Antes y ahora (según el New Scientist)

En 1994, el New Scientist sacó un número especial sobre el futuro. Yo entonces lo compraba de vez en cuando (luego, como tantas revistas, desapareció del quiosco, y ahora hasta el quiosco ha desaparecido). Todavía conservo el ejemplar, y daría para un largo post comentar aquellas predicciones de hace ya casi veinte años.

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Pero lo que me ha hecho revolver la casa hasta encontrar la revista es un artículo que no hablaba del futuro sino del pasado. Me llamó mucho la atención ya entonces, y me lo han recordado ahora los comentarios de loiayirga y triglifo en el penúltimo post. Era una idea muy sencilla: preguntaron a sus lectores mayores de sesenta años cuales eran las principales diferencias entre el mundo de su juventud y el del presente (de 1994):

No pedíamos una lista de grandes descubrimientos o inventos, porque eso se puede encontrar en cualquier libro. Lo que queríamos es saber cómo había cambiado la textura de la vida cotidiana como resultado de los avances científicos y tecnológicos.

El editor explica que, en la avalancha de cartas que recibieron, hubo varios temas recurrentes e inesperados. Y eso era lo bonito del artículo: encontrar una ventana a la vida cotidiana de cincuenta años atrás, sin intermediarios, sin ideas preconcebidas ni programas ideológicos, por boca de sus protagonistas.

Uno de los temas recurrentes fue el cambio en la experiencia sensorial: el decaimiento del olfato y el gusto y el florecimiento del oído y la vista. En cincuenta años se había generalizado la música grabada, la televisión, las revistas en color, los tintes brillantes en la ropa… Mientras que los olores de los caballos, de las vacas o incluso de la gente habían desaparecido de la vida diaria, y la comida parecía haberse vuelto más insípida (además de no haber gusanos en las lechugas).

Otro cambio notable era el de la vida en la calle: lenta pero inexorablemente, el coche se había apoderado de ella, había obligado a recluir a los niños en las casas y la había matado como lugar de convivencia. La rapidez del transporte había acelerado el tiempo y lo había hecho a la vez más valioso y más abstracto: hacer una visita no programada a los vecinos se convirtió en impensable y la vida dejó de estar marcada por las estaciones.

En otros aspectos, los viejos lectores del New Scientist encontraban una mejora indudable: los electrodomésticos habían hecho mucho más llevaderas las tareas domésticas y los estragos de enfermedades como la difteria o la tosferina eran ya un recuerdo. Y también (pero esto no es extrapolable a España) el aire de Londres se había vuelto mucho más respirable.

El artículo era breve, más de lo que yo lo recordaba. Para salvarlo del olvido, lo he fotografiado y lo pueden leer haciendo click en las imágenes.

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Postdata publicitaria: Aquí, la leche Pascual tal como la ve mi hija :-).

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7 respuestas a Antes y ahora (según el New Scientist)

  1. No me extrañaría que la percepción de que los sabores se habían ido perdiendo con el tiempo fuera una consecuencia directa de la pérdida de papilas gustativas que tenemos con el paso del tiempo. De hecho, los alimentos deben de saber mejor ahora que nunca, pese a la creencia extendida, precisamente por la existencia de conservantes y frigoríficos.

    • Creo que no se trata de que ahora huela MEJOR, sino de que antes olía MÁS (aunque por lo general oliera PEOR).

      • Agente T dijo:

        No cabe duda, en el artículo fotografiado reluce esta frase: “You hesitated to change your clothes unless they were really dirty. Men changed collar daily, but not shirts. Everybody smelt of sweat if not worse”.

    • Agente T dijo:

      Es una buena explicación, otra posible explicación es que hoy en día, como todo lo que comas “está bueno”, no deja rastro en la memoria. Antaño era raro saborear una comida realmente sabrosa, y cuando lo hacías quedaba impactado en la memoria.

      Alguien ha probado alguna vez un plato de lentejas o garbanzos hervidos, sin añadidos?

  2. Clodoveo11 dijo:

    Te estás haciendo viejo, no sé si más feo y sentimental… 🙂
    No vuelves en la máquina de H.G. Wells 50 años patrás ni jarto de vino. Palabrita de Clodoveo.

  3. triglifo dijo:

    A mí lo que me sugiere todo esto es la emigración tan bestia que se dio en el XX del pueblo a la ciudad. Gentes que habían pasado su juventud criando mulas y labrando la tierra, de pronto se van a la ciudad y se encuentran otro mundo: mucha gente por todas partes, coches, humo, luces por la noche, discotecas, ruidos, bocinas, fábricas, grandes almacenes…

  4. pseudópodo dijo:

    David, por un momento he pensado que tu argumento no es falsable, pero creo que sí lo es: a mí los tomates me resultan ahora insípidos, y podría ser que yo hubiera perdido el gusto si no fuera porque de tarde en tarde encuentro tomates que están tan buenos como los de mi infancia. En realidad, los conservantes y los frigoríficos (y toda la tecnología alimentaria) no están para que los alimentos tengan mejor sabor sino para que duren más y los puedas comer fuera de temporada. Como pasa siempre con la tecnología, te da y te quita: te permite comer productos lejanos o fresas en diciembre, a cambio de que sea mucho más difícil encontrar productos locales de temporada.

    Jesús & Agente T: nadie habló aquí de buenos olores 😉 Pero demostráis una sensibilidad demasiado estrecha, un poco como a quienes sólo les gusta un tipo de música: lo importante es la amplitud y la intensidad de la experiencia, no que sea “bonita” convencionalmente… (bueno, dentro de unos límites, claro…)

    Lo que dice Agente T (”otra posible explicación es que hoy en día, como todo lo que comas “está bueno”, no deja rastro en la memoria”) es un argumento interesante… y a la vez un poco jesuítico. Por ejemplo, podríamos usarlo para convencer a alguien que se queja de ser infeliz de que en realidad lo que le pasa es que lleva una vida tan uniformemente satisfactoria que por eso mismo no deja rastro en la memoria… ¿No debería ser la experiencia subjetiva el único juez en este tipo de cuestiones de gusto? Si, aunque fuera por su escasez, la comida era más satisfactoria antes que ahora, yo creo que lo que importa es que antes era más satisfactoria. Lo vuelvo a comparar con la música. Ahora a lo mejor oímos mucha música muy buena, pero apenas la escuchamos, y es la atención la que hace satisfactorias las experiencias, no hay experiencias intrínsecamente y objetivamente satisfactorias.

    Clodoveo, viejos nos volvemos todos, pero esta serie de post es un poco casualidad… una cosa llama a la otra… y ni siquiera los videos que puse en el post anterior eran de la música de mi adolescencia (ya llegarán 🙂 )

    Triglifo, está claro que para el que vino del campo a la ciudad estos cambios eran brutales, y en el sentido que digo en el post. Pero creo estas impresiones no son sólo por eso, sino que son más generales. En el mismo artículo hablan de los olores en la ciudad, de los coches de caballos en Londres… Me recuerda la poesía de Gabriel Celaya, que hablaba de Madrid en los años treinta, yo creo:

    LA ciudad es de goma lisa y negra,
    pero con boquetes de olor a vaquería,
    y almacenes de grano, y a madera mojada,
    y a guarnicionería, y a achicoria, y a esparto.

    La ciudad seguía oliendo; el contraste con el campo venía en los siguientes versos, y se refería a otro sentido, el oído:

    Hay chirridos que muerden, hay ruidos inhumanos,
    hay bruscos bocinazos que deshinchan
    mi absurdo corazón hipertrofiado.

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