consumo de drogas? El espectro de respuestas razonables tiene que ver con el cambio de estilos de vida, valores, prioridades existenciales, conceptualización de qué es la vida y qué tiene que proporcionarnos. Todo ello ha facilitado que las drogas aparezcan como elementos integrados en la cotidianeidad, sintónicos con nuestras aspiraciones.

De las últimas investigaciones de la FAD pueden extraerse conclusiones al respecto. Así, dentro del grupo de valores emergentes y enfatizados por la población española está todo el conjunto de valores hedonistas y presentistas que, hemos podido comprobarlo estadísticamente, se correlacionan claramente con el inicio de los consumos. Además, también hemos contrastado que el ocio, en el que se acumulan riesgos de diverso orden para adolescentes y jóvenes, cada vez ocupa una dimensión mayor y más relevante en el proyecto existencial de las personas.

A esta enfatización del ocio como eje vertebrador de la experiencia vital hay que sumar el auge del individualismo. Estamos llegando a una sociedad en la que todo gira alrededor del individuo y en la que éste se está convenciendo de la legitimidad de cualquier tipo de comportamiento que favorezca su bienestar, incluido por supuesto los consumos de drogas.

En este estado de situación, estamos llegando a un punto en el que, para muchos adolescentes y jóvenes, ser «normal», estar integrado en el grupo, vivir de forma natural su socialización, tiene más que ver con consumir drogas que con no consumirlas. Hasta hace poco las drogas marginaban. Hoy podríamos decir que entre muchos jóvenes son un elemento de integración.

Sabemos casi al cien por cien el porqué de los consumos, pero el diagnóstico sin terapia posterior sólo sirve para tranquilizarnos artificialmente. Quizás es el momento de dejar de analizar y empezar a actuar más, desde la sociedad civil, desde la colectividad. Desde cada uno de nosotros. Sólo desde la colectividad, desde la sociedad civil, será posible cuestionar los actuales estilos de vida que promocionan -y en algunos casos incluso abocan- al consumo de drogas. Todos los agentes sociales que contribuyen a la socialización deben asumir su parte de responsabilidad en el mantenimiento o cambio de estos valores.

Desde los distintos agentes sociales se debe remar en una dirección básica: la educación preventiva desde la etapa infantil. En este proceso, todos estamos implicados. Padres, profesores, medios de comunicación, publicitarios, administraciones, organizaciones sociales, etc. Todos desde su ámbito pueden contribuir a cambiar un ritmo social y unos hábitos que obligan a muchos de nuestros jóvenes, casi niños, a tomar decisiones para las que no les hemos preparado. No es necesario hablarles de drogas cuando aún no saben de su existencia, pero sí deben saber muy pronto qué significa la responsabilidad, los límites, haber trabajado su autoestima para que no puedan ser en el futuro manipulados fácilmente, el autocontrol, la empatía, las habilidades de negación, la capacidad para soportar las frustraciones, el valor del esfuerzo, ayudarles a no sobrevalorar el ocio como fin vital, etc.

Quizás es el momento también de dejar de ampararnos en discursos justificativos y tranquilizadores o de demandar medidas que no nos obligan personalmente a hacer nada. Evidentemente, son importantes las campañas de sensibilización, que se implementen programas preventivos en escuelas y ámbito familiar, que se destinen más recursos públicos para ello, pero de nada servirá ninguna medida si colectivamente, y cada uno desde nuestra responsabilidad, no empezamos a cuestionar los valores sociales que predisponen a los más jóvenes hacia los consumos de drogas, y hacia otra serie de conductas de riesgo social.

Como he afirmado antes, el diagnóstico ya está sobre la mesa. Ahora se necesita pasar a la acción, cada uno desde nuestra responsabilidad individual y todos desde nuestra responsabilidad común. El principio de año puede ser un buen momento para empezar a movernos.

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