Repasando mis lecturas del semestre (que ya están aquí) veo que hay varios libros difíciles de encontrar (y que, al haber leído en el Kindle, se me han borrado casi del recuerdo…), y echo en falta alguno que no terminé pero que no estaría mal mencionar, a modo de aviso a navegantes. Así que en vez de reseñarlos todos, voy a recomendar tres y a censurar tres. Y para que no sepa a poco, daré un juicio muy breve sobre otros seis.
Tres que sí:
La fórmula, de Albert-Laszlo Barabasi. Tiene una portada espantosa y probablemente usted se lo encuentre en la sección de morralla-para-aspirantes-a-triunfador, así que lo más normal es que no se le ocurra ni acercarse a este libro. Craso error. Barabasi, un pionero en el estudio de las redes, es uno de los físicos más citados (índice h de 139), y últimamente ha enfocado las herramientas de la ciencia de la complejidad y el big data a problemas tan mundanos como el éxito. “Después de cosechar montones de datos sobre los logros humanos” -dice en el prólogo-, “hemos descubierto la forma de desmontar el concepto hasta los elementos más simples y estudiar su funcionamiento. El objetivo era concebir el éxito como un problema matemático que los físicos y los informáticos, gracias a las implacables herramientas de la ciencia cuantitativa, podrían resolver de manera definitiva”. No creo que lo haya resuelto de manera definitiva, pero plantea cinco intrigantes “leyes universales del éxito” y lo cuenta muy bien (al estilo de Malcolm Gladwell, para que se hagan una idea).
Un superviviente, de Moriz Scheyer. Hay muchísima literatura sobre el holocausto, pero este libro es especial por varios motivos. Primero, porque a Scheyer la persecución a los judíos le pilló mayor. Cuando abandonó Austria tras la ocupación alemana en 1938 tenía cincuenta y dos años, era un célebre crítico literario, amigo de Stefan Zweig y editor de la sección de arte del diario más importante de Viena. Su mirada no es la misma de la de un joven como Primo Levi o una niña como Alicia Appleman-Jurman. Segundo, porque su peripecia parece mucho menos dramática: pudo escapar a tiempo y con dinero de su país y no llegaron a internarle en un campo de concentración. Pero quizá por eso resulta más cercana y más amarga; más cercana también por la inmediatez de la escritura: Scheyer escribe los acontecimientos casi en directo, lo que no va en perjuicio de una lucidez insólita. Y finalmente, porque a la peripecia del autor hay que añadir la del propio libro. Scheyer murió en 1949 sin llegar a publicarlo, y el manuscrito fue destruido por su hijastro. En 2005, sin embargo, su nieto descubrió por casualidad una copia en el desván, y lo tradujo al inglés.
En defensa de la ilustración, de Steven Pinker. Para que nadie pueda tacharme de sectario, aquí estoy recomendando un libro con el que no estoy de acuerdo. O no del todo. Como he dicho más de una vez, Pinker es el primero de la clase, y en este libro es como una apisonadora machacando a todo el que niegue que el mundo va cada vez mejor y que eso se lo debemos al triunfo de los valores ilustrados. Me llevaría demasiado espacio explicar mis desacuerdos, y seguro que no sería tan convincente como Pinker, así que sólo doy una pincelada. Creo que le ocurre lo mismo que a su santo patrón, J. Stuart Mill (este libro me llevó a leer su famoso Sobre la libertad): es tan inteligente que no comprende la materia de la que está hecha la vida humana.
Tres que no:
El tiempo regalado, de Andrea Köhler. Fui a la feria del libro, y en la caseta de Libros del Asteroide piqué con éste, que tiene unas críticas muy halagadoras y va por la quinta o sexta edición. No me lo explico: empiezo a sospechar que hay una intelectualidad cursi para la que están hechos a medida estos libros, breves y que te hacen sentirte más refinado y, qué demonios, mejor que esa patulea que lee a Stephen King (otro ejemplo, aunque es un libro mucho mejor que éste: La utilidad de lo inútil de Nucio Ordine). Köhler no dice nada y lo dice fatal: su prosa es un engrudo del que, por pensar bien, quizá tenga parte de culpa el traductor. No fui capaz de pasar de la página veinte.
La imaginación conservadora, de Gregorio Luri. Realmente quería que me gustara este libro: aprecio a Gregorio Luri desde que descubrí, hace muchos años, su blog; y me ha alegrado ver que se iba convirtiendo en un intelectual público, diciendo cosas muy sensatas sobre educación (su libro Mejor educados, es, además, muy divertido). Se echa además en falta en España un pensador político conservador, y Luri parecía bien cualificado para ello. Desgraciadamente, aquí ha pinchado. Tiene a menudo frases brillantes, pero el todo es mucho menos que la suma de las partes: deslavazado y sin un argumento claro, me ha costado terminarlo. Háganse un favor: lean en su lugar a Oakeshott.
La catedral de Turing, de George Dyson. Hacía tiempo que quería leer este libro. Soy el fan nº1 de Freeman Dyson, y aquí su hijo George cuenta el origen de la era digital en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, donde su padre fue muchos años profesor y él pasó su infancia: un punto de partida original, que prometía un punto de vista único. Que además el fascinante John von Neumann fuera el virtual protagonista lo hacía más interesante. Pero George Dyson resulta a menudo difícil de seguir, se pierde en detalles, y hay muy pocos recuerdos personales. No es que sea un mal libro, pero el esfuerzo de leerlo sólo compensará a quienes tengan un interés muy marcado por la historia que se cuenta aquí.
Y de propina…
Seis telegramas (o seis tuits, ¡que estamos en 2019!):
- Serotonina: no es lo mejor de Houellebecq, pero no importa: como siempre merece la pena.
- Los años de peregrinación del chico sin color: tampoco es lo mejor de Murakami, y aquí sí importa. No estaría mal si lo hubiera terminado…
- Retrato de un hombre inmaduro: no se me alcanza por qué Luis Landero, un magnífico escritor, ha publicado esto. Insustancial y sin rumbo.
- The coddling of the American mind: Jonathan Haidt, como siempre, imprescindible, aunque aquí trate un tema un tanto local y resulte un poco plano (quizá la culpa de la prosa sea del coautor, Greg Lukianoff).
- Homo Deus: Harari ataca de nuevo. Muy inteligente, y a veces un poco repulsivo. Preocupante lo que cuenta, y preocupante que sea un best-seller.
- Aprender a vivir y a pensar: Jean Guitton era un sabio. Lo demuestra en este librito, así que le perdonamos que sea (muy) francés.





