La edad folletinesca

Hace no mucho escribía que “dentro de algunos siglos los historiadores estudiarán los suplementos dominicales con pasión para entender la mentalidad de nuestra época. No hay una ventana mejor a la manera de ver el mundo, los valores, prejuicios y contradicciones de nuestra sociedad“. Me he dado cuenta ahora de dónde me viene, quizá, esa idea.

En El juego de los abalorios, Herman Hesse dibuja un lejano futuro en el que, en la remota región de Castalia, una especie de orden de estudiosos practica una disciplina intelectual en la que se combinan (y recombinan) las matemáticas, la música, la filosofía, la crítica literaria… eso es el juego de los abalorios.

Vale la pena leer la descripción del Siglo XX que hace uno de los historiadores de Castalia. Desde que me encontré con esto, hace más de 17 años (glup!), la última frase no ha dejado de resonar en mi recuerdo…

Los frutos y productos por razón de los cuales denominamos “folletinesca” a esa edad al parecer fueron engendrados o elaborados por millones como parte integrante y especialmente preferida de la prensa diaria; formaron el alimento principal de los lectores que habían menester de cultura; informaron, o mejor dicho, parlotearon acerca de mil temas científicos, y probablemente los más inteligentes de aquellos folletinistas se burlaron a menudo de su propia labor (…).

Los temas que predominaban en aquellos ensayos eran anécdotas de la vida de hombres y mujeres célebres y su correspondencia; títulos había, por ejemplo, parecidos a estos: “Federico Nietzsche y la moda femenina hacia 1870”, o “Los platos predilectos del compositor Rossini”, o “El papel del perrito faldero en la vida de las grandes cortesanas, etc” (…).

Otra veces se notaba una singular preferencia por la interpelación de personajes conocidos sobre problemas del momento: en tales interviews se hacía hablar, por ejemplo, a químicos de renombre o virtuosos del piano sobre política; a actores en boga, bailarines, gimnastas, aviadores e incluso poetas sobre las ventajas y desventajas de la soltería, sobre presumibles causas de la crisis financiera y otros asuntos de parecido jaez. Se pretendía tan sólo poner en relación un nombre conocido con algún tema del día. (…).

Asimismo, según parece, se incluían en el folletín ciertos juegos (…) millares y millares de hombres, que generalmente realizaban trabajos pesados y llevaban una existencia difícil, permanecían durante horas enfrascados entre cuadritos y cruces de letras, cuyas casillas rellenaban de acuerdo con ciertas reglas de juego. (…)

Aquellos hombres, con sus adivinanzas infantiles y sus “postizos” culturales, no eran sin embargo niños ingenuos o feacios juguetones: estaban angustiosamente envueltos en fermentos y sismos políticos, económicos y morales, y sostuvieron frecuentes luchas civiles y terribles guerras; sus jueguecillos educativos no fueron simplemente niñerías tontas o amables, sino que respondían a una profunda necesidad de cerrar los ojos y de refugiarse en un mundo ilusorio y anodino en lo posible, eludiendo problemas insolubles y congojosos terrores de ruina. Ponían perseverancia en aprender la conducción de automóviles, o difíciles juegos de naipes, y con ánimo de distraerse se dedicaban a resolver dameros porque estaban enfrentados casi sin defensa a la muerte, a la angustia, al dolor y al hambre, sin que en todos los casos pudieran confortarlos las iglesias o aconsejarlos el espíritu. Esta gente que leía tantos ensayos y oía tantas conferencias no se concedía tiempo para fortalecerse contra el miedo ni ponía empeño en combatir desde dentro de su alma contra la angustia de la muerte: se dejaban vivir temblando y no creían en ningún mañana.

Hermann Hesse, El juego de los abalorios

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