Neurociencia I: El desasosiego

Estas Navidades devoré Incógnito, de David Eagleman. Se lee muy bien, y por momentos está muy bien escrito, con comparaciones o ejemplos brillantes y a la vez sencillos. Por ejemplo (pg. 42):

Como la visión parece requerir tan poco esfuerzo, somos como peces a los que se les desafía a comprender el agua: como el pez nunca ha experimentado otra cosa, le resulta casi inconcebible verlo o percibirlo. Pero si una burbuja pasa por delante del inquisitivo pez, le puede ofrecer una pista crucial. Al igual que las burbujas, las ilusiones visuales pueden llamar nuestra atención hacia lo que normalmente damos por sentado, y de este modo son herramientas cruciales para comprender los mecanismos que se dan entre bastidores del cerebro.

Hay muchas “burbujas” de éstas en el libro. En sus mejores momentos es como champán, pero en ocasiones su efervescencia se parece más a la de la gaseosa, como cuando dice cosas como ésta (pg. 58):

Si lo que acaba de leer ha cambiado su idea de cómo percibimos la realidad, abróchese el cinturón, porque lo que viene ahora es aún más extraño.

Afortunadamente no abusa de estos recursos baratos, y como lectura, en conjunto, es un placer… y por eso es curioso que a mí me produjera ese desasosiego.

Incógnito proyectaba una sombra sobre otras lecturas. Me impacientaba, por ejemplo, leyendo las reflexiones de Simone Weil sobre la desdicha. ¿No se trata, en realidad, de depresión, y no sabemos hoy que la depresión es un desequilibrio químico en el cerebro? (falta de serotonina, lo dice en la pg. 248).

Weil habla de la desdicha como “el gran enigma de la vida” (A la espera de Dios, pg. 76), porque es donde se plantea, con mucha mayor plenitud que en el mero sufrimiento, el problema del mal. Uno está tentado, cuando lee esto en paralelo con Eagleman, de desecharlo sin más como una antigualla de una era precientífica y oscura.

Y esto me desasosiega, porque al margen de que Weil esté más o menos acertada aquí, con ella tiraría a la basura mucho más: toda una visión del hombre, la que valoramos (yo al menos) como más esencial. Somos muchas cosas a la vez: ciudadanos de un estado, agentes económicos, padres de familia, empleados en tal o cual trabajo… pero nada de esto nos define. Por muy identificados que estemos con estos papeles, los sentimos sólo como eso: roles que desempeñamos pero que no responden a la pregunta de ¿quién soy yo?

Todos sentimos que somos algo diferente del total de nuestras acciones. Somos un “yo”. Tenemos una “teoría del yo” implícita, tan obvia que cuesta mucho explicitarla (como el agua al pez). Es en el marco de esa teoría en el que se mueve Weil cuando habla de sufrimiento o desdicha. Pero es el marco en el que se mueve también esta mujer anónima que en el cercanías habla por el móvil de sus conflictos en el trabajo, por más que su cháchara sea trivial en comparación con la prosa de Weil.

A menudo, cuando se dice que la ciencia es un desafío a nuestro concepto tradicional de nosotros mismos, se piensa en la visión religiosa (el hombre como cumbre de la creación, hecho a imagen y semejanza de Dios, cuestionado por la teoría de la evolución, etc.) Es un error: el desafío va mucho más allá. Al menos en el caso de la neurociencia: lo que se cuestiona es la visión de sentido común que todos compartimos y que está implícita en los ámbitos más básicos de nuestra vida. Para empezar, en el lenguaje, en nuestras frases con sujeto y predicado y en nuestras tres personas del verbo: yo, tú, él.

Pero, ¿cuál es le desafío?¿Se nos ocurre algo para afrontarlo? Lo dejamos para el próximo post.

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7 respuestas a Neurociencia I: El desasosiego

  1. santiagomartinarnedo dijo:

    Por mucha química que tengamos en el cerebro, ésta no puede dar cuenta de nuestras ideas. La relación es realmente sorprendente, pues igual que si falta serotonina nos acompañan ideas pesimistas, no es menos cierto a la inversa, que el pensamiento de algo cambia la química de nuestro cerebro. De forma que no se ve por qué un nivel sea preeminente para explicar al otro… ¿no?

  2. Hace unas semanas prendió en mí una intuición (al respecto de lo que ahora escribes) que dejé en este post, Pseudópodo:
    http://picandovoy.blogspot.com.es/2013/11/tu-yo-y-todos-unicos-repetibles-e.html

  3. BloodyKefka dijo:

    Bueno, lo del “sentido común” lo veo yo una contrapartida, pues alguien podría argumentar que también que antes lo de “sentido común” era pensar que el sol giraba alrededor de la Tierra y no al revés. Lo que pasa es que mientras este ejemplo que comento es una cuestión de perspectiva, el yo parece que apela a nuestros instintos primarios, como si fuera algo innato. Quizás por eso, sea algo más dificil de desechar que el heliocentrismo.

    No obstante, yo debería recordar lo mismo de siempre. ¿Sacar conclusiones en base a unos experimentos neurocientíficos es necesariamente neurociencia? Si precisamente hablo de que las personas nos flipamos mucho con ella es precisamente porque cuando se afirma tajantemente la insexistencia del yo, se empieza con al frase “los experimentos neurocientíficos/la ciencia/las evidencias dice…” no señores, la ciencia no dice nada, somos nosotros los que interpretamos en función de lo que queremos, como pasa con Libet. Que los postulados se apoyen en experimentos científicos no implican que estos mismos lo sean, ya que muchas veces lo que hacemos es percibir el fenómeno y atribuirle un significado acorde con nuestras inquietudes que necesariamente no ha de tener. Así que si se cuestiona algo dicho por algún neurocientífico, dudo yo que se esté cuestionando lo dicho por la disciplina en sí.

    Por otro lado, creo que antes de plantearse el problema del yo, lo primero sería preguntarse ¿Es el “yo” y el “ser” lo mismo? Si en oriente está más acostumbrados a considerar el ego como una ilusión muchas veces es porque lo distinguen de (según ellos) la verdadera “mente”, y diría que si en occidente no se hace esa distinción quizas sea porque el concepto de identidad es algo más sutil que el reconocimiento consciente de nosotros mismos, creo.

  4. pseudópodo dijo:

    Nicolás, es una idea bonita, y yo diría que verdadera, el que seamos como una partitura de música (únicos e imborrables). Lo que menos me convence es que seamos repetibles. Pensar que la partitura se ejecuta múltiples veces (en un multiverso o en un eterno retorno) tampoco me parece que le añada nada a su esencia. Aunque a nosotros nos parezca muy importante la ejecución, porque percibimos el mundo como una sucesión temporal, sería prescindible mirada sub specie aeternitatis, que es como nos estamos poniendo aquí…

    santiagomartinarnedo, yo también he pensado muchas veces que lo que vemos (lo que ven los neurólogos) es una correlación entre pensamientos y eventos neuronales, y que correlación no implica causalidad, y menos aún dice en qué sentido va la causalidad. Yo creo que efectivamente hay causalidad en los dos sentidos, aunque hay razones para creer que es más básica en el sentido materia => ideas que en el sentido contrario. Pero no tengo claro del todo ni siquiera eso…

    Bloody, cuando apelo al sentido común no es para decir que como esas ideas son antiintuitivas deben ser falsas, sino que lo que está en juego es mucho más básico que lo que estaba cuando se abandonó el geocentrismo, que es con lo que se compara a menudo este “destronamiento”. Lo que está en juego es la idea más básica de lo que somos, si aceptamos la idea que algunos (divulgadores o neurólogos) propugnan, y somos consecuentes con ella, se acaba lo que hoy entendemos por el ser humano…
    Ah: de acuerdo con lo que dices de la interpretación de los experimentos. Me ha llamado la atención que los franceses que enlazaban dan la vuelta a la interpretación de Libet con unos resultados que en realidad son muy similares…

  5. Ana dijo:

    Bueno, pues iba a exponer algo y resulta que, leyendo los comentarios, veo que Bloody ha venido a decir más o menos lo que yo habría aportado. Eso sí, yo lo habría hecho con mucho menos acierto que él y con un estilo más anodino (o ella, que no sé todavía en qué género incluirte). Y no es la primera vez que me pasa, Bloody, estamos, como dicen los jovenzuelos, en la misma onda 🙂 ¿Tienes algún blog o web dónde pueda ir a curiosear? 🙂

    Creo que ya he leído en este sitio antes algo sobre el libro de Javier Peteiro “El autoritarismo científico” (si no fue aquí, disculpadme, que tengo en la azotea un baile de blogs curioso). No sé si puedo dejar aquí un enlace al mío, a un post donde tocaba este apasionante tema de la neurociencia relacionado, en este caso, con el autoritarismo “cientifista”, diría yo, mejor que “científico”. Don Pseudo, ¿se me permite añadir el link? Lo dejo y, si resulta que meto la pata, ya me lo dice y vengo a sacarla 🙂

    Un abrazo a todos.

    http://frasesdedios.blogspot.com.es/2013/05/no-somos-solo-fisica-y-quimica.html

    (Ni siquiera recuerdo si este mismo link lo he dejado aquí antes… Esto me lo voy a tener que mirar, glups).

  6. triglifo dijo:

    A mí me ocurre una cosa, posiblemente, bastante irracional. Cuanto más leo sobre lo de que el yo no existe, que es una ficción, etc.., más “yoísta” me vuelvo. No sé si será una simple pataleta para llevar la contraria o qué. El caso es que me parece tan evidente la (no diré existencia) experiencia del yo que ha llegado un punto en que ya no entiendo qué se quiere decir con que el yo es una ficción. Me ocurre como cuando un amigo me dice: “¡eh!, aunque sea contraintuitivo, esta pared es en realidad una serie de fluctuaciones en el vacío cuántico. Desecha tu vieja idea de materia, todo es vacío!”. Pero el caso es que siempre tengo que dar un rodeo para no toparme con la pared.
    Con el yo creo que pasa algo parecido, aunque muchas investigaciones muy interesantes puede que no encuentren nada estable en el cerebro que merezca ser llamado un “yo”, todos, ya seamos científicos o no, actuamos en base al yo “de toda la vida”. Y yo diría, y enlazándolo con el “asunto Libet”…, con un yo con capacidad de decisión. Así, cuando alguien nos llama por teléfono: “¿puedes venir a ayudarme a hacer una mudanza?”, en ese momento tenemos un “marrón” encima que pide una resolución y acabamos dando una respuesta con más o menos seguridad y fortuna. Pero nadie dice: “pues no sé, porque el yo que irá a ayudarte ya será otro yo…, además ahora mismo no soy yo quien decide: sólo oirás el portavoz de algo que mi complejo cerebral (uno que está por ahí) ya decidió hace unos lejanísimos milisegundos.” (Aunque pensándolo bien puede ser una buena respuesta para “decidir” no hacer algo pero manteniendo tranquila la conciencia..). Asimismo, cuando nos pinchamos con un alfiler, quién siente el dolor es nuestro “yo”, no el de los demás.

    Volviendo al yo y enlazando con lo que comentaba Bloody, quizá sí sería interesante mirar hacia oriente. Según entiendo, lo que ellos ven como algo constante sería la consciencia que emergería en todo tipo de yoes “ilusorios”. Entonces, eso a que le digo “yo” y que me da la sensación de cierta continuidad, quizá sería la consciencia o el ser. Cada vez me parece menos descabellado. En cualquier caso, hay algo ahí … (y no estoy hablando de “X files”).

    Todo lo dicho no es más que una impresión, un intento de compartir cierta inquietud expresado de forma más o menos torpe. Sé que para ahondar en esta discusión habría que definir muy bien muchos términos a los que aludía Bloody: ser, yo, consciencia, ego… Y uno no da pa más 🙂

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