Diez libros de divulgación realmente malos

Ya lo dijo Ortega y Gasset en su Prologo para franceses: la obra de caridad más propia de nuestro tiempo es no publicar libros superfluos.  Pero casi ochenta años después estamos inundados de libros, y ni los más avezados evitamos en ocasiones caer en uno de esos que, si hubiera más caridad en este mundo, nunca se habría publicado. Aquí tienen diez, para que no repitan mis errores.

10. El cerebro musical, de Daniel J. Levitin.

daniel-j-levitinFue una equivocación. Llevaba ya un par de horas en La Central, se me hizo tarde, y por no marcharme con las manos vacías me llevé este libro. Pensé que era la traducción de This is your brain on music, del que había leído buenas críticas… pero no: ese libro se ha traducido como Tu cerebro y la música, y éste es del mismo autor, pero su título original es  The wold in six songs (lo reconozco: si lo hubiera mirado en Amazon con el móvil no habría picado ;-) ).

Levitin fue durante muchos años músico y productor, para dedicarse después a la psicología cognitiva. Su problema no es que no domine el tema, ni que no tenga cosas interesantes de qué hablar. Al contrario: habla mucho, demasiado; no para de hablar y no parece darse cuenta de que un libro es otra cosa. No basta con transcribir tu stream of consciousness, hay que sentarse y pensar muy bien lo que quieres decir, en qué orden y cómo lo vas a explicar. Levitin está encantado de conocerse (y de ser amigo de Sting, Oliver Sacks y unas cuantas estrellas del country) pero según pasan las páginas uno se va impacientando y al final lo da por imposible. Por mi parte, hacia la mitad desistí de aprender nada de ciencia y me conformé con ir apuntando las canciones que mencionaba. Por si me las bajo del eMule

9. La medida del universo, de Kitty Ferguson.

KittyFerguson Hace años me picó la curiosidad por saber cómo habíamos conocido la escala del universo. Me sonaba que la paralaje permitía medir las distancias de algunas estrellas cercanas y que la ley de Hubble servía para hacer lo propio con las galaxias, pero ¿cómo había podido Hubble llegar a su ley sin una estimación independiente de distancias? Este libro parecía venirme al pelo porque prometía justo eso: “la búsqueda científica de la cuantificación del  cosmos a través de la historia”. Un fiasco.

Ferguson, dice la solapa, estudió en Cambridge y es autora de una aclamada biografía de Stephen Hawking. Lo que no dice es que se explica como el culo tiene una incapacidad patológica para hacerse entender. Este libro me fue sumiendo en la perplejidad: cada dos por tres usa conceptos que no ha explicado, y cuando los explica es casi peor (nunca he visto peor contada la idea de paralaje). Para colmo, la traducción es patética, llena de erratas y de meteduras de pata… que a veces eran lo mejor del libro (¿sabían ustedes que Yorkshireman William Gascoigne fue el inventor del micrómetro?).

8. La termodinámica de la vida, de Eric D. Schneider y Dorion Sagan.

DorionSaganDurante más de diez años he dado clase de termodinámica en la universidad, así que no debería haber tenido dificultad con este libro. Pues bien: no me enteré de nada. No es que fuera difícil, no. El problema es que parece que no había nada de lo que enterarse. Página tras página los autores decían que estaban explicando algo muy importante, pero no se sabía muy bien qué era, y nunca, en un texto confuso, y repetitivo, se llegaba a saber. Por lo menos, hasta que lo dejé. Lo único que aprendí es que Dorion Sagan quizá haya salido a su padre en alguna cosa, pero desde luego no en las que nos interesan a los lectores.

7. La simetría y la belleza del universo, de Leon M. Lederman y C.T. Hill.

Lederman Lederman es premio Nobel y Hill fue director del Departamento de Física Teórica del Fermilab. Leyendo este libro, a uno le queda clarísimo que sus méritos están en la física, no en la escritura. Pero no me entrengo, que ya lo despellejé en su día.

6. Prohibido aburrirse (y aburrir), de James D. Watson.

Watson_prohibido_aburrirseLa doble hélice, el relato que hizo James D. Watson del descubrimiento del ADN, sorprendió a propios y extraños por su sinceridad y su frescura. Era un relato en primera persona en el que un jovenzuelo descarado pintaba un mundillo científico muy humano (demasiado) y lo salpicaba, además, de opiniones tirando a incorrectas sobre sus colegas. No era lo que se esperaba de un Nobel, y menos en 1968, pero quizá por eso el libro se ha convertido en un clásico de la divulgación.

Cuarenta años más tarde, Watson ha vuelto a la carga con Prohibido aburrirse (y aburrir). Y lo que en el joven era simpático, en el anciano resulta insufrible. Un libro narcisista, arrogante, vano, y, para colmo, aburrido.

5. El pasado de la mente, de Michael S. Gazzaniga.

Michael S. Gazzaniga Seguimos con científicos ilustres que no saben escribir. Gazzaniga, dice la Wiki, que lo menciona en 13 idiomas,  “is one of the leading researchers in cognitive neuroscience”. Nada menos que Steven Pinker dice en la contraportada: “Fascinante, fácil de leer, ingenioso y sabio”. Yo, sin embargo, escribí esto mientras lo leía:

  • (Pg 62) La sustancia de lo que ha dicho cabía en dos páginas, pero se extiende en filípicas contra sus oponentes científicos o contra la tontería divulgativa, seguramente con razón, pero sin que venga a cuento ni maneje argumentos convincentes.
  • (Pg. 129) “Talentosísimo psicólogo de Harvard”, dice. Qué manía de poner notas (o repartir medallas).
  • (Pg. 132) Es irritante lo mal que describe los experimentos, sin dar detalles suficientes para entender qué pasa. Como contándoselos a alguien que ya los conoce.
  • (Pg. 152) Chistes sin gracia: otra señal del mal divulgador.
  • (Pg. 195) Se pasa el libro “preguntando” a un hemisferio cerebral u otro ¡sin explicar cómo se hace eso!

Leí este libro pensando que iba a aprender algo sobre el libre albedrío, de uno de los más eminentes expertos en el tema. Después de aguantar este tostón durante 220 páginas, me encontré esta conclusión: “Nuestros cerebros son automáticos porque el tejido físico se encarga de lo que hacemos. ¿Cómo podría ser de otro modo?”. ¿Y para eso escribe un libro? Si pillo a Gazzaniga en ese momento lo estrangulo…(¿cómo podría ser de otro modo?)

4. El Universo Para Ulises, de Juan Carlos Ortega.

Juan Carlos OrtegaLa propaganda decía que este libro era El mundo de Sofía de la ciencia. Luego me enteré que quien lo afirmaba era compañera del autor en la radio, y eso lo explica todo. Ulises tiene cinco años, es el hijo del autor, y el libro es un largo monólogo en el que le explica las maravillas de la ciencia. Mi experiencia con hijos de 5 años es que a su edad tiene mucho más sentido una dieta de cuentos de hadas, pero podemos aceptar el planteamiento como una plantilla retórica. Lo malo es que parece que Ortega se siente en la obligación de soltar de vez en cuando admoniciones contra el pensamiento mágico, sin duda porque puede llevar al vicio nefando de la religión.

Eso es lo malo, pero lo peor es otra cosa: que Ortega no sabe de lo que habla. No es un científico, sino un fan de la ciencia. No la entiende, pero la admiiira (pronúnciese a la manera de Les Luthiers en Jingle Bass Pipe). Estos fans abundan mucho en internet, pero suelen conformarse con poner comentarios en Naukas. Ortega se ha atrevido a escribir un libro, lo que nos permite leer perlas como ésta: Ortega_gravedad Ulises, ahora que no nos oye tu padre: no es verdad. Cuando seas mayor, busca en la Wikipedia Ley de acción y reacción. Me lo agradecerás.

3. Lenguas viperinas y soñadores tranquilos, de Michael White.

MichaelWhite Un ejemplo excelso de divulgación-basura. White sabe de ciencia tan poco (o menos) que Ortega, y es tan fan (o más) que él. Y trabaja como un poseso: ha escrito 35 libros, incluyendo una biografía de Stephen Hawking (¡igual que Kitty Ferguson!). En España, el último traducido es Galileo anticristoVade retro!) Como ya le dediqué un post a Lenguas Viperinas, etc, no insisto aquí en tan penosa tarea.

2. Una Pequeña Historia de la Ciencia, de William Bynum.

BynumEn 1935 Ernst Gombrich aún no era Sir Ernst, el famosísimo historiador del arte, sino un estudiante de doctorado en Viena. Un día, la hija de unos amigos le preguntó a qué se dedicaba, y su respuesta llegó a ser un libro: Una pequeña historia del mundo. Con el tiempo se convirtió en un pequeño clásico, traducido a 13 idiomas, pero no al inglés: Gombrich no lo permitió porque tenía que hacerlo él. Cuando murió, en 2001, aún no lo había terminado, pero la Yale University Press se sintió libre para completar la traducción y lanzar a bombo y platillo no sólo este libro sino toda una serie de “pequeñas historias” inspiradas en él.

Para nuestra desgracia, la pequeña historia de la ciencia se la encargaron a William Bynum, un veterano historiador de la medicina que, a la vista de su libro, uno duda de si no tendría una incipiente demencia senil (falleció en 2013). Eso explicaría que para él los fotones tengan masa (pg 255), o que, en sus propias palabras, “si un cuerpo, por ejemplo la Tierra, es muy grande y el otro, por ejemplo una manzana, es muy pequeño, la Tierra asumirá casi toda la fueza de atracción”. Como Ortega, pero con una sintaxis más confusa.

1.     Manualito de imposturología física, de Fernando Vallejo.

manualito_vallejo

Seguro que los habituales de este blog ya se lo imaginaban: el number one sólo podía ser este disparate de proporciones épicas, que demuestra que para ser un escritor de prestigio y publicar en la misma editorial que Adorno, Benjamin, Chomsky, Darwin, Eliade, Freud… (y podría seguir con todo el alfabeto) no resulta inconveniente, es más, parece una ventaja, ser un perfecto…

…bueno, mejor me ahorro el adjetivo y les remito al post que le dediqué en su día a este bodrio.

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Slow tech

Prometo olvidarme del tema del SP por una larga temporada… Pero antes de desconectarme este puente quería dejarles un vídeo que en mi opinión da en el clavo. Está en ingles, pero aquí viene el texto, más o menos.

Joe Kraus no es ningún ludita sino un empresario de internet. Eso creo que da mucho valor a sus palabras.

Más sobre slow tech en slowtec.org, en esta página (con referencia a los hijos) y en este artículo de El País.

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Devociones 2.0

[Con tanto hablar del esmárfonoDon Alejo), me he acordado de esta nota que tenía en borrador hace mucho tiempo. Hay cosas más sustanciosas en los comentarios del post anterior, pero ya hemos superado los 100 y quizá es hora de mudarse a un lugar más despejado…]

* * *

Creo que desde que se inventó el cigarrillo no ha habido una innovación que haya tenido más repercusión en el gesto. Me refiero al teléfono móvil, o más bien al Smartphone. Las chicas casi siempre lo llevan en la mano y lo acarician a menudo, con las uñas pintadas. Los jóvenes escriben mensajes con los dos pulgares. La gente lo mira de camino a la estación, a riesgo de tropezarse, y en el tren siguen mirándolo. Ya sentados, juegan a una especie de Tetris o Buscaminas [ahora sé que es el Candy Crush], ¡y algunos hasta se lo pegan a la oreja y hablan por él!

TrozoMovil

La figura se completa con los auriculares, enormes en los adolescentes (un evidente símbolo de estatus, como la cornamenta de los ciervos), a menudo casi invisibles en los adultos. Va siendo raro, de camino al trabajo, cruzarse con alguien que lleve las manos libres y los oídos descubiertos.

En el cercanías ahora casi todo el mundo lee, pero no libros sino móviles. Recién desayunados, sin faltar un día cumplen con el rito de mirar el Facebook. Sostienen el Smartphone como un breviario para la liturgia de las horas.

La liturgia original, claro, era otra cosa. Marcaba el ritmo del día, interrumpía lo contingente para centrarse en lo esencial, focalizaba la atención con el silencio. Estas devociones 2.0 hacen exactamente lo contrario. Descentran, son un ruido aleatorio que desenfoca y dispersa. Se parecen mucho más al cigarrillo que al breviario: son una adicción.

Pero no creo que acabemos reaccionando contra ellas, como pasó con el tabaco. La salud de la mente siempre nos ha preocupado mucho menos que la del cuerpo.

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La epidemia del SP

Traduzco y resumo un artículo reciente de The New York Chronicle:

El último informe del NYISR (New York Institute for Social Research) ha hecho sonar las alarmas sobre el SP [pronúnciese es-pii] en barrios como Harlem o el Bronx, en los que el consumo de esta sustancia se ha disparado y alcanza una prevalencia que supera el 90%. Pese a que el SP era desconocido hace sólo diez años, una amplia mayoría de los encuestados lo consideran un elemento “imprescindible” en sus vidas, hasta el punto de que un 40% de los encuestados en Harlem reconoce estar casi continuamente bajo sus efectos, y otro 40% consumirlo varias veces al día. Esta dependencia está produciendo disfuncionalidades importantes. Casi el 70% de los consumidores reconoce que se ha deteriorado la comunicación con sus padres o hijos, y el 52% admite que el SP es una causa frecuente de conflictos en la familia. (…)

Quizá lo más preocupante del informe del NYISR son sus hallazgos relativos a niños y adolescentes. Coincidiendo con el auge del consumo de SP, la edad de iniciación se ha reducido drásticamente: en muchas áreas de la ciudad la media está en los 12 años, mientras que a los 16 la prevalencia del consumo es virtualmente del 100%. Las consecuencias del abuso continuado desde edades tan tempranas son una incógnita, pero ya es observable un aumento acentuado de los trastornos por déficit de atención. “La inmensa mayoría de nuestros problemas de disciplina están ligados directamente al SP”, afirma Selma Velasquez, directora de la Lincoln High School de East Harlem. “El SP está estrictamente prohibido en las aulas, pero nos vemos impotentes para atajarlo. Los alumnos lo consumen incluso delante de los profesores. Lo que es peor, hemos tenido casos de profesores que lo consumen delante de los alumnos”.

Hay que aclarar, para los lectores españoles, que el SP es legal en los EEUU. Más aún, se pueden encontrar tiendas que venden SP casi en cada esquina, y muchos economistas consideran que el boom del SP está siendo un factor clave para la recuperación de la economía norteamericana. El presidente Obama ha lanzado recientemente la iniciativa SP iS Prosperity para aumentar la penetración del SP en todos los ámbitos de la administración pública.

* * *

A estas alturas ya lo habrán entendido ustedes, pero creo que no está de más aclarar que el malévolo SP [pronúnciese es-pii] es un acrónimo de SmartPhone (¿qué mismo da una sustancia que un dispositivo?). El New York Chronicle no existe y me he inventado el artículo de cabo a rabo. Me he inventado el artículo, pero no los datos, que no se refieren a Harlem sino a España. Los he sacado del último barómetro del CIS (preguntas 16, 17 y 41) y de alguna otra referencia en la web. Lo de Selma Velasquez se lo he oído a más de un amigo profesor de instituto.  Y en cuanto a la iniciativa del presidente Obama, es totalmente imaginaria… pero algo por el estilo habrá hecho, seguro.

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Qué me está interesando estos días de Semana Santa

Seamos sinceros: a lo que me estoy dedicando es a ordenar la casa y a recomponer una vida cotidiana que llevaba varios meses bajo mínimos, asfixiada por un trabajo que se expandía semana tras semana hasta ocupar todo el volumen disponible.

Pero si hablo de lo que, además de importarme a mí, puede interesarles a ustedes, da la casualidad de que tengo tres sugerencias muy apropiadas para este tiempo de Semana Santa.

Impenitente, de Francis Spufford

Spufford_Impenitente¿Un libro de apologética con palabrotas?¿Una defensa del cristianismo elogiada por el New York Times?¿Y publicada en España en una selecta editorial del mainstream cultural en lugar de en el gueto de Sal Terrae o Verbo Divino?

Impenitente (Unapologetic) debe ser un libro singular… y lo es.  Aquí  tienen el principio:

Mi hija acaba de cumplir seis años. En algún momento del año que viene descubrirá que sus padres son raros. Son raros porque van a la iglesia. Esto quiere decir que según vaya creciendo cada vez más voces le dirán qué significa eso, y se lo dirán cada vez más fuerte, y cuando llegue a la adolescencia se lo gritarán en el oído. Quiere decir que creemos en absurdeces de la Edad del Bronce. Quiere decir que no creemos en los dinosaurios. Quiere decir que somos dogmáticos. Que nos sentimos moralmente superiores. Que somos fetichistas del dolor y el sufrimiento. Que defendemos un buenismo insípido. Que prometemos un paraíso en el cielo a los oprimidos.

And so on, dos páginas enteras de “ques…” que terminan así:

Pero, mira tú por dónde, estas no son las malas noticias. No son más que las objeciones de gente a quien la religión le interesa lo suficiente para buscar objeciones serias o para tomar prestada una colección de objeciones recreativas de Richard Dawkins o Christopher Hitchens.(…)

No: el mensaje de verdad doloroso que recibirá nuestra hija es que somos un incordio. Para la mayoría de los que no son nuevos ateos o viejos ateos y no sienten ninguna pasión por el asunto, ni negativa ni positiva, los creyentes no somos raros porque seamos malvados. Somos raros porque somos inexplicables, porque no habiendo ninguna necesidad, tal como puede ver cualquiera con dos dedos de frente, nos comprometemos con una serie de costumbres incómodas y absurdas que desentonan con el fondo de la vida moderna, que llaman demasiado la atención, y no precisamente por su importancia o sus principios o porque merezcan respeto, sino más bien como esas personas que se visten de una forma horrenda y nos hacen parpadear, mirar a otro lado y preguntarnos si la persona en cuestión tendrá alguna deficiencia cerebral. Los creyentes son gente con el pelo cortado a tazón que lleva anorak en agosto y usa jerséis de lana de color vómito hechos a mano. O, pasando de la metáfora de la indumentaria al terreno de los elementos conductuales en los que en realidad se basan nuestros juicios, los creyentes son gente que intenta incluir a Jesús en la conversación en medio de una fiesta; gente que no sabe dónde meterse y que daría lo que fuera por portarse como seres humanos normales; gente siempre empeñada en crear un silencio solemne que invita a eructar o a tirarse un pedo, a un poco de subversión. Los creyentes somos gente que, las raras veces que alguien no tiene más remedio que escucharnos, por ejemplo en una boda o un funeral, aprovechamos la ocasión para derramar en los oídos ajenos el remedo de una ingenua función navideña de colegiales. Y además de ser infantiles y rastreros y solemnes y torpes, nos asociamos voluntariamente con una ortodoxia casposa y pasada de moda, con una Autoridad que ha perdido toda su autoridad. No hay nada tan triste –desde el punto de visto del estilo– como el gusto que predominaba antesdeayer.

No sé si una diatriba como esta les da ganas de leer el libro (pueden continuar aquí) o de salir corriendo. A mí, que no lo conocía de nada, me bastó para comprarlo inmediatamente.  Ahora que me queda poco para terminarlo, ¿cuál es mi opinión? Como diría Fermat, la respuesta es demasiado larga para caber en este margen. Sólo tres palabras: merece la pena.

La gran alianza, de Jonathan Sacks

Sacks_LaGranAlianzaOtra defensa de la fe escrita por un británico de Oxbridge, pero en algunos aspectos diametralmente opuesta a la de Spufford. Lo de Sacks no es un panfleto sino un ensayo mesurado y racional, con 20 páginas de bibliografía y más aún de referencias, aunque muy ameno y más fácil de leer que la prosa torrencial de Spufford. Sin una sola palabrota, por supuesto, como corresponde a un miembro de la cámara de los Lores que es nada menos que el Rabí Jefe Emérito de las Congregaciones Hebreas Unidas de la Comonwealth (Wikipedia dixit: sea lo que sea, parece bastante impresionante).

Sacks, a diferencia de Spufford, no pretende hacer una “defensa emocional de la fe” sino defender la compatibilidad de Ciencia y Religión, como dos puntos de vista válidos, complementarios, y necesarios si queremos tener una visión binocular de la realidad: la Gran Alianza a la que se refiere el título. No es ni el segundo ni el tercer libro que leo con ese argumento, así que no me entusiasmó demasiado cuando me lo regalaron. Pero ahora, metido ya en su lectura, me está sorprendiendo favorablemente. Aunque el énfasis de Sacks está en el sustrato común las tres religiones abrahámicas, su punto de vista judío le da un matiz de novedad y frescura para mí. Tiene además un don para la claridad: es un filósofo extremadamente cortés. Y resulta que lo que dice me resulta muy cercano. Modestia aparte: creo que Sacks no está muy lejos de mis Theological Investigations.

Calvary, de John Michael McDonagh

Y finalmente una película. He hablado muy poco de cine en este blog, y no porque no me guste (me gusta mucho) sino porque tengo muy mala memoria para los argumentos, y al final lo que me queda de una película, olvidados en seguida todos los incidentes de la historia, es una sensación difusa que es difícil de comunicar y probablemente no diga nada a nadie más que a mí.

Con Calvary es distinto porque la he visto hace tres días, y porque, además, no voy a contar nada de la historia (sería inevitablemente hacer un spoiler). Calvario -no sé por qué no han traducido el título, que es singularmente apropiado- es una película irlandesa, de bajo presupuesto, con un protagonista para mi desconocido y que llena la pantalla durante cien minutos. Después de verla he leído bastantes críticas, y veo que encuentran en ella muchas cosas: dicen que es una comedia negra o que tiene rasgos de película de misterio, buscan afinidades con Tarantino o Hitchcock… El director la ha definido, sin duda un poco en broma, como “basically Bresson’s ‘Diary of a Country Priest’ with a few gags thrown in”.

Para mí, por debajo de muchas cosas interesantes pero a la postre superficiales, Calvary es una meditación sobre el pecado y sobre la virtud. En especial, sobre la virtud que más importante le parece al protagonista: el perdón. Una meditación intensa, ácida y sincera, que te deja tocado, que no se olvida al día siguiente. Una película que debería ver todo cristiano… y también todo ateo

Vayan a ver Calvary y no lean antes a los críticos. Y mejor, tampoco vean los trailers: déjense sorprender.

* * *

Postdata: Decía arriba que ahora estaba ocupado recomponiendo la vida cotidiana. También tengo que recomponer la vida del blog. Espero, poco a poco, ir haciendo los deberes.

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Mi hija y la yihad

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Ya se ha dicho casi todo sobre la matanza de Charlie Hebdo, pero faltaba la opinión de mi hija. Ahora tiene diez años, y esto es lo que ha escrito en su diario.

Ya está.

 

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El ángel de Klee

AngelDePaulKlee

¿Y si, al fin y al cabo, no todo ángel fuera terrible? Creo que eso es lo que nos dice, todos los años, la Navidad: el ángel de Klee triunfa sobre el de Rilke.

Feliz Navidad, también en 2014.

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Alexandre Grothendieck, in memoriam

No lo encontrarán en los periódicos españoles, pero yo se lo cuento. Ayer falleció uno de los grandes genios del siglo XX: el matemático Alexandre Grothendieck. Tenía 86 años y desde 1991 vivía solo en un pueblo del Pirineo francés (ahora se ha sabido que era Lasserre, 200 habitantes, a unos 30 km del valle de Arán). No sé si Grothendieck fue el mayor matemático del siglo XX, como dice hoy Le Monde, pero seguramente fue el más carismático, como ya conté aquí.

Grothendieck con 20 años. Sacado de la necrológica de Liberation

Hijo de padres anarquistas que huyeron primero de Rusia y luego de Alemania, lucharon con la República en la Guerra Civil y fueron internados en la Segunda Guerra Mundial (su padre murió en Auschwitz), acabó el bachillerato en 1944, y se matriculó en matemáticas en Montpellier.

No sacó muy buenas notas, pero llamó la atención de un profesor que le recomendó a ir a París. Allí Henri Cartan le puso en contacto con Laurent Schwartz y Jean Dieudonné, que, no sabiendo muy bien qué hacer con él, le plantearon una lista de 14 problemas no resueltos que eran un resumen de todo su programa de trabajo para los próximos años. Grothendieck tenía que elegir uno para trabajar sobre él y demostrarles que tenía madera de matemático.

Unos pocos meses más tarde, Grothendieck se presentó de nuevo a sus maestros: los había resuelto todos.

Schwartz y Dieudonné habían encontrado a un genio. Pero no era fácil retenerle. Grothendieck era apátrida y no podía acceder a un puesto de profesor en la Universidad. Antimilitarista acérrimo, se negaba a hacer el servicio militar (no se nacionalizaría francés hasta los años 70). Pasó unos años enseñando en Brasil y los EEUU, hasta que un industrial aficionado a las matemáticas, Léon Motchane, creó un centro privado, inspirado por el Advanced Study Institute de Princeton, en el que la única obligación y el único requisito eran investigar. Dicen que fue su admiración por Grothendieck, que entonces sólo tenía 27 años, lo que le motivó. El caso es que el genio apátrida desarrolló en el Institut des hautes études scientifiques (IHES) casi toda su carrera. En 1966 recibió la medalla Fields (para ser exactos, la recogió Motchane, pues Grothedieck se negó a ir a Moscú en protesta por el tratamiento que daba la URSS a los disidentes políticos).

Y este aspecto insobornable, comprometido, es lo que hace que Grothendieck sea más fascinante aún. Cada vez más descontento con el mundillo académico, se fue volcando en el activismo ecologista y pacifista, en sus reflexiones introspectivas, en el estudio de los sueños, que para él eran un camino hacia Dios. El artículo que le dediqué hace tiempo decía que “Se cree que vive solo, en un lugar aislado del Pirineo francés, y que trabaja en un manuscrito de miles de páginas sobre la física del libre albedrío y el problema del mal.”

Parece que Grothendieck quería, como Kafka, destruir sus manuscritos y que su obra se dejara de reeditar y despareciera de las bibliotecas. Ojalá la muerte no le haya dado tiempo a hacerlo: descanse en paz.

(Gracias a Tintín, que me avisó. Recomiendo la lectura de las necrológicas de Le Monde y Liberation; más posts sobre Grothendieck en ese blog aquí)

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El chupete de Guille y el espejismo materialista

Después de discutir (durante muchos años ya…) en este blog sobre las Grandes Cuestiones de La Vida El Universo Y Todo Lo Demás, he llegado a la conclusión de que hay una línea divisoria que es quizá más significativa que la que separa a creyentes de ateos, progresistas de conservadores, u optimistas (antropológicos) de pesimistas. De un lado de esa línea están quienes no encuentran ningún problema en la visión científica estándar. De otro lado están los que sienten frío: una íntima desolación que a menudo no saben articular, pero que puede llevarlos a rechazar la ciencia en bloque y a volverse a la religión (clásica o, más frecuentemente, en alguna versión new age).

Quizá lo que me distancia de mis colegas científicos, y lo que distingue este blog de otros, es que yo estoy de este lado. No porque rechace la ciencia, claro. La ciencia es maravillosa, pero la visión del mundo que se nos suele presentar como científica es problemática. Lo es porque reduce el mundo a cantidad, a materia y movimiento. Y por mucho que hayamos refinado el concepto de materia desde la res extensa de Descartes, sigue sin tener hueco para la libertad, el valor o el sentido: todo lo que constituye el mundo humano.

Seguramente donde se ve más claro esto es en la cuestión del libre albedrio, que discutimos hace unos meses aquí. El cientifista (pues cientifismo es el nombre preciso de la “visión científica estándar”), si es honrado, tiene que reconocer que no hay tal cosa: somos robots húmedos, y la libertad es un espejismo. No sólo la libertad, claro. En realidad, para el cientifista todo lo que constituye nuestro viejo y querido mundo son espejismos (aunque cuando escribe libros, prefiere desenmascarar sólo a uno de ellos, Dios: sería antipático explicar que el amor, la bondad, la libertad o incluso la razón son delusions, too).

¿Cómo puede el cientifista seguir su vida como si tal cosa y creer a la vez que es un robot? Generalmente, manteniendo vida y fe en compartimentos estancos. Es decir, haciendo justamente eso de lo que suele acusar a los científicos creyentes (que según él, levantan una pared impermeable entre el laboratorio donde trabajan entre semana y la iglesia a la que acuden el domingo).

Pero si el cientifista no se escabulle y mira de frente su carencia de libre albedrío, seguramente suscribirá lo que ha escrito Epicúreo en algún comentario de este blog (por ejemplo, aquí): tal cosa no tiene importancia, porque yo me siento como si fuera un agente libre, y eso es lo que importa. Igual que no me voy a marear por aprender que la Tierra gira, no voy a vivir como un robot por saber que lo soy. Afirmando esto, levantamos un muro entre “lo que el mundo realmente es” y “lo que yo debo hacer en el mundo”, y postulamos que es impermeable: compartimentos estancos, una vez más, pero al menos asumidos conscientemente y justificados con un argumento.

El problema es que esta justificación no funciona. No es verdad que no haya diferencia práctica (o pragmática) entre las dos visiones del mundo que, por simplicidad, voy a llamar del alma (la vieja visión de origen judeocristiano en la que somos agentes libres y responsables) y del robot (el determinismo cientifista). Estoy de acuerdo en que esa diferencia será mínima en lo que se refiere a nuestra actitud para con nosotros mismos, porque ciertamente nos vamos seguir percibiendo como libres. Descubrir que no lo somos sólo va a perturbar a unas pocas almas (¡perdón! ¿deberíamos decir máquinas?) incurablemente filosóficas. William James fue una de ellas, pero no abundan los William James. Casi todos vivimos de acuerdo con nuestros instintos y percepciones inmediatas, y sólo buscamos la verdad cuando nos interesa.

Ahora bien, ¿qué pasa con nuestra actitud ante los demás? Descubrir que no son más que máquinas convierte toda su actividad, todas sus idas y venidas, sus necesidades y demandas, en un espejismo. Todo el drama que se desarrolla cada día ante nuestros ojos pasa a ser una ilusión óptica, igual que el juego de puntos brillantes que bailan en la pantalla de la TV parece un rostro que ríe o que llora. Saber que no es real no nos impide emocionarnos con la película, ciertamente. Pero si nos empieza a aburrir cambiamos de canal, y si nos hartamos del televisor lo tiramos y compramos otro nuevo. A la hora de la verdad, actuamos de acuerdo con la lógica que resulta procedente según nuestros conocimientos de lo que el televisor es. Mientras estamos viendo la película la suspensión de la incredulidad funciona como un muro entre lo que el mundo es y cómo actuamos ante él: podemos incluso llorar con las desventuras de la protagonista; pero es un muro provisional y utilitario, que  se esfuma en cuanto nos conviene.

Mientras el materialismo sea una idea con poco arraigo en la sociedad, esto no se va a notar apenas. Igual que los nuevos ricos siguen actuando como pobres, los nuevos materialistas aún no han aprendido a vivir como les corresponde. Aún miran el espejismo de la vida como Guille mira la TV:

Guille_TV

Pero no es más que cuestión de tiempo. Inevitablemente, Guille crecerá. Si la visión científica estándar se impone, dejaremos de ofrecer nuestro chupete a esas sombras que danzan en la pantalla. Habremos aprendido que basta con apagar la TV.

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Hawking again (naturally)

A veces tengo insomnio, y la noche del sábado ha sido de las peores. A las cuatro de la mañana, después de probar de todo, pongo el ordenador y me encuentro con una noticia que me desvela definitivamente: No hay ningún Dios. Lo dice El Mundo en un titular que ocupa toda la página. ¡Esto sí que es la noticia más importante de todos los tiempos! (debía de ser por eso por lo que no pegaba ojo).

Menos mal que el susto dura un milisegundo porque la frase va entrecomillada y debajo, más pequeño, veo el nombre de Stephen Hawking y su foto… A mediodía, cuando se me ocurrió hacer una captura de pantalla, el titular ya ponía su nombre por delante, aunque seguía ocupando las tres columnas de la web de El Mundo:

Captura de pantalla El Mundo 2014-09-21Hawking again! (naturally). Qué cansino es este hombre, piensa uno. Se ve que en el sintetizador sólo tiene grabadas unas pocas frases y por eso dice siempre lo mismo…

Pero, bien pensado, la culpa no es suya sino del periodista, o en última instancia, del público, que es el que paga. Lo interesante de la noticia no son las opiniones de Hawking sobre Dios (tan cualificadas como las que tenga sobre la independencia escocesa o la cría de la trucha), sino la importancia que le damos.

A Hawking le damos importancia no porque sea un físico destacado sino por otra cosa. Es el único científico que ha llegado a personaje de Los Simpson, y en ese Olimpo Pop no se entra por méritos científicos, sino por ser un icono mediático. Y Hawking es un icono perfecto: postrado en una silla de ruedas (como el Dr. Strangelove) y  deformado por la enfermedad (admirable-ejemplo-de-superación) habla sobre el origen del universo (ciencia=trascendencia) con la voz metálica de un sintetizador (¡escalofriante!).

simpsons-stephen-hawking Hawking resuena a las mil maravillas con la concepción popular de la ciencia: los científicos son friquis y Hawking es lo más friqui que uno pueda imaginar. Cada una de sus apariciones es una performance, con su cuerpo inerte llevado en volandas o flotando ingrávido; cada una de sus entrevistas se anuncia como una exclusiva excepcional, aunque aparezcan con frecuencia… (hace un año salía otra el El País semanal).

En realidad, Hawking está siempre en los medios. Y esas es la clave, porque el sesgo de disponibilidad hace el resto: para el editorialista de El Mundo,  “es probablemente el mejor científico de este siglo”, y por eso “sus afirmaciones despiertan y merecen especial interés”.

No es que Hawking sea “probablemente el mejor científico de este siglo”. Es que es, seguramente, el más famoso. Pero su fama se debe a factores extracientíficos: uno no se hace famoso por ser un gran científico. Ahí tienen ustedes, por ceñirnos a los físicos vivos, a Freeman Dyson, Steven Weinberg, Murray Gell-Mann, Gerardus ‘t Hooft, Leonard Susskind, Alan Guth o Ed Witten. ¿Quién los conoce?

O ya puestos, ahí tienen a Juan Maldacena, para muchos es el físico vivo más brillante, que ha llevado a una nueva frontera nuestra comprensión de los temas que exploró, precisamente, Stephen Hawking (demostrando, de paso, que estaba equivocado en un punto fundamental). Maldacena es argentino y, vaya por Dios, se ha declarado católico. Quizá por católico, por argentino (o porque a nosotros en realidad nos importa un rábano la ciencia), un perfecto desconocido en España.

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P.S.1: No digo que lo que crea Maldacena tenga que ser más válido que lo que crea Hawking. Sin saber cuánto ha leído y pensado sobre estos temas sus opiniones sobre religión podrían ser tan fundadas como sus opiniones sobre la cría de la trucha. Lo que habla bien del argentino es que, a diferencia del británico, no va por ahí pontificando sobre un tema que no es el suyo. Ya saben: los que saben no hablan, los que hablan no saben.

P.S.2: Por si hay gente susceptible leyendo esto: desgraciadamente, por motivos familiares, conozco de cerca la enfermedad de Hawking. Nada más lejos de mi intención que despreciar a los que la padecen.

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