Archivos de la categoría ‘Religion’

Sobre los conflictos entre teorías y entre religiones

25 / Enero / 2008

Las teorías científicas tienen dos dimensiones: una imaginativa y otra operativa. Por ejemplo: en la dimensión imaginativa, la gravitación de Newton es una visión del mundo como un espacio euclídeo vacío, poblado de partículas que se ejercen fuerzas a distancia. Pero desde un punto de vista pragmático (es decir, en la dimensión operativa) la gravitación de Newton es un procedimiento para calcular las trayectorias de los planetas, el movimiento de los engranajes o el resultado de los choques.

Sólo esta dimensión operativa está sujeta a verificación (o mejor, dicho, a falsación). Sin embargo, podría haber otras teorías, totalmente diferentes en la dimensión imaginativa, que dieran predicciones indistinguibles. En estas condiciones, el científico opta por la teoría que le resulta preferible por criterios de simplicidad o belleza, o por simple conservadurismo (¿por qué adoptar una teoría que no aporta nada nuevo en la práctica?)

Esta cuestión es pasada por alto invariablemente en las exposiciones populares de la ciencia. Un divulgador del siglo XIX, por ejemplo, presentaría la teoría newtoniana como la verdad sobre el mundo, y lo que contaría a sus lectores es la dimensión imaginativa: un espacio euclídeo vacío, etc. No sabría que los mismos resultados operativos se obtienen con una teoría que concibe el mundo como algo totalmente opuesto: un espacio curvado cuatridimensional, no vacío sino lleno de un campo de densidad de energía. Y de haber conocido tal teoría, la habría descartado por su ridícula complicación.

Pero en 1916, Einstein propuso justamente una teoría como esa: la Relatividad General. Y se las arregló para encontrar algunas diferencias en el plano operativo: unas minúsculas discrepancias entre sus predicciones y las de Newton. Las predicciones de Einstein se confirmaron, y los divulgadores de hoy presentan el esquema imaginativo de Einstein como la verdad sobre el mundo. Pero, una vez más, habrá seguramente muchas teorías alternativas, opuestas en lo imaginativo pero coincidentes en lo operativo, al menos dentro de la capacidad de los experimentos actuales (un ejemplo son las supercuerdas).

¿Cómo es el mundo realmente? No lo sabemos. Sabemos que no puede ser como dijo Newton porque sus predicciones, aunque increíblemente buenas, fallan en algunos casos. Pero no tiene por qué ser como dijo Einstein, porque hay muchas otras teorías alternativas no falsadas, como las supercuerdas. Ahora bien, sería ridículo esgrimir esta discrepancia entre teorías para demostrar que, ya que son tan distintas, son incompatibles, necesariamente falsas, y tomaduras de pelo. Al contrario, las dos son aproximaciones, excepcionalmente meritorias, a una realidad que seguramente no conoceremos nunca.

Creo que esto puede arrojar cierta luz sobre una cuestión en apariencia muy alejada: el conflicto entre religiones. A menudo se utiliza como un argumento contra la religión el que existan muchas religiones con concepciones totalmente diferentes: no pueden ser verdad todas a la vez, y por lo tanto, seguramente serán todas falsas (Dawkins hace constantemente este razonamiento). Y sin embargo, cristianismo e hinduismo, por poner dos religiones bien diferentes, no son seguramente más opuestas que la gravitación de Newton y la Relatividad General de Einstein en su dimensión imaginativa.

De modo que la discrepancia entre religiones suele magnificarse porque en este ámbito de discusión solemos ver sólo la dimensión imaginativa. Pero teorías científicas imaginativamente incompatibles confluyen en gran medida en la dimensión operativa. ¿Hay algo análogo para las religiones a esa dimensión operativa? Parece que sí: la dimensión moral. Igual que, pragmáticamente, la ciencia es un protocolo para hacer predicciones cuantitativas, la religión es, pragmáticamente, una prescripción para obrar bien y dar sentido a la vida. Y en vez de validarse por la exactitud de las predicciones, se valida por la bondad de la vida que promulga. Visto así, la discrepancia entre las distintas religiones, ¿no es igual de poco preocupante que la discrepancia entre las teorías de Newton y Einstein?

Citas de Knuth

13 / Enero / 2008

Donald E. Knuth es una leyenda entre los informáticos, pero muchos que no lo somos lo veneramos también por haber creado TeX, el programa gratuito que permite escribir ecuaciones en un PC con una calidad tipográfica profesional. Todo físico o matemático serio usa TeX (normalmente, en versión LaTeX). TeX fue una solución tan perfecta al problema de escribir textos matemáticos que no ha sido desplazado en más de 20 años.

Knuth sigue en activo (hace poco caí por su web, que tiene muchas curiosidades) y acaba de cumplir 70 años. Via La Singularidad Desnuda me he encontrado con este post que, entre otras cosas interesantes, recopila algunas citas suyas. Hay dos que no podían dejar de llamarme la atención (la traducción es mía):

[Sobre la física y su divulgación] Hace algunos años, abrí por casualidad el famoso libro de Paul Dirac sobre Mecánica Cuántica, y me sorprendió encontrar no sólo que Dirac era un escritor extraordinariamente bueno, sino que su libro no era totalmente imposible de entender. La mayor sorpresa, sin embargo –fue realmente un shock- fue aprender que las cosas de las que habla en ese libro son totalmente diferentes de todo lo que había leído en Scientific American o en cualquier otra exposición divulgativa del tema. Parece ser que cuando los físicos hablan entre sí, hablan de transformaciones lineales de espacios de Hilbert generalizados sobre los números complejos; las cantidades observables son los autovalores y las autofunciones de los operadores lineales hermíticos. Pero cuando los físicos hablan para el público general, no se atreven a mencionar tales cosas esotéricas, así que hablan de partículas, y espines, y cosas así, que no llegan a ser ni la mitad de la historia. No me extraña que nunca fuera capaz de entender realmente esos artículos de divulgación.

[Sobre el libre albedrío y el problema del mal] Puedo diseñar un programa que nunca “se cuelgue” si no le doy ninguna opción al usuario. Y si le permito elegir sólo entre un pequeño número de opciones, limitadas a un menú, puedo estar seguro de que nada anómalo ocurrirá, porque cada opción puede ser prevista por anticipado y sus efectos pueden ser verificados. Pero si doy al usuario la posibilidad de escribir programas que se combinen con mi propio programa, puede armarse una de mil demonios.

Feliz Navidad, Feliz Civilización

23 / Diciembre / 2007

En estas fechas siempre suele salir el artículo de dominical en el que unos cuantos “famosos” glosan “lo mejor” y “lo peor” de la Navidad. Las respuestas suelen ser muy superficiales, claro, aunque a menudo uno se sorprende de que no todos suelten el tópico de lo artificial, consumista, repelente y vulgar que es la Navidad.

Debió de ser leyendo uno de esos artículos (¿quizá en el Mujer Hoy?) cuando se me ocurrió esto: que la Navidad es la civilización. Lo que nosotros llamamos civilización, todo lo que en nuestro fuero interno nosotros (los occidentales) apreciamos y consideramos más valioso está resumido, simbolizado, quintaesenciado en esta fiesta.

Porque lo que celebramos no es la potencia engendradora de la Naturaleza, el retorno de sus ciclos sin fin. Lo que celebramos no lo podían celebrar los paganos: no tenían el concepto. Lo que celebramos tampoco lo podían celebrar los judíos con su dios tribal, su dios que es sólo suyo. Lo que celebramos, a diferencia de los que celebraban los paganos, es humano, es nuestro. Y a diferencia de las demás religiones monoteístas, es universal.

La Navidad es la civilización, decía. ¿Podemos imaginar lo triste que es un mundo sin Navidad? La deprimente cultura china, por ejemplo, que cuentan los que han viajado allí. La reseca cultura musulmana. Recuerdan a la Narnia de C.S. Lewis, en la que “siempre era invierno, pero nunca llegaba la Navidad”.

¿Puede haber mayor muestra de civilización que este acuerdo espontáneo de una sociedad en decorar las calles, poner belenes, mandarse felicitaciones?¿puede haber mayor muestra de civilización que los Reyes Magos?

La objeción adolescente (o sea, la de los intelectuales de dominical) es que toda esa alegría es artificial, es una orgía consumista, que es ridículo ser feliz a plazo fijo y por obligación. Pero nadie les manda ser felices. Son libres. Y quizá no habría nada artificial en la alegría si supieran lo que estamos celebrando. Para el creyente, claro, no hace falta decir nada: se trata nada menos de la Salvación que vino con ese niño. Pero también el no creyente consciente de nuestra cultura tiene mucho que celebrar: la Navidad es el domingo del año, el tiempo para Ser en vez de Tener (o Trabajar, o Producir, o Planificar) Como el domingo -el Día del Señor- la Navidad se sustrae a la lógica utilitaria y abre una ventana al Ser. ¿Qué nos felicitamos en Navidad? En el fondo, que somos: celebramos que somos personas, no piezas, no elementos de una maquinaria social: no jefe o empleado, sino “tú”, “yo”. Y pedimos que lo veamos a otro año.

Esa dignidad de ser una persona y no una pieza del engranaje es la civilización occidental. La que nació con ese niño.

¡Feliz Navidad!

* * *

NOTA: Este texto lo escribí hace dos años, sin intención de publicarlo. Hace poco lo encontré y caí en la cuenta de que era la explicación al post con el que justo hace un año felicitaba la Navidad. Así que tocaba publicarlo. Ahora, a celebrar la Navidad :-) .

El shock del pasado

14 / Diciembre / 2007

The past is a foreign country: they do things differently there
Leslie Poles Hartley, “The Go-Between

El otro día, no recuerdo cómo, me encontré con la historia del rey David y Betsabé:

Una tarde, al levantarse David de la cama, comenzó a pasearse por la azotea del palacio, y desde allí vio a una mujer que se estaba bañando. La mujer era sumamente hermosa, por lo que David mandó que averiguaran quién era, y le informaron: «Se trata de Betsabé, que es hija de Elián y esposa de Urías el hitita.» Entonces David ordenó que la llevaran a su presencia, y cuando Betsabé llegó, él se acostó con ella.

Betsabé se quedó embarazada y esto es lo que hizo David:

David le escribió una carta a Joab, y se la envió por medio de Urías. La carta decía: «Pongan a Urías al frente de la batalla, donde la lucha sea más dura. Luego déjenlo solo, para que lo hieran y lo maten.» Por tanto, cuando Joab ya había sitiado la ciudad, puso a Urías donde sabía que estaban los defensores más aguerridos. Los de la ciudad salieron para enfrentarse a Joab, y entre los oficiales de David que cayeron en batalla también perdió la vida Urías el hitita.

“Había un problema y lo hemos solucionado”, parece que oimos decir a David.


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Savater sobre Dawkins & co.

5 / Julio / 2007

Interesantes las opiniones de un ateo sensato como Savater sobre los dawkinsianos (artículo completo en El País)

En los últimos tiempos han proliferado los libros en torno al fenómeno religioso o, más bien, contra la religión: Daniel Dennett, Richard Dawkins, Michel Onfray, Sam Harris, André Comte-Sponville, Christopher Hitchens… En ese catálogo, los autores anglosajones destacan por su agresividad y también por un cierto candor misionero en su refutación de las viejas creencias. Incluso dedican numerosas páginas a demoler las pruebas tradicionales de la existencia de Dios (que no han mejorado desde Tomás de Aquino), empeño que a estas alturas del siglo XXI, y con Hume, Kant y Freud a nuestras espaldas, resulta casi conmovedor de puro antiguo, como bordar fundas para almohadas o algo así. Al parecer dan por descontado que aportando razones lograrán librar a los ilusos de convicciones que, ay, ninguno de ellos ha adquirido por vía racional. Dicho sea en su descargo, los autores citados son más bien científicos (o partidarios de subordinar la filosofía a la ciencia, como antaño fue “criada de la teología”), o sea, expertos en el manejo de los números y en la experimentación con los hechos, pero deficientes en la comprensión de los símbolos.

También hace simpática su irritación la obstinación oscurantista con que los creyentes norteamericanos se emperran en convertir la Biblia en un tratado de geología o de paleontología inspirado por la divinidad. Que hoy todavía, cuando tanto ha llovido ya desde el Diluvio, en el país científicamente más desarrollado del mundo, el llamado “diseño inteligente” tenga el triple de aceptación popular entre la población que lo enseñado por la biología actual sobre la evolución de las especies es como para impacientar a cualquiera. Sobre todo cuando este abuso de piedad tiene efectos prácticos peligrosos, pues uno de cada tres norteamericanos piensa que no es urgente tomar ninguna medida contra el cambio climático porque en esas cosas hay que fiarse de la voluntad de Dios…

Como en Europa tal uso fundamentalista de la religión no es corriente, el acercamiento que incluso los más críticos tenemos al fenómeno de la creencia religiosa suele ser más matizado. A mi libro La vida eterna algunos le han reprochado un planteamiento demasiado comprensivo de la fe (otros muchos lo han censurado por lo contrario, desde luego). Una reseña acaba con gracia lamentando que “a este paso, acabar con la religión nos va a costar Dios y ayuda”. La verdad es que no considero tal liquidación un objetivo deseable (además de que lo tengo por imposible). Me parece que la religión es un tipo especial de género literario, como la filosofía, y combatirla como una plaga más sin atender los anhelos que expresa es empobrecedor no sólo para la imaginación, sino hasta para la razón humana. Temo que tan crédulos son quienes utilizan la Biblia para combatir a Darwin como los que dan por sentado que una dosis adecuada de neurociencia disipará todas las brumas teológicas. Además, he vivido lo suficiente para no pretender privar a nadie de ningún consuelo que pueda hallar frente a la desbandada del tiempo y el dolor, aunque yo no lo comparta. El único consejo adecuado que se me ocurre para los que padecen exceso de celo religioso es el que, inútilmente, ya formuló hace mucho Santayana: “Las doctrinas religiosas harían bien en retirar sus pretensiones a intervenir en cuestiones de hecho. Esta pretensión no es sólo la fuente de los conflictos de la religión con la ciencia y de las vanas y agrias controversias entre sectas; es también la causa de la impunidad y la incoherencia de la religión en el alma, cuando busca sus sanciones en la esfera de la realidad y olvida que su función propia es expresar el ideal”.

***

Me da la impresión de que Savater modera mucho su crítica para no deslucir su fama de comecuras (la prueba: la siguiente mitad del artículo, completamente inconexa, está dedicada, como para contrapesar, a vituperar a los obispos por su oposición a la Educación para la Ciudadanía). Gente filosóficamente más simple, como Arcadi Espada, no le perdona su sutileza.

[Comentario off-topic: sorprende que Savater siga fiel a El País después de ser víctima de la censura...]

Notas apresuradas sobre el caso Galileo

3 / Julio / 2007

…para ponernos en la mentalidad de la época (imprescindible si no queremos hacer historia progre):

  1. Nadie cuestionaba entonces la existencia la Inquisición (y los protestantes se apresuraron a montar tribunales equivalentes, si no peores). Lo que en ocasiones se podía criticar era su actuación en procesos concretos: más o menos, como pasa con nuestros tribunales hoy en día.
  2. Es lógico que todo el mundo estuviera de acuerdo en que los herejes debían ser castigados: si es grave que un asesino acabe con la vida de una persona, que al fin y al cabo es mortal, mucho más grave será que un hereje haga que se pierdan las almas inmortales de cientos o de miles, que se condenarían eternamente al verse apartadas de la gracia de Dios por las ideas erróneas. Así lo pensaba todo el mundo, de modo que la Inquisición respondía a una demanda social, y de hecho salvó a muchos presuntos herejes del linchamiento.
  3. La postura de la Iglesia fue desde los primeros tiempos que la fe concernía a las cuestiones de la salvación y no al mundo natural. San Agustín llegó a decir que un hereje podría ser más competente que un cristiano en materias astronómicas, y Santo Tomás también escribió en este sentido. Hasta Galileo no hay ninguna condena por doctrinas científicas (Giordano Bruno fue quemado por su teología herética).

Esto nos lleva a que la condena a Galileo fue una anomalía. ¿Por qué se le condenó? Hay cientos de libros sobre esto (literalmente), pero en resumen:

  1. En esta época la contrarreforma estaba en su apogeo. Interpretar la Biblia en lugar de tomarla literalmente empezó a verse como algo que respaldaba el libre examen de los protestantes.
  2. En este contexto, los profesores universitarios aristotélicos (valga la redundancia) a los que Galileo había ridiculizado, promovieron su denuncia.
  3. Un astrónomo jesuita, Christopher Scheiner, con el que Galileo había polemizado sobre las manchas solares, parece que conspiró, usando documentos dudosos, para convencer al Papa Urbano VIII de que Galileo le había engañado deliberadamente. Este es el punto más oscuro de la historia y harían falta varios posts para desenmarañarlo (en esencia: quince años antes, otro ataque a Galileo se había resuelto con la prohibición de afirmar la realidad del movimiento de la Tierra en vez de usarlo sólo como hipótesis de trabajo). En el proceso de 1633 no se trató apenas sobre temas científicos; lo que se discutió fue si Galileo había desobedecido y qué se le había prohibido exactamente.

La condena a Galileo fue, en resumen, la resultante de las intrigas de los rivales, el despecho de un Papa que pensaba que le habían tomado el pelo, y el miedo de una Iglesia a la defensiva ante el protestantismo. Esta confluencia de factores hizo que se abandonara la doctrina tradicional que un cardenal, Cesare Baronio, explicó a Galileo cuando éste era profesor en Padua: que la Biblia habla de cómo ir al Cielo, no de cómo va el cielo.

La Iglesia cometió aquí un grave error: Galileo tenía razón en la teología y el Vaticano, con algunos siglos de retraso, lo reconoció. Pero lo más curioso es que la Iglesia tenía razón en la física. Galileo no tenía ninguna prueba concluyente de que la Tierra se movía: su teoría de las mareas estaba totalmente equivocada.

Resumen apresurado: que en el caso Galileo casi nada es lo que parece.

La reencarnación y la cerveza

29 / Junio / 2007

Estoy leyendo un libro delicioso: El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Muy divertido, hilarante por momentos, pero también muy inteligente (alguien que es capaz de titular un capítulo Honni soit qui Malinowski está claro que no es ningún patán).

Cuando lo acabe seguramente lo reseñe aquí, pero de momento les dejo con una muestra…

La cerveza ejerce una especial fascinación sobre los dowayos [la tribu del norte de Camerún que fue a estudiar Barley], que son asiduos clientes de las fábricas productoras de la marca “33″, creada por la anterior administración francesa. Su peculiaridad reside en que le permite a uno pasar directamente de la sobriedad a la resaca, saltándose la fase de ebriedad. La fábrica tenía una vidriera que permitía ver cómo se deslizaban las botellas, sin intervención humana, de una etapa del proceso a otra. Ello impresionaba profundamente a los dowayos, que se pasaban horas y horas contemplando el milagro. Para describirlo utilizaban la palabra gerse, que quiere decir “milagro”, “maravilla”, “magia”. Ese fue el primer contexto en el que oí el término que luego me ocuparía como antropólogo. Constituía además una fértil fuente de metáforas de los conceptos más metafísicos. Los dowayos creían en la reencarnación. Era como la cerveza de Garoua [el pueblo dónde estaba la fábrica], explicaban: las personas eran las botellas que tenían que ser rellenadas de espíritu. Enterrarlas cuando morían era como devolver al botella vacía a la fábrica.

La escritura invisible

16 / Mayo / 2007

En 1937 Arthur Koestler está preso en la cárcel de Sevilla. Afiliado al Partido Comunista, era corresponsal de un diario inglés en la Guerra Civil. Fue detenido por las tropas franquistas y condenado a muerte. Esperando su ejecución, tuvo una experiencia singular, que cuenta en sus memorias:

Me hallaba de pie junto a la ventana de la celda número 40 y con un trozo de alambre que había sacado de mi colchón elástico garabateaba fórmulas matemáticas en la pared. La matemática, y particularmente la geometría analítica, había sido la afición favorita de mi juventud, que luego hube de descuidar por muchos años. Procuraba recordar cómo se deducía la fórmula de la hipérbola y encontraba dificultades; luego probé la fórmula de la elipse y de la parábola y, con gran alegría, logre deducirla. Después procuré recordar la prueba de Euclides de que el número de los números primos es infinito.

Números primos son aquellos, como 3, 17, etc., que no son divisibles más que por sí mismos y por la unidad. Uno bien podría imaginar que, llegando a series numéricas elevadas, los números primos serían cada vez más raros, en virtud de hallarse cada vez más productos de cantidades menores, y que por último se llegaría a un número, muy elevado, que sería el número primo máximo, el último numéricamente virgen. La prueba de Euclides demuestra sencilla y elegantemente que no es así, y que, por más astronómicamente elevada que sea la cifra a la que se llegue, siempre encontraremos números que no son el producto de otros más pequeños, sino que se deben, por así decirlo, a una concepción inmaculada. Desde que en la escuela conocí la demostración de Euclides, esta siempre me llenó con una profunda satisfacción, más de orden estético que intelectual. Ahora, mientras trataba de recordar la demostración y garabateaba los símbolos en la pared, me sentí invadido por el mismo hechizo.

Y entonces, por vez primera, comprendí de pronto el motivo de ese hechizo: los símbolos que escribía sobre la pared representaban uno de los raros casos en que se realiza una declaración significativa y comprensiva acerca de lo infinito por medios precisos y finitos. (…) El significado de esto me inundó como una ola (…) Debo de haber permanecido allí algunos minutos, como transporta do en un rapto, y teniendo conciencia, aunque sin expresarlo con palabras, de que “esto es perfecto…, perfecto”. Hasta que me di cuenta de que por detrás de todo aquello estaba experimentando una ligera sensación de incomodidad mental; sí, había allí alguna circunstancia trivial que echaba perder la perfección del momento. Luego caí en la cuenta de la naturaleza de aquella sensación de fastidio: por supuesto, me hallaba en la cárcel y tal vez a punto de ser fusilado. Pero inmediatamente replicó a esto un sentimiento cuya la versión verbal sería: “¿sí?, ¿y qué?, ¿eso es todo?” Réplica tan espontánea, fresca y divertida, como si aquel intruso sentimiento de fastidio no supusiera más que la pérdida del botón de la camisa. Luego floté de espaldas en un río de paz, bajo puentes de silencio. Aquel río no venía de ninguna parte ni fluía a ninguna parte; por último ya no hubo río y ya no hubo tampoco yo. El yo había dejado de existir.

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Ciencia y religión otra vez: con perdón

25 / Abril / 2007

Science and religion again. Sorry es el título de una magnífica entrada hoy en el blog de Bryan Appleyard. Appleyard, columnista del Sunday Times, es en mi opinión uno de los más brillantes críticos del papel de la ciencia en la sociedad actual (he escrito sobre él antes aquí). Traduzco lo esencial:

Algunos destacados científicos -Dawkins, Weinberg, Atkins, Wolpert – y filósofos -Dennett, Grayling – han decidido criticar, injuriar o socavar la religión. Lo hacen con la sensación de estar cumpliendo una misión: “Cualquier cosa que puedan hacer los científicos para debilitar el dominio de la religión debe hacerse”, –dice Weinberg- , “y puede ser nuestra mayor contribución a la civilización”. Lo que suele ocurrir en respuesta a esto es que todo el mundo empieza a gritar y al final se van a casa contentos de tener siempre razón en todo. Nadie retrocede un paso para tener una visión de conjunto.

Intentaré, una vez más, hacerlo yo. La cuestión central no es la ciencia de Dawkins y sus amigos, ni sus opiniones, ni siquiera su visceral aversión ante la fe. Es, más bien, su decisión de ponerse a la ofensiva. Esto coloca a la ciencia en el mercado de las opiniones, como una visión entre muchas otras. Pero la ciencia es un proceso encarnado en instituciones. No es una postura, una posición partidista; es, por así decirlo, algo que está en el trasfondo, un lienzo en el que pintamos nuestros cuadros, no los cuadros mismos. Usar la ciencia como una posición pública de partido pone en peligro la propia ciencia, amenazándola con tenerse que adaptar a la retórica de las opiniones, o bien convirtiéndola, una vez más, en una herramienta de la tiranía. Y también menosprecia a la ciencia.

Es más, afirmaciones como la de Weinberg alimentan el espejismo de que la ciencia posee alguna sabiduría superior sobre los asuntos humanos. La verdad es que la ciencia no tiene nada práctico que decir sobre la manera de llevar nuestros asuntos humanos. Puede que algún día tenga algo que decir. Pero hasta entonces, debemos contar con la complejidad del mundo tal como es, y eso incluye contar con la religión, la filosofía, el arte, la costumbre, y todas las demás formas de sabiduría no científica mediante las cuales intentamos dar significado y orden a nuestras vidas. Tomar decisiones políticas, económicas, sociales o personales sobre la base de la ciencia actual sería más arriesgado que tomarlas lanzando los dados.

En este contexto, la idea de que destruyendo un cuerpo particular de sabiduría y costumbre haríamos del mundo un lugar mejor puede verse como profundamente irracional, si no trastornada.

Antología de bodrios (VIII): Teología en el tren de cercanías

24 / Abril / 2007

¿Quién dijo que los periodicos gratuitos sólo informan de cotilleos, deportes y escándalos? Hoy el 20minutos que me he encontrado en el tren nos da toda una lección de teología. Vean si no (click para ampliar):

infierno.gif

No hay duda de que el autor tiene un doctorado en Teología por Tubingen, por lo menos. Si no, no se explica esa prodigiosa capacidad de síntesis: “el infierno, ese destino funesto ubicado bajo la tierra“. O la explicación en dos frases del problema del mal, que ha atormentado a teólogos y filósofos durante milenios: “existe gente buena porque hay gente mala, y existe premio porque hay castigo; al menos esa era la base sobre la que se edificaba la ide de “salvación” en la religión crisitiana“.

He encontrado respuestas más sensatas a exámenes de religión en la “Antología del disparate” de Luis Jiménez Díaz… Aunque en honor a la verdad, algo le ha debido ocurrir al artículo al pasarlo al papel, porque la versión on-line, con ser también un bodrio, es menos cómica que la que he pegado aquí. Supongo que algún editor le pareció demasiado erudita….

No merece la pena explicar por qué casi cada frase contiene un disparate. Pero da que pensar hasta qué punto se da una imagen ridícula de cuanto se refiere a la Iglesia. ¿Puede alguien pensar que los teólogos vaticanos son tan estúpidos? ¿Que Ratzinger es esa especie de analfabeto facha que nos suelen presentar? Supongo que sí, que la mayoría lo piensa.

En fin, llevo varios meses avanzando con trabajo por la Introducción al cristianismo de Ratzinger y cuando llegue a lo del infierno lo cuento. Me da que no va a decir que está bajo tierra.

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