Ocasiones Perdidas por ÁLVARO DELGADO-GAL

ABC 17-01-06

Bono ha exigido a las Fuerzas Armadas que no defiendan la España de los Reyes Católicos. Conviene distinguir lo que dijo el ministro de lo que quiso decir. Lo que dijo fue, en puridad, una tontería. El general Mena ha declarado intangible la España autonómica, no la España de finales del siglo XV. El punto es importante, porque la España de Isabel y Fernando no era un Estado moderno. Había portazgos a la entrada de las ciudades; los derechos variaban según la condición social o el territorio; los hidalgos no pagaban impuestos. Ahora, por el contrario, los derechos se han nivelado y las necesidades básicas se cubren con independencia de dónde viva uno o cuántos millones tenga depositados en el banco. Ello no sería posible sin la cohesión fiscal del Estado, y sin las estructuras administrativas en que se apoya. En varios aspectos, la España asimétrica que propugnan Carod, Mas, Ibarreche o Maragall se acerca más a la de los Reyes Católicos, que la reivindicada por el general Mena. No se sigue de aquí, por supuesto, que el general no se haya pasado tres pueblos, o que su cese no haya sido oportuno. Lo ha sido. Oportuno y necesario. Pero hay que acusar al infractor de las faltas que ha cometido, no de las que no ha cometido.

Consideremos a continuación lo que el ministro intentó decir y no acertó a decir. Bono se ha referido, implícitamente, a la expulsión de los judíos, al catolicismo obligatorio y a todo eso. Es decir, a la España una en lo espiritual que el tópico asocia a los Reyes Católicos y que reinventó el franquismo. Y ha lanzado el mensaje de que España podrá seguir siendo moderna y solidaria aun cuando se diversifique culturalmente y exprese esa diversidad en ordenamientos políticos concretos. Verbigracia, el Estatuto catalán, y los que surjan en su estela.

Pero Bono se ha confundido de registro, no sé si adrede. La dificultad no reside en la diferencia cultural, que nadie ataca, sino en el hecho de que se está invocando la diferencia cultural como argumento para fragmentar la soberanía. Es este tránsito, o mejor dicho, este fabuloso «non sequitur», el que ha enturbiado las aguas y suspendido los ánimos. Repárese en la polémica desatada por la oportunidad de incluir o no el término «nación» en el Estatut. Se comprende que Carod quiera incluirlo como paso previo a la creación de un Estado catalán. Lo absurdo, y ahora no estoy pensando en Bono sino en Maragall y Zapatero, que es maragalliano por omisión y acaso por falta de alternativas, lo absurdo, repito, es alegar que los catalanes, en vista de que no se sienten manchegos, tienen derecho a que se les reconozca como nación aparte. Es absurdo porque la Constitución española no impide a nadie que se sienta como le venga en gana. Desde un punto de vista estrictamente constitucional, las preguntas pertinentes, cuando se habla de nación, son tres: quién manda, qué títulos tiene para mandar y cómo manda.

No son principios que quepa enunciar por separado, para agregarlos a continuación. La cuestión de cómo se ha de mandar afecta a la de qué títulos se tienen para mandar, y esta última interesa a la de quién manda. Evidentemente también, las realidades nacionales son mucho más complicadas y envuelven factores sociológicos e históricos. Pero el planteamiento constitucional posee la virtud de hacer abstracción de los sentimientos. Es un esquema deliberado de mínimos. O si se quiere, es como el reglamento del fútbol, combinado con los requisitos que ha de satisfacer un club para formar parte de una federación. Se sientan premisas abstractas, sin anotaciones al margen sobre el amor a los propios colores, y cosas por el estilo. El concepto de «nación» consagrado por nuestra Carta Magna participa de este carácter funcional. Determina qué mayorías obligan a quienquiera que se llame «español». Y nada más.

La España del 78 salió vacunada, por razones conocidas, de la españolidad impostada del franquismo. Fue una España genuinamente constitucional, en el sentido de que quería pensarse a sí misma en términos jurídicos y políticos, no emocionales. En el acuerdo entró la derecha, que ansiaba desprenderse de su vinculación con la dictadura. Y entró gran parte de la izquierda. Pero había señores que no acababan de sentirse cómodos en este bastidor aséptico, en este espacio habilitado gracias a tácitas y recíprocas contenciones. Estos señores han puesto la mano en su víscera cordial, exigente y descontentadiza, y han exigido un bastidor a su medida. Y estamos como estamos.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Recortes, Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s