Día del libro 2016: mis tres respuestas

Hoy es el día del libro, el único “dia de” que se celebra en este blog, así que me ha parecido una buena ocasión para abandonar casi dos meses de barbecho; sobre todo, después de leer este artículo en El Mundo en el que nada menos que 26  “personalidades de la política, la cultura y el pensamiento” responden a tres preguntas: 1. ¿Qué libro se está leyendo actualmente? 2. ¿Qué libro le ha impactado? 3. ¿Qué libro le falta por leer?

Se podría sacar mucha punta a sus respuestas, pero prefiero dejarlo para otra ocasión y aprovechar el día de hoy para responder yo.

  1. ¿Qué libro se está leyendo actualmente?

Nunca leo un solo libro. Ahora estoy leyendo tres: Una educación incompleta (la autobiografía de Evelyn Waugh), La señal y el ruido, de Nate Silver, y La práctica del misticismo, de Evelyn Underhill.

  1. ¿Qué libro le ha impactado?

Voy a decir tres también: Demian, de Hermann Hesse, a los 16 años; Rayuela, de Julio Cortázar, a los 22 y Los porqués de un escriba filósofo, de Martin Gardner, a los 29. Respectivamente: adolescencia, juventud y madurez.

  1. ¿Qué libro le falta por leer?

Aquí tendría que decir por lo menos treinta. Muchos son libros que empecé pero por una u otra razón tuve que dejar. Por orden de fracción leída (de “apenas empezado” a “casi acabado”): Las confesiones de San Agustín, La República de Platón, Personal Knowledge de Michael Polanyi, Gödel, Escher, Bach de Dougas Hofstadter, Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman, The great chain of being de Arthur Loveloy, y Saving the appearances de Owen Barfield.

Están invitados ustedes también a dar sus respuestas (que me interesan mucho más que las de los 26 famosos de El Mundo…).

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Tanatorio

In memoriam E.S.,
otro 29 de febrero

 Ahora a los difuntos no se los vela en casa sino en un tanatorio. Todos hemos estado: los deudos apenados se asoman de vez en cuando a la vitrina que expone al fallecido y reciben las visitas de sus conocidos y de familiares más lejanos. Se habla de lo que fue la vida del muerto, de lo que sufrió o no, de historias de familia. Hay quien solloza y hay quien sale a fumar un rato. Cuando llega la noche, sólo quedan los más cercanos y las conversaciones se alternan con largos silencios. El rito de paso se va consumando.

Pero nunca pensamos que un tanatorio tiene dos caras. En algún lugar hay una puerta discreta, marcada con un “Prohibido el paso. Sólo personal autorizado”. Si se cruza, se entra en un mundo diferente, el del otro lado de la vitrina. Sobrecoge la frialdad: un termostato marca 13ºC. E impresiona la luz fluorescente y el ambiente de laboratorio. Aquí no hay difuntos: hay cadáveres.

Son dos mundos: en el de dentro hay un objeto, un cadáver, que no debe pudrirse y que hay que preparar (maquillar, cubrir con un sudario, etc) siguiendo un protocolo preciso. En el de fuera lo que hay es el pobre Juan o la pobre María, llorados por sus hijos, sus hermanos, sus amigos.

El mundo de dentro es el de la ciencia. El de fuera es el nuestro. Los dos son reales, están ahí, coexisten en el tanatorio. Durante siglos han permanecido separados. Hemos vivido como si sólo existiera el lado de acá de la vitrina, la sala de espera, con los sofás, los sollozos y las conversaciones. Pero desde hace algún tiempo hay un movimiento, el cientifismo, que afirma que sólo el mundo de los objetos es real, y que se empeña en dejar abierta esa puerta que decía “Prohibido el paso”.

No les creemos… o al menos no del todo. Juan y María seguirán siendo para nosotros difuntos y no cadáveres. Seguiremos aferrados a nuestro mundo de significados y ritos de paso. Pero a través de esa maldita puerta abierta entrará mucho, mucho frío.

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Dennett y la tortuga

Hoy los líderes de opinión científicos (los Dennett, Crick, Sam Harris, etc) sostienen que la conciencia es un epifenómeno y el libre albedrío una ilusión. Los no iniciados pensamos, en nuestra ignorancia, que eso no puede ser, y que nuestra impresión de voluntad libre tiene que ser verdadera, pero ¿qué autoridad tienen nuestras impresiones de sentido común frente a la Ciencia?

Hace dos mil quinientos años los filósofos más destacados sostenían que el movimiento era una ilusión. Se llamaban Parménides y Zenón de Elea, y demostraban con toda la autoridad de la ciencia de la época que, en contra de nuestro sentido común, Aquiles, el de los pies ligeros, nunca puede alcanzar a la Tortuga: si le dejó una ventaja de 200 metros, primero tendría que recorrer 100 m, luego los siguientes 50 m, luego 25 m… mientras la tortuga avanzaría, respectivamente, 10 cm, 5 cm, 2.5 cm… dos sucesiones infinitas en la que la primera nunca da alcance a la segunda. Ni siquiera podría Aquiles moverse, concluía Zenón, porque todo movimiento requiere un proceso infinito y por tanto interminable.

Era una conclusión inapelable, pero todo el mundo siguió yendo al mercado, viajando, construyendo barcos… pese a que el movimiento era imposible.

Dos mil y pico años después Newton, y luego Cauchy, Weierstrass, Dedekind, etc, resolvieron la paradoja: a Zenón le faltaba el concepto de límite. El problema no lo tenía la gente común, sino el líder de opinión al que, sin saberlo, la razón apresaba en el limitado terreno que abarcaban sus conceptos.

Digan lo que digan los Dennett, Crick y Harris, seguiremos tomando decisiones, haciendo planes, juzgando moralmente. Mi apuesta es que dentro de dos mil años habremos descubierto el concepto que nos faltaba.

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Votos y poder

¡Nunca había hablado tanto de política! me decía una compañera en la comida hace unos días. A mí me pasa lo mismo y probablemente a usted también. Desde que empezó la campaña electoral, más o menos después del verano (mucho antes del comienzo oficial) parece que en España no se habla más que de política: en la radio, la televisión, la máquina del café, las comidas familiares… Y después de las elecciones es aún peor. Ha pasado más de un mes, seguimos sin gobierno y sin perspectivas claras de tenerlo así que… ¡cómo no vamos a hablar de política!

Lo malo es que casi todo este “hablar” es de muy poca calidad: los políticos con su bullshit o su langue de bois, los opinadores profesionales pontificando en tertulianés, y los cuñados con sus cuñadismos.

Vamos a ver si para variar, podemos decir algo con un poco más de sustancia.

***

Lo primero que hay que tener claro antes de opinar es que una democracia, a pesar de su etimología, no es el “gobierno del pueblo”. Los votos se traducen en escaños y los escaños sirven para formar mayorías. Sólo entonces hay gobierno. El primer paso (la traducción de votos en escaños) es la tarea del sistema electoral. De esto se ha discutido mucho, y todo el mundo parece convencido de que es mejorable (otra cosa es poner el cascabel al gato y diseñar un sistema que realmente sea mejor). Del segundo paso apenas se habla, y sin embargo, ahora estamos viendo que es tan importante o más que el primero: se trata de formar coaliciones que tengan la mayoría suficiente para gobernar.

En este proceso puede haber distorsiones más importantes aún de las que introduce el sistema electoral. Porque resulta que una cosa es el número de escaños y otra el poder que esos escaños confieren.

Lo mejor es verlo con un ejemplo. Supongamos que en Villacañí concurren a las elecciones cuatro formaciones políticas: el Partido Avícola, el Partido Buenista, el Partido Circular, y Democracia Cañí (los abreviaremos como A, B, C, D, por razones obvias). Tras las elecciones, se forma el consistorio con estos concejales: A=12, B=9, C=7 y D=4 (un total de 32). Para ser nombrado alcalde hay que conseguir la mitad más uno de los votos, es decir, 17.

Nadie tiene esa mayoría absoluta, pero se puede conseguir con una variedad de coaliciones. Por ejemplo, podrían coaligarse AB o hacerlo AC, o unirse al pacto D para formar ABD o ACD, etcétera. Pero el papel de cada partido en estas coaliciones es distinto: en AB (21 escaños) y AC (19 escaños) ambos son imprescindibles: si se retira cualquiera de los dos, no hay alcalde. Sin embargo, en ABD (25 escaños), el partido D es prescindible: si se retira, AB siguen ganando. Lo mismo, obviamente, ocurriría en ACD. Esto significa que en estas coaliciones a tres quienes tienen el poder son A y B. La presencia de D es meramente decorativa, y lo lógico sería que A y B no se molestaran en pactar con él, porque no tiene nada que ofrecerles.

Los partidos que en una coalición son imprescindibles para que triunfe son lo que llamaremos votantes críticos, y vamos a distinguirlos subrayándolos al escribir la coalición. Así, pondremos AB, AC, ABD, ACD, etc. Vemos que puede haber casos en los que todos los votantes son críticos, como en las coaliciones AB y AC (o en la “coalición de perdedores” BCD), pero también casos en los que ninguno lo es, como la “coalición universal” ABCD.

Los votantes críticos son los que controlan las coaliciones, los demás son irrelevantes. Cuantas más coaliciones controle un partido, más poder tiene. Así podemos medir el poder de un partido por el número de coaliciones en las cuales es votante crítico. Con más precisión: hay que formar todas las coaliciones ganadoras y contar para cada partido en cuántas es votante crítico. Ese número es la medida del poder del partido. Para facilitar las comparaciones, normalizaremos ese número dividiéndolo por el total de votos críticos, convirtiéndolo en un porcentaje. Lo que obtenemos así es el índice de poder de Banzhaf.

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Vamos a ver qué nos sale en Villacañí. Hay siete coaliciones ganadoras:

AB, AC, BCD, ACD, ABD, ABC, ABCD.

El número de coaliciones en el que cada partido es crítico es simplemente el número de veces que cada letra está subrayada: A=5, B=3, C=3, D=1. Dividiendo cada resultado por el total (5+3+3+1=12) obtenemos los índices de poder. Los resumo aquí, comparados con el porcentaje de escaños que obtuvo cada partido sobre el total de 32:

A: 12 escaños =37.5%, índice de poder de Banzhaf= 41.6%
B: 9 escaños =28.1%, índice de poder de Banzhaf = 25%
C: 7 escaños =21.8%, índice de poder de Banzhaf =25%
D: 4 escaños =12.5%, índice de poder de Banzhaf = 8.3%

Poder y escaños no son lo mismo: B y C, a pesar de su diferencia en escaños, tienen el mismo poder, y D pinta bastante menos de lo que dicen sus escaños.

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Hay una pega que se le puede poner a este análisis. Ya vimos que si A y B han llegado a un acuerdo, no tienen ningún incentivo para pactar también con D, que no les aporta nada. Así que coaliciones como ABD, en la que uno de los partidos no es crítico, son poco probables, y quizá es razonable no tenerlas en cuenta. En nuestro caso, nos quedaríamos sólo con AB, AC, BCD. Esto es lo que se llama “coaliciones ganadoras mínimas”: aquellas en las que todos los partidos son imprescindibles. Además, el poder que una de estas coaliciones le aporta a un partido quizá debiera dividirse por el número de partidos que hay en ella: así, la coalición AB aporta ½ al poder de A y ½ al poder de B, mientras que BCD debería aportar 1/3 a cada partido.

Con estas modificaciones, A tendría ½ + ½ =1 punto, B=C=1/2 + 1/3=5/6 de punto, y D=1/3 de punto. Convirtiendo una vez más a tanto por ciento (dividiendo por 1+5/6+5/6+1/3=3), tenemos lo que se llama el índice de poder de Deegan-Packel:

A: 12 escaños =37.5%, índice de poder de Deegan-Packel= 33.3%
B: 9 escaños =28.1%, índice de poder de Deegan-Packel = 27.8%
C: 7 escaños =21.8%, índice de poder de Deegan-Packel =27.8%
D: 4 escaños =12.5%, índice de poder de Deegan-Packel = 11.1%

Con esta medida, el poder de B y C sigue siendo igual, pero es mayor que antes, mientras que A está ahora bastante por debajo de su porcentaje en escaños.

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Las diferencias entre el poder y los escaños en Villacañí son llamativas. Pero pueden ser mucho mayores. Resulta que en las elecciones anteriores no se presentaron el Partido Circular ni Democracia Cañí, pero concurrió el Partido Faquitol (F), con un programa radical que pretendía dividir Villacañí en diez o quince pequeños municipios. Había entonces 33 escaños en juego, de los que los faquitolistas obtuvieron dos ediles, mientras que los tradicionales Partido Avícola y Partido Buenista tuvieron, respectivamente, 16 y 15. Aquí tienen los índices de poder:

A: 16 escaños =48.5%, índice de Deegan-Packel= índice de Bandzhaf= 33.3%
B: 15 escaños =45.5%, índice de Deegan-Packel= índice de Bandzhaf= 33.3%
F: 2 escaños = 6.1%, índice de Deegan-Packel= índice de Bandzhaf= 33.3%

¡Los faquitolistas, con una representación irrisoria, tenían el mismo poder que los partidos mayoritarios!¿No es una injusticia? Quizá sí, pero ¿a quién reclamamos? Las matemáticas son inapelables.

***

El lector perspicaz quizá haya sospechado que no he puesto estos números por casualidad. En efecto: los escaños del nuestros partidos Avícola (A), Buenista (B), Circular (C) y Democracia Cañí (C) en el consistorio de Villacañí se corresponden respectivamente (redondeados y divididos por 10) con los del PP, PSOE, Podemos (+Compromís) y Ciudadanos en el parlamento de España el las últimas elecciones. Y los faquitolistas tienen un papel análogo a los nacionalistas en legislaturas pasadas.

Saquen ustedes las consecuencias…

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PS1: Ojo, no olviden que una pequeña modificación, como introducir los pequeños partidos que aquí no he contado, puede producir cambios importantes. Como las cuentas a mano se hacen enseguida imposibles, les recomiendo que usen este utilísimo calculador online (también calcula otro índice de poder alternativo, el de Shapley-Shubik, pero los de Banzhaf normalizado y Deegan-Packel que hemos discutido aquí son los más útiles e intuitivos).

PS2: En todo esto, claro, no estamos teniendo en cuenta la ideología de los partidos ni sus dichosas líneas rojas…

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Memento mori

Hacía mucho tiempo que una canción no me ponía un nudo en la garganta:

Johnny Cash grabó este vídeo en febrero de 2003. Su mujer murió en mayo de ese año, él en septiembre. Su casa, la que aparece en las imágenes, se destruyó en un incendio en 2007.

Pero lo verdaderamente dramático, lo que hace a este vídeo tan conmovedor, es que viéndolo sabemos que algo así también nos espera a nosotros.

[Versión con subtítulos en español aquí]

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Libro de Horas

LibroDeHoras

La adoración de los pastores, en el Libro de Horas de Juana I (British Library)

Había en la región unos pastores que moraban en el campo y estaban velando las vigilias de la noche sobre su rebaño. Se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió con su luz, y quedaron sobrecogidos de temor. Díjoles el ángel: No temáis, os anuncio una gran alegría que es para todo el pueblo: Os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. Esto tendréis por señal: encontraréis al Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. (Lucas 2:8-12)

Una gran alegría, para todo el pueblo: Feliz Navidad.

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René Girard, en 2000 palabras (y V)

9. Cosas ocultas desde la fundación del mundo

Los estudiosos de los mitos han permanecido ciegos al mecanismo victimario que subyace en ellos, dice Girard, porque no aparece como un tema o motivo. Los mitos no hablan de violencia arbitraria porque se relatan desde una perspectiva que no ve víctimas por ninguna parte, sino sólo culpables justamente expulsados.

Esta ilusión, este engaño, se rompe por primera vez en la Biblia. Si lo propio de los mitos es ocultar la violencia, lo propio de las escrituras judeocristianas es revelarla. Nadie antes había puesto en duda la culpabilidad de las víctimas condenadas de modo unánime por sus comunidades. En la historia de José y sus hermanos, en los Salmos o en el libro de Job, las víctimas son inocentes, son las que tienen la razón. Si los relatos bíblicos resultan más antipáticos que los mitos griegos es porque nos están contando una verdad incómoda, en lugar de una bella mentira.

Poner al descubierto la mentira en la que se basan los mitos es un giro radical. Es mostrar lo que estaba oculto desde la fundación misma del mundo, desde el linchamiento primigenio que dio origen a la sociedad. Es en los Evangelios donde el mecanismo victimario se pone al descubierto con toda claridad, y por eso merecen justamente el nombre de revelación (por poner sólo un ejemplo: el sumo sacerdote Caifás dice que “es más conveniente que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca”, una descripción perfecta de cómo el linchamiento de un inocente restaura la paz social).

10. El Evangelio como revelación antropológica

Desde el siglo XIX toda una corriente de estudiosos se acercó a los Evangelios con mentalidad etnológica, comparando la historia de Jesús con mitos de muerte y resurrección como los de Osiris y Dionisos, y la eucaristía con los festines caníbales. Girard señala que erraban en el procedimiento. Los mitos son crípticos, mientras que los Evangelios son muy claros. Son los Evangelios los que arrojan luz sobre los mitos y no al revés. La revelación evangélica es la que permite llegar a una interpretación coherente de los sistemas míticos, de los rituales y de la cultura humana en su conjunto.

El paralelismo entre mitos y cristianismo en realidad subraya su radical oposición: en su base hay una historia común, la de la violencia colectiva (presentada oblicuamente en los mitos y abiertamente en los Evangelios), pero la interpretación que le dan es la opuesta. En los mitos la víctima es culpable, en el cristianismo es inocente. Al sacar a la luz la violencia colectiva tal como es, le niega el valor religioso y la muestra en su horror puramente humano y culpable.

Como decíamos, desmitificar el sistema lleva a su desintegración. Y efectivamente, allí donde el cristianismo penetra, los sistemas mítico-rituales se van extinguiendo y acaban por desaparecer.

La preocupación por las víctimas, inédita hasta el cristianismo, ha creado una sociedad sin parangón en ninguna otra del pasado. En cada generación hemos afinado nuestra sensibilidad para las injusticias. Hemos creado instituciones caritativas, hemos extendido la solidaridad más allá de la tribu y la nación, a la humanidad entera, hemos llegado a la idea de derechos humanos. Es esa aguda sensibilidad la que nos hace juzgar con un doble rasero, mucho más exigente para nosotros mismos, y nos impide, paradójicamente, reconocer la aplastante superioridad de nuestra sociedad sobre todas las demás.

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Epílogo: Algunos textos recientes con motivo de la muerte de Girard

 

 

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René Girard, en 2000 palabras (IV)

7. El origen de la sociedad

Decíamos al principio que nuestra capacidad mimética es la que nos permite aprender, la que nos hace personas. Pero esa capacidad exacerba los conflictos, y cuando (pasando de la ontogenia a la filogenia) la hominización cruzó cierto umbral, los mecanismos animales que los mantenían bajo control (patrones de comportamiento basados en la dominancia) resultaron insuficientes. La propia violencia, sin embargo, produjo su antídoto con los mecanismos victimarios, las divinidades y los ritos sacrificiales, en los que con el tiempo las víctimas generalmente dejaron de ser humanas. La domesticación de la violencia fue lo que permitió que prosperaran las sociedades, y por eso este tipo de ritos son prácticamente universales.

El rito, no la razón, ha sido la verdadera guía de la humanidad. El origen de la sociedad está en el linchamiento primigenio, y no en el inverosímil contrato social. En palabras de Girard, “la ritualización del asesinato es la primera y más fundamental de las instituciones humanas, la madre de todas las demás, el momento decisivo en la invención de la cultura humana”.

8. La justificación debe ser trascendente

¿Son conscientes las sociedades primitivas de esta función de los sacrificios y los ritos? No, ciertamente, y es necesario que sea así. Sólo si son vistos como algo trascendente (por ejemplo, ordenados por los dioses) cumplen su papel preventivo. Tiene que haber una distinción neta entre la violencia sagrada, legítima, del sacrificio, y la ilegítima de la venganza.

Por eso comprender el sistema, desmitificarlo, lleva necesariamente a su desintegración. Nuestro propio sistema legal no se presenta como un mecanismo utilitario para que la sociedad funcione sino que se vale de unas nociones trascendentes (justicia, derechos humanos, etc) para legitimar su posesión del monopolio de la violencia.

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René Girard, en 2000 palabras (III)

5. La huella de un prodigio

Hay que imaginar, dice Girard, que estos episodios desconcertantes debían ser relativamente frecuentes en las sociedades arcaicas sumidas en la violencia esencial, y dejaban el poso paradójico de que el malhechor, al que la masa había señalado como culpable, se metamorfoseaba en el bienhechor que con su muerte restauraba la paz. Un prodigio que debió causar una impresión profunda, que esas sociedades destilaron en los mitos. Una y otra vez, dice Girard, encontramos en ellos la huella de la violencia colectiva, transfigurada hasta quedar irreconocible.

6. El origen del sacrificio

Dejamos a la comunidad reconciliada, tras la escalada de la discordia, por la inesperada vía de un fenómeno de masas. Pero es inevitable que la paz no dure mucho. Las rivalidades florecen de nuevo y se avecina otra crisis. Recordando la extraña virtud de aquel clímax de violencia, la comunidad, agradecida a la misteriosa víctima que primero la sumió en el desastre para luego salvarla con su muerte, quizá llegará a la conclusión de que si los acontecimientos se desarrollaron así fue porque así lo quiso la víctima (¿era acaso una divinidad que los enseñó de esa manera el rito que los salvaría?). O quizá buscará simplemente reproducir aquella solución de una manera voluntaria y controlada. En cualquier caso, la experiencia anterior ofrece a la nueva crisis una solución: el sacrificio. El rito religioso por antonomasia, ejecutado con temor y temblor porque el material con el que se está trabajando, la violencia colectiva, es altamente inflamable.

Dado que hasta que no se encuentra esta válvula de escape a la violencia esencial no es posible construir una comunidad viable, el linchamiento primigenio recordado en los ritos y actualizado en los sacrificios es el acontecimiento fundador de la sociedad.

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René Girard, en 2000 palabras (II)

3. La escalada de la violencia

¿Cómo es posible semejante barbarie? René Girard la explicó recurriendo a un principio básico del comportamiento humano que, sin embargo, ha sido ignorado por la corriente principal de las ciencias sociales: nuestra capacidad mimética. Somos extraordinarios imitadores, y es imitando los gestos y las acciones de los demás, contagiándonos de sus actitudes, como aprendemos, nos socializamos y nos convertimos en personas.

Los otros son siempre nuestro modelo, nos miramos en ellos para saber lo que queremos ser, lo que queremos tener. Pero querer lo que otros tienen es una fuente de rivalidades y conflictos. Inevitablemente, se llega en algún caso a la violencia, violencia que pide venganza. Y al ser vengada, genera una nueva venganza. Un círculo vicioso que va in crescendo y que no tiene aparente solución, porque hay una paradoja en su raíz: si no la combatimos, la violencia gana; pero si la combatimos, gana también, porque la combatimos con más violencia.

Esta escalada se agrava porque la violencia es sumamente contagiosa: es el mimetismo, una vez más. Funciona, de hecho, como una epidemia o una reacción en cadena que amenaza la propia existencia de la sociedad.

Hoy este peligro nos puede parecer exagerado o irreal, pero la razón es que tenemos un sistema legal y judicial que corta la escalada de las venganzas, al atribuirse el monopolio de la violencia. Las sociedades arcaicas no disponían de este recurso, y estaban a merced de una violencia esencial que las habría desintegrado, antes incluso de haberse constituido como sociedades, si no hubieran encontrado un mecanismo moderador.

4. Las virtudes del linchamiento

La violencia es muy contagiosa, decíamos, pero tiene otro rasgo que proporciona una válvula de escape, y es que resulta fácilmente desplazable. El hombre que no puede liarse a golpes con su jefe en el trabajo se desahoga pegando una patada al perro al llegar a casa. Una sociedad sumida en la discordia puede pagarla con cualquiera y más cuando tras años de rivalidades miméticas y venganzas encadenadas es imposible saber “quién empezó”. Sale más barato tomarla con alguien para quien no vaya a haber venganza, un outsider que no tiene familia o no está inserto en un clan.

Si la espiral de violencia se enfoca sobre uno de estos personajes marginales, puede polarizar a toda la sociedad, llevándola a un clímax unánime que culmina en el linchamiento.

Lo de menos es que se haya matado a un inocente. Nadie lo ve así. Lo que la masa ve es que algo extraordinario ha ocurrido: tras la muerte, la histeria colectiva se aplaca como por arte de magia; el pueblo está reconciliado. Nadie va a vengar a la víctima: se ha encontrado espontáneamente una solución a la paradoja de la violencia.

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