Cosas que los nietos deberían saber

He devorado Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Everett. No es ninguna obra maestra, pero se lee muy bien y se sale de lo corriente en varios aspectos.

Everett (más conocido como Mr.E) es el líder de Eels, un grupo de rock que descubrí en el blog de Fernández Mallo, el de Nocilla Dream:

Me gustó mucho esta canción, pero lo que captó mi atención fue saber que Mr.E es, además, el hijo de Hugh Everett III, un físico célebre y en cierto modo maldito. La celebridad de Everett padre se debe a que elaboró la Teoría de los mundos múltiples, una radical interpretación alternativa de la mecánica cuántica. Según la interpretación estándar de Bohr y compañía, la función de onda codifica una serie de posibilidades alternativas para un sistema cuántico. Cuando se realiza una medida en ese sistema, esas posibilidades “colapsan” en una de ellas, mientras las demás se esfuman. Para Everett, por el contrario, la medida induce una “bifurcación” del universo; todas las posibilidades se realizan pero sólo una de ellas en nuestro universo.

Proponer la continua creación de universos paralelos parece una idea descabellada, y Hugh Everett III no consiguió hacer carrera académica, pese a tener una credenciales impecables (su director de tesis fue el legendario John Archibald Wheeler) y a que hoy su planteamiento se ha reivindicado por autores como David Deutsch. Había leído algo sobre él, y sin saber los detalles, tenía la idea de que de alguna manera había acabado mal.

Esa era una razón para que me interesara el libro de su hijo, porque Cosas que los nietos deberían saber es una autobiografía. O más bien, por su estilo conversacional, podríamos describirlo como “Mr.E contándonos su vida como si se tomara unas cervezas con nosotros”. El relato está atravesado por un humor que, en contraste con lo deprimente de las historias que nos cuenta, le da un tono peculiar que quizá es el mayor atractivo del libro.

Porque la vida de Mr.E resulta ser un rosario de desgracias.  No voy a contarlas aquí para no estropearles el libro (ya se ha encargado de eso el autor del prólogo, que recomiendo encarecidamente que se salten…). Baste decir que quizá la menor de ellas fue encontrar a su padre muerto en la cama, cuando él no había cumplido los veinte años. Eso puede ocurrirle a cualquiera, pero no es tan normal que las maniobras de reanimación que intentó practicarle fueran el único contacto físico que recuerda haber tenido con él.

Así empieza el segundo capítulo:

Soy hijo de un humilde mecánico. De alguien dedicado a la mecánica, vaya. A la mecánica cuántica. A mi padre, Hugh Everett III, autor de la teoría de los universos paralelos, lo conocí como un hombre callado durante los dieciocho años o así que convivimos en la misma casa. Por lo visto, vivía deprimido por una infancia infeliz y porque sólo muy tarde (demasiado tarde) se había reconocido su genio. He aprendido mucho sobre él tras su muerte, a través de libros y revistas, mucho más de lo que podría haber aprendido nunca del centenar de frases que me dirigió durante aquellos dieciocho años.

No es de extrañar que Everett hijo fuera un adolescente problemático y creciera para convertirse en un personaje más bien asocial, un tipo raro, vaya. Por lo que dice en alguna página, debió descubrir el café pasados los treinta; antes, los únicos estimulantes que conocía eran la coca y el speed. Las referencias que he visto a este libro han destacado siempre este lado freak, el morbo de familia monster y de las muertes que se suceden (porque la de su padre es sólo la primera).

Pero dije que no iba a hacer un spoiler del libro. Si menciono esto es precisamente porque creo que destacarlo es apreciar el libro por los motivos equivocados.  Everett cuenta una anécdota de sus amigos adolescentes que viene a cuento aquí:

Cuando iba en coche con ellos, les ponía un cassette de Randy Newman, Good old boys. Cuando llegaba la canción Rednecks, les encantaba y se ponían a cantarla todos, pero no la entendían. Pensaban que era un himno:

We talk real funny down here
We drink too much and we talk too loud
We’re too dumb to make it in no northern town
And we’re Keeling the niggers down

(Aquí hablamos con un acento muy raro / Bebemos demasiado y hablamos demasiado alto / Somos tan bobos que no saldríamos adelante en las ciudades del norte / Y mantenemos oprimidos a los negros)

No eran capaces de captar la ironía de Randy Newman. La canción les gustaba por toda una suerte de motivos equivocados. No se daban cuenta de que la canción se burlaba de los blancos. [Ellos eran] precisamente la gente de la que se burlaba la canción.

Cosas que los nietos deberían saber no es un manifiesto del orgullo freak, aunque tampoco se burla de nadie. Es el relato de un superviviente de la miseria, pero de una miseria no material sino afectiva: la que abundaba en los ambientes ilustrados de los USA del “verano del amor”, como lo llama con sarcasmo Mr.E, y la que encontramos en abundancia cuarenta años después entre nosotros. Alguien que creció sin que nadie le enseñara a vivir y que salió adelante porque se agarró a la música en vez de (o más que) a las drogas y quiso siempre ser fiel a su arte.  Tuvo suerte, seguramente, pero tampoco hay que restarle mérito: pocos pueden contarlo sin caer en el cinismo o el resentimiento; Everett lo hace con humor y humildad, como alguien que, contra todo pronóstico y por un camino tortuoso, ha alcanzado la madurez.

Una mañana, mientras me lavaba los dientes, me miré en el espejo del cuarto de baño. Vi a mi padre reflejado. Me di cuenta de que en muchos aspectos podía identificarme con él. Había aprendido mucho leyendo sobre él. Sé que le deprimía sentirse infravalorado o incomprendido, y que prefería que le dejasen a solas. Sé que llevaba la misma ropa todo el tiempo, como yo. Me di cuenta de que yo me había sentido como él debió sentirse todos aquellos años en los que no quería que le molestaran porque tenía alguna idea descabellada entre ceja y ceja que estaba intentando poner en orden. Estás a punto de descifrar el código y el niño quiere jugar a béisbol. Ahora lo entiendo. Los dos somos “hombres de ideas”, y todo lo ajeno  a estas ideas es una distracción. Me había pasado años enteros cabreado con él, pero ahora que veía lo mucho que llevo de él dentro de mí se me hacía fácil identificarme con él. Le perdoné. Y la vida cambió de inmediato para mejor.

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9 respuestas a Cosas que los nietos deberían saber

  1. Pedro Terán dijo:

    Fernández Mallo… Una vez entré yo y hablaba de que había ido al Carrefour y se había dejado las compras en el maletero del coche. Se preguntaba si los pimientos se sentían solos y pensaban que les había traicionado, o algo así. Los comentaristas le decían cosas del estilo de “Oh, tío, qué reflexión más genial”.

    Fue un momento un poco “facepalm”.

  2. Dr.J dijo:

    Sí bueno, yo también quería preguntar si te interesa el blog de Fernández Mallo (físico por cierto, qué cruz) yo entré un par de veces hace cosa de un año. De ese grupo solamente leo a Manuel Vilas (Aire nuestro) que decía unas tonterías sobre quarks que su amigo F-M podía haber “editado”. De la trilogía Nocilla me quedo con la página que ponía el punto 7 del Tractatus
    ¿EEL no significa sanguijuela?

  3. pseudópodo dijo:

    Pedro & Dr.J, la verdad es que no me interesa demasiado el blog de Fdez. Mallo (no lo tengo en el Reader) pero de tarde en tarde le echo un vistazo, un poco precisamente porque por ser físico alguna afinidad tenemos. Recuerdo, Pedro, que comentabas cuando hablé de Nocilla Dream que te parecía un “farsante de la peor especie”, yo creo que el tipo no es nada tonto y se aprovecha del papanatismo de los medios literarios; tiene mérito haber sabido convertir en un activo su formación científica. Pero vamos, el post es por Everett Jr, que es bastante más interesante.

    Lo de los comentaristas de los blogs de escritores merece capítulo aparte. Fdez-Mallo por lo menos contesta, y con eso ya se gana mi respeto, pero sí es verdad que da vergüenza ajena a veces. El día de Reyes ponía una receta de unas gambas o no sé qué que se había comido, con un montón de fotos, y también eso les encantaba. A Manuel Vilas no lo conozco, pero no sé si me asomaré.

    Ah: eels es anguilas.

  4. eulez dijo:

    La verdad es que esto grupo está muy bien, ya lo conocía de antes. Lo que desconocía por completo es esta historia. Tremenda.

  5. El párrafo final de tu entrada, cuando el hijo perdona al padre al verse reflejado en él, es conmovedor. Por cierto, la imagen de Everett padre que yo tenía (vía Peter Atkins) era la de un frívolo diletante: Atkins, en ‘El dedo de Galileo’, lo describe como un “millonario analista de investigación de armas, que fumaba un cigarrillo tras otro y conducía un Cadillac con cuernos” (p. 266). No decía que nada menos que John Wheeler le dirigió la tesis doctoral.

  6. pseudópodo dijo:

    Nicolás, bienvenido al blog. A mí también me parece conmovedor, en realidad lo mejor del libro es la desconcertante sinceridad de que Everett no “vaya de nada” y que haber sufrido haya acabado en ese perdón. Y el sentido del humor, claro.

    eulez, es que yo estoy poco al día en esto de la música (fíjate que a Wilco los descubrí en tu blog)…

  7. Dr.J dijo:

    Hola, creo que se impone un pequeño debate sobre la retirada por Alfaguara del libro de Fernández Mallo “El hacedor (de Borges) Remake”. Yo ya me pronunciado en su blog (de Mallo, no de Borges). Me parece que el hecho de que sea físico importa a este efecto porque ¿podemos defender la apropiación de resultados ajenos para fines de lucro dentro de la tradición del peer review? Saludos

  8. pseudópodo dijo:

    Dr.J, no estoy suficientemente enterado de lo que ha hecho Fdez Mallo, pero aún así me permito estar de acuerdo contigo 🙂 Este tipo es un genio de la publicidad (hay muchos por el mundo, por otra parte, aunque no tantos en el mundillo literario). No sé si has leído lo que dice Reig.

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