Gilles Lipovetsky: El crepúsculo del deber.

Hay un grupo de intelectuales franceses (valga la redundancia), que se han destacado como analistas de la sociedad contemporánea: André Glucksmann, Bernard-Henri Lévy, Alan Finkielkraut, Gilles Lipovetsky… Tenía ganas de leer algo de estos autores y de enterarme de qué van, porque, la verdad, no los distingo demasiado bien.

En la biblioteca me encontré este ensayo de Lipovetsky y pensé que sería un buen punto de partida: eso de “la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos”, que es como se subtitula el libro, me pareció un tema muy interesante.

Lipovetsky empieza planteando que “desde hace una decena de años” (la edición original es de 1992) la ética parece estar cada vez más presente: “invade los medios de comunicación, alimenta la reflexión filosófica, jurídica y deontológica, generando instituciones, aspiraciones y prácticas colectivas inéditas. Bioética, caridad mediática, acciones humanitarias, salvaguardia del entorno, moralización de los negocios…”. Hace poco, nos electrizaba la idea de la liberación individual y colectiva y la moral se asimilaba al fariseísmo y la represión burguesa. Pero se ha cumplido esa fase, y hoy “no hay más utopía que la moral”.

Al mismo tiempo, junto al discurso de revitalización de la moral convive otro que alerta de la quiebra de valores, el individualismo cínico… y advierte que nos precipitamos a la decadencia. Para Lipovetsky, esta contradicción es un signo de que estamos viviendo el nacimiento de un nuevo tipo de sociedad: la sociedad posmoralista. Vamos a explicar esto.

En su origen la moral era religiosa. A partir de la Ilustración, surge en Europa la ambición de crear una moral independiente de los premios o castigos en el más allá: una ética puramente secular. Es la primera ola de la ética laica, que dura, por poner unas fechas, de 1700 a 1950.

Según Lipovetsky, esta ética,…

Al emanciparse del espíritu de la religión, toma una de sus figuras claves: la noción de deuda infinita, el deber absoluto. Las democracias individualistas inaugurales en todas partes han salmodiado e idealizado la obligación moral, celebrado con excepcional gravedad los deberes del hombre y del ciudadano, impuesto normas austeras, represivas disciplinarias referidas a la vida privada. Pasión del deber dictada por la voluntad de conjurar la dinámica licenciosa de los derechos del individuo moderno, de regenerar las almas y los cuerpos, de inculcar el espíritu de disciplina y de dominio de uno mismo, de consolidad la nación por la vía de una unidad moral necesaria para las sociedades laicas. Y, llevando al máximo de depuración el ideal ético, profesando el culto de las virtudes laicas, magnificando la obligación del sacrificio de la persona en el altar de la familia, la patria o la historia, los modernos apenas han roto con la tradición moral de renuncia de sí que perpetúa el esquema religioso del imperativo ilimitado de los deberes; las obligaciones superiores hacia Dios no han sido sino transferidas a la esfera humana profana, se han metamorfoseado en deberes incondicionales hacia uno mismo, hacia los otros, hacia la colectividad. El primer ciclo de la moral moderna ha funcionado como una religión del deber laico. (p11-12 de la edición de Ed Anagrama, colección “Compactos”).

Ahora esa etapa ha terminado y hemos entrado en la segunda ola de la secularización: no sólo se afirma la ética como una esfera independiente de la religión, sino que se disuelve su forma religiosa. Desaparece el concepto de deber absoluto:

Por primera vez, esta es una sociedad que, lejos de exaltar los órdenes superiores, los eufemiza y los descredibiliza, una sociedad que desvaloriza el ideal de abnegación estimulando sistemáticamente los deseos inmediatos, la pasión del ego, la felicidad intimista y materialista. (p12)

Estamos pues en un experimento inédito: una sociedad con una ética débil y mínima, “sin obligación ni sanción”, según la expresión que acuñó Jean-Marie Guyau. Esta es la sociedad posmoralista.

Es un planteamiento muy sugerente. Casi da vértigo pensar en las implicaciones de este cambio. Pero en este punto llevamos tres páginas de la Presentación del libro y quedan casi 300 para analizarlas: parece espacio más que suficiente. En el Capítulo I, Lipovetsky toma carrerilla, repasando históricamente la “ética del deber” que surgió de la Ilustración. Ya en la página 50 deja claro su juicio sobre la nueva ética posmoralista:

Cultura posmoralista no quiere decir posmoral. Aun cuando el sacerdocio del deber y los tabúes victorianos hayan caducado, aparecen nuevas regulaciones, se reinscriben valores que ofrecen la imagen de una sociedad sin relación con la descrita por los despreciadores de la “permisividad generalizada”. La liturgia del deber desgarrador no tiene ya terreno social, pero las costumbres no se hunden en la anarquía; el bienestar y los placeres están magnificados, pero la sociedad civil está ávida de orden y moderación; los derechos subjetivos gobiernan nuestra cultura, pero “no todo está permitido” (…) El neoindividualismo es simultáneamente hedonista y ordenado, enamorado de la autonomía y poco inclinado a los excesos, alérgico a las órdenes sublimes y hostil al caos y a las transgresiones libertinas. La representación catastrófica de la cultura individualista posmoralista es caricaturesca: la dinámica colectiva de la autonomía subjetiva es desorganizadora y autoorganizadora, sabe reinscribirse en un orden social cuyo estímulo ya no es la presión moral ni tampoco el conformismo. En adelante la regulación de los placeres se combina sin obligación ni sermón a través del caos aparente de los átomos sociales libres y diferentes: el neoindividualismo es un “desorden organizador”. (p49-50)

Es decir, que Lipovetsky es optimista. Qué respiro: no vamos al caos, este desorden es organizador. Pero es una afirmación contundente y poco obvia, que está pidiendo una justificación. Todavía quedan 250 páginas, y ¿qué hace el autor? Se pasa esas 250 páginas describiendo las formas que adopta esta sociedad posmoralista en sus distintas esferas: el nuevo orden amoroso y sexual, la salud y los límites de la vida, el trabajo y la familia, las nuevas formas de la ética en lo privado y lo colectivo, los medios de comunicación y la empresa… Para cada ámbito se expone la misma idea: hemos pasado de la ética ilustrada basada en el deber incondicional a la ética posmoderna fundada en los derechos subjetivos, y el mundo no se ha hundido; incluso hay cosas buenas en el cambio.

Que nos digan eso veinte o treinta veces es tremendamente aburrido, y más cuando nos lo dicen con ese estilo francés, ampuloso y retórico que ya se ha podido apreciar en los párrafos anteriores. Un ejemplo más del estilo:

Cuanto más terreno ganan los valores individuales, más se refuerza el sentimiento de los deberes hacia los hijos; cuanto más periclita el espíritu de obligación ante la “gran sociedad”, más gana en autoridad la noción de responsabilidad hacia los “pequeños”.

Cada diez páginas, más o menos, uno se encuentra con una construcción de este tipo. Según avanzamos, los “cuanto más A, más B” se multiplican y ya no sólo aparecen por parejas, sino en enumeraciones que pueden alcanzar los cinco o seis. El libro va pesando cada vez más y al final se cae de las manos.

Pero el problema principal es que con la mera repetición no se demuestra nada. Aceptemos que el abandono del “deber absoluto” no ha desembocado en el caos en el ámbito 1, ni en el 2, ni en el n+1. Esto es válido en el instante t en que el autor escribe el libro (año 1992). ¿Qué va a ocurrir en los instantes t+1, t+2 …t + n? Sólo podemos conjeturarlo si tenemos una idea de las causas que provocan esos cambios, de la dinámica que subyace al sistema. Y no encontramos nada de eso en el ensayo de Lipovetsky. Ni siquiera intenta analizar esa dinámica: se limita a describir los resultados, y apela místicamente a que en el neoindividualismo hay un “desorden organizador” que nos va a salvar de todo mal (no deja de ser curioso en alguien que abomina de “la mano invisible”, ese otro ente místico que, por otra parte, tiene una justificación teórica bastante más sólida…).

¿Por qué no se ha hundido el mundo posmoralista? Podría ser porque el viejo músculo moral del deber absoluto tiene algunas fibras activas aún después de muerto (como la cola de la lagartija que aún se mueve tras ser seccionada del cuerpo). Podría ser porque simplemente el mundo no se hunde en 20 años. O podría ser por otra cosa. Pero apelar a un presunto “desorden organizador” es puro wishful thinking: sería bonito que fuera así, y por eso nos gusta creerlo.

Un último ejemplo, de la contraportada:

Frente a las amenazas del neomoralismo, así como del cinismo de corto alcance, conviene rehabilitar la inteligencia como ética que se muestra menos preocupada por las intenciones puras que por los resultados benéficos para el hombre, que no exige el heroísmo del desinterés, sino el espíritu de responsabilidad y la búsqueda de compromisos razonables.

Sí, muy razonable. Pero este plan ¿funciona?¿y cómo se hace? Lipovetsky nos dice lo que nos gusta oír a los civilizados occidentales: wishful thinking de suplemento dominical (de El País Semanal, para ser más exactos).

En la contraportada, Luc Ferry dice que “este libro plantea las verdaderas preguntas”. El planteamiento de Lipovetsky ciertamente suscita (más que plantea) muchas preguntas: ¿Cómo se ha llegado aquí?¿Puede sobrevivir a largo plazo una sociedad así?¿Nos hace más felices o menos?¿Qué pasa al interaccionar con otras sociedades que tienen parámetros morales muy diferentes, como la musulmana?¿Y cuando esas otras sociedades están dentro de la nuestra (inmigrantes)?… Lo malo es que en realidad no responde a ninguna. Habrá que buscar en otro sitio.

(Quizá, por lo que veo en el blog de Agus, tenía que haber empezado por Finkielkraut…)

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22 respuestas a Gilles Lipovetsky: El crepúsculo del deber.

  1. eulez dijo:

    Muy interesante, muy interesante. Esto académicos a mi me dan un poco de grima porque no puedo evitar pensar que lo único que están buscando es encontrar un término por el cual ser conocidos y así mantener sus trabajos, dar charlas donde les alaben y aplaudan y poder escribir libros truño. En este caso el término sería “posmoralismo”. Lo malo de pensar así es que lo mismo dejo escapar ideas interesantes solo por mis prejuicios… gracias por el resumen, vaya.

  2. pseudopodo dijo:

    Bueno, Lipovetsky tiene alguna idea interesante pero la verdad es que no compensa (lo que importa es el nº de ideas interesantes/página, y por debajo de un umbral, la lectura no es recomendable, porque la vida es finita).

    Este verano precisametne he leído unos cuantos libros que no merecían la pena desde este punto de vista, pero por eso creo que era más necesario comentarlos, así os quito ese trabajo a vosotros 😉

  3. jusamawi dijo:

    La búsqueda de la felicidad es el objetivo de la ética.¿Es la felicidad posible?
    A esta pregunta se puede responder argumentando que para conseguirla hemos de transformar la realidad en algo absolutamente diferente donde supuestamente nos daríamos de cara con ella.Esta postura es la que siempre se ha relacionado con la moral cristiana donde el deber absoluto ha sido protagonista, o bien aceptar que no hay más cera que la que arde y que todos los intentos por conseguir tal cambio han fracasado.Siguiendo esta última opción llegamos a la conclusión de que ante tal secular fracaso sólo nos queda lo inmediato, la satisfacción instantánea.El individuo en esa tesitura trataría por todos los medios de aprovechar cada momento sin pensar en las repercusiones de su comportamiento.Para imponer cierto orden a este estado de cosas, se han puesto de moda ciertas normas que ordenen un poco el caos.Cuidemos el mundo, cuidémosnos nosotros, luchemos contra el apartheid pero seamos terriblemente individualistas.
    La primera opción es criticada por ser irreal por idealista y la segunda por su marcado cinismo.
    La pregunta al final sigue siendo la misma:¿Es posible la felicidad?

  4. pseudopodo dijo:

    Jusamawi, hay una tercera vía: no buscar la felicidad, sino buscar hacer las cosas bien. Aplicarse a la disciplina. Y entonces se nos dará por añadidura, porque la felicidad, como la naturalidad, sólo puede ser un subproducto.

  5. jusamawi dijo:

    Voy a rebajar el término. Cambiemos felicidad por alegría.La alegrìa no es un subproducto.No es consecuencia de nada ni premio tras un esfuerzo.La felicidad no se puede conseguir.(Al menos de manera estable) O bien tememos perderla, y ya no somos felices o si creemos que lo fuimos lo estamos recordando constantemente y se nos hace imposible en el presente.Sin embargo la alegría es simplemente una aceptación de la vida que nos permite enfrentarnos al vivir de una manera positiva independientemente de los problemas que existan, de los esfuerzos que tengamos que hacer y de la disciplina necesaria para lograr nuestros objetivos.Ese valor absoluto, ese referente que la ética busca es la felicidad, pero entendida como referente, no como realidad.Ésta, la realidad,el presente, lo cotidiano hemos de vivirlos con alegría, que consiste simplemente en aceptar,no digo conformarse, la vida, en vivirla.
    Las dos vías que mencionaba en el anterior comentario se basan en otras cosas.La primera, la de la moral cristiana busca un absoluto que no puede encontrar en esta vida y por eso lo pospòne a la vida futura.La segunda, la cínica se queda en algo más inmediato: el placer.

  6. Mujerárbol dijo:

    He puesto una cita de Lipovetsky en mi blogo enlazándote, Pseudo.
    Y, perdona el offtopic: avisa cuándo haya novedades en “Contra el mundo chato” que es estupendo, pero se hace difícil seguir el orden de posts… ¿o es que soy yo y las horas que escojo para cotorrear bloguerías?
    Je 😉

  7. pseudopodo dijo:

    Jusamawi: OK, la alegría está muy bien, es lo que tenemos en el aquí y ahora. Estaría bien que no nos faltara nunca la alegría. Pero no se puede hacer grandes cosas al respecto: aparte de, como dices, aceptar la vida (y eso está ya próximo a no buscar la felicidad, sino hacer lo que hay que hacer), el resto es cosa de temperamento (y eso viene de nacimiento) y de saber vivir. Y en este punto volvemos a la ética, que es el empeño de saber cómo vivir. La alegría en realidad también es un subproducto: de esa aceptación que tu dices, de nuestro temperamento, de estar insertados en un proyecto de vida que nos ilusione… Si la convertimos en un objetivo, la cosificamos y volvemos a pifiarla. Recuerdo leer en el Diccionario Filosófico de Savater un artículo muy largo sobre “Alegría”, pero me aburrí. Pensé: Savater es alegre por su temperamento pícnico. Pero esto no sirve de nada a un depresivo.

    Mujerárbol, una de las cosas que uno agradece cuando tiene un blog es ver que hay quien sigue tus obsesiones… a ver si retomo cosas que tengo a medias y repaso el monográfico, que lo hice precisamente para poner orden. Otra cosa: la cita de Lipovetsky en tu blog no la veo ¿Dónde está?

  8. jusamawi dijo:

    Tal vez la felicidad es incompatible con el temperamento depresivo.De la misma manera que la fe es incompatible con la razón.Eso no quita que se pueda ser razonable y tener fe o depresivo y entender que la alegría es una aceptación del hecho de estar vivos que nos pone en disposición de vivir positivamente empeñándonos en intentar saber cómo vivir.La aceptación de la que hablo no tiene nada que ver con la resignación.Tan sólo es vivir donde estamos, en el presente,sin quedarnos anclados en el pasado o soñando en un mundo feliz futuro, fuera del alacance de nuestras manos.La alegría no puede nunca ser un objetivo.Está o no está con nosotros.Los que somos depresivos lo sabemos de sobra.

  9. Mujerárbol dijo:

    No sé qué ñññ le pasa a ese post que no se enciende en linkito de “sigue”, así que hay que mirarlo entero pulsando en el permalink (= Nasc).
    Pero bueno, la frase es esta:
    “Cuanto más se debilita la fuerza del deber, con menos reparos consumimos solidaridad.”
    … en la que se ha buscado una consciente oposición de términos (fuerza/consumir; deber/solidaridad) esos opuestos tan queridos del pensamiento blandengue.

  10. gliptodonte dijo:

    HAblando de filósofo franceses yo este verano he leido a Pascal Bruckner y me ha encantado. De la “La tentación de la inocencia” he leido capítulos pero “La euforia perpetua. El deber de ser feliz” me ha parecido perfecto. Una descripción sociológica exacta de la sociedad actual.

    Te pongo aquí un breve resumen de la idea principal. Aunque un lector como tú no debe privarse del placer de su lectura.

    Bruckner considera que en relación con el tema de la felicidad hay una distinción muy clara entre dos periodos de la historia: el periodo que podemos llamar cristiano y el periodo a partir de la Ilustración. El cristianismo posponía la felicidad a la vida tras la muerte. La vida terrenal no podía ser una vida realmente feliz, sólo la vida eterna con Dios colmaría los deseos de felicidad del hombre.
    La ilustración cambia el modelo. La fe en el progreso y en la razón hace creer al ser humano que puede alcanzar aquí, en esta vida, el dominio de todos lo males y por tanto conseguir la felicidad.
    De alguna manera, el dominio de la naturaleza y la técnica han conseguido dar a la humanidad una cantidad de placeres tal que un hombre de la Edad Media nunca lo habría soñado. Sin embargo, el hecho de que el hombre pueda ser feliz le llena de responsabilidad. Si no lo consigue no puede echarle la culpa a nadie. Él es el responsable de su propia felicidad, eso le llena de responsabilidad y de angustia cuando el dolor y el aburrimiento aparecen. El dolor no termina de ser dominado y reaparece por doquier, con el agravante de que instalados en el bienestar constante, cualquier pequeña molestia se convierte en una “desgracia enorme”.

  11. gliptodonte dijo:

    Por cierto, por la reseña del último libro de Lipovesky tengo la sensación de que Lipovesky le ha copiado la idea a Bruckner y ha escrito ahora su propio libro: “La sociedad de la decepción”.

  12. pseudopodo dijo:

    OK, Mujerárbol, gracias.

    Jusamawi, esa es la cuestión: tanto la felicidad como la alegría sólo pueden ser subproductos. Convertirlas en objetivo lleva precisamente a lo contrario de lo que se quiere conseguir. Creo que hoy está muy extendido ese error: precisamente esa sociedad posmoralista de la que habla Lipovetsky es sobre todo una sociedad hedonista, que abandona, como él dice, “el culto de las virtudes laicas” (o no laicas, igual da en este contexto) y “la tradición moral de renuncia de sí” precisamente porque parecen un estorbo para alcanzar la felicidad. Pero como resulta que la felicidad no se alcanza por una búsqueda directa, el resultado es necesariamente un fracaso. Cosa de la que no parece darse cuenta Lipovetsky (hay otras razones para no suscribir su optimismo, pero esta es una de las más básicas).

    Uf, Gliptodonte, miedo me da eso de que me recomienden otro filósofo francés… yo hasta ahora vivía bastante feliz ignorando la existencia de Pascal Bruckner. Lipovetsky también habla de la ruptura que supuso la Ilustración, pero para él, aunque se abandonó el fundamento trascendente, se mantuvo la forma del “deber incondicional”, y la auténtica ruptura la sitúa en la ética “postmoral” que abandona la obligación y la sanción. Lo que no hace es señalar esto de que la felicidad se convierta en una especie de obligación. Me parece una observación inteligente, y enlaza con lo que decía yo en el párrafo anterior: precisamente al ser obligatoria la felicidad, se convierte en imposible. No sé si Bruckner llega a plantearlo así, pero yo diría que es una variante de la paradoja del “¡sé espontáneo!”

  13. Clodoveo11 dijo:

    Esto de leer autores franceses, sea en filosofía o en recetas de cocina, es un auténtico coñazo. Será por la estructura de su lengua o pensamiento, o por su fenotipo facial, pero siempre acaban haciéndose la … un lío y moviéndose en concepciones circulares, autorreflexivas y aburridísimas.

    Quizá la gran pregunta sea: ¿hay una ética o moral verdaderamente independiente de cualquier condicionamiento humano? ¿Existe la moral natural, o la ética natural (y no me refiero a las imposiciones biologicas y/o fisiológicas)? ¿Podría dicha ética regular positivamente el comportamiento humano? ¿Podría ser admitida consensuadamente por todos como un mínimo común denominador con el que el ser humano regulase sus actos? ¿O resulta utópico plantearse semejante cosa y estamos condenados a éticas parciales y universalmente insatisfactorias?

  14. jusamawi dijo:

    El derecho recurre al derecho natural ante la falta de leyes en un problema determinado.Basa su existencia asegurando que existen unos principios que deberían ser aceptados por todos de manera asímismo natural.Un clásico ejemplo seŕia el de que los pactos se hacen para ser cumplidos.Bastaría este principio para condenar a cualquiera que no cumpla lo pactado aún si no hubiera ninguna norma que regulase ese tipo de pacto en concreto. La experiencia nos demuestra que esto no es cierto.Muchas veces se pactan cosas con la intención de no cumplrlas.Por eso es mejor regular todos los casos posibles ,basándonos en el consenso,y dejar de fiarnos de supuestos principios universalmente aceptados. Creo que lo mismo sucede con la ética.Lo más a lo que aspiramos es a un consenso amplio.En ello hay que poner el empeño. El mundo no nacío con unas reglas del juego a las que todos hemos de atenernos si queremos participar.Más bien al contrario las reglas las hemos tenido que inventar después de comprobar que no existe ese acuerdo indiscutible inicial.Sólo las religiones han intentado convencer al personal de la existencia de una moral universal. Los dogmas y revelaciones pueden ser muy útiles en el ámbito privado ,pero han sido un desastre cuando se han inmiscuido en la cosa pública.

  15. Agus dijo:

    Sí, sí, lee a Finkielkraut. Análisis poderoso a través de la literatura, que no pretende dar la solución, sino abrir puertas.

    Como físico humanista que eres creo que te gustará especialmente el artículo “Las dos culturas”, partiendo de la famosa conferencia de C.P. Snow sobre el divorcio entre ciencias y humanidades. Desde entonces (y desde que leo tu blog) trato de buscar la unión entre ambas, y me gusta hablar más de “culturas” que de “cultura”.

  16. rodrigo dijo:

    Cual seria un ejemplo de vivencia personal que ejemplifique lo tratado en el libro????????

  17. iSVai dijo:

    Simplemente la sociedad actual que como menciona se basa en una moral individualista y grotescamente buscando satisfacciones y placeres. En realidad todo es muy claro, tan solo ve analíticamente la sociedad y es de lo que termina hablando el libro, “la evolución moral” y como se ha moldeado heterónamente a base de la cultura el tiempo y quizas la necesidad de hacerlo principalmente por la razón y nuevos descrubirimentos, la evolución mercantil basada en un libre mercado capitalista a lo que principalmente se le atribuye esa actualización moral.

  18. Hernangato dijo:

    Amigos,

    Teniendo leídos “La era del vacío” y “El crepúsculo del Deber” de G. Lipovetsky les recomiendo (para darle sentido a lo descriptivo del autor francés), en lo particular les recomiendo una lectura de Kenneth Gergen con “El Yo Saturado” y a Cristopher Lasch (reiteradas veces citado por Lipovetsky) con “La Cultura del Narcisismo” y “La Rebelión de las Élites”.
    Y también a otro francés como “Baudrillard”. Les agradezco por sus recomendaciones.
    Saludos!

  19. Rodolfo Plata dijo:

    DEJEMOS ATRÁS EL OSCURANTISMO MEDIEVAL DONDE LA FILOSOFÍA ESTABA SOMETIDA A LA TEOLOGÍA, LA RAZÓN A LA FE, LA CIENCIA A LA REVELACIÓN, Y EL ESTADO A LA IGLESIA:

    LOS VALORES SUPREMOS DE LA TRASCENDENCIA HUMANA Y LA SOCIEDAD PERFECTA, DEBEN ORIENTAR LOS OBJETIVOS DEL CURRÍCULO ESCOLAR LAICO A FIN DE ALCANZAR LA SUPRA HUMANIDAD__ La relación entre la fe y la razón, la religión, la ciencia y la educación, se enmarca en el fenómeno espiritual de la trasformación humana abordado por la doctrina y la teoría de la trascendencia humana: conceptualizada por la sabiduría védica, instruida por Buda e ilustrada por Cristo; la cual concuerda con los planteamientos de la filosofía clásica y moderna, y las conclusiones comparables de la ciencia (psicología, psicoterapia, logoterápia, desarrollo humano, etc.)__La paideia griega tenía como propósito educar a la juventud en la virtud (desarrollo de la espiritualidad), la sabiduría (cuidado de la verdad, estudiando la física, la lógica y la axiología), el físico culturismo (cuidado del cuerpo y la salud), mediante la práctica continua de ejercicios físicos y espirituales (cultivo de sí), a efecto de prevenir y curar las enfermedades del cuerpo y el alma; la oratoria y la retórica para intervenir en la administración y gobierno de las polis, a efecto de alcanzar la sociedad perfecta. El educador, utilizando el discurso filosófico y la discusión de casos y ejemplos prácticos, más que informar trataba de inducir transformaciones buenas y convenientes para si mismo y la sociedad, motivando a los jóvenes a practicar las virtudes opuestas a los defectos encontrados en el fondo del alma, a efecto de adquirir el perfil de humanidad perfecta (cero defectos) __La vida, ejemplo y enseñanzas de Cristo coincide cien por ciento con el currículo y objetivo de la filosofía griega. Y por su autentico valor pedagógico, el apóstol Felipe introdujo en los ejercicios espirituales la paideia de Cristo (posteriormente enriquecida por San Basilio, San Gregorio, San Agustín y San Clemente de Alejandría, con el pensamiento de los filósofos greco romanos: Aristóteles, Cicerón, Diógenes, Isócrates, Platón, Séneca, Sócrates, Marco Aurelio,,,), a fin de alcanzar la trascendencia humana (patente en Cristo) y la sociedad perfecta (Reino de Dios). Meta que no se ha logrado debido a que la mitología del Antiguo Testamento, al apartar la fe de la razón, castra mentalmente a sus seguidores extraviándolos hacia la ecumene abrahámica que conduce al precipicio de la perdición eterna (muerte espiritual)__ Es tiempo de rectificar retomando la paideia griega de Cristo, separando de nuestra fe el Antiguo Testamento y su teología fantástica que han impedido a los pueblos cristianos alcanzar la supra humanidad. Pierre Hadot: Ejercicios Espirituales y Filosofía Antigua. Editorial Siruela. http://www.scribd.com/doc/33094675/BREVE-JUICIO-SUMARIO-AL-JUDEO-CRISTIANISMO-EN-DEFENSA-DEL-ESTADO-LA-IGLESIA-Y-LA-SOCIEDAD

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