La generación más libre por JUAN JESÚS AZNÁREZ

INVESTIGACIÓN Y ANÁLISIS
REPORTAJE: Adolescentes y jóvenes españoles / 1

Numerosos jóvenes rechazan ser como sus padres, para quienes el trabajo fue prioritario. El concepto de “normalidad” y el grupo de amigos ejercen una influencia decisiva
La generación comprendida entre los 15 y los 24 años disfruta de unas libertades impensables en los tiempos de sus padres, con quienes frecuentemente entra en colisión al discrepar sobre las metas en la vida. El ocio despunta como el eje sobre el que pivota la cultura juvenil, y el pragmatismo es, quizá, el valor más compartido por los chavales.
JUAN JESÚS AZNÁREZ

EL PAÍS – Sociedad – 03-04-2006

La supuesta irresponsabilidad de los adolescentes es una constante histórica desde las reflexiones de Sócrates sobre el comportamiento juvenil en la Grecia antigua. “Los jóvenes de ahora aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad. Muestran poco respeto por sus superiores y ya no se levantan cuando alguien entra en casa”, según el inventario de reproches atribuido al filósofo ateniense del siglo IV antes de Cristo. “Prefieren insulsas conversaciones al ejercicio, y están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y a tiranizar a sus maestros”. La mayoría de los padres españoles entre los 40 y los 55 años también cree que fueron más trabajadores, más maduros y más respetuosos que sus hijos adolescentes y jóvenes, cerca de seis millones, a los que tratan de educar, en esa dirección, desde el convencimiento, no desde el autoritarismo de los abuelos. Pocos dudan,sin embargo, de que nos encontramos ante la generación más libre.

Y también más compleja. El propósito de los padres fracasa cuando el pragmatismo, el hedonismo y el relativismo moral percibido en un segmento bastante significativo de los chavales, nacidos en una España más próspera y tolerante, chocan con las elevadas expectativas de sus padres, marcados por una España pobre y rígida. El desencuentro es a gritos no pocas veces, porque los progenitores no encuentran el punto de equilibrio entre la condescendencia y los límites, entre el diálogo convincente y la imposición. La “negociación” de pautas con el hijo “en la edad del pavo” suele ser una vía de escape. Millones de padres disfrutan y confían en sus hijos, pero millones temen la alarmante proclividad de los suyos, entre los 15 y los 24 años, al carpe diem, al disfrute del presente sin apenas preocupación por el futuro. Francisco Javier Lapuente, director del Instituto Luis Buñuel, en Móstoles, no observa, sin embargo, “un cambio a peor generalizable. Cambió la manera de relacionarse. Por ejemplo, ahora mismo, el profesor más severo del instituto sería un blando hace 20 años”.

Los padres tropiezan, se equivocan y dudan cuando tratan de inculcar a sus hijos los valores que creen deben regir sus vidas en un futuro que adivinan laboral y socialmente complejo: el esfuerzo en los estudios, la diversión responsable, la disciplina, la solidaridad, el respeto o la promoción de los afectos. Los progenitores desarbolados arrojan la toalla y delegan en los profesores o en el psicólogo. Lo hacen después de haber llegado al convencimiento de que su capacidad de influencia es casi nula. Sienten que fueron esclavos de sus padres y ahora, de sus hijos, que son en buena medida muy parecidos a ellos por impregnación u ósmosis.

La adolescencia incordia al adulto cuando se manifiesta vaga, gamberra o violenta, cuando bebe hasta la borrachera y fuma porros antes de entrar en las aulas: el 60% bebe alcohol, y el 30% consume marihuana, según un estudio del Ministerio de Sanidad fundamentado en 25.000 entrevistas. El fracaso escolar y personal es consecuencia de esos factores y de otros más profundos. Pero la adolescencia española es muy diversa, pese a los estereotipos, y muy singular al haber llegado precedida por una transición política fecunda en transformaciones, y una acumulación de cambios cuantitativos que, parafraseando la dialéctica marxista, alumbró cambios cualitativos en la conducta de los chavales, entre sí y con sus padres.

Tiene más posibilidades que ninguna. Se trata de una generación alejada de la política, a un 60,8% no le interesa, y “muy desbrujulada, desorientada, que busca, pero no sabe a qué agarrarse”, según Javier Elzo, catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto. ¿Qué referentes tienen? “¿La Iglesia? No. Hay un divorcio entre la religión y los jóvenes. ¿Los partidos? Tampoco. Siempre están a la greña. Los telediarios son un anecdotario de desgracias”, lamenta el catedrático. ¿Y los padres? “Los padres están casi siempre fuera de casa. Los referentes son ellos mismos. Y es muy difícil que un chaval sea modelo para otro”. Ante esas situaciones, la tradicional cadena de transmisión de valores, familia, amigos, medios de comunicación y escuela, sufre a veces desajustes.

Los abuelos y padres de la muchachada que acude a los botellones de Sevilla, Granada, Madrid o Barcelona sí tuvieron referentes claros: el tránsito de la dictadura a la democracia en España, la implantación del Estado de derecho, el salto de unos patrones dictatoriales a otros liberales, y el trabajo. Su esquema de valores se nutrió mucho de las ansias de libertad de los años sesenta y setenta, y de su protagonismo en las profundas transformaciones sociales ocurridas en España. El nivel de educación y bienestar aumentó espectacularmente, la mujer se incorporó masivamente al trabajo y conquistó espacios en un mundo de hombres, las rupturas matrimoniales se multiplicaron, y los hijos crecieron en un entorno y unas estructuras diferentes a los de sus padres.

“El contexto histórico en que se produce esta generación tiene sus propias características”, señala Josune Aguinaga, doctora en Sociología de la Universidad de Educación a Distancia (UNED) y ex presidenta de la Unión de Asociaciones Familiares. “La permisividad de los padres es una respuesta a la educación autoritaria que tuvieron ellos, pero se les ha ido un poco la mano. Los chavales prefieren límites, aunque sea para trasgredirlos”. El vertiginoso reacomodo de las familias españolas, la primacía del éxito laboral en la escala de prioridades de los adultos o la errática democratización del trato con los hijos son factores que no pasan inadvertidos. La reacción puede ser a la contra cuando el ritmo laboral de los progenitores es asfixiante, y su relación personal, crispada.

“Mis padres son unos pringaos que no saben hacer otra cosa que trabajar. Acabarán uno por cada lado. No quiero ser como ellos”, admite Julián, de 20 años, hijo de un abogado y una profesora universitaria, que salta de un oficio a otro. Los valores socialmente deseables, la probidad, el respeto a los mayores o la ejemplaridad, suelen entrar en colisión con los valores tenidos como característicos de la juventud, entre ellos, la diversión, y una cierta apatía hacia aquello que el adulto considera importante. Lucía, de 16 años, estudiante de un colegio bilingüe de Madrid, reconoce que algunos de los vicios atribuidos a los adolescentes son bastante ciertos.

“En parte lo tenemos todo dado y hecho, por nuestros padres o por nuestros profesores. No tuvimos las dificultades que tuvieron nuestros padres o nuestros abuelos”, dice. “Es por eso por lo que no hemos desarrollado eso de hacer las cosas por uno mismo. Por otra, diría que somos un poco despreocupados con lo que le pasa a la gente”. Lucía lamenta que los jóvenes españoles apenas se involucren en causas justas. “No sé. Es como que a la adolescencia en España las cosas les dan de lado”. La mayoría de los tardoadolescentes, entre los 18 y 21 años, también es de esta opinión, a juzgar por los estudios demoscópicos. Nicolás, de 21 años, universitario, pertenece a ese grupo: “La verdad es que no nos interesa mucho la actualidad nacional o la guerra de Irak. Vamos a lo nuestro”.

Entonces, ¿ a qué van los chavales españoles? ¿Tienen algún denominador común? ¿Alguna característica compartida por la mayoría? La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) y el Instituto de la Juventud del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, en colaboración con la Obra Social de Caja Madrid, efectuaron ocho estudios sobre su relación con los medios de comunicación, los amigos, la música, los estilos de vida, la publicidad, el sexo y la política. Los integraron y llegaron a la conclusión de que hay denominadores comunes, rasgos básicos. “Es una cultura juvenil que está muy influida por la representación social, o sea, por lo que la sociedad cree que son los jóvenes. Más allá de la realidad de cómo son, la gente monta un mundo sobre ellos”, señala Eusebio Megías, director técnico de la fundación.

Los investigadores encontraron una línea que recorre los ocho estudios: el concepto de “normalidad”. La normalidad es lo que preconiza el discurso generacional mayoritario, que no admite ni matices, ni fisuras. Ese discurso puede tachar de “raro” a quien le gusta el flamenco, o milite en Amnistía Internacional, pese a que los jóvenes entrevistados uno a uno en sus domicilios se manifestaran con matices y fueran diferentes entre sí. Pero en las entrevistas del grupo, preguntados todos a la vez, predomina el discurso de mayoría, tan potente que acalla los discursos individuales y radicaliza las posiciones. El discurso de la mayoría, el que públicamente conforma la representación de la cultura juvenil, no es muy idealista: sostiene que el compromiso social es cosa de mayores y que, además, suele estorbar para lo que el adolescente y el joven suponen que es su verdadero compromiso: divertirse y prepararse para un mercado laboral complicado.

“¿Meterme en política? ¿Para qué? Si son todos iguales: unos chorizos que no sirven para nada. ¿Meterme en una ONG? ¿Para qué? Si es un follón, una bucrocracia que sirve para poco”, resume Megías, empleando las palabras de los adolescentes. “¿Informarme? Pero si los medios de comunicación son correas de transmisión de los partidos. Prefiero estar mal informado a que me manipulen”. El 26,4% del total de los adolescentes y jóvenes españoles participa en alguna asociación, un índice considerado bastante bajo, y la mitad de ese 26,4% lo hace en deportivas o recreativas, según las encuestas de la FAD. Apenas el 1% del total se involucra en movimientos ecologistas; en ONG, el 1,5%.

Otro rasgo en común es la importancia del grupo. El adolescente no tiene sentido sin el grupo, que puede ser uno durante la semana escolar y laboral, y otro muy distinto los fines de semana. Este último es el determinante porque organiza el ocio. Quien quiera integrarse habrá de asumir el discurso de la mayoría, o actuar casi vergonzantemente. El grupo aprueba o desaprueba conductas y normas, acepta o no acepta a nuevos miembros, y puede estigmatizar a una chica si se desvía del punto de equilibrio entre ser una estrecha o un pendón. “Y la supuesta tolerancia que se presume a los adolescentes es más indiferencia. Hay un cierto relativismo moral: que cada uno haga lo que quiera siempre que a mí no me moleste”, según agrega Megías.

¿Qué mueve entonces a la mayoría de los jóvenes españoles? El eje sobre el que pivota esa comunidad, lo importante en su vida, está dejando de ser el proyecto de trabajo, que es una amenaza para la que hay que prepararse. Lo importante es el ocio, que mueve mucho: los horarios, las expectativas y la ropa de los chavales. La evolución de la sociedad española fue rápida y bastante drástica. La generación de la democracia se regía implícitamente por un contrato social, donde se suponía que el hombre, más que la mujer, debía hacerse un espacio en la vida. Este espacio venía definido por el éxito o no en el trabajo. En cualquier caso, el trabajo tenía que obtenerse con esfuerzo, igual si se estudiaba una carrera, como si arrancaba de aprendiz. Antes, el ocio se subordinaba al trabajo. Cambiaron las condiciones estructurales y de producción, y conseguir un buen trabajo, aun contando con una carrera universitaria y maestría, es incierto. Por tanto, el ocio se impone. Y los adolescentes son así porque el conjunto de la sociedad entronizó los valores que tienen que ver con el disfrute.

Los factores detrás de todos los cambios en curso son muchos. España evoluciona desde un modelo tradicional de familia de matriz mediterránea a otro de perfil nórdico en el que prima el individualismo, y la promoción del padre y de la madre como hombre y mujer, y como profesionales. “Y todo afecta a la educación de los hijos. Nos encontramos con padres que llevan un ritmo tan infernal que cuando llegan a casa es psicológicamente imposible que puedan hacer esa labor de educar. El cuerpo les pide descansar”, agrega Javier Elzo. El asunto no es menor porque otros agentes sociales, la televisión, los videojuegos, el móvil, Internet o la música llenan el espacio que en parte hubieran podido ocupar los padres con una dedicación que frecuentemente causa desgana y fastidio porque parece infructuosa.

La medida de conexión a la red de los jóvenes (nueve de cada diez usan móvil) es de nueve horas semanales. Los desajustes en la relación paterno-filial generan confusión, insatisfacciones y graves encontronazos; el asunto es serio porque toca a buena parte de los hogares. La población entre los 15 y los 24 años es de 5.624.056 personas en España, según el Padrón de enero del año 2003.

Los padres de este colectivo aún exhiben contradicciones no resueltas. Quieren dedicar más tiempo a sus hijos, pero también disponer ellos de más tiempo libre; quieren promover la comunicación con sus vástagos, pero apenas atienden sus argumentos, les preparan un intenso programa de actividades extraescolares, o eluden aspectos relevantes en su formación, como el sexo; quieren que no sean caprichosos y sí austeros, pero al mismo tiempo que tengan todo lo que ellos no tuvieron. No es fácil resolver la ecuación. El psicólogo Jaime Funes, adjunto para la Infancia y la Adolescencia del Defensor del Pueblo de Catalunya, cree que lo fundamental es escuchar para descubrir los argumentos vitales detrás de los comportamientos.

“Nuestra sociedad todavía no sabe qué hacer con sus adolescentes”, señala. “¿Qué encargo social les ponemos más allá de prepararlos para un futuro cada vez más lejano?”. Las generaciones anteriores consideraban la adolescencia un periodo provisional, de transición hacia la edad adulta. Ahora es una etapa vital diferenciada. “Además, esta sociedad es muy gerontocrática y tiene una especial molestia respecto a la existencia de la juventud. Les va bien como consumidores, pero sin desmadrarse, ni molestar”, apunta Funes. “Pero los adolescentes necesitan ser, y no sólo estrellas fugaces. Necesitan estabilidad. Y tienen en común cómo exprimir el día a día, pero de aquello que te aporta como persona”.

No todos están convencidos de esa tesis porque atribuyen a los adolescentes escaso interés por el virtuosismo personal. Dos jóvenes, Carmen Pérez-Lanzac, de 28 años, autora de ¿Qué estarán haciendo?, y Eduardo Verdú, de 31, autor de Adultescentes, los dos muy cercanos generacionalmente a los chavales bajo escrutinio sociológico, han tratado de adentrarse en su mundo. Durante un año, Carmen compartió sus fines de semana con adolescentes. Sin querer etiquetar, observó que “por lo general son muy espabilados. Se puede hablar de todo con ellos. Están muy al día, pero con frecuentes referencias a la televisión. Ven mucha telebasura”.

Carmen Pérez-Lanzac destacaría también que son muy pragmáticos. “El tema de la carrera universitaria, que a mi edad todo el mundo tenía que hacer una, lo han desmitificado porque ven que no se gana mucho. Mucha gente gana mil euros habiéndose matado a estudiar. Igual no más que un electricista”. Muchas más cosas le llamaron la atención, pero una de ellas fue el consumo de porros. “En mi tiempo también se fumaba, pero no tanto. Los cargan mucho. Yo les decía: ‘Pero, chicos, ¿cómo podéis ir luego a casa o estudiar en esas condiciones?”.

Eduardo Verdú piensa que los chavales de ahora han crecido muy deprisa, disponen de muchísima información, y se encuentran en un espacio vital que, quizá, no les corresponde. “Tienen prisa por crecer y, de alguna manera, se sienten frustrados porque no disponen de las libertades que ellos demandan”. Tienen las restricciones propias de la edad, y viven en casa, controlados por sus padres, pero han perdido un poco la infancia. “A los 13 o 14 años ya están viendo películas porno, teniendo relaciones sexuales, bebiendo alcohol y tomando porros. Están mucho más espabilados”, dice Eduardo Verdú. “A los 13 años, cuando mi generación todavía pedía a los Reyes Magos un balón de reglamento, ellos ya piden móviles, ropa de marca y el iPod (un reproductor que permite almacenar hasta 15.000 canciones y 150 horas de vídeo)”. Evidentemente, los padres no están preparados para esta eclosión.

¿Son felices sus hijos? El Informe Juventud en España 2004 dice que la mayoría no manifiesta grandes preocupaciones y que su grado de optimismo y felicidad ante la vida es alto. No es poca cosa. Un padre puede sobrellevar casi todo menos la infelicidad de sus hijos, aunque no sean como hubiera querido que fueran.

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Una respuesta a La generación más libre por JUAN JESÚS AZNÁREZ

  1. Salvino dijo:

    Encantado por el resumen de la investigación, pues, refleja muy bien la realidad en que vivimos. Entre los textos me gustaría que enviasen para mí la referencia (libro y página) de la siguiente cita: “Los jóvenes de ahora aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad. Muestran poco respeto por sus superiores y ya no se levantan cuando alguien entra en casa”, según el inventario de reproches atribuido al filósofo ateniense del siglo IV antes de Cristo. “Prefieren insulsas conversaciones al ejercicio, y están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y a tiranizar a sus maestros”.

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