Andrés Ibáñez: España y yo

España y yo

Por Andrés Ibánez (publicado en ABCDE, 27 de enero de 2007) .

Yo sé que nunca me va a ir bien en España. España, sin embargo, es mi fatal destino. Como aquel personaje de zarzuela, y aunque no tenga un cuerpo serrano, he nacido en España y soy español. Nunca me ha parecido que esto sea una virtud o una ventaja especial. No sé muy bien qué es España, porque tengo una mente visual y una cierta dificultad para las abstracciones.

No tengo una sensación clara de lo que es España. Amo la tierra, y los árboles y las flores que brotan de la tierra, aunque no siento ningún vínculo especial con la tierra en que nací, que era tierra asfaltada al fin y al cabo, la tierra asfaltada de la calle O?Donnell. Sí con el aire, con el clima de Madrid, con sus brisas frescas y tibias en otoño. Amo profundamente Madrid, especialmente los plácidos y arbolados barrios del norte, la Colina de los Chopos, pero también la Castellana o el Retiro. Es difícil no amar una ciudad tan bella y tan humilde. Es difícil no amar el lugar donde uno ha nacido, donde ha sido niño, donde ha aprendido a hablar. Pero ¿es esto España?

Yo sé que amo apasionada, devoradoramente, la lengua española. Amo su sonido músico y peregrino y sus palabras largas e intensas, amo su prosodia de barcarola y el laberinto diamantino de su sistema verbal, amo sus ambigüedades y sus precisiones, su materialidad y su transparencia. Amo la poesía española, mi verdadero país.

Desde niño he sabido que nunca me iba a ir bien en España. Hay algo en España que me da miedo. Algo brutal, violento, solar, cruel. Algo que golpea y que insulta y que se ríe. Una pasión por lo vulgar y lo grosero, por lo bajo y lo soez. Los que no participan de eso son ridículos, cursis, pedantes y se sienten superiores a los demás. ¡Pero yo no quiero ser así, no quiero ser cursi ni pedante ni sentirme superior a nadie!

Pronto descubrí que junto a la cultura oficial de corridas de toros, bromazos, procesiones de Semana Santa, cánticos populares, matanzas, chistes verdes y novelas picarescas había otra cultura, no menos española, renacentista, lírica, sutil, mágica, compasiva, la de Aldana, Gabriel Miró, Francisco de Vitoria, el doctor Laguna.

España siempre me ha parecido un lugar feo y desagradable. Esto es completamente evidente si comparamos cualquier pueblo de España, al azar, con cualquier pueblo al azar de Inglaterra, Francia o Austria. Siempre me han horrorizado los bares y cafés españoles tanto como me encantan las pequeñas teterías inglesas. Espero no ofender a nadie con estas declaraciones, que no pretenden ser ningún manifiesto, sino la simple expresión de un sentir individual.

No entiendo a mis compatriotas. No entiendo su sistema de valores. Esto me sucede desde que tengo memoria. No entiendo, por ejemplo, esa pasión tan española por reírse de todo y buscar debajo de cada rosa una mierda de perro, como si la mierda de perro fuera más verdad y más real que la rosa. Nunca he entendido esa pasión española por no creerse nada y no creer en nada, esa visión fatalista que afirma «en el fondo, todos son iguales, todo es mentira», que aquí pasa por una muestra de gran sabiduría. Nuestra cultura es de burlas, de fantoches y de crueldad. Este no es un país de hadas.

La belleza, lo sublime, la delicadeza, la magia, la música? No, nada de eso es España. Claro que hay una belleza en el pasodoble, en el sainete, en el sonido áspero de las cigarras. Marco Aurelio dice que hay una belleza en la aceituna podrida y en las babas del jabalí. Sí, también ahí hay belleza, pero ¿por qué sólo ahí? ¿Por qué siempre ahí?

En España existe un desprecio muy profundo por el arte, por la inteligencia, por la cultura. Se desprecia el arte, y por eso los que quieren defenderlo se vuelven rígidos y arrogantes. Pero si uno les acusa de que se han vuelto arrogantes y rígidos, lo entienden como un ataque de los vulgares. En esta situación tan enrarecida, es muy difícil tener conversaciones medianamente sensatas. En el mundo literario se afirma, por ejemplo, que los buenos autores son los que no venden libros, y que los que escriben con el deseo de tener muchos lectores son sinvergüenzas sin escrúpulos. Estas ideas son absurdas, son maniqueas, y lo que es peor, son moralistas, producto de esa situación enrarecida de la que hablaba.

A lo mejor eso que yo llamo España no es en realidad España, sino yo. A lo mejor todo el mundo entiende lo que pasa menos yo. O a lo mejor nadie entiende exactamente lo que pasa. Como yo.

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5 respuestas a Andrés Ibáñez: España y yo

  1. Juan Antonio dijo:

    Admirable tu habilidad para conseguir un blog pedante y resabiado donde los haya…

  2. pseudopodo dijo:

    Lo mejor de la entrada que citas, checkdialer, es el enlace “estado de delirio” al artículo de Muñoz Molina. Tiene mucha razón.

  3. Agus dijo:

    Cuando un tipo como Juan Antonio gasta tiempo en decir chorradas semejantes es que se debe creer el Justiciero. La erudición es siempre pedantería para la barbarie.

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