¿Qué hacemos con todo esto?, decía al final del post anterior. Es decir, ¿qué hace uno después de que John Gray haya demolido todos nuestros valores en Perros de paja? No parece que uno pueda simplemente cerrar el libro y pasar a otra cosa.
Hay aspectos en los que Gray me parece particularmente lúcido. Especialmente, al señalar que, bajo su máscara, el progresismo secular no es más que otra religión, y una que requiere más fe que las tradicionales. Y que puede ser más nociva, al hacerse una imagen del hombre singularmente alejada de su verdadera naturaleza, que tiene poco de racional (es el tema del fracaso de la ilustración, del que hablaba aquí hace no mucho).
También son memorables muchas observaciones sobre el mundo actual, como ésta:
Los días en que la agricultura dominaba la economía hace tiempo que pasaron. Los de la industria casi han acabado. La vida económica no está ya dirigida primordialmente a la producción. ¿A qué está dirigida entonces? A la distracción.
El capitalismo contemporáneo es prodigiosamente productivo, pero el imperativo que lo mueve no es la productividad. Es mantener a raya el aburrimiento. Donde la prosperidad es la regla, la principal amenaza es la falta de deseo. Con las apetencias tan rápidamente saciadas, la economía pronto viene a depender de la manufactura de necesidades cada vez más exóticas.
Lo nuevo no es que la prosperidad dependa de estimular la demanda. Es que no pueda continuar sin inventar nuevos vicios. El motor de la economía es un imperativo de perpetua novedad, y su salud ha llegado a depender de la manufactura de la transgresión. El espectro que nos persigue es la superabundancia –no sólo de bienes físicos, sino de experiencias que han palidecido. Las nuevas experiencias se quedan obsoletas antes incluso que los nuevos productos.
Sin embargo, el libro me ha parecido, a la postre, fallido. Porque es a la vez demasiado radical y poco radical. Demasiado radical parece obvio: ya hemos visto que no deja títere con cabeza. ¿Por qué poco radical? Porque tras demoler todas nuestras certezas y proclamar que los valores religiosos, humanistas, tradicionalistas o progresistas son igualmente inanes, Gray parece renunciar a sacar las consecuencias. Y el libro, que debería terminar con una traca final en la que estallara toda la dinamita que ha esparcido por sus páginas, acaba en tono menor, not with a bang but a whimper:
Otros animales no necesitan un propósito en su vida. El animal humano, una contradicción en sí mismo, no puede prescindir de él. ¿No podemos pensar que el objeto de la vida es simplemente mirar?
A mi esto me parece escurrir el bulto. Gray ha descubierto que no sólo Dios es un espejismo, como dice Dawkins, sino que todos nuestros valores lo son igualmente. Pero tal descubrimiento, si llega al gran público, supondría el fin de toda moralidad, y seguramente la vuelta a la ley de la selva (algo muy apropiado, si realmente somos sólo animales). Una cuestión que debería abordar, entonces, es: ¿este peligroso conocimiento puede hacerse público, o debe mantenerse en secreto, confinado a un círculo de iniciados, los herederos del Gran Inquisidor de Dostoievski?
Gray parece que va a aludir a ello al final del segundo capítulo:
Los antiguos filósofos buscaban la tranquilidad de espíritu a la vez que decían buscar la verdad. Quizá nosotros deberíamos ponernos un objetivo diferente: descubrir qué espejismos podemos dejar atrás y cuales no podremos nunca eliminar. Seguiremos siendo buscadores de la verdad, más aún que en el pasado, pero renunciaremos a la esperanza de una vida sin espejismos. Por tanto, nuestro objetivo será identificar nuestros espejismos invencibles. ¿De qué no-verdades podemos desprendernos, y cuales nos resultan imprescindibles? Esa es la cuestión, ese es el experimento.
(he traducido “illusion” por “espejismo”, aunque sea un poco forzado, porque “ilusión” en español es algo muy distinto de “illusion”).
Esta es una idea sugerente y a la vez paradójica, que parece que va a acercarnos a Pascal y Vaihinger. Desgraciadamente, Gray no la desarrolla. O quizá lo hace oblicuamente: el tercer capítulo es un desfile de horrores, desde el genocidio de los tasmanos a los campos de Kolyma. Tener esa elevada moralidad, cristiana o progresista, no sirvió de nada para evitarlos. Es más, “el progreso y el asesinato en masa van de la mano”. Y, en realidad, las únicas virtudes dignas de tal nombre, las virtudes socráticas de justicia, prudencia, moderación, valor… derivan en el fondo de nuestras necesidades animales, y no de ningún código moral. La moraleja parece ser que quizá el fin de toda moralidad no fuera tan grave, porque al fin y al cabo la ley de la selva no es mucho mejor que lo que hemos tenido.
Digo “parece ser”, porque la idea no se formula así en el libro. A partir de aquí, más o menos en el ecuador, se va desarticulando y es cada vez más una colección de textos breves, brillantes casi siempre, pero que no desarrollan una tesis coherente.
¿Y qué hace uno con esto?, decía yo al principio del post. Para mí, lo más interesante de Gray es que ilustra espléndidamente lo que sucede si se toma en serio la visión cientifista del mundo. Gray aduce argumentos científicos para sustentar su rechazo del libre albedrío y su minimización del yo. En realidad, toda su destrucción de valores es la que practica la ciencia, en cuya visión del mundo no existen las nociones de “derechos”, “responsabilidad”, “moralidad”, “dignidad”, etc. Pero la ciencia no nos lleva a necesariamente a adoptar la postura de Gray, si caemos en la cuenta de que el hecho de que tales cosas no aparezcan en la ciencia no significa que no existan. Simplemente, la ciencia no trata de ellas porque así son sus reglas del juego, pero no dice nada sobre su existencia o inexistencia. Las excluye metodológicamente, no metafísicamente. Hay otros muchos modos de conocimiento válido que no son científicos, y que nos pueden convencer de la realidad de tales cosas.
Quienes no aceptan más camino al conocimiento que la ciencia, es decir, los cientifistas, sí deberían sostener que tales cosas, que presuntamente nos distinguen de los animales, no existen. Lo que ocurre (y por eso me ha parecido tan interesante este libro) es que normalmente no lo hacen. Con una incongruencia pasmosa, cientifistas como Sagan o Dawkins suelen, por el contrario, pontificar sobre cuestiones morales (se limitan, por supuesto, a regurgitar la moralidad convencional de nuestra época: véanse los diez mandamientos ateos de Dawkins, que son casi enternecedores en su naïveté). Gray es mucho más honrado (o mucho menos ingenuo) y ha ido en sus lecturas mucho más allá de Douglas Adams y Terry Pratchett. Conoce la historia y la filosofía de occidente, y sabe los valores “laicos” que estos autores cortejan no son más que cristianismo enmascarado. Y que si la ciencia desmiente al cristianismo, desmiente igualmente a esos valores (Gray publicó un demoledor artículo contra los “nuevos ateos”).
Admitida la premisa cientifista, creo que Gray es impecable, y sólo puedo echarle en cara, como dije antes, que a última hora eluda enfrentarse con el “bang” con el que inevitablemente su planteamiento haría saltar por los aires toda nuestra sociedad.
Afortunadamente, yo no soy cientifista. Y creo que la lección más importante que nos enseña Gray es que más nos vale no serlo.