La escritura invisible

En 1937 Arthur Koestler está preso en la cárcel de Sevilla. Afiliado al Partido Comunista, era corresponsal de un diario inglés en la Guerra Civil. Fue detenido por las tropas franquistas y condenado a muerte. Esperando su ejecución, tuvo una experiencia singular, que cuenta en sus memorias:

Me hallaba de pie junto a la ventana de la celda número 40 y con un trozo de alambre que había sacado de mi colchón elástico garabateaba fórmulas matemáticas en la pared. La matemática, y particularmente la geometría analítica, había sido la afición favorita de mi juventud, que luego hube de descuidar por muchos años. Procuraba recordar cómo se deducía la fórmula de la hipérbola y encontraba dificultades; luego probé la fórmula de la elipse y de la parábola y, con gran alegría, logre deducirla. Después procuré recordar la prueba de Euclides de que el número de los números primos es infinito.

Números primos son aquellos, como 3, 17, etc., que no son divisibles más que por sí mismos y por la unidad. Uno bien podría imaginar que, llegando a series numéricas elevadas, los números primos serían cada vez más raros, en virtud de hallarse cada vez más productos de cantidades menores, y que por último se llegaría a un número, muy elevado, que sería el número primo máximo, el último numéricamente virgen. La prueba de Euclides demuestra sencilla y elegantemente que no es así, y que, por más astronómicamente elevada que sea la cifra a la que se llegue, siempre encontraremos números que no son el producto de otros más pequeños, sino que se deben, por así decirlo, a una concepción inmaculada. Desde que en la escuela conocí la demostración de Euclides, esta siempre me llenó con una profunda satisfacción, más de orden estético que intelectual. Ahora, mientras trataba de recordar la demostración y garabateaba los símbolos en la pared, me sentí invadido por el mismo hechizo.

Y entonces, por vez primera, comprendí de pronto el motivo de ese hechizo: los símbolos que escribía sobre la pared representaban uno de los raros casos en que se realiza una declaración significativa y comprensiva acerca de lo infinito por medios precisos y finitos. (…) El significado de esto me inundó como una ola (…) Debo de haber permanecido allí algunos minutos, como transporta do en un rapto, y teniendo conciencia, aunque sin expresarlo con palabras, de que “esto es perfecto…, perfecto”. Hasta que me di cuenta de que por detrás de todo aquello estaba experimentando una ligera sensación de incomodidad mental; sí, había allí alguna circunstancia trivial que echaba perder la perfección del momento. Luego caí en la cuenta de la naturaleza de aquella sensación de fastidio: por supuesto, me hallaba en la cárcel y tal vez a punto de ser fusilado. Pero inmediatamente replicó a esto un sentimiento cuya la versión verbal sería: “¿sí?, ¿y qué?, ¿eso es todo?” Réplica tan espontánea, fresca y divertida, como si aquel intruso sentimiento de fastidio no supusiera más que la pérdida del botón de la camisa. Luego floté de espaldas en un río de paz, bajo puentes de silencio. Aquel río no venía de ninguna parte ni fluía a ninguna parte; por último ya no hubo río y ya no hubo tampoco yo. El yo había dejado de existir.

(…) Las experiencias “místicas”, como las llamamos dudosamente, no son nebulosas ni vagas, sino que sólo se convierten en tales cuando las rebajamos por medio de la palabra (…) Cuando digo que el yo “había dejado de existir” me refiero a una experiencia concreta que verbalmente es tan incomunicable como las sensaciones despertadas por un concierto de piano, pero tan real como éstas, es decir, mucho más real. En efecto, el carácter primario de este estado es la sensación de que se trata de algo más real que ninguna otra cosa que uno haya experimentado antes; de que, por primera vez, se ha levantado el velo, y uno está en contacto con la “realidad real”, con el oculto orden de las cosas, con la estructura del mundo revelada por los rayos X, normalmente oscurecida por las capas de lo que le es ajeno. (…)

“Las horas pasadas junto a la ventana”, que comenzaron con la reflexión racional de que era posible enunciar declaraciones finitas sobre lo infinito y que, en efecto, representaron una serie de tales declaraciones en un plano no racional, me colmaban con la certeza de que existía un orden superior de la realidad y que sólo él daba sentido a la existencia. Posteriormente hube de llamar a este orden superior “la realidad de tercer orden”. El estrecho mundo de la percepción sensorial constituía el primer orden; ese mundo percibido estaba envuelto por el mundo conceptual que contenía fenómenos no directamente perceptibles, como por ejemplo la gravitación, los campos electromagnéticos y el espacio curvo. El segundo orden de la realidad llenaba las brechas y confería significación a las absurdas piezas sueltas del mundo sensible.

Análogamente el tercer orden de realidad envolvía, penetraba y daba significación al segundo (…) Así como el orden conceptual ponía de manifiesto las ilusiones y deformaciones de los sentidos, el “tercer orden” revelaba a su vez el espacio y la causalidad, mostrando que la separación, la disociación y las limitaciones témporo-espaciales del yo eran meras ilusiones ópticas en aquel plano superior. Si se tenían en cuenta las ilusiones del primer plano, y se las consideraba válidas, de ello se seguía que el Sol se hundía todas las noches en el mar y que un punto en un ojo era mayor que la Luna; y si se consideraba erróneamente el mundo conceptual como la realidad última, el mundo se convertía en un cuento igualmente absurdo, contado por un idiota o por electrones idiotas, que hacían que los niñitos fueran arrollados por los automóviles y que los pobres campesinos de Andalucía fueron fusilados sin ton ni son. Así como no puede uno sentir la fuerza de atracción de un imán en su propia piel, no puede tampoco esperar a aprehender, en términos afines, la naturaleza de la realidad última. Aquel era un texto escrito con tinta invisible, y si bien uno no podía leerlo, el conocimiento de que tal texto existía bastaba para alterar la estructura de la propia existencia y conformar las propias acciones a aquel texto.

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12 respuestas a La escritura invisible

  1. eldoctorhache dijo:

    ¡Gran regalo éste que nos haces a tus lectores! Hacía mucho que no leía este impresionante texto, y la primera vez fue hace casi veinte años al interesarme por el fenómeno de las “experiencias cumbre”, las famosas “peak experiences” del gran Abraham Maslow. Se trata, en efecto, de una que podríamos llamar arquetípica, y mucho más impresionante por el objeto que la desata, por la circunstancia en la que Koestler la vivió y, también, por cómo la supo describir.

  2. JuanPablo dijo:

    cuántas cosas -de distinta clase- han sobrevivido a una celda, tal vez por casualidad, no?

    Se me ocurren el teorema de Poncelet, el libro Las grandes corrientes del pensamiento matemático de LeLionnais (y Oulipo), y Alekhine, en la revolución rusa antes de ser campeón del mundo [Juegue en serio, dicen que le dijo Trotsky, cuando vio que el otro no se animaba a ganarle]

  3. pseudopodo dijo:

    El texto de Koestler es verdaderamente memorable. Si no lo has leído en la autobiografía, te la recomiendo, doctorhache, porque tiene otras muchas historias interesantísimas. Aunque la frase es un tópico, yo creo que en este caso es muy cierta: “un libro imprescindible para comprender el siglo XX”
    Por cierto, no he leído a Maslow, aunque he oído hablar mucho de él. Me parece que se ha pasado un poco de moda, por lo menos no veo sus libros en las librerías ¿qué opinas de él?
    Juan Pablo: no sabía lo de Alekhine ni lo de Poncelet. ¿Y Oulipo? ¿No eran Queneau y compañía?

  4. eldoctorhache dijo:

    Lo leí en su día, pero no estará de más releerlo. Máxime cuando el tema de los intelectuales en las cárceles durante la Guerra y después de ella me toca de cerca por la actividad literaria y poética que mi abuelo materno Luis Hernández Alfonso desplegó en las de Baza y Granada al terminar la contienda junto con otros compañeros de infortunio y de pluma como el poeta canario Pedro García Cabrera, el socialista Mariano Redondo Martín o Antonio Oliver, marido de Carmen Conde. De ello trato de dar cumplida cuenta, investigando en libros, archivos y hemerotecas, en mi otra bitácora:
    http://loshernandez.wordpress.com/
    Respecto a Maslow, es, junto con William James y Jung uno de mis psicólogos “de cámara”. Supongo que tal vez no esté muy de moda. Para mí, si un autor me dice algo y me ayuda, como es el caso, sigue estándolo, y lo frecuento bastante. Hablar de él nos llevaría lejos, pero tal vez aquí o en mi bitácora podamos ir diciendo algo.
    Gracias por tus artículos, tan enriquecedores.

  5. JuanPablo dijo:

    bueno, a Le Lionnais lo ponen como fresident-pondateur porque él prefería que lo llamaran así, y a Quenneau como cofoundateur (http://www.oulipo.net/oulipiens)

  6. Brújulo dijo:

    Creo que todos alguna vez hemos tenido experiencias de este tipo.

    Aun recuerdo en una noche ser consciente de la grandeza del universo y como yo mismo estaba relacionado de alguna manera con una estrella que murió millones de años antes, como yo mismo era esa estrella. Aquel sensación de sentirse parte de un todo, ver por un instante fugaz la relación entre el propio yo y la materia en los confines del universo. No dormí esa noche gravitando en la sombra de aquella imagen.

    También recuerdo la extraña sensación que me produció saber que la integral impropia (la suma infinita) de una función no entregaba un valor infinito sin finito. Extraño, sumas infinitas producen resultados finitos. Similar a lo de los primos en el infinito. Mi lógica era incapaz de aceptarlo, pero la evidencia “empírica” me obligó a ello.

    Es una experiencia fulminante la de utilizar el cerebro por un instante para un tipo de conocimiento, de comprensión, que rompe por un segundo el muro de ignorancia que la evolución nos ha impuesto.

    En fin, que seamos máquinas de supervivencia y que de forma colateral tengamos acceso a una parte de entendimiento del universo ya es toda una suerte. Que además esa barrera ceda un milímetro en agún momento, no sólo es una suerte sino que es un orgasmo 😀 .

  7. pseudopodo dijo:

    ¡Gracias por los comentarios!
    Voy a ver a enterarme de los oulipiens y de los Hernández (ahora entiendo que te haya interesado especialmente la experiencia de Koestler, doctorhache).
    Y sobre las experiencias cumbre, la verdad es que no creo que sean tan frecuentes. Por mi parte, no puedo encontrar nada comparable a lo de Koestler. Lo más parecido ha sido….pero lo contaré otro día 😉

  8. eldoctorhache dijo:

    Curiosamente, creo recordar que Maslow (y con él mi profesor de psicología) sostenían que todos experimentábamos alguna vez en la vida semejantes experiencias. En muchos casos no somos “conscientes” de ellas en el sentido que no sabíamos que han sido estudiadas y hasta cierto punto tipificadas. Y es verdad también que es tal la variedad de los campos en los que se producen como la es de los intereses o inclinaciones humanas. Puede tener un matiz o cariz, según las personas y los ambientes, religioso, estético, moral, etc… Las más estudiadas, huelga decirlo, son las primeras (muchas “conversiones”, de hecho, tipológicamente hablando consisten en una experiencia cumbre. o mejor dicho arrancan de ella: una muy famosa, en ámbito español, es la del profesor García Morente en París) . Pero lo que Maslow y sus colegas hicieron fue extraer, basándose por igual en fuentes escritas, generalmente autobiográficas como la de Koestler, y en un trabajo de campo entre personas “de la calle”, las características fundamentales que acompañan a tales experiencias, y que constituyen una especie de categorías que casi siempre se dan, por muy distintas en tiempo, lugar, temperamento, ambiente, etc… que puedan ser las circunstancias de sus receptores. Yo viví dos, repetidas a distancia de un día una de la otra, hace exactamente 22 años. Me llamaron la atención, y hasta las describí en un escrito. Sólo 9 años después, al estudiar a Maslow, pude darles nombre y “relocalizar” en ellas, una por una, todas las “categorías” que él describía.
    Mil perdones por haberme alargado tanto.

  9. eldoctorhache dijo:

    Sólo ahora, una vez irremediablemente colgado el anterior comentario, he podido leer el de Brujulo, y efectivamente sus dos vivencias responden de lleno a “experiencias cumbre”: la identificación con el mundo que nos rodea, o mejor dicho, la percepción momentánea de la supresión de las barreras físicas y espacio-temporales es, si bien recuerdo, una de las principales características de ellas. Y su última palabra me ha recordado que otro campo en el que se producen (y no podía ser menos) es también el erótico.
    Gracias una vez más por la hospitalidad…

  10. agustina dijo:

    ke hizo en año cuales eran los simbolos

  11. Rasterix dijo:

    Buenas a todos. Me ha impresionado profundamente lo descrito en el parrafo que antecede. Dí con koestler por casualidad, hace algunos años, cuando revisando una estantería repleta de viejos libros encontré de pronto dos volúmenes de este singular autor. Comencé a hojear uno de ellos ( ese era Flecha en el azul) y sin darme cuenta me pasé una hora entera parado frente a aquella estantería ante la mirada resignada del vendedor. Compré ambos libros ( el otro era Euforia y Utopía), pero el tercero aún no he tenido la oportunidad de tenerlo entre mis manos. Encontré esta página hoy y aunque los comentarios que aquí aparecen datan desde hace más de un año, espero que alguno de ustedes pueda darme luces acerca de dónde encontrar este libro. Un saludo para todos y espero sus indicaciones.

  12. pseudopodo dijo:

    Hola, Rasterix,

    Koestler fue muy popular en los años 50 y 60 pero no sé por qué se pasó de moda y es una lástima, porque está lleno de ideas y es amenísimo. Por suerte la autobiografía está reeditada no hace muchos años por Debate en dos volúmenes, el primero es “Flecha en el azul” y el segundo es “La escritura invisible”; creo que no está agotado (si quieres más datos pincha en el enlace de arriba, dónde dice “sus memorias”).

    Yo he comprado unos cuantos libros de Koestler en librerías de viejo, el último, “En busca de lo absoluto”. Tiene también una historia de la astronomía desde los griegos hasta Newton que es lo mejor que he leído, se titula “Los sonámbulos” y también es inencontrable.

    A ver si pasa como con Zweig, que parecía que no interesaba a nadie hasta que lo reeditó El Acantilado y ahora se vende como churros.

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