De Prada: la incomprensión de la ironía como síntoma de incultura

Abrir los postigos

Juan Manuel de Prada, XLSemanal, 11 – 09 – 2006
En una carta dirigida al director de ABC, un lector llamado don Serafín Romero, además de regalarme un ditirambo que no merezco, advierte que con frecuencia en los medios de comunicación se emplea un lenguaje demasiado «enunciativo y romo», que excluye posibles lecturas irónicas. Al leer su carta, he recordado una intervención de la escritora Lola Beccaria en una mesa redonda que tuve la fortuna y el placer de compartir con ella hace algún tiempo. Beccaria pintaba un cuadro poco esperanzador sobre el futuro de la literatura, cada vez más acorralada por exigencias de un mercado que impone un registro lingüístico muy pobretón y rudimentario, del que quedan excluidas formas expresivas como la ironía más o menos velada, la elipsis, la metáfora, etcétera, por la sencilla y escueta razón de que hay cada vez más lectores que no las entienden. Aquella intervención de Beccaria, tan pavorosamente lúcida, me obligó a considerar algunos aspectos de mi oficio de escritor, y también a cuestionar ciertas inercias políticamente correctas que nos pintan la ‘democratización de la cultura’ como el más perfecto de los paraísos posibles.


¿En qué consiste leer? ¿Tan sólo en descifrar unos signos que representan tal o cual sonido? Parece evidente que no. Con frecuencia empleamos el término ‘analfabeto funcional’ para designar a aquella persona que, siendo capaz de descifrar los signos de la escritura, se muestra incapaz de captar su significado. Pero el significado literal de las palabras no agota el sentido del lenguaje. El lenguaje, en realidad, es mucho más que un puñado de signos; es también –y sobre todo– una retórica, un modo de emplear esos signos, de ordenarlos de tal modo que su sentido literal quede anulado, corregido, amplificado, matizado por un sentido más profundo y verdadero. Cuando hablamos de ‘empobrecimiento del lenguaje’ solemos referirnos a una expresión oral o escrita cada vez más reducida en su repertorio de palabras; pero soslayamos otro empobrecimiento acaso más profundo que no atañe al número de palabras que manejamos, sino a las posibilidades retóricas de esas pocas o muchas palabras. Y creo que una persona incapaz de entender una ironía, un calambur, una sinestesia o una alegoría es también analfabeta funcional. Conformarnos con un uso «enunciativo y romo» del lenguaje, en el que las palabras se limiten a designar mostrencamente lo que queremos decir, equivale a firmar un acta de defunción cultural. Y mucho me temo que hayamos iniciado un camino sin retorno: no se trata tan sólo de que la retórica haya dejado de ser impartida en las escuelas, como parte consustancial al proceso de alfabetización; lo más terrible del asunto es que ese lenguaje sin retórica empieza a infectar la expresión literaria. Incluso hay escritores que desdeñan altivamente la retórica, confundiéndola con el floripondio y la afectación.

Cada vez que publico un artículo en el que utilizo un registro lingüístico distinto al puramente enunciativo, paródico o simbólico por ejemplo, suelo recibir cartas iracundas u ofendidas de lectores, incluso de lectores abnegados, que me reprochan tal o cual observación, por considerarla desconcertante. Nunca deja de sorprenderme que no hayan probado otra lectura distinta a la epidérmica antes de ensayar sus improperios. Si la probaran, tal vez se sentirían más gratificados (o, por el contrario, su iracundia se acrecentaría), pero sobre todo percibirían cómo la realidad se ensancha, revela pasadizos que hasta entonces les habían pasado inadvertidos, les permite respirar un aire imprevisto que esconde aromas más intensos. Cuando nos quedamos en la literalidad del lenguaje enunciativo actuamos como el visitante de una mansión al que franquean la puerta de un aposento y se contenta con deslizar la mirada sobre sus paredes, sin reparar en la ventana que se abre a un paisaje de incalculable belleza. Y el escritor que trata de ofrecer a sus lectores lo mejor de sí mismo, exprimiendo al máximo los recursos del lenguaje, es como el anfitrión que reserva a sus huéspedes la habitación con vistas más hermosas y a la mañana siguiente, cuando les pregunta si han disfrutado del panorama, descubre que ni siquiera se molestaron en abrir los postigos. Es una sensación desalentadora, de humillada consternación, que te obliga a preguntarte si tus esfuerzos merecerán la pena, si no estarás dilapidando tus días en una pasión inútil, si el oficio de escritor seguirá teniendo sentido cuando los huéspedes se conforman con enchufar el aire acondicionado y caer derrengados en la cama, sin asomarse al mundo de aterida belleza o ingenio recóndito que has reservado para ellos solos, detrás de los postigos, allá donde el lenguaje es un pájaro que vuela libre, evadido al fin de la jaula donde las palabras crían michelines, hartas de decir siempre lo mismo.

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