Andrés Ibáñez: Estoy harto

Cada vez me gusta más Andrés Ibáñez…

[Publicado en ABCD de las artes y las letras, 28-04-2007]

Creo que si oigo otra conferencia más, si leo un artículo más, si participo en otro debate más sobre el tema de la literatura «plana» y «fácil» contra la literatura «exigente» y «difícil» me voy a poner a gritar. No, estoy gritando ya. ¡Estoy harto, harto, hartooooooooooooooooo!

Ya se imaginarán ustedes que esto viene a cuento del discurso de Antonio Gamoneda al recibir el Premio Cervantes. Aprovecho la ocasión para darle la enhorabuena al poeta, pero ¿otra vez con lo mismo? ¿Es que no podemos hablar de otra cosa? ¿Es que no podemos pasar al siguiente punto del orden del día? Y es que cuando se habla de literatura, de poesía, del arte de la novela, se pueden tratar temas verdaderamente interesantes. Ahí están las cartas de Keats, o las de Rilke, o los ensayos de Bajtin, o los de Blanchot, o los de Lezama, o tantos otros textos que reflexionan sobre el hecho literario, desde los sublimes, como el de Heidegger hablando de Trakl, hasta los transparentes como el de Gao Xingjiang hablando sobre la forma en que él entiende el «compromiso». Porque la discusión intelectual está muy bien, pero esta discusión absurda que enfrenta continuamente a unos poetas con otros, a unos novelistas con otros y a unos críticos con otros, tiene poco de intelectual, es de bajo vuelo, se basa en presupuestos falsos y, me parece, no lleva a ningún sitio.

La idea es que hay una literatura «exigente» que es «difícil» para el lector y se basa en el uso «literario» del «lenguaje» (porque la literatura «es, ante todo, lenguaje») y que está además «comprometida» con su tiempo, mientras que hay otra que es «fácil», pretende «complacer» al lector, tiene un lenguaje «plano» o «meramente informativo» y es «escapista» y «no comprometida». Lo del «compromiso» es un poco complicado, porque la prosa ha de ser «realista» pero no «costumbrista» (es decir, ha de ser «realista» porque si no, sería «escapista», pero también ha de ser formalmente «difícil»), pero la poesía no ha de ser ni «realista» ni mucho menos «costumbrista». De modo que el «costumbrismo» está prohibido porque es «plano», pero también está prohibida la «fantasía», porque es escapista y es no «comprometida». En cuanto a la poesía, hay que ser «comprometido» pero nunca hablar directamente de la realidad, ya que esto sería «realismo», que en poesía está prohibido. Las obras literarias no tienen necesariamente que ser «divertidas», sino que tienen que «mover a la reflexión». En novela, el placer de la «trama» es malo y debe evitarse y sustituirse por el placer «formal».

Todo esto no suena ni siquiera mínimamente sensato, y lo que es peor, tampoco suena interesante. ¿Será una herencia de aquellas clases de religión de los sesenta, por cierto, esa obsesión pacata y gazmoña que existe en el mundo literario con el placer?

Placer, igual a hedonismo, igual a escapismo, igual a pecado. Placer, igual a titilación. El lector que disfruta con un libro, onanista; el que escribe libros divertidos, corrupto; literatura de placer, prostitución. ¡Y esa idea de que el placer es «fácil»!

Sí, todo esto es tan represor, tan limitado, tan anticuado, tan moralista, tan aburrido, que no sé ni por dónde empezar a desmenuzarlo. Además, la discusión está ya tan enredada que es imposible meterse en ella sin acabar liado uno mismo. A uno le gustaría decir, por ejemplo, que el «estilo» literario no tiene que ser ni difícil ni fácil, ni plano ni accidentado, ni exigente ni transparente. Puede ser de todas esas maneras y de mil más. A mí me fascina el estilo hiperbarroco de Lezama Lima, pero también la transparencia de Chéjov. Hay literatura que es pésima porque está escrita en un lenguaje descuidado, pero también hay otra que es pésima porque está escrita en un lenguaje barroco, retorcido e insufrible. Y a veces el «descuido» es el arma estética del autor, como sucede con Pío Baroja, con Henry Miller, con Stendhal. La literatura es compleja: es un poliedro, no una moneda de dos caras. La situación ha llegado a niveles tan delirantes que hay por ahí «exquisitos» que van afirmando que Kafka tiene un lenguaje «de informe administrativo» o que el lenguaje de Tolstoi es «plano». Vaya lío. Vaya lío.

Ni lo del lenguaje plano u ondulado, ni lo del realismo o no realismo, ni lo de lo exigente o complaciente, ni lo del compromiso o no compromiso, son criterios que nos ayuden a entender la literatura, ni al ser humano, ni la realidad de nuestro tiempo, ni la realidad en general. Son criterios de libro de texto de tercero de BUP, ecos de antiguas discusiones literarias ya agotadas, prejuicios heredados.

¿No podríamos dejar de pontificar, de prohibir, de anatemizar, y empezar a hablar de otras cosas?

Esta entrada fue publicada en literatura, Recortes y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s