Este post va a ser el último en una temporada. Volveré a escribir seguramente a final de mes. Junto al portátil se acumula una pila de libros de medio metro de altura, en equilibrio precario. Va siendo hora de leer más y escribir menos.
El blog tiene cada vez más éxito: cada mes, casi 150 comentarios y más de 16000 visitas (meneos aparte)…, por no mencionar algunos elogios que he leído por ahí y que me han puesto el ego como una gallina clueca. Para ser algo hecho a ratos perdidos y sin ninguna intención de interesar a nadie, no está mal.
Pero todo esto tiene su lado incómodo. En esos ratos perdidos apenas puedo responder como se merecen a los comentarios. Hay enlaces, recomendaciones y artículos que los lectores me mandan por correo que a menudo no tengo tiempo de leer (y lo malo es que casi siempre aciertan con lo que me interesa). Mientras, la pila de libros crece y amenaza derrumbarse sobre el portátil.
Escribo este blog para aprender: para aclarar mis ideas sobre temas que me interesan, para compartir lo que pienso y lo que encuentro por ahí con gente inteligente y aprender de la discusión. Pero si se convierte en una obligación pierde la gracia. Es cierto que el éxito tiene servidumbres, pero no escribo para tener éxito.
Esto me influye para poner el blog en barbecho, sobre todo ahora que tengo mucho trabajo. Pero lo decisivo es otra cosa: lo decisivo es el homúnculo.
Antes, cuando se me ocurría algo (a menudo en el cercanías) lo escribía en un cuaderno. Al escribirlo, generalmente la idea se perfilaba y adquiría matices, pero el proceso era sencillo, directo. Desde que el blog “tiene éxito” es distinto. Cuando se me ocurre algo, una parte de mí detecta un posible post y se pone en guardia: es el homúnculo. Mientras escribo, me vigila por encima del hombro, me hace tachar esto (“no viene a cuento”), reescribir aquello (“así no lo van a entender”), evitar esa afirmación (“demasiado contundente, ya sabes lo que pasa luego en los comentarios”) o incluso no publicar ciertas cosas (¡eres Pseudópodo!¿cómo vas a publicar eso?). Porque yo mantengo cierto distanciamiento con Pseudópodo, pero el homúnculo es un fan, y quiere que todo sea comme il faut.
¡Qué simple era antes todo, cuando sólo éramos dos: el papel y yo! Ahora tres son multitud, y todo el zen de escribir se va al garete. No puedes fluir con el homúnculo encima.
Por eso, en definitiva, el barbecho. Para acabar con la pila, para tener menos obligaciones, para poner en off al homúnculo. Y, en definitiva, para volver con más ganas.
Iván Illich vio que se moría y su desesperación era continua. En el fondo de su ser sabía que se estaba muriendo, pero no sólo no se habituaba a esa idea, sino que sencillamente no la comprendía ni podía comprenderla.
El silogismo aprendido en la Lógica de Kiezewetter: “Cayo es un ser es humano, los seres humanos son mortales, por consiguiente Cayo es mortal”, le había parecido legítimo únicamente con relación a Cayo, pero de ninguna manera con relación a sí mismo.
Que Cayo –ser humano en abstracto- fuese mortal le parecía enteramente justo; pero él no era Cayo, ni era un hombre abstracto, sino un hombre concreto, una criatura distinta de todas las demás: él había sido el pequeño Vanya para su papá y su mamá, para Mitya y Volodya, para sus juguetes, para el cochero y la niñera, y más tarde para Katenka, con todas las alegrías y tristezas y todos los entusiasmos de la infancia, la adolescencia y la juventud. ¿Acaso Cayo sabía algo del olor de la pelota de cuero de rayas que tanto le gustaba a Vanya?¿Acaso Cayo besaba de esa manera la mano de su madre?¿A caso el frufrú del vestido de seda de ella le sonaba a Cayo de ese modo?¿Acaso se había rebelado éste contra las empanadillas que servían en la facultad?¿Acaso Cayo se había enamorado así?¿Acaso Cayo podía presidir una sesión como él la presidía?
Cayo era efectivamente mortal y era justo que muriera, pero “en mi caso –se decía-, en el caso de Vanya, de Iván Illich, con todas mis ideas y emociones, la cosa es bien distinta. Y no es posible que tenga que morirme. Eso sería demasiado horrible”.
Dicen que cuando un general romano desfilaba victorioso, un esclavo le iba susurrando al oído memento mori: recuerda que morirás. Nosotros podemos hacer algo mejor: leer La muerte de Iván Illich. Y releerla, porque no basta una vez para comprender ese silogismo (el texto completo está aquí).
No iba a hablar más de los ZPCs, pero no puedo resistir contar esto.
Decíamos que no había evidencia empírica de que los ordenadores mejoraran los resultados académicos. Me acabo de enterar (gracias a Topo Universitario) de que sí hay evidencia, pero de signo contrario: en general, a más ordenadores peores resultados.
El trabajo lo ha hecho José María Lacasa, de la revista Magisterio, y parece impecable. Ha analizado los resultados del informe PISA 2006 para la escala de ciencias en los centros españoles y ha encontrado que un aumento de un ordenador cada 10 alumnos en un centro se relaciona, una vez correguidos los efectos de las variables socioeconómicas, con una bajada del rendimiento medio del centro de cerca de 9 puntos PISA (la media de España era de 488 puntos en 2007).
Y no sólo ocurre en España: de 18 países estudiados, se encontró una relación estadísticamente significativa (al 95%) en 7, y en 5 de ellos aumentar los ordenadores empeoraba los resultados. He hecho una gráfica para verlo mejor:
(En la gráfica, el efecto del aumento de ordenadores se mide como la variación en los puntos PISA de ciencias por cada aumento de un ordenador por 10 alumnos)
Los efectos de los ordenadores son peores en los centros públicos que en los privados (en estos no tienen efecto negativo, pero tampoco positivo), lo que para el autor podría explicarse porque “la implantación de ordenadores en la Pública no responde a un proyecto de centro, sino a un proyecto general de la propia administración al que el proyecto educativo del centro ha de adaptarse”. En definitiva, lo esperable cada vez que un gobierno inspirado diseña un gran salto adelante….
Creo la primera vez que oí hablar de los cultos cargo fue leyendo Vacas, cerdos, guerras y brujas de Marvin Harris (quien no conozca ese libro, que deje de leer este blog y vaya corriendo a comprarlo, me agradecerá el consejo). El cargo es como llamaban algunas tribus de Nueva Guinea al cargamento que traían los aviones de los blancos. Deslumbrados por aquellas mercancías desconocidas, los indígenas llegaron a la conclusión de que eran la creación de espíritus, y que podían propiciar la venida de esos espíritus, quizá en aviones más grandes aún.
Hay en los Mares del Sur gentes que adoran a los aviones de carga. Durante la guerra mundial vieron cómo los aviones de transporte aterrizaban en sus islas, cargados de magníficos materiales, y quieren que ahora ocurra otro tanto. Y han preparado pistas de aterrizaje con hogueras señalizadoras a los lados; han construido cabañas de madera que remedan la torre de control, en la que se sienta un hombre -el controlador de vuelo- con unas piezas de madera en la cabeza -los auriculares- y de la que sobresalen largas varas de bambú -las antenas- con la esperanza de atraer otra vez a los aeroplanos. Se están esmerando. La forma es perfecta. Todo tiene el mismo aspecto que tenía antes. Pero no funciona. Los aviones no aterrizan.
Los blancos hacían pistas de aterrizaje y los aviones llegaban, llenos de riquezas. Los indígenas hacían lo mismo, pero los aviones no aparecían. ¿Por qué? Obviamente, porque sólo estaban imitando la forma, el aspecto externo de una tecnología mucho más compleja. Para que realmente lleguen los aviones hace falta mucho más, hay que construir una estructura mucho mayor, que incluye desde ingenieros aeronáuticos a refinerías de petróleo. Las pistas de aterrizaje sólo son una parte, y la que viene al final.
¿Y por qué hablo yo aquí de los cultos cargo? Pues, evidentemente, por el caso de los ZPCs. Mientras en nuestra tribu sabemos poco más que poner ladrillos y encima el paro sube como la espuma, hay un deslumbrante mundo 2.0 que sobrevuela nuestras cabezas, lleno de maravillas. La pista de aterrizaje por la que ese mundo desciende sobre nosotros es el ordenador. ¿Y cómo hacemos para que ese mundo sea nuestro? Regalando a cada niño una pista de aterrizaje. Y ahora, a esperar a los aviones.
(Que conste que la comparación se le ocurrió a J. A. Millán)
Hace tiempo que dejé de ver la tele, y últimamente estoy dejando de seguir la política nacional: la encuentro igual de deprimente.
Pero hay una diferencia: la política, aunque no quieras, te afecta (claro que la tele, aunque no la veas, también… quizá a estas alturas de la historia ya son lo mismo). Así que no puedo abstraerme de la última ocurrencia de nuestro presidente: los ZPCs. Esto dijo en el debate sobre el estado de la Nación:
En el próximo curso escolar, el Gobierno va a poner en marcha el proyecto Escuela 2.0 para la innovación y la modernización de los sistemas de enseñanza.
Las aulas dispondrán de pizarras digitales, conexión inalámbrica a Internet y cada alumno tendrá su propio ordenador personal portátil, con el que podrá continuar trabajando, haciendo sus deberes, en casa. Y los profesores recibirán la formación adicional necesaria.
La iniciativa, que desarrollaremos en colaboración y con la cofinanciación de las Comunidades Autónomas, comenzará a aplicarse en septiembre, de modo que en el curso 2009/2010 los más de 420.000 alumnos de 5º de primaria de los colegios públicos y concertados recibirán un ordenador personal.
Uno no sabe que admirar más aquí: el disparate pedagógico, el tecnológico o el económico.
Es un disparate pedagógico porque los niños no necesitan ordenadores para aprender. Necesitan orden, atención, una disciplina razonable, un ambiente social y familiar en el que se valore el esfuerzo y el mérito, y un maestro al que le guste (mejor, le apasione) enseñar. Nada que no se haya inventado hace más de dos mil años.
Un ordenador no es más que una herramienta. Si se utiliza bien, puede hacer maravillas (igual que las hace un destornillador). Si se utiliza mal, no es más que chatarra. Pero usar bien un ordenador no es tan fácil como usar destornillador, sobre todo si de lo que se trata es de usarlo para enseñar. Hay que tener un proyecto pedagógico. ¿Dónde está?
Es un disparate tecnológico porque es imposible cablear de aquí a septiembre los miles de colegios con el ancho de banda necesario (lo dicen las propias telecos, y eso que les ha tocado la lotería). Y no hablemos de hacer el mantenimiento (¿qué va a ocurrir se caiga la red del cole?¿y cuando al niño se le estropee el PC?).
Los ordenadores, sin asistencia técnica ni formación, no funcionarán. Y sin un proyecto pedagógico, cuando funcionen se usarán mal. Lo que nos lleva al tercer disparate, el económico. En medio de una crisis sin precedentes vamos gastarnos una millonada en chatarra (poniendo a 500 € el PC, a 2000 la pizarra digital y a otros 2000 la instalación de internet inalámbrica en la clase para 420000 niños, sale por unos 300 millones de euros). Y para más INRI, chatarra con Windows.
Y ¿qué se le ocurre al líder de la oposición? Criticar que “ya en 2004, en su debate de investidura, prometió que habría un ordenador por cada dos alumnos en las aulas españolas” (hasta ahí bien) para añadir a continuación que “esperemos que ahora lo cumpla” (la cagamos).
Ha tardado, pero por fin está aquí: la nueva película de Alejandro Amenábar, “Ágora”, se va a estrenar este otoño. La protagonista es Hipatia de Alejandría, y eso significa que vamos a ser catequizados por los medios (ya lo estamos siendo) sobre la vida ejemplar de esta matemática y astrónoma que murió en el año 415 d.C.
¿Qué importancia tuvo Hipatia? En la historia de la ciencia y de la filosofía, virtualmente ninguna. Pero en la historia de la propaganda, mucha. Para cierta escuela positivista la historia de la humanidad es la historia de la lucha de la luz (la ciencia) contra las tinieblas (la religión). Un problema de esta visión es que, pese a la crueldad de los malos y la heroicidad de los buenos, y pese a llevar presuntamente dos mil años en guerra, casi no hay mártires que exhibir: apenas Giordano Bruno (pero no era científico sino fraile) y Galileo (pero no sufrió martirio). Por eso Hipatia es un mirlo blanco: un auténtico mártir de la ciencia y, por el mismo precio, del feminismo. Si no existiera habría que inventarla… y de hecho, buena parte de lo que se dice de ella es inventado. En palabras de John Thorp:
Hipatia es la heroína ideal. Fue carismática; murió horriblemente, estuvo en el centro de un complicado juego de tensiones políticas y religiosas, y –la cualificación más importante para alcanzar el estatus heroico- sabemos muy poco de ella a ciencia cierta. Una estrella que brilla, cierto, pero a través de las brumas del tiempo y el olvido. Nuestra incertidumbre invita a la construcción de una heroína. (…)
Ya en la antigüedad tardía fue una heroína pagana por haber sido asesinada por los cristianos, o también una heroína de los arrianos por haberla matado los ortodoxos, o también una heroína de los cristianos de Constantinopla por haber sido asesinada por los intolerantes cristianos de Alejandría. Más recientemente, se la ha visto como una heroína anticlerical, víctima de la jerarquía; como heroína protestante, víctima de la Iglesia Católica; heroína del romanticismo helenizante, víctima del abandono de la cultura griega por Occidente; heroína del positivismo, víctima del triunfo del la religión sobre la ciencia; y últimamente, heroína del feminismo, víctima de la misoginia cristiana. ¡Una mujer polivalente!
De todas estas Hipatias, Amenábar parece que se ha apuntado a la de Carl Sagan, que le dedicó un amplio espacio en un capítulo de Cosmos. Es la Hipatia-heroína-del-positivismo: personificación de la ciencia como víctima de la religión. La versión de Sagan está llena de inexactitudes y tendenciosidades, que no voy a explicar aquí porque ya lo hice hace tiempo. Pero sí quería rescatar un magnífico comentario de Athini Glaucopis (nuestro corresponsal en la antigüedad clásica) que vale por un post entero:
Hipatia (la transcripción literal del griego sería “Hypatía”) murió, es cierto, lapidada a manos de una multitud cristiana. La multitud, sin embargo, no la mató por ser pagana, sino porque sospechaba (con razón o sin ella) que Hipatia estaba conspirando, aprovechando su influencia ante el prefecto del pretorio, en contra del obispo Cirilo. Téngase en cuenta que en aquella época entre los cristianos había una fortísima división en sectas que se perseguían a muerte (lo de “a muerte” no es metafórico) entre sí. Los obispos eran elegidos entonces por votación entre sus fieles, y el obispado de Alejandría (la segunda ciudad del Imperio Romano) era siempre motivo de auténticas guerras civiles, porque los miembros de cada uno de los bandos no ganadores consideraban que las votaciones habían sido (por un motivo u otro) fraudulentas. Hipatia, por tanto, pereció por quedar fatalmente en medio de estas disputas entre cristianos, y no como consecuencia del ataque de los cristianos a la “ciencia”.
Hipatia, es cierto, no era cristiana, sino “neoplatónica”, pero lo cierto es que pocas cosas podía haber en aquel momento más próximas al cristianismo que este “neoplatonismo” tardío (aunque quizás sea mejor expresarlo al revés, exagerando un poco casi se podría decir que el cristianismo era, en esencia, un neoplatonismo con cierto barniz judaico). Seguramente Hipatia cultivaba las matemáticas, pero sus matemáticas, en la medida de lo que podemos hipotetizar, debían estar más cerca de lo que ahora llamamos “astrología” que de la moderna “astronomía”: la tradición neoplatónica alejandrina en aquel momento estaba por completo entregada a la teurgia.
En cualquier caso hay una prueba de que entre Hipatia y el cristianismo no había ninguna incompatibilidad radical. Hipatia murió en 415, pero ya seis años antes (409) su más destacado discípulo, Sinesio, había sido elegido Obispo de Ptolemais, y ello sin que en ningún momento el discípulo “apostatara” (por usar una palabra hoy de moda) de las enseñanzas de su maestra: del obispo Sinesio, precisamente, procede el más cálido testimonio de gratitud hacia ella.
El de Hipatia, en fin, es un caso ejemplar en muchos sentidos. Demuestra, por un lado, hasta dónde puede llegar el fanatismo (el de determinados cristianos aquí), pero también demuestra la fluidez entre el Cristianismo y el pensamiento pagano. Demuestra, por otra parte, la fortaleza de carácter de una mujer y su valía intelectual…, pero también demuestra que la situación de la mujer entonces no era tan absolutamente humillante como ahora se gusta de pintar.
Y demuestra, añadiría yo, como los viejos cuentos de buenos y malos del positivismo del siglo XIX conservan una salud envidiable en el siglo XXI. Al menos en España.
Una vez asistí a un congreso de historiadores en los que los discípulos de Kuhn presentaban una visión extrema y exagerada de los puntos de vista de su maestro. Kuhn les interrumpió diciendo a gritos desde el fondo de la sala, con una voz atronadora: “Hay algo que tenéis que entender: yo no soy kuhniano“.
Lo venía sospechando, cada vez que leía cómo en sociología y empresas afines usan a Kuhn para respaldar el relativismo cultural: que si todos vivimos en paradigmas inconmensurables, que por tanto no podemos extender nuestros criterios occidentales para juzgar a otras culturas, que todos los modos de conocimiento son igual de válidos…
No había leído tales cosas en Kuhn (hace poco hablábamos de esto en los comentarios). Lo que no esperaba era ver confirmadas mis sospechas de forma tan ostentórea
Hace tiempo leí un libro que se titulaba Las ganas de estudiar. El autor era un psicólogo cognitivo, Massimo Piatelli-Palmarini, que pese a su nombre trabajaba en el MIT. Decía muchas cosas interesantes, pero al final sólo una se me ha quedado grabada, y no tenía nada que ver con el tema del libro. En la habitual sección de bibliografía decía que, en vez de dar una lista de muchas referencias para cada capítulo, había decidido dar una sola. Y la razón era (cito de memoria) que “quien te da una lista de libros es como quien apunta con el dedo a un autobús lleno de gente. Pero quien te recomienda uno sólo es como quien te presenta a un amigo”.
Hoy que es el día del libro (el único “día de” que se conmemora en este blog), voy a presentarles a cuatro amigos que hecho este último año.
Cerca de cumplir los 50 años, Tolstoi, que era rico, famoso y admirado, entró en una profunda crisis.
Mi vida se detuvo. Podía respirar, comer, beber y dormir; de hecho, no podía no respirar, no comer, no beber y no dormir. Pero no había vida en mí porque no tenía deseos cuya satisfacción me pareciera razonable. Si deseaba algo, sabía de antemano que de ello no resultaría nada, tanto si se realizara como si no. Si un hada se me hubiera aparecido y me hubiera ofrecido hacer realidad todos mis deseos, no hubiera sabido qué pedir.
Con estos síntomas, hoy seguramente le habrían diagnosticado una depresión. Pero en 1880 no se habían inventado el lexatín ni el prozac. Por suerte para la humanidad, Tolstoi salió a pulso de su pozo y escribió este libro impagable, donde lo cuenta con su talento de narrador excepcional. Tras estar al borde del suicidio, el conde mundano y escritor de éxito se metamorfoseó en el cristiano heterodoxo, el profeta de barba blanca y blusón campesino que predicaba la no violencia y fue el maestro de Gandhi.
Toda la teoría económica clásica (y, en cierto modo, toda nuestra visión del mundo) se basa en el supuesto de que somos racionales: sabemos evaluar pros y contras y tomar por nosotros mismos la decisión correcta en cada caso. Pero ¿y si no fuera así?¿Y si nuestras desviaciones de la racionalidad no fueran fruto de la pasión, o de la ofuscación, o de la prisa –y por tanto aleatorias e impredecibles- sino sistemáticas?
Este libro se titula en inglés Predictably Irrational y trata precisamente de eso: de cómo nos equivocamos una y otra vez, siempre igual, sin aprender de la experiencia. No es el primero que lo hace. La senda del estudio científico de la irracionalidad la abrieron Tversky y Kahneman, y ya había algún buen libro de divulgación, escrito por S. Sutherland. Pero este es magnífico: casi demasiado ameno. El verano pasado lo devoré a tal velocidad que ahora me doy cuenta de que no aprendí muchas de las valiosas lecciones que se pueden sacar (era de la biblioteca, pero ya me lo he comprado y no tardaré en releerlo).
La broma es un libro extraordinariamente bien construido. En la primera página nos enteramos de que el narrador vuelve a su ciudad natal con la intención de hacer algo innoble. Aún no sabemos qué, y no lo sabremos hasta bien avanzado el libro, cuando ya han aparecido otros personajes, que, siempre en primera persona, van contando historias (cada una, un relato corto en sí mismo) que se entrelazan. Una especie de pieza musical en la que cada instrumento introduce su tema en un solo, con un capítulo final en el que todos los temas se armonizan en un soberbio contrapunto.
Pero no se trata sólo de arte de escritor. La broma es una novela filosófica, y en el mejor sentido: no te endosa una tesis, sino que te hace pensar, y no sólo con las palabras, sino con la propia historia, como una compleja fábula a la que cada uno puede encontrar una moraleja o varias (a mí, por ejemplo, me hizo meditar sobre el folklore moravo… )
Mientras Theodore Dalrymple no esté traducido al español, seguiremos estando en la inopia (y que a estas alturas no lo esté demuestra que, en cultura, jugamos en tercera regional). No hay nadie que hable del mundo real como este médico inglés jubilado, que ha ejercido durante muchos años en África y en los suburbios de Londres. Por mi parte, he puesto un granito de arena traduciendo su artículo El criminal famélico y la columna que publicó sobre el infame caso de Baby P.
Copérnico es un personaje muy famoso pero muy poco conocido (aunque ahora dicen que sabemos hasta su verdadero rostro, el de aquí arriba). Sobre esa pantalla en blanco es muy tentador proyectar las propias opiniones: si no sabemos como era, pintémosolo como debería ser. Un ejemplo notable es el de Michael White en su libro Lenguas viperinas y soñadores tranquilos. Es poco más de una página, pero tiene mucha sustancia y merece la pena examinarlo con detalle. Vamos a ello (los párrafos de White están en marrón).
Nicolás Copérnico (1473-1543) pertenecía a la misma Iglesia: era un canónigo polaco con conocimientos de medicina y fascinación por la astronomía. Conocía bien el poder de su rival y el daño que este podía causarle.
Si yo trabajo para la General Motors, es un poco extraño que la General Motors sea “mi rival”. ¿Llevaba quizá el canónigo Copérnico una doble vida y atacaba al monstruo desde dentro? No hay nada que lo haga sospechar. De hecho, vivió toda la vida a su sombra: la canonjía (que le permitió literalmente vivir como un canónigo) se la consiguió su tío el obispo Lucas Watzelrode, del que fue secretario y médico hasta su muerte, cuando Copérnico tenía 40 años. Su mejor amigo y consejero (casi el único, porque Copérnico era un hombre singularmente retraído) fue el también obispo Tiedemann Giese. Y su obra magna, De Revolutionibus orbium coelestium, se la dedicó al Papa Pablo III.
En secreto, realizó observaciones astronómicas, y tomó nota de ellas durante treinta años…
Copérnico en realidad apenas realizó observaciones astronómicas. En De Revolutionibus sólo se mencionan veintisiete hechas por él, con instrumentos muy rudimentarios. No era algo que le interesara demasiado. Pero tampoco lo hacía en secreto. Todo el mundo sabía que el canónigo se dedicaba a la astronomía, y no sólo en su pueblo. En 1514 fue invitado al Concilio de Letrán para la reforma del calendario (aunque no asistió, excusándose en que no se conocían con suficiente precisión los movimientos del Sol y la Luna). Así que de secreto nada.
…antes de decidirse, cuando ya estaba muriendo, a publicar sus conclusiones.
En realidad, Copérnico explicó su sistema ya hacia 1512, unos treinta años antes de su muerte, en un manuscrito conocido como Commentariolus (titulado en realidad “Breve esbozo de las hipótesis de Nicolai Copernicus acerca de los movimientos celestes”). Sus amigos, en especial Tiedemann Giese, intentaron sin éxito convencerle de que lo diera a la imprenta, pero Copérnico nunca se acababa de decidir. Las razones de su reticencia las expuso en la dedicatoria de De Revolutionibus, dirigida, no lo olvidemos, al Papa:
He dudado durante largo tiempo en publicar estas reflexiones escritas para demostrar el movimiento de la Tierra, pues pensaba que tal vez fuera mejor seguir el ejemplo de los pitagóricos y otros, que se limitaron a impartir sus misterios filosóficos sólo a sus íntimos y amigos, sin escribirlo, transmitiéndolos de boca en boca (…) Al considerar este asunto, el miedo a las burlas que mi nueva y aparentemente absurda opinión arrojaría sobre mí casi me persuadió de abandonar el proyecto.