La catedral de la noche

C. S. Lewis es conocido mundialmente por Las Crónicas de Narnia y por sus libros apologéticos (el más famoso es Mero cristianismo). Pero estas eran ocupaciones de su tiempo libre. Su oficio era otro: catedrático de literatura medieval y renacentista. Y como tal ha escrito obras memorables, mucho menos conocidas del gran público.

Un libro extraordinario, que además está traducido al español, es La imagen del mundo (The discarded image). Lleva el engañoso subtítulo de “Una introducción a la literatura medieval y renacentista”. Engañoso porque es mucho más: se trata de enseñarnos a ver el mundo con los ojos de un hombre medieval. Transcribo aquí la mejor explicación que he encontrado nunca de cómo “sentían” su universo, su cosmos aristotélico, en la Edad Media.

La receta para esta comprensión no es el estudio de los libros. Hay que salir al campo una noche estrellada y caminar durante media hora intentando ver el cielo desde el punto de vista de la antigua cosmología.

Hay que recordar que en este caso existen un arriba y un abajo absolutos. La Tierra es realmente el centro, el lugar más bajo realmente; el movimiento hacia ella desde cualquier dirección es un movimiento hacia abajo. Desde el punto de vista moderno, localizamos las estrellas a gran distancia. Ahora hemos de sustituir la distancia por esa forma suya especialísima (y mucho menos abstracta) que llamamos altura; la altura que nuestros músculos y nervios sienten inmediatamente. El modelo medieval es vertiginoso. Y el hecho de que la altura de las estrellas en la astronomía medieval sea muy pequeña en comparación con su distancia moderna no ha de tener a fin de cuentas la importancia que podíamos creer en un principio. Para el pensamiento y la imaginación, diez millones de millas y mil millones son prácticamente lo mismo. Ambas cifras se pueden concebir (es decir, que con las dos podemos hacer sumas) y ninguna de las dos se puede imaginar; y cuanta más imaginación tengamos, mejor lo sabremos.

La diferencia realmente importante radica en que el universo medieval, aunque inimaginablemente grande, era infinito sin ambigüedad. Y una consecuencia inesperada de ello es hacer que la pequeñez de la Tierra se sintiese de forma más vívida. En nuestro universo, es sin duda pequeña, pero también lo son las galaxias, todo, ¿y qué importa? Pero en el de los medievales había un término de comparación absoluto. La esfera más lejana, el maggior corpo de Dante, es pura y simplemente el mayor objeto existente. De esa forma, la palabra “pequeña” aplicada a la Tierra, adquiere un significado muchísimo más absoluto.

Además, por ser el universo medieval finito, tiene una forma, la esférica perfecta, que contiene en su interior una variedad ordenada. A eso se debe que mirar el cielo en una noche estrellada con ojos modernos sea como mirar el mar que se desvanece en la niebla o mirar a nuestro alrededor en un bosque impracticable: árboles por todos lados y sin horizonte. Mirar hacia arriba en el soberbio universo medieval es mucho más como mirar un gran edificio. El “espacio” de la astronomía moderna puede inspirar asombro o terror o vago ensueño; las esferas de los antiguos nos presentan un objeto en el que la mente puede descansar, abrumador por sus dimensiones, pero satisfactorio por su armonía. En ese sentido es en el que nuestro universo es romántico y el suyo era clásico.

Esta es la explicación de que, cuando la poesía medieval nos lleva al cielo –cosa que hace con tanta frecuencia-, esté tan absolutamente ausente la sensación de encontrarse ante algo enmarañado, intrincado y absolutamente extraño, ante forma alguna de agorafobia. Dante, cuyo tema podríamos haber esperado que le invitase a hacerlo, nunca habla de él en esos términos. En ese sentido, el más modesto escritor de ciencia-ficción moderno puede satisfacernos más que él. El terror de Pascal ante le silence éternel de ces espaces infinis nunca le pasó por la cabeza. Es como un hombre al que conducen a través de una catedral inmensa, no como alguien perdido en un mar sin costas.

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5 respuestas a La catedral de la noche

  1. Daniel dijo:

    Gracias por esta maravilla. Me apunto el libro.

    Me recuerda algo, por lo de la tarea de ayudar a ver la Edad Media con los ojos de un hombre medieval, al librito de Régine Pernoud “Para acabar con la Edad Media”, aunque éste se ocupa en deshacer tópicos históricos y carece de la deliciosa aura poética del texto de Lewis.

  2. eldoctorhache dijo:

    Concuerdo completamente con el gran Lewis. Visiones de la inmensidad celestial como la de Leopardi nada tienen que ver, en efecto, con la que el hombre medieval tenía del cosmos. La misma concepción del espacio sagrado como cosmos en miniatura (pienso especialmente en las capillas con las bóvedas tachonadas de estrellas, o en catedrales enteras que lo están, como la de Alba en Piamonte) lo abona.

  3. pseudopodo dijo:

    No te decepcionará el libro, Daniel. A mí me encantó, y eso que no tenía especial interés en la literatura medieval y renacentista… por eso me parece poco afortunado el subtítulo. Es la obra de un sabio que además escribe maravillosamente. Para un filólogo como tú (¿no?) creo que será todavía más interesante que para un físico como yo. Por mi parte, me apunto el libro de Pernoud, parace interesante.

    Ahora que lo dices, Doctorhache, puede que la catedral fuera deliberadamente una imagen del cosmos… en realidad no se me había ocurrido. Pero es verdad que a menudo se pintaban esas bóvedas estrelladas, y eso es sugerente (de Leopardi no tengo ni idea, aparte del nombre y la época…)

    Un saludo y gracias por vuestras ideas…

  4. Daniel dijo:

    Filólogo hispanista, sí, o en proyecto. De Lewis no he leído nada, pero promete. El libro de Régine Pernoud desmonta algunos tópicos sobre la Edad Media, no tan sombría según la historiadora; me pareció muy interesante y ameno, creo que también te gustará.

  5. loiayirga dijo:

    La historia de amor que vivió Lewis con Joy Gresham es lo que se cuenta en la película “Tierras de penumbra”. La película es hermosa y refleja la manera de Lewis de entender la vida. Fue dirigida por Attenborough y protagonizada por un estupendo Anthony Hopkins. Lo cuento por si alguien no lo sabía.

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