Tres historias ejemplares (I): Jabones en Karachi

La primera historia la cuenta el cirujano Atul Gawande en su libro El efecto Checklist.

* * *

A finales de los años 90 vivían más de cuatro millones de personas en los asentamientos ilegales que rodeaban Karachi. Las condiciones eran infrahumanas. Las fuentes estaban contaminadas y no había alcantarillado: las aguas residuales corrían por las calles, donde jugaban descalzos los niños desnutridos. Uno de cada diez moría antes de los cinco años, generalmente por diarrea o infecciones respiratorias.

La situación era más deprimente aún porque no parecía haber salidas. El analfabetismo impedía la difusión de los conocimientos sanitarios básicos; la corrupción, la inestabilidad política y la burocracia desalentaban a los inversores. No se creaba empleo, y sin trabajo no había posibilidades de prosperar. Mientras, en el campo, los bajos precios de los productos agrícolas en los mercados internacionales empujaban a miles de campesinos a emigrar a las ciudades. El hacinamiento iba de mal en peor.

En resumen: todo estaba rematadamente mal. Era una sociedad fracasada, y parecía que poco se podía hacer sin reinventarla de arriba a abajo.

Por aquel entonces, el centro de control de enfermedades (CDC) de los EEUU tenía un programa conjunto con HOPE, una organización benéfica pakistaní, para mejorar la calamitosa salud infantil en esas barriadas. Un recién llegado, el médico norteamericano Stephen Luby, aterrizó en Karachi y se encontró con este panorama: una tarea deprimente e imposible. Como no podía reinventar la sociedad de arriba abajo, Luby probó con algo más modesto: el jabón.

Se enteró de que la multinacional Procter & Gamble estaba lanzando al mercado un nuevo jabón antibacteriano llamado Safeguard y buscaba una campaña que demostrara su utilidad. Les convenció para que hicieran un estudio en Karachi. Les resultaría mucho más barato que en los EEUU, y los resultados seguramente serían más drásticos. La empresa pagaría a un becario de investigación y enviaría cajas de jabón con y sin el agente antibacteriano triclocarban. La cosa funcionó así (El efecto Checklist, pg 91):

Una vez a la semana, los trabajadores de campo de HOPE se abrían en abanico por veinticinco barrios de Karachi escogidos al azar, y distribuían el jabón (una media de 3,3 pastillas a la semana por familia), que unas veces contenía triclocarban y otras no. Animaron a la gente a usarlo en seis situaciones: una vez al día para la higiene corporal y para lavarse las manos cada vez que defecasen, lavasen a un niño o estuviesen a punto de comer, preparar comidas o dar de comer a otros. A continuación, los trabajadores de campo recopilaron información acerca de las tasas de enfermedades de los niños en los diferentes barrios.

Los resultados se publicaron en The Lancet en el año 2005. En un año, la incidencia de la diarrea en los niños disminuyó un 52% y la de la neumonía en un 48% (en comparación con los barrios de control a los que no se había suministrado jabón). Eran unos resultados sin precedentes, asombrosos. Y se habían conseguido sin variar un ápice la pobreza y el hacinamiento, sin construir alcantarillado y sin que siquiera se dejara de beber el mismo agua contaminado de las fuentes.

¿Tan poderosos eran los efectos del triclocarban? No: los resultados fueron iguales con el jabón que contenía bactericida y con el que no. Este hallazgo, claro, no gustó demasiado a Procter & Gamble. El estudio no había conseguido demostrar que su nuevo jabón aportara ningún beneficio adicional. Pero nosotros podemos aprender mucho del poderoso efecto del jabón normal y corriente.

La clave está en que el jabón, por ordinario que fuese, era mucho más que jabón. Era un vehículo de transformación de los comportamientos. Porque quizá lo más sorprendente de esta historia es que los habitantes de los suburbios ya usaban jabón: una media de dos pastillas a la semana por familia. ¿Qué cambió entonces el estudio? Dos cosas. Primero, eliminó las barreras económicas para la compra de jabón. El jabón no es caro, pero esta gente era muy pobre, y el objetivo era que se lavaran mucho. Segundo, consiguió hacer sistemático el uso de jabón.

En el sur de Asia, las ideas sobre la pureza están muy arraigadas, y prácticamente todo el mundo se lava después de defecar, incluso aunque tenga que recorrer una buena distancia para hacerlo. Pero esta higiene no era demasiado eficaz: se labavan demasiado rápido, o sólo una mano, o con cenizas y barro en vez de con jabón. El estudio cambió esto. Los investigadores, al distribuir el jabón, habían dado instrucciones precisas sobre como usarlo: había que mojarse bien las dos manos, hacer espuma abundante y enjuagarse bien luego. Y había que lavarse también en momentos en los que no tenían costumbre de hacerlo: antes de cocinar o de dar de comer a un bebé.

Tantas exigencias se aceptaban de buen grado porque el jabón era muy agradable: olía bien, hacía mucha espuma… daba gusto lavarse con él. No estaban acostumbrados al lujo de un jabón de tocador. Y, por una vez, los trabajadores de salud pública les traían un regalo en vez de regañarles.

* * *

Como Virginia Apgar (de la que hablé hace tiempo aquí, citando también a Atul Gawande), Stephen Luby había dado con un punto arquimédico: había logrado un gran efecto con un procedimiento vergonzosamente simple. Seguiremos hablando de esto.

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6 respuestas a Tres historias ejemplares (I): Jabones en Karachi

  1. Pingback: Jabones en Karachi

  2. Folks dijo:

    Me ha recordado a uno de los libros que cité el otro día: Poor Economics de Esther Dufflo y Abhijit Banerjee.
    Se dedican a medir este tipo de políticas y experimentos sociales (aunque el experimento suele ser ad hoc, no embaucan a PyG para hacerlos gratis.

    Muchas veces son cosas simples como estas las que pueden contribuir a sacar a alguien de la pobreza o al menos a hacerle menos miserable, otras, por desgracia, no es tan sencillo.

    P.S. Ya he podado la O que me creció la otra vez en el nombre.

  3. pseudópodo dijo:

    Folks, gracias por recordame ese libro, he estado mirando los reviews en Amazon y tiene muy buena pinta. Además, Dufflo ha sido MacArthur fellow, como Gawande, y eso ya es una garantía…

  4. pseudópodo dijo:

    Gracias, gadmin. Veo que compartimos intereses.

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