Antología de bodrios (IV): un bodrio cientifista

El miércoles pasado leí en El País un artículo cuyo título, “Una aportación de la ciencia a la ética” no pudo por menos que interesarme (como no estoy seguro de que se vaya a mantener en abierto, lo pego al fondo del post). El autor, Jorge Laborda, es nada menos que “Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Castilla-La Mancha”

El artículo no está mal escrito, así que el calificativo de bodrio quizá sea un poco duro. Pero el batiburrillo conceptual que maneja se merece que le traiga a esta antología.

El autor comienza diciendo que “desde la publicación de los diez mandamientos” (ojo a eso de publicación) no se han establecido nuevas normas universales básicas de comportamiento social. En particular, las leyes no lo son, y en realidad deberían derivar de esas normas universales. Hasta aquí muy bien, pero en el siguiente párrafo ya pasamos a cosas más concretas y nos encontramos con esto:

Últimamente la investigación biomédica está siendo particularmente sometida al imperio de la ley. En España, la ley de Investigación en Biomedicina pretende regular lo que está bien o mal sobre este tema, en particular sobre clonaciones terapéuticas y selección de embriones. Evidentemente, siguen teniéndose en cuenta las ideas que desde hace miles de años se manejan sobre la naturaleza del ser humano, sobre su identidad y su dignidad, a pesar de que estas ideas no han sido sometidas a la crítica científica y derivan, sobre todo, de creencias religiosas.

¿Acaso esperaba el autor que las ideas sobre la identidad y dignidad del ser humano derivaran de otra fuente? ¡Si acaba de retrotraer las normas éticas universales a los diez mandamientos! ¿Puede “someter a crítica científica” el concepto de dignidad? Me hace gracia que emplee precisamente esta palabra, que para mí es la piedra de toque de la limitación de la ciencia. Todos entendemos qué es la dignidad y todos queremos vivir en un mundo en el que tal concepto exista. Pero en ninguna disciplina científica aparece, ni puede aparecer, tal concepto. La ciencia tiene ahí un punto ciego. Si nuestros únicos conceptos fueran los conceptos científicos, tendríamos que borrar la noción de dignidad. Ya se hizo, por cierto, por una ideología que no por casualidad se autodenominaba socialismo científico.

Luego la ciencia está muy bien, es maravillosa, pero es insuficiente: no es autoconsistente moralmente. Esta es una refutación del cientifismo en el plano de la razón práctica (también es refutable en el plano de la razón pura, pues es inconsistente epistemológicamente, pero esto es otra historia).

Sigue luego el cuerpo del artículo en los que encontramos:

  1. la consabida crítica al Papa
  2. la afirmación -sorprendente en un Decano de Medicina- de que un embrión “no es sino un pequeño grupo de células sin sistema nervioso”: yo creía que eso era la definición de “un moco”
  3. una confusa parrafada sobre la guerra de Irak, tema de obvia relevancia para lo que aquí se discute.

Y llegamos así al punto culminante, el que da título a a su artículo:

¿Es que no disponemos de alguna norma ética nueva que nos sitúe por encima de los antiguos griegos y que pueda ayudar a regular aspectos tan importantes como los que discutimos aquí? Y bien, me atrevo a decir que sí. La hemos inventado cuando inventamos la ciencia, y la aplicamos normalmente, aunque no en la vida corriente. Que yo conozca, nadie ha hecho explícita esta norma. Yo me atrevo a explicitarla aquí. Dice así: “No intentarás convencer a nadie de nada para lo que no dispongas de evidencia objetiva”. ¡Qué diferente sería hoy el mundo si todos hubiéramos guiado y guiáramos nuestro comportamiento por esta sencilla norma ética!

Así que el Decano es nada menos que ¡el primero en formular explícitamente la gran aportación de la ciencia a la ética! Menos mal que ha tenido el rasgo de modestia de añadir “que yo conozca”, porque la norma de la que habla fue formulada con mucho más talento y convicción por W. K. Clifford en 1877 en un ensayo célebre titulado La ética de la creencia. Se puede, además, leer en español en una excelente edición. La postura de Clifford se puede resumir en que tenemos una obligación moral en lo relativo a nuestras crrencias, que consiste en que no debemos creer aquello para lo que no tengamos suficiente evidencia objetiva. En sus propias palabras: “creer algo basándose en una evidencia insuficiente es malo siempre, en cualquier luga y para todo el mundo“. La norma moral del Decano es un corolario evidente de esto.

No voy a rebatir yo aquí a Clifford, porque ya lo hizo brillantemente alguien con mucho más talento que yo: William James, en La Voluntad de Creer, ensayo publicado en español en el mismo volumen que el de Clifford.

En cuanto al corolario del Decano, basta decir que extrapolar el escepticismo metodológico de la cienca para convertirlo en una norma moral para la vida cotidiana es, por decirlo suavemente, una majadería. Pruebe a educar así a sus hijos. ¿Con qué evidencia objetiva les convence de que mentir es malo, de que deben hacer los deberes y pedir las cosas por favor? En otro terreno: ¿en base a qué evidencia objetiva va a convencernos el señor Decano de que el terrorismo es malo? Lo único que muestra la evidencia objetiva es que el uso de la violencia y el terror son los métodos más eficaces para conseguir tus fines.

La evidencia objetiva es totalmente irrelevante en todas las cuestiones estrictamente éticas, señor Decano. Lea a Hume (“ningún debe a partir de un es“) y sobre todo lea a William James. Verá cuanto aprende.

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He aquí el artículo original:

Una aportación de la ciencia a la ética

JORGE LABORDA 07/02/2007

Recuerdo que una vez leí que si Aristóteles resucitara y pudiera asistir hoy a un congreso científico, no se enteraría de nada. Tantos y del tal magnitud han sido los avances de las ciencias. Sin embargo, mantenía el autor, sí podría comprender, e incluso debatir con ventaja, los temas discutidos en congresos de filosofía o de ética.

Es cierto que desde la publicación de los 10 mandamientos, para unos, órdenes de Dios, para otros, invenciones de Moisés, no se han establecido nuevas normas universales básicas de comportamiento social. No matarás, no mentirás, no robarás, y ésa otra en la que está pensando, son normas básicas en todas las sociedades, independientemente de la religión que profesen, y además deberían cumplirse también en una sociedad formada por ateos. Además, las leyes no constituyen normas éticas nuevas universales y, en realidad, derivan, o deberían derivar, de los aspectos éticos y normativos básicos universales a los que antes me refería y, sobre todo, no deberían contradecirlos nunca.

Últimamente la investigación biomédica está siendo particularmente sometida al imperio de la ley. En España, la ley de Investigación en Biomedicina pretende regular lo que está bien o mal sobre este tema, en particular sobre clonaciones terapéuticas y selección de embriones. Evidentemente, siguen teniéndose en cuenta las ideas que desde hace miles de años se manejan sobre la naturaleza del ser humano, sobre su identidad y su dignidad, a pesar de que estas ideas no han sido sometidas a la crítica científica y derivan, sobre todo, de creencias religiosas. El Papa ha llegado incluso a manifestar recientemente que investigar con embriones es atentar contra la paz. Aunque un embrión no es sino un pequeño grupo de células sin sistema nervioso, incapaz, por tanto, de sentir nada, se sigue manteniendo que matar embriones es matar a seres humanos, lo que resulta inadmisible como “daño colateral”, aunque con ello pueda conseguirse el importante beneficio de salvar la vida a otro ser humano, esta vez sí, hecho y derecho y con familia.

A pesar de la esperanza que suscitan, existe una desconfianza ante la rectitud ética de ciertas aplicaciones de las ciencias biomédicas, la cual contrasta, como en un reciente artículo discutía el biólogo Richard Dawkins, con la ética empleada en la guerra de Irak, de la cual no cabe duda es un atentado contra la paz. Basándose no en mentiras sino, digamos, en convicciones faltas de evidencia, la existencia de armas de destrucción masiva que no existían, se justifica la invasión de un país, la destrucción de sus infraestructuras y del propio estado, y la muerte de miles de personas, por el dudoso beneficio de la muerte en la horca de Sadam Husein. En este caso, el daño colateral ha sido, en mi humilde opinión, mucho mayor que el beneficio alcanzado. Y el beneficio de una acción siempre debería ser lo suficientemente importante como para compensar un daño colateral de tan elevada magnitud como el alcanzado en Irak. No ha sido así. Sin embargo, a pesar de esta situación, no suelen redactarse nuevas leyes basadas en consideraciones éticas para regular la actividad de los políticos, pero sí la de los científicos.

Y esta situación nos conduce de nuevo al tema que suscitaba mis reflexiones: si Aristóteles levantara la cabeza, no aprendería nada nuevo sobre ética. ¿Es que no disponemos de alguna norma ética nueva que nos sitúe por encima de los antiguos griegos y que pueda ayudar a regular aspectos tan importantes como los que discutimos aquí? Y bien, me atrevo a decir que sí. La hemos inventado cuando inventamos la ciencia, y la aplicamos normalmente, aunque no en la vida corriente. Que yo conozca, nadie ha hecho explícita esta norma. Yo me atrevo a explicitarla aquí. Dice así: “No intentarás convencer a nadie de nada para lo que no dispongas de evidencia objetiva”. ¡Qué diferente sería hoy el mundo si todos hubiéramos guiado y guiáramos nuestro comportamiento por esta sencilla norma ética!

Por supuesto, uno puede mantener falsamente que dispone de evidencia. Entonces está mintiendo, incumpliendo una norma ética básica universal. Pero si su intención es honesta, no basta con la intención de decir lo que uno cree que es verdad. Hay que asegurarse que lo es; hay que disponer de evidencia demostrable. Y si uno no dispone de esa evidencia, entonces debe abstenerse de intentar convencer a otros de lo que no es sino “su verdad”. Y ahí es donde esta nueva norma ética supera a la de “no mentirás”.

Así pues, el avance de las ciencias también supone un avance de la ética. No sólo la religión tiene el derecho y el conocimiento para decirnos lo que está bien o mal. Creo que en esto Aristóteles nos daría la razón.

Jorge Laborda es Decano de la Facultad de Medicina. Universidad Castilla-La Mancha.

(Más bodrios, aquí…)

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7 respuestas a Antología de bodrios (IV): un bodrio cientifista

  1. 1) Nunca he entendido por qué hay quienes firman indicando que son Decanos o Rectores, como si eso fuera mérito argumentativo. Obtener un cargo de gestión implica, con suerte, que uno es un buen gestor, no que uno tiene un criterio científico especialmente sólido.

    2) Este hombre no se entera de nada. Mejor que se dedique a medicina y no a la ética. La frase “las leyes derivan, o deberían derivar, de los aspectos éticos y normativos básicos universales”, si se aplicara, llevaría a aberraciones sociales. Por ejemplo, lo común es que la gente rechace la idea de serle infiel a su pareja. Si a cada norma moral tuviera que seguirle una ley, ¿tendríamos que penar la infidelidad? ¿Multa o cárcel?

  2. pseudopodo dijo:

    Bueno, es la distinción, que recuerdo que hacías en otro comentario, entre lo legal y lo moral.

    Pero aunque estoy de acuerdo en la distinción, creo que las leyes sí tienen -en última instancia- una referencia a principios morales: el objetivo de las leyes es garantizar que se puedan cumplir los derechos de las personas, y cuales sean esos derechos y qué gente los tiene es una cuestión moral. Lo que me parece un error es pretender que de los principios morales puedan derivarse las leyes. Esos principios morales son más bien unas condiciones de contorno que esas leyes tienen que cumplir…

    Por otra parte, creo que el artículo está lleno de disparates y este que señalas me parece en comparación menor…claro que cada uno tiene un olfato diferente, y ahí está la gracia.

  3. Caesitar dijo:

    Eres el típico científico religioso. Es curioso que un científico considere a William James un refutador de tal noción. Crees en la concepción pragmática de lo que es verdad? Lo dudo mucho.

    Es un poco triste que entre tus Héroes esté Tolstoy, sinceramente, o C.S.Lewis.

    Por eso criticas a Dawkins no?

    Por eso el único periódico que pareces leer es el ABC no? Citando a luminarias del pensamiento español como J.M. de Prada( estoy siendo sarcástico).

  4. Isenez dijo:

    Caesitar, ¿sabes que esto es una bitácora personal? Aquí, pseudópodo escribe sobre lo que le dé la real gana. Si te molesta, no le leas, pero por favor, deja de escribir estupideces. Pseudópodo es el “típico científico religioso”. ¿Y qué? ¿Tienes algún problema con eso? Si es así tienes la blogosfera entera para deleitarte leyendo opiniones afines a las tuyas.

    Deja de hacer el troll, anda, que leyéndote parece que estos temas te escuecen. Serás más feliz. 😉

  5. Beltenebros dijo:

    Y después estos ateos fanáticos y progres -como Caesitar- dicen que ellos son tan educados, considerados y razonables, que son los otros los intolerantes, los equivocados y los estúpidos.

    A lo largo de la historia mentes mucho más preclaras y fructíferas que la de Dawkins y la de Caesitar (salvo que nos demuestren lo contrario; estamos esperando) han creído en Dios o han profesado algún tipo de religiosidad. Y bien, la brillantez intelectual no es garantía contra el error, pero tampoco una barrera automática contra el sentimiento religioso porque la discusión sobre Dios y la moral objetiva está muy lejos de haberse cerrado a favor de los iconoclastas de taberna virtual.

    Saludos, Pseudópodo. Excelente blog el tuyo (lo he descubierto hace poco).

  6. Carlos dijo:

    “la consabida crítica al Papa”

    El Papa Benedicto XVI (ahora Papa emérito) es, admitámoslo, un personaje desagradable. No tiene mucho sentido del humor, combatió del lado nazi, formó parte de la versión contemporánea del tribunal de la Inquisición, odia a los homosexuales, está en contra del uso de los preservativos, no está dispuesto a ponerle fin a la discriminación de la mujer; en fin, es un troglodita.

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