Diez libros para el verano 2015

En estas fechas es frecuente que los periódicos nos recomienden libros para las vacaciones. No puedo evitar leer esas listas, aunque al final no suele interesarme ninguno. Son más sugestivas las recomendaciones de gente que ya conozco y que tiene afinidades con mis intereses. Así que, por si eso les pasa a ustedes conmigo, quizá no esté de más que yo también haga mi lista. Son precisamente diez libros que acabo de leer este mes de julio o que pienso leer en las vacaciones de agosto. Con alguna pequeña sorpresa que se encontrarán si llegan al final…

Aquí están:

  1. La hipótesis de la felicidad, de Jonathan Haidt. Un libro espléndido, del que ya he hablado aquí y aquí. No hace falta decir más.
  2. Brilla, mar del edén, de Andrés Ibáñez. Durante mucho tiempo, Andrés Ibáñez fue mi columnista favorito, y en este blog he dejado constancia de ello. En la Feria del Libro de este año le vi en una caseta y, cosa insólita en mí, me acerqué, compré su último libro y me lo llevé firmado. Un tocho de 750 pgs que podrían serían más de mil con otro formato. A primera vista es un libro de aventuras, o de ciencia ficción, pero se trata de un artefacto mucho más complejo de lo que parece, una especie de Biblia del mundo de este autor. Una obra absorbente, muy grata de leer, aunque creo que a la postre no alcanza a ser lo que Ibáñez había querido. Pero es que era imposible redondear un proyecto tan extremadamente ambicioso.
  3. De animales a Dioses, de Yuval Noah Harari. Llevo menos de la mitad, pero ya puedo decirles que esta “breve historia de la humanidad” es un shock. Imaginen a Jared Diamond escribiendo con la garra de Dawkins y la riqueza de ideas de Steven Pinker. Un libro brillante y muy bien construido, que deslumbra pero a la vez puede ser incómodo y hasta corrosivo, tanto que he llegado a pensar que quizá no fuera bueno que tuviera una lectura masiva… ¿Sería mejor no hacerle promoción aquí? Me temo que no podré evitar hablar de él a la vuelta del verano.
  4. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman. Libro maravilloso que cuatro años después de su publicación ya es un clásico. Se me quedó a medias el año pasado, y este verano debería conseguir acabarlo aunque no me meta en la piscina.
  5. Abundancia roja, de Francis Spufford. Si les suena este nombre, quizá sea porque hablé del autor en Semana Santa, comentando Impenitente, su peculiar apología del cristianismo. Supe entonces por Epicureo que también había escrito este libro, un híbrido entre ensayo y novela sobre la Unión Soviética del que he leído una y otra vez críticas espléndidas. Estoy deseando que llegue ese día de agosto en el que podré por fin hincarle el diente.
  6. The Serpent and the rainbow, de Wade Davis. De los 50 libros que leí en 2012 quizá el que más me impresionó (y sin duda el más gordo de todos) fue El Río, de Wade Davis (el subtítulo era “exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica”, pero como expliqué en su día, era mucho más que eso). La serpiente y el arcoíris es el primer libro que escribió Davis, y trata nada menos que de sus experiencias entre los zombis de Haití. (Acabo de descubrir que hay una película de terror basada en ese libro, pero aún así sigo con las mismas ganas de leerlo :-) … y no quiero enterarme del argumento.)
  7. Ser mortal, de Atul Gawande. También he hablado aquí varias veces de este brillante cirujano y escritor. Cualquier libro suyo me iba a interesar, pero éste, sobre la experiencia de envejecer y morir en nuestra sociedad, resulta doblemente atractivo. Casi un año después de salir en los EEUU sigue en la lista de best sellers del NYT.
  8. La dama de la furgoneta, de Alan Bennet. Son sólo 96 páginas con letra grande: calculo que me dará tiempo a leerlo en el viaje a la playa. Si es tan bueno como Una lectora nada común, el placer está garantizado.
  9. Manhattan Transfer, de John Dos Passos. Nunca es bueno que las cosas sean enteramente como uno quiere. Hay que dejar hueco al azar y las sorpresas si no queremos encerrarnos en una burbuja, por muy irisada que sea nuestra pompa de jabón. Así que a la hora de hacer la lista de mis libros para el verano, pensé que había que dejar que alguno no lo eligiera yo… o no del todo. Me ha ayudado una moneda: con cinco lanzamientos (cinco decisiones binarias), la moneda me indicó una balda… y luego yo elegí de entre esos libros el que más me apetecía (¡tampoco era cuestión de aceptar cualquier cosa!).
  10. El libro que ustedes elijan. Había muchos más libros que me atraían pero no me acababa de decidir entre ellos. Así que ¿qué mejor que pedirles consejo y abrir así otro hueco al azar y la sorpresa? Les dejo aquí una lista para que elijan. El décimo libro será el que a mediados de agosto tenga más votos (si es que a estas alturas de verano todavía alguien lee el blog):
    The Yogui and the comissar, de Arthur Koestler
    Miracles, de C.S. Lewis
    La Biblia contada con sencillez, de Pearl S. Buck
    La pierre de touche, de Jean Marc Lévy-Leblond
    Saving the appearances, de Owen Barfield
    La fe de un físico, de John Polkinghorne
    Consciencia más allá de la vida, de Pim van Lommel
    Siete días en el mundo del arte, de Sarah Thornton
    La tía Mame, de Patrick Dennis
    Caballeros de fortuna, de Luis Landero
    The quantum story, de Jim Baggott
    El pan a secas, de Mohamed Chukri
    España inteligible, de Julián Marías
    Contra la juventud, de Pablo d’Ors
    El test de la golosina, de Walter Mischel
    Civilización, de Niall Ferguson

(Sí, sé que podía haber dejado libertad total para sus recomendaciones, pero ¿y si se les ocurre confabularse para hacerme leer las memorias de Belén Esteban?).

Que pasen un feliz verano, y que no les falte una buena dosis de azar y de experiencia directa.

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En defensa de la virtud

[Lo que sigue es un resumen muy libre del capítulo 8 de La hipótesis de la felicidad, de Jonathan Haidt, titulado “La felicidad de la virtud”. No es necesariamente el mejor capítulo, pero es del que hablábamos en el post anterior].

La palabra “virtud” no tiene muy buena prensa, quizá por habérsela apropiado los puritanos. No se trata de “lo opuesto al vicio”, sino de lo que los griegos llamaban areté: la excelencia o bondad, sobre todo en un sentido funcional. La areté de un cuchillo es cortar bien, la areté de un ojo es ver bien, y la areté del hombre es…. un problema filosófico.

Para Aristóteles, que planteó así el problema, había una solución natural. Todas las cosas tenían una finalidad, un telos (un cuchillo ha sido hecho para cortar y un ojo para ver) que dictaba su areté, su virtud. La vida buena consistía realizar el propio potencial para llegar a ser aquello que por naturaleza estábamos llamados a ser.

A lo largo de la historia, en ninguna sociedad ha faltado una idea compartida de lo que es la areté humana, materializada en virtudes concretas que se intentaba cultivar activamente en los niños y jóvenes. Honradez, justicia, coraje, benevolencia, autodominio, respeto a la autoridad… han sido virtudes apreciadas casi universalmente, aunque las normas específicas puedan ser muy diferentes de una cultura a otra.

Otra característica común que encontramos en los textos morales de las sociedades antiguas es que confían en máximas y modelos, no en la lógica y las demostraciones. Confucio, Buda o Jesucristo nos hablan con aforismos y con parábolas, se dirigen a las emociones más que a la razón.

Y un tercer rasgo universal de esa enseñanza moral tradicional es que hace hincapié en la práctica y el hábito, no en el conocimiento de hechos. Confucio comparaba el desarrollo moral con aprender a tocar un instrumento, y Aristóteles decía que, al igual que un albañil aprende su oficio construyendo casas, nosotros crecemos moralmente realizando acciones justas, practicando el autocontrol, y llevando a cabo actos de coraje.

Estos rasgos comunes ponen de manifiesto una fina comprensión psicológica. Los antiguos sabían que la instrucción moral sólo imparte conocimiento explícito, pero el conocimiento de hechos no tiene apenas ningún efecto sobre el comportamiento: algo que habíamos olvidado con la modernidad y que la psicología ha redescubierto recientemente. La inmensa mayoría de los procesos mentales son inconscientes, y nuestro yo racional tiene poco que hacer si se enfrenta a ese sistema automático. Con una metáfora que usó Buda, el yo es como un jinete que monta un elefante. Su única posibilidad de salirse con la suya es, con paciencia y estrategia, adiestrarlo para que haga lo que él quiere. Pero si el elefante se empeña en otra cosa, es inútil querer forzarlo.

Elefante y jinete

El planteamiento tradicional de la moralidad no se enfocaba en la razón (el jinete) sino que buscaba instaurar hábitos mediante la práctica diaria (es decir, amaestrar pacientemente al elefante). A la larga, la educación moral debía cultivar un conocimiento tácito, esto es,

habilidades de percepción social y emociones sociales tan finamente ajustadas que uno automáticamente percibe lo que es correcto hacer en cada situación, sabe qué es lo que debe hacer, y por tanto quiere hacerlo. Para los antiguos, la moralidad era una suerte de sabiduría práctica.

*

Las obras cumbre de la filosofía griega, como La República o la Ética a Nicómaco, tienen este enfoque. Y sin embargo, en la mentalidad científica que germinó en Grecia estaban las semillas del fracaso posterior. Las largas listas de virtudes y el difuso conocimiento tácito no casaban bien con los valores de racionalidad y parsimonia. Tampoco gustaba a los filósofos confiar la moral a los hábitos y los sentimientos. ¡Cuánto mejor sería encontrar un principio universal, basado en la pura razón, independiente de las tradiciones y de los dioses locales!

Kant, con su imperativo categórico, creyó haber resuelto el problema. Bentham después, con su principio utilitarista, también lo creyó. Pese a que parecen opuestos, ambos coinciden en proponer un sólo principio abstracto, proscribir las emociones y confiarlo todo a la razón (al jinete, en lugar de al elefante). Además,

mientras los griegos se centraban en el carácter de la persona, y se preguntaban qué clase de seres humanos deberíamos tratar de ser, la ética moderna se centra en las acciones, preguntándose cuando es buena o mala una acción en concreto.

*

Finalmente, este giro desde el carácter ético a los dilemas éticos ha llegado a la formación de los niños y jóvenes. Durante los años 70 y 80, la búsqueda de una educación inclusiva y antiautoritaria convirtió en anticuada la idea misma de cultivar valores específicos. Como dice un libro reciente sobre la crianza de los hijos, “mi enfoque no enseña a los niños qué deben o no deben hacer y por qué, sino que les enseña a pensar por sí mismos qué deben o no deben hacer y por qué”.

Cambiar el énfasis del carácter al dilema ha sido un profundo error. Primero porque debilita la moralidad y limita su alcance. Con nuestra estrecha concepción moderna, una persona moral es la que no pone su interés propio demasiado por delante del interés ajeno. Eso deja fuera del campo de la moral la mayoría de las actividades y decisiones cotidianas, y la convierte en algo muy poco atractivo (¿de verdad lo que debemos de hacer es ir en contra de nuestros propios intereses?¿y por qué?), desde luego mucho menos que una moralidad entendida como el cultivo de la excelencia.

En segundo lugar, el giro moderno hacia el razonamiento moral confía en una mala psicología. Cualquiera que haya intentado en serio cambiar su conducta mediante una convicción racional se habrá encontrado con el fracaso que ya puso Ovidio en boca de Medea: “El deseo y la razón empujan en direcciones opuestas. Veo el camino correcto y lo apruebo, pero sigo el erróneo”. Casi con las mismas palabras lo decía San Agustín: Video meliora proboque deteriora sequor, y algo muy parecido decía también San Pablo.

En este negocio los conceptos no valen, sólo vale la virtud, entendida como parte del carácter. Y las virtudes sólo pueden crecer dentro de una sociedad concreta, enraizadas en su historia y su tradición:

Pedir a los niños que cultiven virtudes hidropónicamente mirando a su interior en busca de guía es como pedir a cada uno de ellos que invente su propio lenguaje. Aunque pudieran, el aislamiento que generarían en sí mismos sería intolerable.

Hoy en día se dice que la diversidad es un valor, es buena intrínsecamente. Pero no debemos aceptar esto acríticamente. Hay que distinguir la diversidad demográfica (variedad de razas, sexo, orientación sexual, edad, capacidad física…) de la diversidad moral. Favorecer la primera es esencialmente un deber de justicia, incluyendo a grupos previamente excluidos. Pero la diversidad moral en el seno de una sociedad es en el fondo lo que Durkheim llamó anomia: una falta de consenso sobre normas y valores morales. La falta de ligaduras y obligaciones sociales que el gran sociólogo francés identificó como el principal factor de riesgo para el suicidio.

[En el capítulo del libro de Haidt hay bastantes más cosas, pero esto es lo esencial del argumento. Añado que Haidt se define como “liberal” en le sentido norteamericano del término, pero reconoce que los conservadores han demostrado una mejor comprensión del desarrollo moral].

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Educación para la ciudadanía

Tratar de hacer que los niños se comporten éticamente enseñándoles a razonar bien es como tratar de hacer feliz a un perro moviéndole uno mismo la cola. Se está invirtiendo la causalidad.

Jonathan Haidt, La hipótesis de la felicidad.

(Pese a su título poco prometedor y a su portada disuasoria, este es el mejor libro que he leído en mucho tiempo).

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Haciendo los deberes

Tener el blog medio abandonado tanto tiempo es lo que tiene: no crecen malas hierbas, pero sí comentarios sin contestar. Así que cada vez da más pereza retomarlo. ¿Cómo colgar un nuevo post ignorando a todos los lectores que dijeron algo por aquí, sin tener respuesta? He revisado los comentarios de los últimos meses y rescato ahora algunos que no respondí en su momento, o al menos no como merecían, y que siguen siendo interesantes.

Sin orden ni concierto, y sin pretender ser exhaustivo:

  • “El científico no estudia la naturaleza porque sea útil; la estudia porque se deleita en ella, y se deleita en ella porque es hermosa.” Lo dijo Poincaré y lo citó Pablo aquí, en un comentario al post sobre el Chupete de Guille. Yo estoy de acuerdo. Y eso demuestra que incluso el científico que adopta la “visión cientifista estándar”, que yo criticaba allí, es incongruente con ella en sus motivaciones íntimas.
  • Y en el mismo post, un comentario de Luis G., que debería volver a leer despacio.
  • En defensa de Punset, un kilométrico (pero entretenido) comentario de Giorgio Tugnoli. Que no se diga que censuramos a los que discrepan: al contrario.
  • En el post dedicado al fallecimiento de Grothendieck, Carlos Sánchez García dejaba una aportación muy interesante, con varias referencias que no conocía. Aunque sea muy tarde, quiero agradecérselo (y ya me he puesto con algunas: he leído a d’Espagnat; este verano quiero leer a alguno de los psicólogos que cita).
  • Imperdonable también que en ese mismo post no agradeciera a Tintín su valoración del genio apátrida.
  • Manolo Do Grelo enlazó aquí un libro de cuentos, por si lo quería “añadir a mi lista de abandonos”. Ya no está gratis en Amazon, pero igualmente se puede leer su primer capítulo con la opción “echa un vistazo”.
  • Aisdhd nos recomendó Dataclysm. Su enlace ahora no funciona, pero se puede mirar en Amazon y saber de qué va la cosa aquí.
  • Y finalmente, ya que estamos recopilando comentarios: aunque sean relativamente recientes, gracias a Frenzo, Wraitlito y Andrés (aún no me he leído entera esa entrevista, pero es muy buena).

Ahora que he hecho, mal que bien, los deberes, estoy ya listo para escribir cosas nuevas. Otra cosa es que lo haga… :roll:

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Diez libros de divulgación realmente malos

Ya lo dijo Ortega y Gasset en su Prologo para franceses: la obra de caridad más propia de nuestro tiempo es no publicar libros superfluos.  Pero casi ochenta años después estamos inundados de libros, y ni los más avezados evitamos en ocasiones caer en uno de esos que, si hubiera más caridad en este mundo, nunca se habría publicado. Aquí tienen diez, para que no repitan mis errores.

10. El cerebro musical, de Daniel J. Levitin.

daniel-j-levitinFue una equivocación. Llevaba ya un par de horas en La Central, se me hizo tarde, y por no marcharme con las manos vacías me llevé este libro. Pensé que era la traducción de This is your brain on music, del que había leído buenas críticas… pero no: ese libro se ha traducido como Tu cerebro y la música, y éste es del mismo autor, pero su título original es  The wold in six songs (lo reconozco: si lo hubiera mirado en Amazon con el móvil no habría picado ;-) ).

Levitin fue durante muchos años músico y productor, para dedicarse después a la psicología cognitiva. Su problema no es que no domine el tema, ni que no tenga cosas interesantes de qué hablar. Al contrario: habla mucho, demasiado; no para de hablar y no parece darse cuenta de que un libro es otra cosa. No basta con transcribir tu stream of consciousness, hay que sentarse y pensar muy bien lo que quieres decir, en qué orden y cómo lo vas a explicar. Levitin está encantado de conocerse (y de ser amigo de Sting, Oliver Sacks y unas cuantas estrellas del country) pero según pasan las páginas uno se va impacientando y al final lo da por imposible. Por mi parte, hacia la mitad desistí de aprender nada de ciencia y me conformé con ir apuntando las canciones que mencionaba. Por si me las bajo del eMule

9. La medida del universo, de Kitty Ferguson.

KittyFerguson Hace años me picó la curiosidad por saber cómo habíamos conocido la escala del universo. Me sonaba que la paralaje permitía medir las distancias de algunas estrellas cercanas y que la ley de Hubble servía para hacer lo propio con las galaxias, pero ¿cómo había podido Hubble llegar a su ley sin una estimación independiente de distancias? Este libro parecía venirme al pelo porque prometía justo eso: “la búsqueda científica de la cuantificación del  cosmos a través de la historia”. Un fiasco.

Ferguson, dice la solapa, estudió en Cambridge y es autora de una aclamada biografía de Stephen Hawking. Lo que no dice es que se explica como el culo tiene una incapacidad patológica para hacerse entender. Este libro me fue sumiendo en la perplejidad: cada dos por tres usa conceptos que no ha explicado, y cuando los explica es casi peor (nunca he visto peor contada la idea de paralaje). Para colmo, la traducción es patética, llena de erratas y de meteduras de pata… que a veces eran lo mejor del libro (¿sabían ustedes que Yorkshireman William Gascoigne fue el inventor del micrómetro?).

8. La termodinámica de la vida, de Eric D. Schneider y Dorion Sagan.

DorionSaganDurante más de diez años he dado clase de termodinámica en la universidad, así que no debería haber tenido dificultad con este libro. Pues bien: no me enteré de nada. No es que fuera difícil, no. El problema es que parece que no había nada de lo que enterarse. Página tras página los autores decían que estaban explicando algo muy importante, pero no se sabía muy bien qué era, y nunca, en un texto confuso, y repetitivo, se llegaba a saber. Por lo menos, hasta que lo dejé. Lo único que aprendí es que Dorion Sagan quizá haya salido a su padre en alguna cosa, pero desde luego no en las que nos interesan a los lectores.

7. La simetría y la belleza del universo, de Leon M. Lederman y C.T. Hill.

Lederman Lederman es premio Nobel y Hill fue director del Departamento de Física Teórica del Fermilab. Leyendo este libro, a uno le queda clarísimo que sus méritos están en la física, no en la escritura. Pero no me entrengo, que ya lo despellejé en su día.

6. Prohibido aburrirse (y aburrir), de James D. Watson.

Watson_prohibido_aburrirseLa doble hélice, el relato que hizo James D. Watson del descubrimiento del ADN, sorprendió a propios y extraños por su sinceridad y su frescura. Era un relato en primera persona en el que un jovenzuelo descarado pintaba un mundillo científico muy humano (demasiado) y lo salpicaba, además, de opiniones tirando a incorrectas sobre sus colegas. No era lo que se esperaba de un Nobel, y menos en 1968, pero quizá por eso el libro se ha convertido en un clásico de la divulgación.

Cuarenta años más tarde, Watson ha vuelto a la carga con Prohibido aburrirse (y aburrir). Y lo que en el joven era simpático, en el anciano resulta insufrible. Un libro narcisista, arrogante, vano, y, para colmo, aburrido.

5. El pasado de la mente, de Michael S. Gazzaniga.

Michael S. Gazzaniga Seguimos con científicos ilustres que no saben escribir. Gazzaniga, dice la Wiki, que lo menciona en 13 idiomas,  “is one of the leading researchers in cognitive neuroscience”. Nada menos que Steven Pinker dice en la contraportada: “Fascinante, fácil de leer, ingenioso y sabio”. Yo, sin embargo, escribí esto mientras lo leía:

  • (Pg 62) La sustancia de lo que ha dicho cabía en dos páginas, pero se extiende en filípicas contra sus oponentes científicos o contra la tontería divulgativa, seguramente con razón, pero sin que venga a cuento ni maneje argumentos convincentes.
  • (Pg. 129) “Talentosísimo psicólogo de Harvard”, dice. Qué manía de poner notas (o repartir medallas).
  • (Pg. 132) Es irritante lo mal que describe los experimentos, sin dar detalles suficientes para entender qué pasa. Como contándoselos a alguien que ya los conoce.
  • (Pg. 152) Chistes sin gracia: otra señal del mal divulgador.
  • (Pg. 195) Se pasa el libro “preguntando” a un hemisferio cerebral u otro ¡sin explicar cómo se hace eso!

Leí este libro pensando que iba a aprender algo sobre el libre albedrío, de uno de los más eminentes expertos en el tema. Después de aguantar este tostón durante 220 páginas, me encontré esta conclusión: “Nuestros cerebros son automáticos porque el tejido físico se encarga de lo que hacemos. ¿Cómo podría ser de otro modo?”. ¿Y para eso escribe un libro? Si pillo a Gazzaniga en ese momento lo estrangulo…(¿cómo podría ser de otro modo?)

4. El Universo Para Ulises, de Juan Carlos Ortega.

Juan Carlos OrtegaLa propaganda decía que este libro era El mundo de Sofía de la ciencia. Luego me enteré que quien lo afirmaba era compañera del autor en la radio, y eso lo explica todo. Ulises tiene cinco años, es el hijo del autor, y el libro es un largo monólogo en el que le explica las maravillas de la ciencia. Mi experiencia con hijos de 5 años es que a su edad tiene mucho más sentido una dieta de cuentos de hadas, pero podemos aceptar el planteamiento como una plantilla retórica. Lo malo es que parece que Ortega se siente en la obligación de soltar de vez en cuando admoniciones contra el pensamiento mágico, sin duda porque puede llevar al vicio nefando de la religión.

Eso es lo malo, pero lo peor es otra cosa: que Ortega no sabe de lo que habla. No es un científico, sino un fan de la ciencia. No la entiende, pero la admiiira (pronúnciese a la manera de Les Luthiers en Jingle Bass Pipe). Estos fans abundan mucho en internet, pero suelen conformarse con poner comentarios en Naukas. Ortega se ha atrevido a escribir un libro, lo que nos permite leer perlas como ésta: Ortega_gravedad Ulises, ahora que no nos oye tu padre: no es verdad. Cuando seas mayor, busca en la Wikipedia Ley de acción y reacción. Me lo agradecerás.

3. Lenguas viperinas y soñadores tranquilos, de Michael White.

MichaelWhite Un ejemplo excelso de divulgación-basura. White sabe de ciencia tan poco (o menos) que Ortega, y es tan fan (o más) que él. Y trabaja como un poseso: ha escrito 35 libros, incluyendo una biografía de Stephen Hawking (¡igual que Kitty Ferguson!). En España, el último traducido es Galileo anticristoVade retro!) Como ya le dediqué un post a Lenguas Viperinas, etc, no insisto aquí en tan penosa tarea.

2. Una Pequeña Historia de la Ciencia, de William Bynum.

BynumEn 1935 Ernst Gombrich aún no era Sir Ernst, el famosísimo historiador del arte, sino un estudiante de doctorado en Viena. Un día, la hija de unos amigos le preguntó a qué se dedicaba, y su respuesta llegó a ser un libro: Una pequeña historia del mundo. Con el tiempo se convirtió en un pequeño clásico, traducido a 13 idiomas, pero no al inglés: Gombrich no lo permitió porque tenía que hacerlo él. Cuando murió, en 2001, aún no lo había terminado, pero la Yale University Press se sintió libre para completar la traducción y lanzar a bombo y platillo no sólo este libro sino toda una serie de “pequeñas historias” inspiradas en él.

Para nuestra desgracia, la pequeña historia de la ciencia se la encargaron a William Bynum, un veterano historiador de la medicina que, a la vista de su libro, uno duda de si no tendría una incipiente demencia senil (falleció en 2013). Eso explicaría que para él los fotones tengan masa (pg 255), o que, en sus propias palabras, “si un cuerpo, por ejemplo la Tierra, es muy grande y el otro, por ejemplo una manzana, es muy pequeño, la Tierra asumirá casi toda la fueza de atracción”. Como Ortega, pero con una sintaxis más confusa.

1.     Manualito de imposturología física, de Fernando Vallejo.

manualito_vallejo

Seguro que los habituales de este blog ya se lo imaginaban: el number one sólo podía ser este disparate de proporciones épicas, que demuestra que para ser un escritor de prestigio y publicar en la misma editorial que Adorno, Benjamin, Chomsky, Darwin, Eliade, Freud… (y podría seguir con todo el alfabeto) no resulta inconveniente, es más, parece una ventaja, ser un perfecto…

…bueno, mejor me ahorro el adjetivo y les remito al post que le dediqué en su día a este bodrio.

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Slow tech

Prometo olvidarme del tema del SP por una larga temporada… Pero antes de desconectarme este puente quería dejarles un vídeo que en mi opinión da en el clavo. Está en ingles, pero aquí viene el texto, más o menos.

Joe Kraus no es ningún ludita sino un empresario de internet. Eso creo que da mucho valor a sus palabras.

Más sobre slow tech en slowtec.org, en esta página (con referencia a los hijos) y en este artículo de El País.

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Devociones 2.0

[Con tanto hablar del esmárfonoDon Alejo), me he acordado de esta nota que tenía en borrador hace mucho tiempo. Hay cosas más sustanciosas en los comentarios del post anterior, pero ya hemos superado los 100 y quizá es hora de mudarse a un lugar más despejado…]

* * *

Creo que desde que se inventó el cigarrillo no ha habido una innovación que haya tenido más repercusión en el gesto. Me refiero al teléfono móvil, o más bien al Smartphone. Las chicas casi siempre lo llevan en la mano y lo acarician a menudo, con las uñas pintadas. Los jóvenes escriben mensajes con los dos pulgares. La gente lo mira de camino a la estación, a riesgo de tropezarse, y en el tren siguen mirándolo. Ya sentados, juegan a una especie de Tetris o Buscaminas [ahora sé que es el Candy Crush], ¡y algunos hasta se lo pegan a la oreja y hablan por él!

TrozoMovil

La figura se completa con los auriculares, enormes en los adolescentes (un evidente símbolo de estatus, como la cornamenta de los ciervos), a menudo casi invisibles en los adultos. Va siendo raro, de camino al trabajo, cruzarse con alguien que lleve las manos libres y los oídos descubiertos.

En el cercanías ahora casi todo el mundo lee, pero no libros sino móviles. Recién desayunados, sin faltar un día cumplen con el rito de mirar el Facebook. Sostienen el Smartphone como un breviario para la liturgia de las horas.

La liturgia original, claro, era otra cosa. Marcaba el ritmo del día, interrumpía lo contingente para centrarse en lo esencial, focalizaba la atención con el silencio. Estas devociones 2.0 hacen exactamente lo contrario. Descentran, son un ruido aleatorio que desenfoca y dispersa. Se parecen mucho más al cigarrillo que al breviario: son una adicción.

Pero no creo que acabemos reaccionando contra ellas, como pasó con el tabaco. La salud de la mente siempre nos ha preocupado mucho menos que la del cuerpo.

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La epidemia del SP

Traduzco y resumo un artículo reciente de The New York Chronicle:

El último informe del NYISR (New York Institute for Social Research) ha hecho sonar las alarmas sobre el SP [pronúnciese es-pii] en barrios como Harlem o el Bronx, en los que el consumo de esta sustancia se ha disparado y alcanza una prevalencia que supera el 90%. Pese a que el SP era desconocido hace sólo diez años, una amplia mayoría de los encuestados lo consideran un elemento “imprescindible” en sus vidas, hasta el punto de que un 40% de los encuestados en Harlem reconoce estar casi continuamente bajo sus efectos, y otro 40% consumirlo varias veces al día. Esta dependencia está produciendo disfuncionalidades importantes. Casi el 70% de los consumidores reconoce que se ha deteriorado la comunicación con sus padres o hijos, y el 52% admite que el SP es una causa frecuente de conflictos en la familia. (…)

Quizá lo más preocupante del informe del NYISR son sus hallazgos relativos a niños y adolescentes. Coincidiendo con el auge del consumo de SP, la edad de iniciación se ha reducido drásticamente: en muchas áreas de la ciudad la media está en los 12 años, mientras que a los 16 la prevalencia del consumo es virtualmente del 100%. Las consecuencias del abuso continuado desde edades tan tempranas son una incógnita, pero ya es observable un aumento acentuado de los trastornos por déficit de atención. “La inmensa mayoría de nuestros problemas de disciplina están ligados directamente al SP”, afirma Selma Velasquez, directora de la Lincoln High School de East Harlem. “El SP está estrictamente prohibido en las aulas, pero nos vemos impotentes para atajarlo. Los alumnos lo consumen incluso delante de los profesores. Lo que es peor, hemos tenido casos de profesores que lo consumen delante de los alumnos”.

Hay que aclarar, para los lectores españoles, que el SP es legal en los EEUU. Más aún, se pueden encontrar tiendas que venden SP casi en cada esquina, y muchos economistas consideran que el boom del SP está siendo un factor clave para la recuperación de la economía norteamericana. El presidente Obama ha lanzado recientemente la iniciativa SP iS Prosperity para aumentar la penetración del SP en todos los ámbitos de la administración pública.

* * *

A estas alturas ya lo habrán entendido ustedes, pero creo que no está de más aclarar que el malévolo SP [pronúnciese es-pii] es un acrónimo de SmartPhone (¿qué mismo da una sustancia que un dispositivo?). El New York Chronicle no existe y me he inventado el artículo de cabo a rabo. Me he inventado el artículo, pero no los datos, que no se refieren a Harlem sino a España. Los he sacado del último barómetro del CIS (preguntas 16, 17 y 41) y de alguna otra referencia en la web. Lo de Selma Velasquez se lo he oído a más de un amigo profesor de instituto.  Y en cuanto a la iniciativa del presidente Obama, es totalmente imaginaria… pero algo por el estilo habrá hecho, seguro.

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Qué me está interesando estos días de Semana Santa

Seamos sinceros: a lo que me estoy dedicando es a ordenar la casa y a recomponer una vida cotidiana que llevaba varios meses bajo mínimos, asfixiada por un trabajo que se expandía semana tras semana hasta ocupar todo el volumen disponible.

Pero si hablo de lo que, además de importarme a mí, puede interesarles a ustedes, da la casualidad de que tengo tres sugerencias muy apropiadas para este tiempo de Semana Santa.

Impenitente, de Francis Spufford

Spufford_Impenitente¿Un libro de apologética con palabrotas?¿Una defensa del cristianismo elogiada por el New York Times?¿Y publicada en España en una selecta editorial del mainstream cultural en lugar de en el gueto de Sal Terrae o Verbo Divino?

Impenitente (Unapologetic) debe ser un libro singular… y lo es.  Aquí  tienen el principio:

Mi hija acaba de cumplir seis años. En algún momento del año que viene descubrirá que sus padres son raros. Son raros porque van a la iglesia. Esto quiere decir que según vaya creciendo cada vez más voces le dirán qué significa eso, y se lo dirán cada vez más fuerte, y cuando llegue a la adolescencia se lo gritarán en el oído. Quiere decir que creemos en absurdeces de la Edad del Bronce. Quiere decir que no creemos en los dinosaurios. Quiere decir que somos dogmáticos. Que nos sentimos moralmente superiores. Que somos fetichistas del dolor y el sufrimiento. Que defendemos un buenismo insípido. Que prometemos un paraíso en el cielo a los oprimidos.

And so on, dos páginas enteras de “ques…” que terminan así:

Pero, mira tú por dónde, estas no son las malas noticias. No son más que las objeciones de gente a quien la religión le interesa lo suficiente para buscar objeciones serias o para tomar prestada una colección de objeciones recreativas de Richard Dawkins o Christopher Hitchens.(…)

No: el mensaje de verdad doloroso que recibirá nuestra hija es que somos un incordio. Para la mayoría de los que no son nuevos ateos o viejos ateos y no sienten ninguna pasión por el asunto, ni negativa ni positiva, los creyentes no somos raros porque seamos malvados. Somos raros porque somos inexplicables, porque no habiendo ninguna necesidad, tal como puede ver cualquiera con dos dedos de frente, nos comprometemos con una serie de costumbres incómodas y absurdas que desentonan con el fondo de la vida moderna, que llaman demasiado la atención, y no precisamente por su importancia o sus principios o porque merezcan respeto, sino más bien como esas personas que se visten de una forma horrenda y nos hacen parpadear, mirar a otro lado y preguntarnos si la persona en cuestión tendrá alguna deficiencia cerebral. Los creyentes son gente con el pelo cortado a tazón que lleva anorak en agosto y usa jerséis de lana de color vómito hechos a mano. O, pasando de la metáfora de la indumentaria al terreno de los elementos conductuales en los que en realidad se basan nuestros juicios, los creyentes son gente que intenta incluir a Jesús en la conversación en medio de una fiesta; gente que no sabe dónde meterse y que daría lo que fuera por portarse como seres humanos normales; gente siempre empeñada en crear un silencio solemne que invita a eructar o a tirarse un pedo, a un poco de subversión. Los creyentes somos gente que, las raras veces que alguien no tiene más remedio que escucharnos, por ejemplo en una boda o un funeral, aprovechamos la ocasión para derramar en los oídos ajenos el remedo de una ingenua función navideña de colegiales. Y además de ser infantiles y rastreros y solemnes y torpes, nos asociamos voluntariamente con una ortodoxia casposa y pasada de moda, con una Autoridad que ha perdido toda su autoridad. No hay nada tan triste –desde el punto de visto del estilo– como el gusto que predominaba antesdeayer.

No sé si una diatriba como esta les da ganas de leer el libro (pueden continuar aquí) o de salir corriendo. A mí, que no lo conocía de nada, me bastó para comprarlo inmediatamente.  Ahora que me queda poco para terminarlo, ¿cuál es mi opinión? Como diría Fermat, la respuesta es demasiado larga para caber en este margen. Sólo tres palabras: merece la pena.

La gran alianza, de Jonathan Sacks

Sacks_LaGranAlianzaOtra defensa de la fe escrita por un británico de Oxbridge, pero en algunos aspectos diametralmente opuesta a la de Spufford. Lo de Sacks no es un panfleto sino un ensayo mesurado y racional, con 20 páginas de bibliografía y más aún de referencias, aunque muy ameno y más fácil de leer que la prosa torrencial de Spufford. Sin una sola palabrota, por supuesto, como corresponde a un miembro de la cámara de los Lores que es nada menos que el Rabí Jefe Emérito de las Congregaciones Hebreas Unidas de la Comonwealth (Wikipedia dixit: sea lo que sea, parece bastante impresionante).

Sacks, a diferencia de Spufford, no pretende hacer una “defensa emocional de la fe” sino defender la compatibilidad de Ciencia y Religión, como dos puntos de vista válidos, complementarios, y necesarios si queremos tener una visión binocular de la realidad: la Gran Alianza a la que se refiere el título. No es ni el segundo ni el tercer libro que leo con ese argumento, así que no me entusiasmó demasiado cuando me lo regalaron. Pero ahora, metido ya en su lectura, me está sorprendiendo favorablemente. Aunque el énfasis de Sacks está en el sustrato común las tres religiones abrahámicas, su punto de vista judío le da un matiz de novedad y frescura para mí. Tiene además un don para la claridad: es un filósofo extremadamente cortés. Y resulta que lo que dice me resulta muy cercano. Modestia aparte: creo que Sacks no está muy lejos de mis Theological Investigations.

Calvary, de John Michael McDonagh

Y finalmente una película. He hablado muy poco de cine en este blog, y no porque no me guste (me gusta mucho) sino porque tengo muy mala memoria para los argumentos, y al final lo que me queda de una película, olvidados en seguida todos los incidentes de la historia, es una sensación difusa que es difícil de comunicar y probablemente no diga nada a nadie más que a mí.

Con Calvary es distinto porque la he visto hace tres días, y porque, además, no voy a contar nada de la historia (sería inevitablemente hacer un spoiler). Calvario -no sé por qué no han traducido el título, que es singularmente apropiado- es una película irlandesa, de bajo presupuesto, con un protagonista para mi desconocido y que llena la pantalla durante cien minutos. Después de verla he leído bastantes críticas, y veo que encuentran en ella muchas cosas: dicen que es una comedia negra o que tiene rasgos de película de misterio, buscan afinidades con Tarantino o Hitchcock… El director la ha definido, sin duda un poco en broma, como “basically Bresson’s ‘Diary of a Country Priest’ with a few gags thrown in”.

Para mí, por debajo de muchas cosas interesantes pero a la postre superficiales, Calvary es una meditación sobre el pecado y sobre la virtud. En especial, sobre la virtud que más importante le parece al protagonista: el perdón. Una meditación intensa, ácida y sincera, que te deja tocado, que no se olvida al día siguiente. Una película que debería ver todo cristiano… y también todo ateo

Vayan a ver Calvary y no lean antes a los críticos. Y mejor, tampoco vean los trailers: déjense sorprender.

* * *

Postdata: Decía arriba que ahora estaba ocupado recomponiendo la vida cotidiana. También tengo que recomponer la vida del blog. Espero, poco a poco, ir haciendo los deberes.

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Mi hija y la yihad

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Ya se ha dicho casi todo sobre la matanza de Charlie Hebdo, pero faltaba la opinión de mi hija. Ahora tiene diez años, y esto es lo que ha escrito en su diario.

Ya está.

 

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