[50 libros] #12 El silencio de los libros, de George Steiner

Difícilmente puede llamarse a esta obrita libro, por más que tenga ese formato, incluso cuadernillos cosidos y buen papel. Son 84 páginas, pero en pequeño formato y con letra grande. El editor lo advierte honradamente al principio: el texto de George Steiner es una nueva versión del que ya se publicó como capítulo de un libro, Los logócratas.

¿Entonces, por qué esta operación de convertir en libro lo que era un capítulo? Supongo que porque hace un bonito regalo para ese amigo bibliófilo que se queja de nuestra melancólica era, en la que internet va a acabar con la cultura del libro. Al menos, eso me sugirió el primer párrafo:

Tenemos tendencia a olvidar que los libros, eminentemente vulnerables, pueden ser borrados o destruidos. Tienen su historia, como todas las demás producciones humanas, una historia cuyos comienzos mismos contienen en germen la posibilidad, la eventualidad, de un fin.

Pero después de este comienzo, Steiner no sigue por esa línea. Hace unas amenas consideraciones sobre lo peculiar de la escritura dentro del campo mucho más amplio de la comunicación humana (“la mayoría de la humanidad no lee libros,  pero canta y danza”), sobre el magisterio eminentemente oral de los padres de occidente (Sócrates y Jesús de Nazaret), el contraste entre catolicismo y protestantismo en relación a la lectura de las Escrituras, y, en fin, muchos otros temas interesantes que se mencionan en orden histórico, con brevedad y elegancia. Y entonces, cuando llegamos al siglo XXI, apenas nada:

De manera similar a las artes de la memoria, a la gimnasia de la concentración, al cultivo del silencio (se calcula que el 80% de los adolescentes americanos son incapaces de leer sin un acompañamiento musical de fondo), el lugar de la lectura en la civilización europea está destinado a disminuir.

Steiner especula con que el arte de la lectura “clásica” se convierta…

…en una especie de pasión particular, que se enseñe en “casas de lectura”, y a la que nos entregaríamos como Akiba y sus Discípulos tras la destrucción del templo, o como se cultivaba en las escuelas monásticas y en los refectorios de los conventos de la Edad Media.

Es demasiado pronto para decirlo, afirma Steiner: estamos viviendo una era de transición demasiado rápida para poder descifrarla. Y acaba el librito (el capítulo) con unas consideraciones bien diferentes sobre la paradoja y el escándalo que supone que el cultivo de la lectura y las humanidades muy a menudo hayan resultado ser un factor de deshumanización (ejemplo canónico: la culta Alemania en la que floreció el nazismo).

En resumen: brillante e instructivo como capítulo, completamente insuficiente como análisis del libro en el siglo XXI. Pero no hay que echarle la culpa a Steiner, sino al editor que ha hecho un libro con esto (eso sí: si se lo regalan, acéptelo gustoso, es una lectura que merece la pena).

El libro se complementa con un texto del crítico francés Michel Crépu, con el bonito título de “Ese vicio todavía impune” (obviamente se refiere a la lectura, parece ser que es una frase de Larbaud). No sabemos por qué figura aquí este texto, el editor no ha tenido a bien dar ninguna explicación. Crépu comenta alguna de las cosas que dice Steiner, y adentra su comentario algo más en el tema de “el-libro-en-el-siglo-XXI”, aunque la brevedad tampoco da para mucho. Pero me ha gustado mucho esto:

¿Qué efecto tendrá esta nueva realidad en  la lectura, en la función de los libros tal como los hemos conocido y amado? Se puede constatar ya en el efecto de exotismo cada vez más extraño que suscita el acto silencioso de la lectura, en la estupefacción que acoge la decisión de quedarse tres días encerrado escribiendo. Lo más increíble, hoy, es el espectáculo de un chiquillo que corre a refugiarse a la sombra de una cabaña con su libro. Al niño actual ni se le ocurre meterse en su habitación a soñar despierto, abrir una novela por cualquier página, dejarse hipnotizar por el misterio de los caracteres. Lo esperan en todas partes, la tribu lo llama sin parar: a judo, a violín, al club de teatro, ¡hasta a la biblioteca! La experiencia de la soledad, de la mirada posada en la ventana sobre los tejados, la experiencia de esa tristeza tan extraña y dulce que está en el fondo de todos los libros como una luz de sombra, esa experiencia capital en la que consiste la iniciación al mundo y a la finitud, esa experiencia se ve como impedida, incluso prohibida.

En efecto: hoy tenemos toda la cultura a nuestro alcance, pero nos falta el ingrediente que tendríamos que poner nosotros mismos: la tierra fértil para que florezca. La paciencia, el silencio, el tiempo, incluso el aburrimiento para mirar los tejados por la ventana y abrir un libro al azar.

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19 respuestas a [50 libros] #12 El silencio de los libros, de George Steiner

  1. Clodoveo11 dijo:

    Nunca he comprendido cómo alguien puede leer con música de fondo, en un autobús o sentado en un parque con naturaleza en derredor. O, por lo menos, me admira que en esas condiciones se concentren en la lectura, con estímulos distrayentes simultáneos (vale, soy varón… ;). Considero el leer una liturgia, con su sillón cómodo y adaptado, iluminación adecuada, silencio ambiental… si lo que quiere uno es concentrarse en la lectura y absorberla. Seguramente con la narrativa será más fácil (siempre leo ensayo), pero aun así me resulta sorprendente que pueda uno empaparse en esas condiciones. También es verdad que desde que acabé la carrera tiendo a aprenderme los libros más que a leerlos sin más; igual es que soy hipermnésico sin enterarme, como aquél que descubrió que toda la vida hablaba en prosa sin saberlo.

    Lo de los niños es casi dramático. Los padres les transmiten todo su estrés existencial sin dejarles desarrollarse como seres autónomos y pensantes. A veces me pregunto si es porque les da miedo que lo hagan y descubran que el emperador (tómese éste como se quiera) está desnudo.

    • Aloe dijo:

      A ti te falta haberte criado con seis hermanos. Yo era (y soy) capaz de leer con la tele puesta, varios niños gritando y la lavadora centrifugando. No es mérito, simplemente no oigo nada, por la larga práctica. Hay personas que se enfadan porque creen que no les hago caso a propósito cuando me dicen algo y no me entero.
      Cuando era pequeña me iba a leer al baño. Eran unos treinta minutos de paz, antes de que aporreasen la puerta o me encontrara mi madre, que siempre opinaba que yo debiera estar haciendo otra cosa.
      Uno de mis hermanos estudiaba en el salón, cantando los anuncios (se los sabía todos). Y era de sobresalientes.
      Siempre ha habido gente pa tó. Hoy lo que tenemos es menos paciencia. Pero ya nuestros padres tenían menos que sus abuelos, no hay más que leer las novelas del XIX para darse cuenta.
      Yo creo que tenemos solo la paciencia que necesitamos. Hoy, en lo de leer y adquirir conocimiento, la paciencia es menos necesaria. Y tenemos menos.

  2. lucmedina dijo:

    ¡No vale, así cualquiera llega a los 50 libros en un año! Ahora tienes que compensar con “En busca del tiempo perdido” o algo así 😉

    • loiayirga dijo:

      No me lo agobies. Se trata de ir leyendo. Este se compensa con aquel que se leyó de los editores, menudo mamotreto.
      Yo leí a Steiner con mucho interés una breve temporada. Pero el caso es no recuerdo casi nada. Creo que es un judío al que le gustaría poder creer. Nostalgia de absoluto llamaba otro “capitulín” del que tuve noticia pero creo que no llegué a leer.
      Al poco de leerlo yo le dieron el Príncipe de Asturias. Supongo que no fue “post hoc ergo propter hoc”.

    • guajiro dijo:

      Marcel Proust tiene un prefacio de unas veinte páginas que Usted me ha hecho releer a grandes zancadas, y que bien daría para un análisis comparado entre estas dos apreciaciones “Sobre la lectura” separadas por nuestro siglo, el XX. Proust, citando a Ruskin, ofrece la lectura como forma de convivir con aquellos que negaba la cotidianeidad:
      “Podemos, con mucha suerte, llegar a entrever a un gran poeta y escuchar el sonido de su voz, o hacer una pregunta a un científico que nos responderá amablemente. Podemos arrebatar diez minutos de conversación en el gabinete de un ministro, gozar una vez en la vida del privilegio de la mirada de una reina… mientras que, durante todo ese tiempo, hay una sociedad en todo momento a nuestro alcance, una sociedad de personas que hablarían con nosotros tanto como quisiésemos, sin importarles nuestro rango. Y esta sociedad, tan numerosa y tan educada que podemos tenerla esperando a nuestro lado todo un día… nunca vamos a buscarla en esas antecámaras sencillamente amuebladas que son los estantes de nuestras bibliotecas, jamás escuchamos una palabra de todo lo que podrían decirnos”

      Nosotros, los que fuimos lectores compulsivos, aún experimentamos la visión proustiana. Para los “digital natives” nunca podrá ser lo mismo. Sociológicamente, el siglo fue un salto cuántico. Gracias a Youtube, al alcance de un click, tenemos a ministros y reyes hablándonos a los ojos.

      Veamos si nuestro amigo Pseudópodo se anima… cuando tenga tiempo.

      • pseudópodo dijo:

        Muy bien traído el texto de Proust, Guajiro. Ahora tenemos a los ministros y reyes a un click, pero la cuestión que se plantea (aparte de la sobrecarga cognitiva, el déficit de atención, etc) es la de la verdad: eso que nos cuentan los que nos hablan a los ojos, ¿cuan verdadero es? Naturalmente, esos libros que eran para Proust la única ventana al mundo también planteaban ese mismo problema, pero quizá en los medios audiovisuales es mucho más agudo, porque hay que estar muy en guardia para no creerse lo que “estamos viendo con nuestros propios ojos”, para darse cuenta de que la imagen manipula tanto o más que la parlabra…

      • guajiro dijo:

        Tres acotaciones:
        – Con respecto a la mayor capacidad de manipulación de los medios audiovisuales, subvaloras esa tendencia sempiterna — en realidad ya algo diluida — a conferirle mayor credibilidad a lo leído que a lo escuchado.
        – La cuestión de la verdad, como bien sabes, trasciende el ámbito de la lectura, y requeriría, como bien sabes, desambiguar la palabreja en sus contextos platónico-aristotélicos, o cartesianos, o kantianos o pragmáticos… en fin, que por ahí habría mucho que cortar. ¿No es la aceptación de los gastos en Marbella del alto juez una forma de “verdad utilitaria” a lo James?
        – Pero la cosa pudiera ponerse gris: hay un señor que acaba de lanzar la idea de una tendencia evolutiva de los humanos hacia la manipulación y el engaño.( “The argumentative ape: Why we’re wired to persuade” http://www.newscientist.com/article/mg21428661.200-the-argumentative-ape-why-were-wired-to-persuade.html?full=true) No es que personalmente le confiera mucho crédito, pero como planteamiento me parece original.
        Así las cosas, sería el político y no el científico el arquetipo futuro de homo sapiens. ¿Qué te parece?

  3. Pingback: Cocina y libros | Ad Astra Errans

  4. Yo me formé como lector en los veranos de la infancia, en una casa del siglo XIX de patios inmensos llenos de sol y silencio y tiempo y aburrimiento y… Luego aquel lector inicial, hijo de familia numerosa, tuvo que adaptarse al medio para sobrevivir y hoy, aunque prefiero el apartamiento y la soledad para leer, leo encantado con Bach de fondo o con Bob Esponja en la televisión o con mi chiquillo sentado a mi lado con su libro de aves rapaces preguntándome por las águilas y los buitres…
    Un saludo.

  5. pseudópodo dijo:

    Clodoveo, yo tampoco concibo poner música de fondo para leer, pero si no hay más remedio, se lee como sea… Me pasa como a Manolo Madrid, pero si está la TV puesta me pongo unos tapones en los oídos: el mejor amigo del lector. Yo la mayor parte de lo que leo lo hago en el cercanías, y si no fuera capaz de leer así mi vida sería mucho peor. También es verdad que no hay música (salvo cuando algún descerebrado pone el altavoz del móvil), y cuando la hubo, hace unos años que les dio por poner hilo musical, estaba enfadadísimo (escribí varias cartas a los periódicos y al fin lo quitaron, estoy seguro de que no por mis quejas: como loiayirga, no quiero caer en el “post hoc, ergo propter hoc”).

    lucmedina, me has pillado… pero ya tengo en marcha algún tomazo XXL. De hecho, para este verano tengo proyectados varios que pasan de las 200 kilopalabras y de los 1000 cm3

    loiayirga, sabes que hace tiempo que aprecio tu ingenio, pero no recordaba tu talento para la frase lapidaria: eso de “un judío al que le gustaría poder creer” me ha impresionado. Yo le leído de él Nostalgia del absoluto, que también es breve pero no tanto, y me gustó mucho, sobre todo la idea principal: La historia política y filosófica de Occidente durante los últimos 150 años puede ser entendida como una serie de intentos -más o menos conscientes, más o menos sistemáticos, más o menos violentos- de llenar el vacío central dejado por la erosión de la teología. (copiado de aquí). También está muy bien Errata, su autobiografía, aquí le dediqué dos posts hace mucho tiempo (tanto que a lo mejor ni me leías).

    Aloe, yo también leí mucho en el baño, aunque siendo “sólo” cuatro hermanos (y sobre todo, siendo yo el pequeño con bastante diferencia de edad) mi casa era relativamente pacífica. Quien se pasa la vida leyendo en el baño es mi hijo, que tiene ahí su sede permanente, como quien dice. Menos mal que no se encierra y no okupa del todo el baño.

    Una cosa en la que no estoy de acuerdo es en que tenemos sólo la paciencia que necesitamos. Según para qué. Quizá sí a corto plazo, para las necesidades de supervivencia. Para un aprendizaje significativo o para filosofar, no. Y estoy con Clodoveo en que los niños no tienen tranquilidad ni el necesario grado de aburrimiento para que florezca como podría la creatividad.

    • Aloe dijo:

      Los niños aparentemente nunca tienen lo que necesitan. Si dejamos que crezcan salvajes y libres,, como dice Homer Simpson, no tienen disciplina ni límites. Si ayudan en el negocio familiar, trabajan desde demasiado pronto y no se desarrollan bien ni pueden aprender otras cosas. Si están en una banda de recolectores, se los comen los parásitos o los tigres… Si los cría una madre que no trabaja y está pendiente de ellos todo el día, están sobreprotegidos y la madre seguramente será una castradora. Si tienen muchos hermanos, no reciben suficiente atención, pero si no tienen, no aprenden a vivir entre iguales y a compartir. Si tienen ordenador y videojuegos, malo, pero si no los tienen, pertenecen a un grupo social en riesgo de exclusión. Para mis padres, yo leía demasiado. Y me aburría demasiado (aunque eso a mis padres no les importaba). Para los preocupados de ahora, los niños leen poco y se aburren demasiado poco.
      Resumiendo, que los niños con todo el día organizado están agobiados y sin tiempo para tener iniciativas propias, pero los niños con mucha libertad van camino de egoístas e incapaces de soportar la frustración ni esforzarse.

      Total, que no hay manera. Nunca criaremos bien a nuestros hijos.
      Yo intento ir al menos alternando los defectos, por pura aprensión. Puede que me quede en el justo medio, o (al contrario) que cometa todos los errores posibles. Tengo la esperanza de que los niños sean bastante resistentes y no tan frágiles como nos tememos, o el desastre es nuestro destino inevitable… 🙂

      • Hairanakh dijo:

        Lo importante es cambiar de vez en cuando unos vicios por otros. Con los niños y con nosotros mismos.

  6. Pingback: Tiempo en solitario | Bianka Hajdu

  7. las artes dijo:

    Ayer día 25 de abirl comenzó el ciclo de conferencias celebrado por la Biblioteca Nacional de España con motivo de su tricentenario. El título del ciclo lleva como nombre el sugestivo El libro como universo . En esa asimilación entre el libro y el universo que trata de representar, que a veces trata de sustituir, otras de suplantar y otras tantas de mejorar, se resume el espíritu del encuentro y de la celebración. Ayer, Marc Fumaroli , el primer invitado, defendió la pervivencia de los libros por su carácter sagrado, por constituir una referencia cultura y espiritual que trasciende el tiempo y el espacio. En eso me recordó a tantos escritos de George Steiner, sobre todo a aquellos en los que evoca el acto venerable de la lectura, momento para el cual se reserva un lugar específico, se elige un atavío elegante, y se dedica el tiempo necesario para sumergirse en las honduras del texto. Todas las cavilaciones de Steiner conducen a encontrar alguna transcendencia más allá del texto, porque su heurística no es ajena a la interpretación judía de la Torá , de quien busca palabras y verdades reveladas tras las líneas de un libro. Fumaroli no pertenece a la misma tradición interpretativa, pero prefiere la consistencia de la tradición, la defensa del universo conocido y de sus valores concomitantes, que la exploración de los nuevos territorios -tan desconocidos- que nos abren las nuevas tecnologías de la participación y la hipertextualidad.

  8. maria jose dijo:

    Me gusta tu blog y con tu permiso por aquí me quedaré. Bs.

  9. loiayirga dijo:

    El silencio de los libros.
    El silencio de pseudópodo desde hace 10 días.

  10. loiayirga dijo:

    Es sorprendente la dictadura de la novedad de la que estamos presos. Los periódicos son una expresión viva de este asunto pero solo es una de sus expresiones.
    Por ejemplo, yo podría leer entradas antiguas de tu blog.
    Muchas de ellas, por ejemplo si hablas de Errata de Steiner, podrian tener el mismo valor ahora que entonces porque no hablas de algo que pierda su valor en tres días.
    Sin embargo espero tu nueva entrada. Y no busco en las antiguas.
    Con los libros en las librerías suede lo mismo. Hace poco se me ocurrió que la editorial de mi libro (que ahora está también en digital ¡¡por el mismo precio que en papel!! Romans are crazy) podía enviar copias electrónicas a los profesores de ética. Mi idea era que si hace cinco años algunos profesores lo mandaron a sus alumnos -y gracias a eso aún se sigue vendiendo- (este último año me mandaron cuatrocientos y pico euros que significa cuatrocientos y pico libros)… quizás podíamos hacerselo llegar a profesores que no lo conocían con la intención de que lo extendieran más.
    La respuesta de la editorial es que el libro es de 2005 (si no me equivoco ¿o es 2006?) y ya está más que amortizado. Están en nuevos proyectos. ¿Qué cara pondría un profesor que le mandan como “novedad” un libro de ética del 2005? Si el libro (exactamente el mismo) se hubiera publicado hoy tendría sentido, pero si es “viejo” no es lo mismo.
    Yo me creí que escribía algo que tenía cierta permanencia. Resulta que envejece más rápido que yo.
    Es la dictadura de lo nuevo. Quizás sea consustancial al ser humano. Creo en nuestro siglo (o debía decir nuestros siglos) está llevado al extremo.
    Los ejipcios se pasaron no sé cuantos siglos pintando y esculpiendo del mismo modo. Entonces no se llevaba la novedad. El arte del siglo XX es esclavo de la novedad hasta un punto enfermizo.
    Alguien daba una conferencia sobre Lorca y una amiga me preguntaba ¿algo nuevo sobre Lorca?
    ¿No se supone que el valor de la poesía de Lorca es algo con una cierta “eternidad”? ¿Qué sentido tiene preguntarse por su “novedad”? Lo “nuevo” sobre Lorca vale más que el valor de Lorca mismo.
    Creo que lo mismo sucede con la música clasica, por ejemplo. Se siguen editando y vendiendo nuevos discos con nuevas interpretaciones de la música de siempre (bueno hoy en día no sé si esto es verdad, aunque lo era hace unos años).
    En fin, la vida.

  11. Pingback: George Steiner (1929-) | Aminta Literaria

  12. Pingback: Tiempo en solitario | Bianka Hajdu

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