Tener nombre y existir

En Viajes con Heródoto, Ryszard Kapuscinski cuenta como, cuando era un periodista novato que no había salido nunca de Polonia, le enviaron a la India para escribir unas crónicas de viajes. Apenas sabe inglés, no conoce a nadie allí, y no sabe por dónde empezar. Para colmo, Nasser decide nacionalizar el canal de Suez, y comienza una guerra que bloquea el canal y hace que su billete de vuelta sea papel mojado. Atrapado en la India, Kapuscinski necesita aprender inglés. Compra un par de libros de ocasión, uno de ellos Por quién doblan las campanas:

Regresé al hotel. Abrí a Hemingway y empecé por la primera frase: “He lay flat on the brown, pine-needled floor of the forest, his chin on his folded arms, and high overhead the wind blew in the top of the pine trees“. No entendí nada. Llevaba conmigo un pequeño diccionario inglés-polaco, el único que había logrado comprar en Varsovia. En él encontré tan sólo la palabra brown, marrón.

Continúa leyendo frase tras frase sin entender nada. La lengua se ha convertido en una cárcel:

…se me antojó como algo material, físico, como una corporeidad convertida en esa muralla que de pronto se levanta en medio del camino y no nos permite seguir adelante, que nos cierra el mundo vetándonos la entrada. Había algo desolador y humillante en aquella sensación.

Pero tiene cortada la vuelta atrás. No puede volver a Polonia y no le queda más remedio que saltar esa muralla. Se pelea febrilmente con Hemingway (descubre que los diálogos son más fáciles que las descripciones), apunta los letreros de las calles, las pancartas en las manifestaciones…

Mi lucha por la India fue, en su primer asalto, una batalla con la lengua. Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar una lengua. Sin conocerla, ese mundo permanecería para nosotros insondable e incomprensible, por más años que pasásemos en su interior. Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo lo que sabía nombrar; por ejemplo, recordaba una acacia pero no el árbol que crecía junto a ella, porque desconocía su nombre. En una palabra, descubrí que cuanto más vocabulario atesorase, más pronto -y más rico en su inabarcable diversidad- se abriría ante mí el mundo.

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5 respuestas a Tener nombre y existir

  1. proximo dijo:

    La verdad siempre he pensado que el lenguaje es el dopping (en el buen sentido) del cerebro. Le permite sobrepasar ciertos límites al igual que las matemáticas.

    A veces uno se pone a pensar como se debian sentir los hombres que vieron como iba naciendo. Tal vez un poco como Ryszard Kapuscinski, el mundo se volvia más “asimilable”

    Saludos!!

  2. eldoctorhache dijo:

    Muy profunda y certera la reflexión de Kapuscinski (y tu elección de glosarla). Algo hay de ese vínculo casi mágico entre palabra y objeto a través del concepto en la concepción antigua sobre el nombre. En el mismo Génesis el poder dado al hombre, en el relato mítico, de nombrar todo aquello que lo rodea entraña y conlleva el dominio sobre ello.
    Estando de acuerdo con lo que dice Kapuscinski, no cabe olvidar, sin embargo, que son posibles otros enfoques por así decir contrarios a éste, aunque sin duda menos habituales. Me refiero a los casos en que el conocimiento de un “mundo” literario, filosófico, artístico… nos lleva a descubrir partiendo de él el lenguaje en que se plasmó, lo cual a su vez, confirmando lo de Kapuscinski, nos permitirá ahondar más en su conocimiento. Para mayor claridad, es el caso, por ejemplo, del reciente traductor al español, en felicísima versión por cierto, del texto de los Lieder de Schubert. A ello me referí en un artículo cuando salió la versión: http://eldoctorhache.wordpress.com/2006/01/14/aprender-traduciendo/
    ¡Gracias por tu artículo tan enriquecedor!

  3. pseudopodo dijo:

    Próximo, supongo que el lenguaje nació tan despacio que nadie se dio cuenta de lo que pasaba… pero sí es interesante la cuestión de hasta qué punto podemos pensar sin lenguaje. Creo que podemos, pero desde luego, menos y peor.

    Doctorhache, una interesante historia la de la traducción que cuentas. Conocía el caso de Unamuno, que aprendió danés para leer a Kierkegaard. Cuando yo me jubile, lo que me gustaría es aprender griego clásico para leer a Platón 🙂

  4. eldoctorhache dijo:

    Gracias por tu interés. Me parece una excelente idea . Vale la pena, en efecto, aprender griego clásico para leer los diálogos de Platón. Yo tengo la inmensa suerte de haberlo aprendido (principalmente por haber estudiado el bachillerato en Letras Clásicas en Italia, donde llegaba uno a la Universidad con cinco años de griego como Zeus manda), y coincido contigo en tu valoración. Un saludo muy cordial. de

  5. eldoctorhache dijo:

    El “de” después del saludo en mi comentario es cosa de la interfaz, que en este ordenador en el que estoy ahora no me permite visualizar todo el texto.

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