René Girard, en 2000 palabras (II)

3. La escalada de la violencia

¿Cómo es posible semejante barbarie? René Girard la explicó recurriendo a un principio básico del comportamiento humano que, sin embargo, ha sido ignorado por la corriente principal de las ciencias sociales: nuestra capacidad mimética. Somos extraordinarios imitadores, y es imitando los gestos y las acciones de los demás, contagiándonos de sus actitudes, como aprendemos, nos socializamos y nos convertimos en personas.

Los otros son siempre nuestro modelo, nos miramos en ellos para saber lo que queremos ser, lo que queremos tener. Pero querer lo que otros tienen es una fuente de rivalidades y conflictos. Inevitablemente, se llega en algún caso a la violencia, violencia que pide venganza. Y al ser vengada, genera una nueva venganza. Un círculo vicioso que va in crescendo y que no tiene aparente solución, porque hay una paradoja en su raíz: si no la combatimos, la violencia gana; pero si la combatimos, gana también, porque la combatimos con más violencia.

Esta escalada se agrava porque la violencia es sumamente contagiosa: es el mimetismo, una vez más. Funciona, de hecho, como una epidemia o una reacción en cadena que amenaza la propia existencia de la sociedad.

Hoy este peligro nos puede parecer exagerado o irreal, pero la razón es que tenemos un sistema legal y judicial que corta la escalada de las venganzas, al atribuirse el monopolio de la violencia. Las sociedades arcaicas no disponían de este recurso, y estaban a merced de una violencia esencial que las habría desintegrado, antes incluso de haberse constituido como sociedades, si no hubieran encontrado un mecanismo moderador.

4. Las virtudes del linchamiento

La violencia es muy contagiosa, decíamos, pero tiene otro rasgo que proporciona una válvula de escape, y es que resulta fácilmente desplazable. El hombre que no puede liarse a golpes con su jefe en el trabajo se desahoga pegando una patada al perro al llegar a casa. Una sociedad sumida en la discordia puede pagarla con cualquiera y más cuando tras años de rivalidades miméticas y venganzas encadenadas es imposible saber “quién empezó”. Sale más barato tomarla con alguien para quien no vaya a haber venganza, un outsider que no tiene familia o no está inserto en un clan.

Si la espiral de violencia se enfoca sobre uno de estos personajes marginales, puede polarizar a toda la sociedad, llevándola a un clímax unánime que culmina en el linchamiento.

Lo de menos es que se haya matado a un inocente. Nadie lo ve así. Lo que la masa ve es que algo extraordinario ha ocurrido: tras la muerte, la histeria colectiva se aplaca como por arte de magia; el pueblo está reconciliado. Nadie va a vengar a la víctima: se ha encontrado espontáneamente una solución a la paradoja de la violencia.

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