Materialismo político, por IGNACIO SÁNCHEZ-CÁMARA

ABCD las artes y las letras
Por Ignacio Sánchez Cámara.
enero 2006

No es fácil comprender el auge y el éxito de los nacionalismos en España. La tradición de la izquierda ilustrada y jacobina es opuesta a un movimiento que siempre consideró reaccionario y que subordina los derechos personales a las identidades colectivas. Además, esa izquierda defiende el universalismo y el igualitarismo, principios que rechaza el particularismo nacionalista. Bien es verdad que esta izquierda cada vez es más residual entre nosotros, y también lo es que de los males de la coa-lición entre socialismo y nacionalismo no está exenta la reciente historia española (ni la europea, por lo demás). Aún así, no es fácil entender el encanto que el irracionalismo emotivista del nacionalismo puede llegar a suscitar entre nuestros «progresistas», al margen de los confortables apoyos electorales necesarios para seguir en el poder. Y buscamos una explicación, aparte de porque es ésta una ocupación prudente y recomendable, también para no tener que recurrir a otras, muy socorridas, de naturaleza psicopatológica, como que la locura o el odio a España se hayan apoderado de parte de nuestros políticos.

Una lectura oportuna y a tiempo vino en ayuda de la confirmación de una vieja hipótesis. Y ciertamente no era el lugar que uno hubiera pensado adecuado para hallar tratada la cuestión. En un breve ensayo de 1946, titulado «¿Hombre o conejo?», C. S. Lewis analiza algunas de las muchas cosas sobre las que un materialista y un cristiano no podrían llegar a un acuerdo. Entre ellas, no falta la política. Una gran diferencia separaría siempre la concepción de la política de ambos. «Para el materialista, cosas como naciones, clases y civilizaciones deben ser más importantes que los individuos, porque los individuos viven sólo setenta años o algo más cada uno y los grupos pueden durar siglos. Para el cristiano, en cambio, los individuos son más importantes, pues viven eternamente, y las razas, las civilizaciones y cosas por el estilo, comparadas con ellos, son criaturas de un día».

El cristianismo rechaza el nacionalismo no sólo por su vocación universalista de constituir un mensaje dirigido a todos los hombres, sino también por su concepción del hombre, por su personalismo. El nacionalismo es una de las formas que reviste el materialismo político, para el que la persona tiene siempre un valor menor que los grupos, y derivado del de ellos. No es extraño entonces que quienes niegan la condición personal del hombre, lo sometan con facilidad a disciplinas colectivas, autoritarias y, en su versión más radical, totalitarias. Si una sola persona no vale más que un pueblo, una clase o una nación, entonces estamos perdidos. La mejor terapia contra el nacionalismo sería así la fe en la vida perdurable.

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