La epidemia del SP

Traduzco y resumo un artículo reciente de The New York Chronicle:

El último informe del NYISR (New York Institute for Social Research) ha hecho sonar las alarmas sobre el SP [pronúnciese es-pii] en barrios como Harlem o el Bronx, en los que el consumo de esta sustancia se ha disparado y alcanza una prevalencia que supera el 90%. Pese a que el SP era desconocido hace sólo diez años, una amplia mayoría de los encuestados lo consideran un elemento “imprescindible” en sus vidas, hasta el punto de que un 40% de los encuestados en Harlem reconoce estar casi continuamente bajo sus efectos, y otro 40% consumirlo varias veces al día. Esta dependencia está produciendo disfuncionalidades importantes. Casi el 70% de los consumidores reconoce que se ha deteriorado la comunicación con sus padres o hijos, y el 52% admite que el SP es una causa frecuente de conflictos en la familia. (…)

Quizá lo más preocupante del informe del NYISR son sus hallazgos relativos a niños y adolescentes. Coincidiendo con el auge del consumo de SP, la edad de iniciación se ha reducido drásticamente: en muchas áreas de la ciudad la media está en los 12 años, mientras que a los 16 la prevalencia del consumo es virtualmente del 100%. Las consecuencias del abuso continuado desde edades tan tempranas son una incógnita, pero ya es observable un aumento acentuado de los trastornos por déficit de atención. “La inmensa mayoría de nuestros problemas de disciplina están ligados directamente al SP”, afirma Selma Velasquez, directora de la Lincoln High School de East Harlem. “El SP está estrictamente prohibido en las aulas, pero nos vemos impotentes para atajarlo. Los alumnos lo consumen incluso delante de los profesores. Lo que es peor, hemos tenido casos de profesores que lo consumen delante de los alumnos”.

Hay que aclarar, para los lectores españoles, que el SP es legal en los EEUU. Más aún, se pueden encontrar tiendas que venden SP casi en cada esquina, y muchos economistas consideran que el boom del SP está siendo un factor clave para la recuperación de la economía norteamericana. El presidente Obama ha lanzado recientemente la iniciativa SP iS Prosperity para aumentar la penetración del SP en todos los ámbitos de la administración pública.

* * *

A estas alturas ya lo habrán entendido ustedes, pero creo que no está de más aclarar que el malévolo SP [pronúnciese es-pii] es un acrónimo de SmartPhone (¿qué mismo da una sustancia que un dispositivo?). El New York Chronicle no existe y me he inventado el artículo de cabo a rabo. Me he inventado el artículo, pero no los datos, que no se refieren a Harlem sino a España. Los he sacado del último barómetro del CIS (preguntas 16, 17 y 41) y de alguna otra referencia en la web. Lo de Selma Velasquez se lo he oído a más de un amigo profesor de instituto.  Y en cuanto a la iniciativa del presidente Obama, es totalmente imaginaria… pero algo por el estilo habrá hecho, seguro.

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Qué me está interesando estos días de Semana Santa

Seamos sinceros: a lo que me estoy dedicando es a ordenar la casa y a recomponer una vida cotidiana que llevaba varios meses bajo mínimos, asfixiada por un trabajo que se expandía semana tras semana hasta ocupar todo el volumen disponible.

Pero si hablo de lo que, además de importarme a mí, puede interesarles a ustedes, da la casualidad de que tengo tres sugerencias muy apropiadas para este tiempo de Semana Santa.

Impenitente, de Francis Spufford

Spufford_Impenitente¿Un libro de apologética con palabrotas?¿Una defensa del cristianismo elogiada por el New York Times?¿Y publicada en España en una selecta editorial del mainstream cultural en lugar de en el gueto de Sal Terrae o Verbo Divino?

Impenitente (Unapologetic) debe ser un libro singular… y lo es.  Aquí  tienen el principio:

Mi hija acaba de cumplir seis años. En algún momento del año que viene descubrirá que sus padres son raros. Son raros porque van a la iglesia. Esto quiere decir que según vaya creciendo cada vez más voces le dirán qué significa eso, y se lo dirán cada vez más fuerte, y cuando llegue a la adolescencia se lo gritarán en el oído. Quiere decir que creemos en absurdeces de la Edad del Bronce. Quiere decir que no creemos en los dinosaurios. Quiere decir que somos dogmáticos. Que nos sentimos moralmente superiores. Que somos fetichistas del dolor y el sufrimiento. Que defendemos un buenismo insípido. Que prometemos un paraíso en el cielo a los oprimidos.

And so on, dos páginas enteras de “ques…” que terminan así:

Pero, mira tú por dónde, estas no son las malas noticias. No son más que las objeciones de gente a quien la religión le interesa lo suficiente para buscar objeciones serias o para tomar prestada una colección de objeciones recreativas de Richard Dawkins o Christopher Hitchens.(…)

No: el mensaje de verdad doloroso que recibirá nuestra hija es que somos un incordio. Para la mayoría de los que no son nuevos ateos o viejos ateos y no sienten ninguna pasión por el asunto, ni negativa ni positiva, los creyentes no somos raros porque seamos malvados. Somos raros porque somos inexplicables, porque no habiendo ninguna necesidad, tal como puede ver cualquiera con dos dedos de frente, nos comprometemos con una serie de costumbres incómodas y absurdas que desentonan con el fondo de la vida moderna, que llaman demasiado la atención, y no precisamente por su importancia o sus principios o porque merezcan respeto, sino más bien como esas personas que se visten de una forma horrenda y nos hacen parpadear, mirar a otro lado y preguntarnos si la persona en cuestión tendrá alguna deficiencia cerebral. Los creyentes son gente con el pelo cortado a tazón que lleva anorak en agosto y usa jerséis de lana de color vómito hechos a mano. O, pasando de la metáfora de la indumentaria al terreno de los elementos conductuales en los que en realidad se basan nuestros juicios, los creyentes son gente que intenta incluir a Jesús en la conversación en medio de una fiesta; gente que no sabe dónde meterse y que daría lo que fuera por portarse como seres humanos normales; gente siempre empeñada en crear un silencio solemne que invita a eructar o a tirarse un pedo, a un poco de subversión. Los creyentes somos gente que, las raras veces que alguien no tiene más remedio que escucharnos, por ejemplo en una boda o un funeral, aprovechamos la ocasión para derramar en los oídos ajenos el remedo de una ingenua función navideña de colegiales. Y además de ser infantiles y rastreros y solemnes y torpes, nos asociamos voluntariamente con una ortodoxia casposa y pasada de moda, con una Autoridad que ha perdido toda su autoridad. No hay nada tan triste –desde el punto de visto del estilo– como el gusto que predominaba antesdeayer.

No sé si una diatriba como esta les da ganas de leer el libro (pueden continuar aquí) o de salir corriendo. A mí, que no lo conocía de nada, me bastó para comprarlo inmediatamente.  Ahora que me queda poco para terminarlo, ¿cuál es mi opinión? Como diría Fermat, la respuesta es demasiado larga para caber en este margen. Sólo tres palabras: merece la pena.

La gran alianza, de Jonathan Sacks

Sacks_LaGranAlianzaOtra defensa de la fe escrita por un británico de Oxbridge, pero en algunos aspectos diametralmente opuesta a la de Spufford. Lo de Sacks no es un panfleto sino un ensayo mesurado y racional, con 20 páginas de bibliografía y más aún de referencias, aunque muy ameno y más fácil de leer que la prosa torrencial de Spufford. Sin una sola palabrota, por supuesto, como corresponde a un miembro de la cámara de los Lores que es nada menos que el Rabí Jefe Emérito de las Congregaciones Hebreas Unidas de la Comonwealth (Wikipedia dixit: sea lo que sea, parece bastante impresionante).

Sacks, a diferencia de Spufford, no pretende hacer una “defensa emocional de la fe” sino defender la compatibilidad de Ciencia y Religión, como dos puntos de vista válidos, complementarios, y necesarios si queremos tener una visión binocular de la realidad: la Gran Alianza a la que se refiere el título. No es ni el segundo ni el tercer libro que leo con ese argumento, así que no me entusiasmó demasiado cuando me lo regalaron. Pero ahora, metido ya en su lectura, me está sorprendiendo favorablemente. Aunque el énfasis de Sacks está en el sustrato común las tres religiones abrahámicas, su punto de vista judío le da un matiz de novedad y frescura para mí. Tiene además un don para la claridad: es un filósofo extremadamente cortés. Y resulta que lo que dice me resulta muy cercano. Modestia aparte: creo que Sacks no está muy lejos de mis Theological Investigations.

Calvary, de John Michael McDonagh

Y finalmente una película. He hablado muy poco de cine en este blog, y no porque no me guste (me gusta mucho) sino porque tengo muy mala memoria para los argumentos, y al final lo que me queda de una película, olvidados en seguida todos los incidentes de la historia, es una sensación difusa que es difícil de comunicar y probablemente no diga nada a nadie más que a mí.

Con Calvary es distinto porque la he visto hace tres días, y porque, además, no voy a contar nada de la historia (sería inevitablemente hacer un spoiler). Calvario -no sé por qué no han traducido el título, que es singularmente apropiado- es una película irlandesa, de bajo presupuesto, con un protagonista para mi desconocido y que llena la pantalla durante cien minutos. Después de verla he leído bastantes críticas, y veo que encuentran en ella muchas cosas: dicen que es una comedia negra o que tiene rasgos de película de misterio, buscan afinidades con Tarantino o Hitchcock… El director la ha definido, sin duda un poco en broma, como “basically Bresson’s ‘Diary of a Country Priest’ with a few gags thrown in”.

Para mí, por debajo de muchas cosas interesantes pero a la postre superficiales, Calvary es una meditación sobre el pecado y sobre la virtud. En especial, sobre la virtud que más importante le parece al protagonista: el perdón. Una meditación intensa, ácida y sincera, que te deja tocado, que no se olvida al día siguiente. Una película que debería ver todo cristiano… y también todo ateo

Vayan a ver Calvary y no lean antes a los críticos. Y mejor, tampoco vean los trailers: déjense sorprender.

* * *

Postdata: Decía arriba que ahora estaba ocupado recomponiendo la vida cotidiana. También tengo que recomponer la vida del blog. Espero, poco a poco, ir haciendo los deberes.

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Mi hija y la yihad

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Ya se ha dicho casi todo sobre la matanza de Charlie Hebdo, pero faltaba la opinión de mi hija. Ahora tiene diez años, y esto es lo que ha escrito en su diario.

Ya está.

 

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El ángel de Klee

AngelDePaulKlee

¿Y si, al fin y al cabo, no todo ángel fuera terrible? Creo que eso es lo que nos dice, todos los años, la Navidad: el ángel de Klee triunfa sobre el de Rilke.

Feliz Navidad, también en 2014.

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Alexandre Grothendieck, in memoriam

No lo encontrarán en los periódicos españoles, pero yo se lo cuento. Ayer falleció uno de los grandes genios del siglo XX: el matemático Alexandre Grothendieck. Tenía 86 años y desde 1991 vivía solo en un pueblo del Pirineo francés (ahora se ha sabido que era Lasserre, 200 habitantes, a unos 30 km del valle de Arán). No sé si Grothendieck fue el mayor matemático del siglo XX, como dice hoy Le Monde, pero seguramente fue el más carismático, como ya conté aquí.

Grothendieck con 20 años. Sacado de la necrológica de Liberation

Hijo de padres anarquistas que huyeron primero de Rusia y luego de Alemania, lucharon con la República en la Guerra Civil y fueron internados en la Segunda Guerra Mundial (su padre murió en Auschwitz), acabó el bachillerato en 1944, y se matriculó en matemáticas en Montpellier.

No sacó muy buenas notas, pero llamó la atención de un profesor que le recomendó a ir a París. Allí Henri Cartan le puso en contacto con Laurent Schwartz y Jean Dieudonné, que, no sabiendo muy bien qué hacer con él, le plantearon una lista de 14 problemas no resueltos que eran un resumen de todo su programa de trabajo para los próximos años. Grothendieck tenía que elegir uno para trabajar sobre él y demostrarles que tenía madera de matemático.

Unos pocos meses más tarde, Grothendieck se presentó de nuevo a sus maestros: los había resuelto todos.

Schwartz y Dieudonné habían encontrado a un genio. Pero no era fácil retenerle. Grothendieck era apátrida y no podía acceder a un puesto de profesor en la Universidad. Antimilitarista acérrimo, se negaba a hacer el servicio militar (no se nacionalizaría francés hasta los años 70). Pasó unos años enseñando en Brasil y los EEUU, hasta que un industrial aficionado a las matemáticas, Léon Motchane, creó un centro privado, inspirado por el Advanced Study Institute de Princeton, en el que la única obligación y el único requisito eran investigar. Dicen que fue su admiración por Grothendieck, que entonces sólo tenía 27 años, lo que le motivó. El caso es que el genio apátrida desarrolló en el Institut des hautes études scientifiques (IHES) casi toda su carrera. En 1966 recibió la medalla Fields (para ser exactos, la recogió Motchane, pues Grothedieck se negó a ir a Moscú en protesta por el tratamiento que daba la URSS a los disidentes políticos).

Y este aspecto insobornable, comprometido, es lo que hace que Grothendieck sea más fascinante aún. Cada vez más descontento con el mundillo académico, se fue volcando en el activismo ecologista y pacifista, en sus reflexiones introspectivas, en el estudio de los sueños, que para él eran un camino hacia Dios. El artículo que le dediqué hace tiempo decía que “Se cree que vive solo, en un lugar aislado del Pirineo francés, y que trabaja en un manuscrito de miles de páginas sobre la física del libre albedrío y el problema del mal.”

Parece que Grothendieck quería, como Kafka, destruir sus manuscritos y que su obra se dejara de reeditar y despareciera de las bibliotecas. Ojalá la muerte no le haya dado tiempo a hacerlo: descanse en paz.

(Gracias a Tintín, que me avisó. Recomiendo la lectura de las necrológicas de Le Monde y Liberation; más posts sobre Grothendieck en ese blog aquí)

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El chupete de Guille y el espejismo materialista

Después de discutir (durante muchos años ya…) en este blog sobre las Grandes Cuestiones de La Vida El Universo Y Todo Lo Demás, he llegado a la conclusión de que hay una línea divisoria que es quizá más significativa que la que separa a creyentes de ateos, progresistas de conservadores, u optimistas (antropológicos) de pesimistas. De un lado de esa línea están quienes no encuentran ningún problema en la visión científica estándar. De otro lado están los que sienten frío: una íntima desolación que a menudo no saben articular, pero que puede llevarlos a rechazar la ciencia en bloque y a volverse a la religión (clásica o, más frecuentemente, en alguna versión new age).

Quizá lo que me distancia de mis colegas científicos, y lo que distingue este blog de otros, es que yo estoy de este lado. No porque rechace la ciencia, claro. La ciencia es maravillosa, pero la visión del mundo que se nos suele presentar como científica es problemática. Lo es porque reduce el mundo a cantidad, a materia y movimiento. Y por mucho que hayamos refinado el concepto de materia desde la res extensa de Descartes, sigue sin tener hueco para la libertad, el valor o el sentido: todo lo que constituye el mundo humano.

Seguramente donde se ve más claro esto es en la cuestión del libre albedrio, que discutimos hace unos meses aquí. El cientifista (pues cientifismo es el nombre preciso de la “visión científica estándar”), si es honrado, tiene que reconocer que no hay tal cosa: somos robots húmedos, y la libertad es un espejismo. No sólo la libertad, claro. En realidad, para el cientifista todo lo que constituye nuestro viejo y querido mundo son espejismos (aunque cuando escribe libros, prefiere desenmascarar sólo a uno de ellos, Dios: sería antipático explicar que el amor, la bondad, la libertad o incluso la razón son delusions, too).

¿Cómo puede el cientifista seguir su vida como si tal cosa y creer a la vez que es un robot? Generalmente, manteniendo vida y fe en compartimentos estancos. Es decir, haciendo justamente eso de lo que suele acusar a los científicos creyentes (que según él, levantan una pared impermeable entre el laboratorio donde trabajan entre semana y la iglesia a la que acuden el domingo).

Pero si el cientifista no se escabulle y mira de frente su carencia de libre albedrío, seguramente suscribirá lo que ha escrito Epicúreo en algún comentario de este blog (por ejemplo, aquí): tal cosa no tiene importancia, porque yo me siento como si fuera un agente libre, y eso es lo que importa. Igual que no me voy a marear por aprender que la Tierra gira, no voy a vivir como un robot por saber que lo soy. Afirmando esto, levantamos un muro entre “lo que el mundo realmente es” y “lo que yo debo hacer en el mundo”, y postulamos que es impermeable: compartimentos estancos, una vez más, pero al menos asumidos conscientemente y justificados con un argumento.

El problema es que esta justificación no funciona. No es verdad que no haya diferencia práctica (o pragmática) entre las dos visiones del mundo que, por simplicidad, voy a llamar del alma (la vieja visión de origen judeocristiano en la que somos agentes libres y responsables) y del robot (el determinismo cientifista). Estoy de acuerdo en que esa diferencia será mínima en lo que se refiere a nuestra actitud para con nosotros mismos, porque ciertamente nos vamos seguir percibiendo como libres. Descubrir que no lo somos sólo va a perturbar a unas pocas almas (¡perdón! ¿deberíamos decir máquinas?) incurablemente filosóficas. William James fue una de ellas, pero no abundan los William James. Casi todos vivimos de acuerdo con nuestros instintos y percepciones inmediatas, y sólo buscamos la verdad cuando nos interesa.

Ahora bien, ¿qué pasa con nuestra actitud ante los demás? Descubrir que no son más que máquinas convierte toda su actividad, todas sus idas y venidas, sus necesidades y demandas, en un espejismo. Todo el drama que se desarrolla cada día ante nuestros ojos pasa a ser una ilusión óptica, igual que el juego de puntos brillantes que bailan en la pantalla de la TV parece un rostro que ríe o que llora. Saber que no es real no nos impide emocionarnos con la película, ciertamente. Pero si nos empieza a aburrir cambiamos de canal, y si nos hartamos del televisor lo tiramos y compramos otro nuevo. A la hora de la verdad, actuamos de acuerdo con la lógica que resulta procedente según nuestros conocimientos de lo que el televisor es. Mientras estamos viendo la película la suspensión de la incredulidad funciona como un muro entre lo que el mundo es y cómo actuamos ante él: podemos incluso llorar con las desventuras de la protagonista; pero es un muro provisional y utilitario, que  se esfuma en cuanto nos conviene.

Mientras el materialismo sea una idea con poco arraigo en la sociedad, esto no se va a notar apenas. Igual que los nuevos ricos siguen actuando como pobres, los nuevos materialistas aún no han aprendido a vivir como les corresponde. Aún miran el espejismo de la vida como Guille mira la TV:

Guille_TV

Pero no es más que cuestión de tiempo. Inevitablemente, Guille crecerá. Si la visión científica estándar se impone, dejaremos de ofrecer nuestro chupete a esas sombras que danzan en la pantalla. Habremos aprendido que basta con apagar la TV.

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Hawking again (naturally)

A veces tengo insomnio, y la noche del sábado ha sido de las peores. A las cuatro de la mañana, después de probar de todo, pongo el ordenador y me encuentro con una noticia que me desvela definitivamente: No hay ningún Dios. Lo dice El Mundo en un titular que ocupa toda la página. ¡Esto sí que es la noticia más importante de todos los tiempos! (debía de ser por eso por lo que no pegaba ojo).

Menos mal que el susto dura un milisegundo porque la frase va entrecomillada y debajo, más pequeño, veo el nombre de Stephen Hawking y su foto… A mediodía, cuando se me ocurrió hacer una captura de pantalla, el titular ya ponía su nombre por delante, aunque seguía ocupando las tres columnas de la web de El Mundo:

Captura de pantalla El Mundo 2014-09-21Hawking again! (naturally). Qué cansino es este hombre, piensa uno. Se ve que en el sintetizador sólo tiene grabadas unas pocas frases y por eso dice siempre lo mismo…

Pero, bien pensado, la culpa no es suya sino del periodista, o en última instancia, del público, que es el que paga. Lo interesante de la noticia no son las opiniones de Hawking sobre Dios (tan cualificadas como las que tenga sobre la independencia escocesa o la cría de la trucha), sino la importancia que le damos.

A Hawking le damos importancia no porque sea un físico destacado sino por otra cosa. Es el único científico que ha llegado a personaje de Los Simpson, y en ese Olimpo Pop no se entra por méritos científicos, sino por ser un icono mediático. Y Hawking es un icono perfecto: postrado en una silla de ruedas (como el Dr. Strangelove) y  deformado por la enfermedad (admirable-ejemplo-de-superación) habla sobre el origen del universo (ciencia=trascendencia) con la voz metálica de un sintetizador (¡escalofriante!).

simpsons-stephen-hawking Hawking resuena a las mil maravillas con la concepción popular de la ciencia: los científicos son friquis y Hawking es lo más friqui que uno pueda imaginar. Cada una de sus apariciones es una performance, con su cuerpo inerte llevado en volandas o flotando ingrávido; cada una de sus entrevistas se anuncia como una exclusiva excepcional, aunque aparezcan con frecuencia… (hace un año salía otra el El País semanal).

En realidad, Hawking está siempre en los medios. Y esas es la clave, porque el sesgo de disponibilidad hace el resto: para el editorialista de El Mundo,  “es probablemente el mejor científico de este siglo”, y por eso “sus afirmaciones despiertan y merecen especial interés”.

No es que Hawking sea “probablemente el mejor científico de este siglo”. Es que es, seguramente, el más famoso. Pero su fama se debe a factores extracientíficos: uno no se hace famoso por ser un gran científico. Ahí tienen ustedes, por ceñirnos a los físicos vivos, a Freeman Dyson, Steven Weinberg, Murray Gell-Mann, Gerardus ‘t Hooft, Leonard Susskind, Alan Guth o Ed Witten. ¿Quién los conoce?

O ya puestos, ahí tienen a Juan Maldacena, para muchos es el físico vivo más brillante, que ha llevado a una nueva frontera nuestra comprensión de los temas que exploró, precisamente, Stephen Hawking (demostrando, de paso, que estaba equivocado en un punto fundamental). Maldacena es argentino y, vaya por Dios, se ha declarado católico. Quizá por católico, por argentino (o porque a nosotros en realidad nos importa un rábano la ciencia), un perfecto desconocido en España.

 * * *

P.S.1: No digo que lo que crea Maldacena tenga que ser más válido que lo que crea Hawking. Sin saber cuánto ha leído y pensado sobre estos temas sus opiniones sobre religión podrían ser tan fundadas como sus opiniones sobre la cría de la trucha. Lo que habla bien del argentino es que, a diferencia del británico, no va por ahí pontificando sobre un tema que no es el suyo. Ya saben: los que saben no hablan, los que hablan no saben.

P.S.2: Por si hay gente susceptible leyendo esto: desgraciadamente, por motivos familiares, conozco de cerca la enfermedad de Hawking. Nada más lejos de mi intención que despreciar a los que la padecen.

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Dejar de escribir

Cuentan las crónicas que Tomás de Aquino, uno de los teólogos más portentosos de la historia, hacia el final de su vida dejó de pronto de escribir. Cuando su secretario se le quejaba de que su obra estaba sin concluir, Tomás le replicó: “Hermano Reginaldo, hace unos meses, celebrando la liturgia, experimenté algo de lo Divino. Aquel día perdí todas las ganas que tenía de escribir. En realidad, todo lo que he escrito acerca de Dios me parece ahora como si no fuera más que paja”.

¿Cómo puede ser de otra manera cuando el intelectual se hace místico?

Cuando el místico bajo de la montaña
se le acercó el ateo, el cual le dijo
con aire sarcástico:
¿Qué nos has traído del jardín de las
delicias en el que has estado?

Y el místico le respondió: “En realidad
tuve intención de llenar mi faldón de
flores para, a mi regreso, regalar
algunas de ellas a mis amigos. Pero
estando allí, de tal forma me embriagó
la fragancia del jardín que hasta
me olvidé del faldón”.

Los maestros de Zen lo expresan más concisamente: “El que sabe no habla. El que habla no sabe”.

[Sacado de El canto del pájaro, de Anthony de Mello]

* * *

Tranquilos: yo sigo sin saber. Así que seguiré escribiendo…

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Libros a medio leer, curso 2013-2014

No suelo hacer balances del curso en el blog, pero este año, en el que tantos cabos se han quedado sueltos, quería darme un empujoncito para anudar aquí uno: el de los libros a medio leer. Aquí va la lista, creo que casi exhaustiva:

  1. Civilización, de Niall Ferguson: Un libro muy ameno que aborda la cuestión del éxito de las civilizaciones justo donde lo deja Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero. Devoré unas 150 páginas en pocos días, pero tuve que devolverlo a la biblioteca y aunque lo compré un tiempo después, el lapso en blanco fue fatal para la lectura.
  2. Maus, de Art Spiegelman: Es probablemente la novela gráfica más prestigiosa de la historia, y por lo que leí, se merece su fama. Demasiado pesado para llevar en la mochila, y aparentemente fácil de retomar (“al fin y al cabo sólo es un cómic”), su turno siempre podía esperar. Ahora mi hijo se lo ha dejado a un amigo (¡glup!).
  3. Mathematics and physics, de Yuri A. Manin: Recomendación de MarianoS aquí mismo. Se quedó a medias en parte porque mi edición pirata (fotocopias del año 1986, más o menos) está completamente desencuadernada, así que sólo lo podía leer en casa si no quería correr el riesgo de que se desparramaran las hojas por el cercanías. Y en casa tengo muy poco tiempo durante el curso. Lo que leí, extraordinario: se merece un buen repaso (y no sólo de pegamento).
  4. Las crisis humanas, de José Ferrater Mora: Desde hace muchos años en las estanterías, lo cogí por impulso uno de esos días que a uno le apetece algo nuevo, aunque tenga diez o doce libros a medias. Sin duda influyó que abultaba poco y me pareció ideal para la sala de espera, además de que prometía poner en perspectiva La Crisis por la que atravesamos. El resultado: ahora tengo once o trece libros a medias.
  5. Vida, de Torres Villaroel: En algunas ferias del libro de ocasión ponen ahora casetas con libros gratis, y éste era uno de ellos, completamente nuevo en edición reciente de Austral. Sabía algo del personaje y me pareció curioso. Y lo es, pero se ve que la prosa del siglo XVIII se me hace cuesta arriba.
  6. La señal de la cruz, de Colm Toibin: Otro libro de ocasión, muy apropiado para leer a salto de mata, con capítulos independientes. Viajes por los lugares de Europa en los que la fe cristiana es más viva, contados por un irlandés escéptico. Debe ser uno de los primeros libros que se editó en España de un autor cada vez más prestigioso. Víctima del sino de los libros que se pueden leer a salto de mata.
  7. Biografía del silencio, de Pablo d’Ors: Que no haya sido capaz de acabar este librito, que tanto me interesa y que tan bien escrito está, demuestra bien a las claras cuanto lo necesito.
  8. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman: Monumental tratado, pero imprescindible y ameno. Traducción un tanto farragosa y mamotreto poco manejable, pero mi solución fue leerlo en inglés en el Kindle y repasar (pre-subrayando) luego en papel. Buena solución, pero demasiado trabajosa para durar.
  9. A la espera de Dios, de Simone Weil: Una víctima del desasosiego de la neurociencia. Lo cuento aquí, así que no hace falta que lo repita.
  10. Una historia secreta de la consciencia, de Gary Lachman: Lo empecé en paralelo con Incógnito: una experiencia curiosa leer dos libros tan distintos sobre lo mismo. Ganó el libro de Eagleman, y éste tuve que devolverlo a la biblioteca, pero me quedé con las ganas y lo compré unos meses después. Aquí lo tengo, al lado, y quizá sea el primero de las vacaciones.
  11. Cómo leer un libro, de Mortimer Adler y Charles van Doren: Sí, es un chiste fácil: ¿cómo no voy a dejar libros a medio leer si no he sido capaz de acabar éste? Obviamente me he quedado sin aprender a leer libros, ese es mi problema…
  12. La creación de lo sagrado, de Walter Burkert: Un tema que me interesa mucho, una editorial que me encanta y un autor del que no sabía nada pero parece ser una eminencia. Y para colmo, se trata de unas conferencias Gifford, benemérita institución a la que debemos muchas obra maestras. Salí emocionado de la librería, y sin embargo, ha sido una decepción. No puedo evitar la sensación de que con toda su erudición (y a diferencia de Rudolf Otto o de Mircea Eliade), Burkert no tiene ningún “oído” para la religión. Encontré luego un libro de Luis Cencillo, Mito, semántica y realidad, que me pareció un antídoto, pero no quería sumar más a la lista de libros a medias y sólo he leído el prólogo.
  13. La mente consciente, de David Chalmers: Un tour de force y una magnífica introducción al “problema duro” de la consciencia. Avancé hasta la mitad mientras discutía aquí en la serie de “Neurociencia“, allá por febrero. Pero no es una lectura para hacer a ratos mientras se está en otras muchas cosas.
  14. Personal knowledge, de Michael Polanyi: Por las mismas fechas en que leía a Chalmers me adentré en este libro, así que, mirado retrospectivamente, ¿cómo no iba a dejar a medias los dos?  Polanyi me parece inteligentísimo, brillante, necesario, siempre denso y demasiadas veces oscuro. Para colmo, la edición será de la Chicago University Press, pero tiene una letra diminuta, impresa con una tinta deleznable. Llevo casi 20 años queriendo leer este libro y supongo que me tendría que retirar a un monasterio para estudiarlo, pero no pierdo la esperanza.
  15. The hall of uselessness, de Simon Leys: Me encantó La felicidad de los pececillos, así que cuando un cómplice me envió este libro para el Kindle me dio una alegría. Sigue siendo el mismo Leys pero aquí se dispersa en temas a menudo demasiado lejanos o eruditos para mí. Lo que no quita para que tenga el firme propósito de acabarlo. No tengo claro si el kindle es una ayuda o un inconveniente para eso.
  16. Tecnología e imperio, de Nicolás García Tapia y Jesús Carrillo Castillo: No entiendo como puede subsitir la editorial Nivola publicando libros que se supone que no interesan a nadie en España, y para colmo de autores españoles. Pero ahí sigue y nos tenemos que felicitar por libros como éste. En mi caso le ha perjudicado que son cuatro biografías independientes (de ingenieros españoles del siglo de oro) y era demasiado fácil dejar a medias la lectura.
  17. Consciencia más allá de la vida, de Pim van Lommel: Las experiencias cercanas a la muerte, según un cardiólogo holandés, con mucha experiencia de primera mano. Después de leer en su día a Kübler-Ross, me pareció muy interesante conocer la perspectiva de un libro muy reciente y de un autor que es también médico pero resulta más científico (vam Lommel, que sepamos, no ve hadas…). Sigo con las ganas.
  18. Saving the appearances, de Owen Barfield: Lachman hablaba mucho de Barfield y lo que decía me parecía muy interesante. Pedí el libro a Amazon y me lancé sobre él. El principio es magnífico, pero cada (brevísimo) capítulo es como una ascensión empinada y pronto te falta el oxígeno.  Muy escueto, muy denso, con una terminología propia que lo hace más difícil, y con un inglés extraño, supongo que con un aire arcaico (aparte de Barfield, ¿decía alguien “without” en el sentido de “fuera de” en el siglo XX?). Este verano me gustaría tomar oxígeno para terminar la ascensión.

Repasando ahora estos libros veo que casi siempre los he dejado no porque fueran malos sino por querer abarcar demasiado, o por motivos muy circunstanciales. Casi podría ser una lista de recomendaciones para el verano: desde luego, para mí lo es.

Felices vacaciones. Y no dejen muchos cabos sueltos…

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Playlist, julio de 2014

 * * *

No es mi lista: es la de mi hijo. Son las canciones que estaba deseando escuchar al volver a casa tras dos semanas de campamento, sin música. Las apunté mientras sonaban en la cena, con disimulo, secretamente orgulloso. Dentro de unos años mi hijo no será el mismo, pero quería hacer este post para que al menos quede la música.

 

 

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