Sobre la cultura científica (una vez más)

La ciencia, mucho más que un catálogo de resultados, es una manera de buscar el conocimiento. Pero no voy a hablar del “método científico”, ese presunto procedimiento infalible para alcanzar la verdad-sobre-todas-las-cosas.

Cuando un científico hace ciencia, no tiene en la cabeza un diagrama de flujo con el método científico. Generalmente, ni siquiera es consciente de que esté “haciendo ciencia”. Si le preguntáramos qué está haciendo, seguramente nos respondería que está “intentando resolver tal o cual problema”. Y lo hace utilizando unos hábitos de pensamiento, unas herramientas conceptuales cuyo dominio es la esencia del oficio.

De esto no suelen decir nada los libros de divulgación que cuentan una historia heroica de intuiciones geniales y experimentos decisivos (que, a ser posible, requieran aceleradores de partículas “en los que se reproducen las condiciones del Big Bang”). Y sin embargo, si hay algo que merece la pena aprender de la ciencia, algo que realmente pueda enriquecer nuestra cultura (es decir: cultivarnos y que demos más fruto) son esos hábitos de pensamiento.

Quizá el hábito decisivo es el de modelizar. Ante una situación compleja (y todas las situaciones, bien miradas, son complejas), el científico intenta identificar los factores esenciales y sus relaciones, haciendo una especie de croquis conceptual: el modelo.

El croquis, naturalmente, es una apuesta: a priori no sabemos si nuestras simplificaciones son apropiadas, si no hemos dejado de lado algo esencial. El científico juega con su modelo y ve si su comportamiento se parece al de la realidad o no (y aquí viene todo el publicitado asunto de los experimentos, que no son más que una manera de poner a prueba el modelo).

¿Qué hay de bueno en juguetear con modelos? Ante todo, que su alcance y especificaciones están perfectamente definidas: sabemos de lo que estamos hablando, lo que decimos y lo que no decimos. El científico no se envuelve en la habitual nube de evasivas y vaguedades para escurrir el bulto, tan cara a otros gremios, y eso ya es un mérito. Pero la principal virtud de esa definición precisa es que, al saber de qué estamos hablando, podemos razonar sobre ello y discutir con otros, sin empantanarnos en confusiones conceptuales o polémicas nominalistas. Y, por supuesto, hacer predicciones bien definidas y por eso comprobables.

Esto ya es una diferencia decisiva, pero hay que añadir otra: las matemáticas. Poder utilizarlas hace que la inteligencia de Newton, Euler o Gauss trabaje para nosotros. Pero incluso cuando se trata de matemáticas bastante elementales, el impulso que proporcionan a nuestro pensamiento es incomparable.

No sería tan difícil, creo yo, familiarizar al público con estos hábitos de pensamiento, si en vez de deslumbrarles con la ciencia-circo les tratáramos como personas inteligentes que quieren entender el mundo en el que viven. En eso consistiría el auténtico papel de la ciencia en la cultura. Hablé de eso hace tiempo, y volveré a poner algún ejemplo pronto.

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13 respuestas a Sobre la cultura científica (una vez más)

  1. Javier dijo:

    ¡Bien-regresado del junio académico! (He pasado unos días en la que todavía es mi universidad española y sigo atónito como todo el mundo va a comer salsa boloñesa mientras afirma preferir el pesto o la carbonara).

    Tu post me provoca varias cuestiones:

    (a) ¿Somos los matemáticos científicos? No estoy seguro de que la mayoría de nosotros trabajemos como tú comentas, aunque sí hay un cierto parecido. Lo que sí es seguro es que trabajamos por prueba-error y luego limpiamos y reescribimos todo con el método deductivo. Somos “serial scientificists” que limpiamos nuestras huellas tras cometer el crimen.

    (b) No sé si es fácil intentar mostrar a alguien cómo piensa alguien que hace ciencia (no alguien que la lee o que la explica; estos son dos oficios distintos, no necesariamente disjuntos del anterior). Si de algo estoy convencido (y que los Dawkins & co digan lo que quieran) es que el cerebro humano no puede entenderse a sí mismo ni siquiera empleando la inteligencia colectiva y lo que se deduce de ella (la computación). Nuestra forma de pensar es el cúmulo de nuestras experiencias educativas (de las buenas y también de las malas) y el training de un científico es algo complejo.

    (c) Lo que sí es fácil es copiar. ¿Dónde se “producen” buenos científicos? ¿Qué hacen allí que nosotros no hagamos? La experiencia muestra que el camino es claro y en cambio insistimos en no seguirlo: educación muy tradicional al principio (generalista, empleando mucho la memoria y el papel), estudiar materias difíciles sin importar su utilidad a mitad (latín, matemáticas, física, biología de la de toda la vida, pasar una semana con un soneto de Góngora), un buen batido en la etapa universitaria (estudiando tan lejos como sea posible de donde has vivido) y al final, un doctorado donde estás atendido de forma muy personal por su director (o por alguien que haga las labores del mismo), casi como un aprendiz y el maestro del gremio. Y más importante aún: no es clave que todos los elementos del sistema funcionen. Si alguien está destinado a ser un buen científico (si tiene “cabeza” para ello), incluso le beneficiará tener algún mal profesor de vez en cuando, para aprender a estudiar solo.

    Como si de “Camino” se tratara, dejo dos puntos para meditación:

    1. Si no está roto, no lo arregles (popular americano; aplíquese a los planes de estudio)
    2. La educación es en general inútil salvo en aquellos felices casos donde es innecesaria (atribuido a Feynman)

    Para otro día tenemos que iniciar un debate sobre cómo está la ética en el mundo científico y si no nos hemos convertido en el nuevo sacerdocio corrupto. Ahora bien, eso, con password. No podemos permitir que el común de los mortales sepa en qué estado está la comunidad científica.

  2. pseudopodo dijo:

    Hombre, Javier, encantado de volverte a leer (veo por lo prolífico que ya necesitabas este blog 😉 )

    Ahora no tengo tiempo de entrar en lo que planteas, sólo de puntualizar que la presunta cita de Feynman es de Gibbon en realidad: “the power of instruction is seldom of much efficacy, except in those happy dispositions where it is almost superfluous “. Siempre me ha gustado, aunque está claro que es un overstatement.

    La otra (if ain’t broke, don’t fix it) me encanta, yo creo que resume la mitad del savoir faire de los físicos experimentales… lo malo es que no ha llegado a incorporarse al de los pedagogos.

  3. josempelaez dijo:

    Aunque yo sé que tú lo sabes, no quiero dejar pasar esta oportunidad de escribir que para hacer ciencia, además de conocer de modelos y de matemáticas, también se necesita una cierta base lingüística: «sabemos de lo que estamos hablando, lo que decimos y lo que no decimos.»

    No creo que los del «amor en tiempos del “hoygan”» puedan caminar por el sendero de la ciencia.

  4. Esteban S dijo:

    Me parece que, oscurantistas aparte, uno de los peores obstáculos a la divulgación científica es ese vicio de tratar de convertir la frontera móvil de la ciencia (los problemas por resolver) en un montón de resultados. Así es como tanta gente la confunde con un cuerpo de conocimientos, cuando es más bien el hábito de la curiosidad organizada.

  5. pseudopodo dijo:

    josempelaez, toda bia nome recuperao del vajon de tension, hoyes…. 😀

    Pero sí, es verdad que una condición previa para la cultura científica es la mera cultura, a secas, y una condición previa para esta es la alfabetización… así que mal vamos. Pero asumiendo (por hipótesis) que tratamos con gente con una cultura mínima (digamos equivalente al bachillerato), mi idea es que sería más útil enseñarles los hábitos de pensamiento de la ciencia que meterles en la cabeza sus resultados.

    La ciencia que se suele enseñar casi siempre se acepta como una verdad de fe y eso es lo más anticientífico que puede haber (una variedad de oscurantismo, Esteban).

    El problema es si hay un atajo para enseñar a pensar como un científico, que no requiera hacer el “training” completo, como dice Javier. Yo creo que sí es posible, siempre que no seamos demasiado exigentes. Muchos hábitos de pensamiento pueden enseñarse con contenidos de la vida cotidiana (un ejemplo: “Un matemático lee el periódico”, de John Allen Paulos).

    Pero por otra parte desconfío de una enseñanza asistemática (y no digamos de una enseñanza obligatoriamente divertida), y soy un nostálgico del camino tradicional que describe magníficamente Javier en (c). Por ejemplo, los viejos problemas de planos inclinados que nos ponían en 3º de BUP eran muy formativos: lo he descubierto al ver las carencias que tienen ahora los alumnos de 1º de carrera, que en lugar de machacar esos problemas se han entretenido con cuestiones de satélites y de “física moderna” que cada vez se parece más a leer el Muy Interesante. Pero para ver el interés de esos problemas hay que saber mucha más física de la que suelen saber los profesores del bachillerato, que por eso los encuentran aburridos y hacen que a los alumnos les resulten aburridos también… Así que en resumen, creo que sí es posible enseñar a pensar (un poco) como un científico sin usar apenas contenidos propiamente científicos, pero creo también que no pasa nada por usar esos contenidos. Siempre que el objetivo sea enseñar a pensar más que meter información en la cabeza.

    Sobre si sois los matemáticos científicos… para mí, que milito contra la visión empirista de la ciencia, por supuesto que lo sois, aunque de una clase un poco particular. Me ha hecho gracia lo de “serial scientificists”: creo que lo de borrar las huellas tras el crimen ya lo decían de Gauss (o quizá era que quitaba el andamio tras construir el edificio)

  6. josempelaez dijo:

    Comparto plenamente tu idea de que «sería más útil enseñarles los hábitos de pensamiento de la ciencia.» Y no sólo en bachillerato. Nunca me han parecido formativas las colecciones de problemas clasificadas por tipos de solución que tanto abundan en los primeros cursos de las escuelas de ingeniería (al menos).

    Hablando de “planos inclinados”, siempre recordaré a Fernando Marín, el profesor que nos enseñó a entender y resolver aquellos problemas en mi 6º de bachillerato (1969). Tan bueno era que los jesuitas de Chamartín se lo quitaron a los maristas de Chamberí al terminar aquel curso en Madrid.

  7. josempelaez dijo:

    Quizá te interese → Conversando con Peter Watson: «En vez de aprender en la escuela, por ejemplo, la teoría de la relatividad, o la electricidad, se nos debería enseñar todo eso tal y como dieron con ello sus descubridores, con toda esa rivalidad, los callejones sin salida… Si lo hiciéramos así, sería mucho más interesante; no tendríamos únicamente un conocimiento abstracto de la electricidad, sino que sabríamos cómo se le ocurrió a alguien por primera vez la idea de la electricidad.»

  8. Javier dijo:

    Josempelaez… dices “Nunca me han parecido formativas las colecciones de problemas clasificadas por tipos de solución que tanto abundan en los primeros cursos de las escuelas de ingeniería (al menos).” Este tipo de colecciones, que ya se originan en el clásico de Demidovich para la Escuela Lemonosov de Moscú tienen un objetivo distinto y nada desdeñable: son gimnasia. Su intención es similar a la de los cuadernos de caligrafía, al practicar escalas en el piano, a los ejercicios repetitivos de cualquier deportista o a las interminables sumas y multiplicaciones a mano en la infancia: generar una mecánica mental que envía a la parte interior del cerebro una serie de procesos que luego permiten ponerse a pensar sobre problemas difíciles sin tener que detenerse por la morralla mecánica. Su filosofía es simple: primero aprende hacer las cuentas; aparte ya te enseñaremos qué significa todo esto. Obviamente, hasta a la parte mecanicista se le puede dar interés, pero para eso hacen falta profesores con ganas (y capacidad) de enseñar, que no siempre es el caso, y una sociedad donde se les diga abiertamente a los adolescentes que el cinismo les sienta tan mal como llevar los pantalones tan bajos como para que se vean los calzones.

  9. josempelaez dijo:

    Javier, las evidencias que tengo —procedentes de la década de los 70 y del primer lustro de ésta en dos escuelas técnicas superiores— no se corresponden con el objetivo que presentas.

    Por otra parte, me parece que el resolver muchos problemas con el “método de Cross” (morralla mecánica) para calcular estructuras (ya fuera con regla deslizante o calculadora electrónica) no aportaba nada que fuera necesario para poder centrarse en algo como la del Libro de Eduardo Torroja Razón y Ser de los tipos estructurales.

    Pero bueno, nunca he sido científico ni pedagogo, y me queda ya muy poco de docente universitario (~veinte horas anuales). Será como dices.

  10. Javier dijo:

    Josempelaez, no te estoy quitando la razón. Lo que decía es que parte de esos libros tenían una razón de ser. Es cierto que mucho de eso ha muerto y está bien fenecido: ¿para qué aprender a resolver sistemas lineales 10 x 10 a mano si el ordenador lo hace en segundos? Sin embargo, sorprendentemente, en las disciplinas más “intelectuales”, como la matemática y la física, estos cálculos repetitivos tienen un valor enorme. Lo que sí que hay que plantearse es si debemos retener todas las antiguallas, pero de allí a eliminar todo el aprendizaje mecánico, va un tramo.

  11. pseudopodo dijo:

    Creo que es un punto interesante este que ha salido: no hay que confundir una enseñanza que enseñe a pensar (y no se empantane en formalismos mecánicos ni en atiborrar de datos) con una enseñanza en la que no haya esfuerzo ni tareas mecánicas y repetitivas.

    La gimnasia es necesaria; precisamente para liberarse de esa morralla mecánica de la que habla Javier. Es como automatizar los gestos de conducir, para que se encargue el cerebelo y la consciencia quede libre para tareas más nobles. Nadie discute esto para un pianista, por ejemplo, pero con la enseñanza de las ciencias parece que se cae en la confusión que decía arriba. Da pena ver cómo los alumnos de primero de ingeniería no son capaces de llevar a término un desarrollo de tres líneas sin (a) equivocarse en las unidades, o (b) despejar mal, o (c) poder ocho decimales y copiarlos en cada paso, o (d) llenarlo todo de tachones, o (e) escribir “absorver”, o (f) todo lo anterior a la vez. Todo son fallos en cosas triviales, pero precisamente por eso las deberían haber automatizado en el bachillerato a base de machacarlas.

    Uno podría decir que tampoco importa mucho, que de los que se trata es de cosas más nobles, como aprender a pensar, pero el problema es que con todos esos fallos triviales no consiguen hacer un problema bien y como no los hacen bien no aprenden física…

    En el fondo, se me ocurre, les pasa como a estos artistas contemporáneos, que se sienten demasiado creativos para aprender el oficio, cuando en realidad tener el oficio es lo que te permite ser creativo….

    josempelaez, lo que dice Watson está muy bien, pero lo veo con más sentido en niveles superiores de la enseñanza. Hay que admitir que el pensamiento crítico no se forma hasta la adolescencia; antes, hay que aprovecharse del dogmatismo de los niños para meterles en la cabeza las teorías “correctas”, luego hay tiempo para aprender (y mucho) con el enfoque de Watson…

  12. eulez dijo:

    Muy de acuerdo con lo que dice pseudopodo en el último comentario. Difícilmente se puede enseñar a pensar si cosas que deberían estar “automatizadas” no se hacen bien. Especialmente en Ciencias. Esto es algo que los pedagogos olvidan constantemente. Recordemos que la muy dañina filosofía pedagógica estilo “que aprendan a pensar”, “que los alumnos aprendan solos”, etc, es muy bonita y contiene mucha razón, si señor, pero para eso harían falta, en todo caso, profesores inteligentes y clases reducidas, es decir mucha inversión. ¿Eso ocurre en España? Pfff…

  13. Todo puede ser visto desde muchas facetas. Valoro mucho el método científico, pero este artículo ha puntualizado algo sobre lo que no había puesto la suficiente atención y quizá sea el origen de tanto interés: El “jugar con modelos”. No había reparado en las profundas razones de Berlusconi, ¡creía que era un cerdo y resulta que es un científico!
    Ya mismo voy a tratar de conseguir alguna modelo para jugar algo…
    Disuclpen , pero un poco de humor nunca viene mal.
    Fernando Terreno

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