Cinco años

9 / Febrero / 2010 por pseudópodo

¿La mermelada es la prima de la gelatina?

¿El ojo está vivo?

¿Quién descubrió los gatos?

¿Por qué son estas piedras tan pequeñas?

¿El cero era antes un número?

¿Por qué el bigote se apoya en la barba?

¿La magia no existe?

¿Por qué te lo comes tú, papá?¿Es que está caducado?

¿Por qué no tienes babero?

¿Cómo se pone PUM?

¿Cómo se derrite el hielo?¡Pero si es muy duro!

¿Para qué sirven los oídos? [Para oir] ¿Y las orejas, entonces, para qué sirven?

¿A los tigres les gustan los macarrones de tornillo?

¿La hache lleva un gorro de nieve o monta a caballo?

Y así, todos los días, ad infinitum…

* * *

Silvio Rodríguez lo dijo en octosílabos:

Niño soy tan preguntero,
tan comilón del acervo,
que marchito si le pierdo
una contesta a mi pecho.

De cómo las cerillas favorecieron el adulterio

2 / Febrero / 2010 por pseudópodo

Los efectos del cambio tecnológico, decíamos, son siempre amplios y a menudo impredecibles. Cuando un invento arraiga en una sociedad, el resultado no es la sociedad de antes con el añadido del invento, sino una nueva sociedad, que a menudo tiene incluso nuevos valores. Y esto puede ocurrir con algo tan sencillo como una cerilla.

Neil Postman cuenta en Tecnópolis el caso de una tribu africana que tenía la creencia de que tras cada relación sexual era necesario encender un nuevo fuego en el hogar. Esta pintoresca exigencia de los dioses tenía sus consecuencias:

Cada acto tenía algo de acontecimiento público, ya que, una vez consumado, alguien tenía que ir a una cabaña vecina a buscar un madero ardiendo con el que encender una nueva hoguera. En tales condiciones el adulterio resultaba muy difícil de ocultar.

Ahora podemos imaginar el efecto que tuvo la introducción de las cerillas en esta tribu: se hizo posible encender un nuevo fuego sin tener que ir a la cabaña de un vecino. El sexo dejó de tener consecuencias públicas. Y el adulterio se hizo más sencillo y mucho menos peligroso.

Al parecer, la historia es real. Fue relatada por primera vez por el sociólogo Egbert De Vries y la popularizó Alvin Toffler (la cuentan también aquí y aquí). Pero no hay que irse muy lejos para encontrar historias parecidas: la píldora ha sido para nosotros lo que las cerillas para aquella tribu.

* * *

Postdata: Tecnópolis parece que está agotado en castellano. He encontrado los tres primeros capítulos (pdfs en inglés) aquí, aquí, y aquí. Esta historia la cuenta en el segundo.

Cinco ideas sobre el cambio tecnológico

28 / Enero / 2010 por pseudópodo

En el post anterior (sin contar a Blasa) hablaba de The Road Ahead de Bill Gates. Cuando, hace años, leía ese libro, leía también otro muy distinto: Divertirse hasta morir, de Neil Postman. Tengo un recuerdo muy vivo del contraste entre ambos: si Bill Gates hablaba del maravilloso futuro que la red nos ponía por delante, Postman hablaba del sombrío presente que ya estaba entre nosotros gracias a la televisión. Fue una experiencia curiosa simultanear esas lecturas. Postman era como el compañero de asiento que comenta en directo, por lo bajini, las explicaciones del campanudo catedrático, y le deja irremediablemente en ridículo.

El azar me ha vuelto a recordar a Postman ayer, al poner un comentario en el blog de emulenews. Y he pensado que sería buena idea traerlo por aquí, porque fue un pensador singularmente lúcido y es menos conocido en España de lo que se merece (basta ver el poco espacio que le dedica la Wikipedia.es). He leído tres libros suyos: Tecnópolis, Divertirse hasta morir, y The disappearance of childhood. Y me doy cuenta, retrospectivamente, de que estas lecturas han sido una influencia primordial para ver la tecnología y los medios de comunicación como los veo hoy. Por ejemplo, para entender que la tecnología no son sólo gadgets: la escritura es una tecnología, las notas y los exámenes son tecnologías también.

Pero mejor le dejo hablar a él. Les recomiendo que se lean estas cinco cosas que hay que saber sobre el cambio tecnológico (hay traducción española). Como el artículo es largo hago aquí un resumen:

1. Todo cambio tecnológico implica un compromiso. La tecnología da y la tecnología quita. Por cada ventaja que nos ofrece, siempre hay una desventaja, y en ocasiones las desventajas pueden llegar a superar en importancia a las ventajas. La pregunta “¿que va a hacer esta nueva tecnología?” no es más importante que la pregunta “¿que va a deshacer esta nueva tecnología?”. De hecho, esta última cuestión es más importante, precisamente porque casi nunca se formula.

2. Las ventajas y desventajas de las nuevas tecnologías nunca se reparten equitativamente. Toda nueva tecnología beneficia a algunos y perjudica a otros, y también puede haber algunos a los que no les afecte para nada. Las preguntas que debe plantearse cualquiera interesado por el cambio tecnológico son: ¿Quienes se van a beneficiar del desarrollo de esta nueva tecnología? ¿Qué grupos, qué tipo de personas, qué tipo de industria? Y por supuesto, ¿a qué grupos de personas va a perjudicar? Siempre hay vencedores y perdedores en el cambio tecnológico (y los ganadores siempre intentarán persuadir a los perdedores de que también ellos son ganadores).

3. Dentro de toda tecnología se esconde una idea-fuerza, a veces incluso dos o tres ideas-fuerza. Estas ideas se ocultan a menudo a nuestra vista porque son de naturaleza algo abstracta. Pero esto no significa que no tengan consecuencias prácticas. El viejo dicho: “a un hombre con un martillo, todo se le vuelven clavos” podríamos convertirlo en una regla: a una persona con un lápiz, todo le parece una frase; a una persona con una cámara, todo le parece una imagen; a una persona con un ordenador todo le parecen datos. Esto es, en esencia, lo que Marshall McLuhan quiso decir cuando acuñó la frase: “el medio es el mensaje“.

4. El cambio tecnológico no es aditivo, es ecológico. ¿Qué ocurre si vertemos una gota de tinta roja en una jarra de agua clara? ¿Tenemos agua clara o agua clara con una gota de tinta roja? Obviamente ninguna de las dos. Tenemos una nueva coloración en todas las moléculas de agua contenidas todo el agua contenido en la jarra. Esto es lo que ocurre con el cambio tecnológico. Un nuevo medio no añade algo, lo cambia todo. Las consecuencias del cambio tecnológico siempre son amplias, a menudo impredecibles y en su mayor parte irreversibles.

5. La tecnología tiende a hacerse mítica, en el sentido que fue usado por el crítico literario francés Roland Barthes. Utilizó la palabra “mito” para referirse a la tendencia común a pensar en las creaciones tecnológicas como si fueran creaciones divinas, como si formaran parte del orden natural de las cosas. Tendemos a pensar que el alfabeto, por ejemplo, no es una invención humana. Y así ocurre con muchos de los productos de la tecnología. Coches, aviones, televisores, películas, periódicos, etc, han alcanzado el status mítico en el sentido de que son percibidos como regalos de la naturaleza, no como artefactos producidos en un contexto histórico específico. Es peligroso que una tecnología se haga mítica, porque entonces es aceptada como es, y no es fácilmente susceptible de modificación o control. Nuestro entusiasmo por la tecnología puede volverse una forma de idolatría y nuestra creencia en sus beneficios puede ser un falso absoluto.

La incertidumbre según Blasa

25 / Enero / 2010 por pseudópodo

Me refiero, claro, a la incertidumbre de Heisenberg, de los Heisenberg de toda la vida, de Miguelturra

Les puedo asegurar que en esta parodia de Redes se aprende más física que en los programas de verdad… A ver cuando nos cambian a Punset por José Mota (en el minuto 3:00 lo pueden parar, lo demás no vale nada).

Sin rozamientos (capitalismos y suelos)

18 / Enero / 2010 por pseudópodo

Hace poco hablaba de la paloma de Kant, que estaba convencida de que volaría mucho mejor sin el rozamiento del aire. Era muy ingenua, pero la verdad es que comparte su ingenuidad con otros personajes ilustres, pero más reales.

Por ejemplo, con Bill Gates. Hace tiempo leí The road ahead, el libro-manifiesto que escribió cuando, un poco tarde, se convirtió a internet. Dedicaba muchas páginas a loar el maravilloso “capitalismo sin rozamientos” (friction-free capitalism) que las comunicaciones instantáneas y universales iban a hacer posible.

Yo me revolvía en el asiento ante esta idea. Porque, aunque no era ningún experto en internet, y de economía lo ignoraba (y lo ignoro) todo, soy físico, y tengo muy clara la utilidad del rozamiento. No sólo para la propulsión de la paloma (donde, al menos conceptualmente, puede separarse el rozamiento aerodinámico de la sustentación) sino para el caso, mucho más cercano, de nuestra propia propulsión.

Andar nos parece lo más natural del mundo, pero no es tan fácil entender lo que está ocurriendo. Para echar a andar debemos acelerar (de velocidad 0 a, digamos, 5 km/h). Y, ya lo dijo Newton, para acelerar necesitamos una fuerza igual al producto de nuestra masa por la aceleración. Bien, ¿y quién hace esa fuerza? (piénselo el lector antes de seguir leyendo).

*  *  *

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Del rosetón al LHC

14 / Enero / 2010 por pseudópodo

No solemos darnos cuenta de que nuestra concepción del arte como “expresión de la personalidad del artista” (y que por tanto, cuanto menos ataduras tenga mejor se puede expresar, etc, etc)  en realidad no tiene nada que ver con lo que se ha entendido por arte en la mayor parte de la historia.

Jean Hani explica muy bien esa concepción tradicional del arte tal como se entendía en la Edad Media:

El objetivo del arte es revelar la imagen de la Naturaleza divina imprimida a lo creado, pero oculta en ello, realizando objetos sensibles que sean símbolos del Dios invisible. El arte sagrado es, pues, como una prolongación de la Encarnación, del descenso de lo divino en lo creado (…)

Es bien evidente que en un arte así concebido, con un valor casi “sacramental”, el artista no puede dejarse guiar por sus propias inspiraciones; su trabajo no consiste en expresar su personalidad, sino en buscar una forma perfecta que responda a prototipos sagrados de inspiración celeste. Es decir, el arte es sagrado no por la intención, subjetiva, del artista, sino por su contenido objetivo; y éste no es, por su parte, más que el conjunto de representaciones que corresponden, en el campo de las formas sensibles, a leyes cósmicas que expresan principios universales.

Así, la estética se vincula jerárquicamente a la cosmología, y por mediación de ésta, a la ontología y la metafísica. Este orden jerárquico determina el carácter esencial del arte sagrado, que es el de ser simbólico, es decir, de traducir mediante imágenes polivalentes la correspondencia que relaciona entre sí los diversos órdenes de realidad, el de expresar, mediante lo visible, lo invisible, y el de conducir al hombre hacia éste.

Así que los constructores de las catedrales entendían su trabajo de una manera radicalmente distinta, incluso opuesta, a los que exponen en ARCO, aunque usemos la palabra “artista” para los dos.

Según esto, los herederos de los artistas medievales se encontrarían entre quienes siguen hoy empeñados en “representar las leyes cósmicas que expresan principios universales”; contenidos objetivos que relacionen los diversos órdenes de la realidad y no el narcisismo de la propia subjetividad. Esa gente sigue existiendo, aunque hoy no suelan buscar esa representación de las leyes cósmicas con las formas sensibles sino con las teorías físicas.

El astronauta de Lem y la paloma de Kant

11 / Enero / 2010 por pseudópodo

Uno de los libros que he curioseado estas navidades es El castillo alto, la autobiografía de juventud de Stanislaw Lem. Pero no lo he leído, porque se me ocurrió abrirlo por el final, y me quedé enganchado con estas reflexiones del penúltimo capítulo:

Observemos la fotografía de unos astronautas que salen de su nave al espacio exterior. ¡Qué impropio es el cuerpo humano para el infinito!¡Qué inútil es! Refleja su absurdidad en cada movimiento (…) No es por casualidad que el astronauta adopta la posición del feto en el vientre, doblegando la cabeza, encorvando las rodillas, manteniendo los brazos junto al cuerpo; no es por casualidad que la cuerda que lo conecta a la nave parezca un cordón umbilical. Somos optimistas, dinámicos, estamos llenos de determinación y objetivos sólo cuando estamos presos por la gravedad; únicamente en la esclavitud de la gravedad nuestro cuerpo encuentra su significado y cada articulación y cada nervio tienen su uso y, por lo tanto, son bellos.

Sin solución de continuidad, Lem dice:

El objetivo natural, lo inevitable, el sentimiento de estar ante la presencia de la única solución posible de un problema, eso es lo que evocan todas las grandes obras de arte.

Resulta un poco desconcertante, pero la relación de esto con lo anterior se aclara enseguida. Miguel Ángel consiguió una de esas grandes obras de arte en la Capilla Sixtina. Pero ese éxito sólo fue posible porque se ciñó a unas limitaciones dadas por la iconografía tradicional y por el texto del Génesis. Un Miguel Ángel de hoy, tocado por el escepticismo, encontraría dilemas y paradojas a cada paso. Lem pone el ejemplo, deliberadamente ridículo, de las uñas del pie de Dios. ¿No deberían ser infinitamente largas, pues llevan creciendo toda la eternidad? Y si no lo son, ¿quién le hace la pedicura?¿O ha decidido, por Su voluntad todopoderosa, que no le crezcan?

Con esta espiral paralizante de preguntas no hay manera de pintar una escena como la de la creación del hombre. Hace falta cortar por lo sano, y eso es lo que consigue un acto de fe que dice que las cosas son así y punto; no se cuestionan, “como no cuestionamos las hojas, las estrellas o la arena sobre la que caminamos”, dice Lem.

Para poder crear es necesario todo un cúmulo de convenciones que acote la libertad. Pero esta restricción, para que funcione de verdad, tiene que ser vista como algo externo a nosotros. Esas convenciones no nos tienen que parecer convencionales. Tienen que parecernos la verdadera naturaleza de las cosas. Por eso es apropiado hablar de fe aquí. Así lo dice Lem:

Sí. Pueden existir límites sublimes fuera de la religión, pero para ello tienen que tener un estatuto sagrado; uno debe creer que son inevitables y no inventados. El conocimiento de que algo es capaz de ser completamente de otra manera, el rechazo de lo inevitable a favor de un océano de técnicas conscientes, de estilos, de dispositivos, pone grilletes a las manos y a las mentes a través de la libertad de elección. El artista, como el astronauta en el espacio ingrávido, deviene totalmente impotente, sin nada a lo que sujetarse.

En definitiva, el arte funciona gracias a un telón de fondo de convenios, que deben ser tácitos para que no parezcan convenios. Esas restricciones son las que hacen posible la creatividad. Parece una paradoja que la libertad absoluta haga imposible la creatividad en el arte (y, en realidad, en todo). Pero sólo lo parece. Porque el arte (y, en realidad, todo) es un juego, y sólo con reglas es posible jugar.

* * *

Obviamente, todo esto apunta directamente al arte contemporáneo, donde la libertad absoluta, la conciencia de que las convenciones no son más que convenciones arbitrarias, ha sepultado la creatividad en lugar de potenciarla. Pero la idea tiene mucho más alcance. Leyendo estas reflexiones de Lem, no podía por menos de acordarme de la célebre paloma de Kant,  esa ligera paloma que, sintiendo la resistencia del aire al volar, se imaginaba que volaría mucho mejor aún en un espacio vacío.

La posmodernidad es, entre otras cosas, la consciencia de que todo lo que en otro tiempo se consideró la verdadera naturaleza de las cosas es en realidad una convención, algo que igualmente podría ser de otra manera. Pero lejos de liberarnos, esta libertad nos resulta excesiva, y nos replegamos en posición fetal como el astronauta de Lem. Somos como esa niña que en el jardín de infancia le decía a su profesora: “Señorita, ¿hoy también vamos a tener que hacer lo que queramos?”

La maleta del libros del Parador

29 / Diciembre / 2009 por pseudópodo

Recuerdo que José Antonio Labordeta contaba en una entrevista que, de joven, le tocó la lotería. Y lo que hizo con el dinero fue llenar una maleta de libros e irse a un Parador a leerlos. No sé si el dinero le dio para acabarlos (hacen falta muchos días para leerse una maleta de libros), pero me pareció una idea magnífica.

Desde entonces he imaginado muchas veces qué maleta me llevaría al Parador, como un juego; una versión del proverbial libro que uno se llevaría a la isla desierta, pero sin miserias. El día 22 no me tocó la lotería, pero lo mejor es que ni siquiera lo necesito: ahora mismo podría llenar varias maletas con libros que quiero leer y que ya tengo en casa. Y no me faltaría el dinero para pagarme una o dos semanas en un Parador.

Lo primero que se me ocurre es llenar la maleta de libros que tengo a medio leer. Tendría que ser grandecita para que cupiera todo esto:

El Evangelio abreviado, de L. Tolstoi; La trama de la vida, de F. Capra; Un científico a la orilla del mar, de J. S. Trefil; ¿Cómo habla Dios? de Francis S. Collins; El simbolismo del templo cristiano, de Jean Hani; Lo santo, de R. Otto; El economista camuflado, de T. Harford;  Micromotives & macrobehavior, de T. Schelling; En busca de la mente, de J. Bruner; Los orígenes del conocimiento y la imaginación, de J. Bronowski; Correspondencia, de A. Querejazu y J. Garrigues, y Uvas amargas, de J. Elster.

Estaría bien poderse leer toda esa maleta y quedarse con la sensación de haber acabado los deberes. Esa maleta sería la maleta del superyó, la Maleta Responsable.

Pero sería una responsabilidad un tanto miope. Ante una ocasión así, lo mejor sería aprovechar para hacer lecturas realmente importantes. Esas que te fascinan desde lejos pero que, al paso que vas, nunca vas a encontrar tiempo para consumar, porque siempre hay algo más urgente, o más fácil de leer, o menos incierto en sus recompensas. Lecturas que lamentarías no haber hecho cuando te mueras. Al Parador habría que llevarse la Maleta de los Grandes Libros.

El contenido es, por fuerza, menos concreto que el de la anterior. Incluiría, seguro, a William James (Las variedades de la experiencia religiosa), los Ensayos de Montaigne y muchos Diálogos de Platón (tengo cuatro tomos de Gredos casi vírgenes). ¿Y cómo no meter Las Confesiones de San Agustín y La divina comedia de Dante? También añadiría El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, los libros de Lewis Mumford (Técnica y Civilización, y The condition of man), y el Gödel, Escher, Bach, de Hofstadter, que, para mi vergüenza, no acabé del leer en su día. Y puestos a desfondar la maleta, añadiría los tres tomos de las Feynman Lectures on Physics, para leerlas como una novela, de principio a fin.

Después de leer todo esto volvería del Parador hecho un hombre nuevo, sin duda mucho más sabio. Pero ¿no es demasiado pretencioso querer leer en unas vacaciones lo que daría para toda una vida?¿No sería caer en las prisas y la eficiencia, convertir la cultura en algo que hay que consumir? Estaríamos de nuevo leyendo por obligación y contrarreloj, y precisamente los libros que más necesitan saborearlos y meditarlos.

Parece que lo más sensato es dejar que las vacaciones sean vacaciones y sumergirse en lecturas inútiles, lecturas gratuitas; darse permiso para salir del círculo de las obligaciones y limitarse a disfrutar. Es decir, llevar la Maleta Irresponsable.

Podría meter novelas como Lecciones de ilusión, de Pablo D’Ors, Gilead, de M. Robinson, y el Libro de Manuel de Cortázar; también sus Cuentos Completos y los de Flannery O’Connor; ensayos como ¿Por qué enfermamos? de Nesse & Williams; En busca de lo absoluto, de Koestler, y la Historia del arte de Gombrich. Y ya que estamos de vacaciones, me saltaria la norma de limitarme a los libros que ya tengo, y compararía algo de Murakami, de Kundera, de Waugh y de Chejov…

*  *  *

En fin. Soñar no cuesta nada, pero no me iré al Parador, aunque tengo libros para llenar varias maletas y no me falte el dinero. Tengo demasiadas obligaciones y ni mi trabajo ni mi familia me lo permitirían. La vida siempre es así. Por lo menos, estos días cerraré el blog y haré un Parador Virtual. Ya les contaré cuanto da de sí.

Feliz Navidad

23 / Diciembre / 2009 por pseudópodo

Tú eres la paloma mística,
tú el Santo
Espíritu que hizo el hombre
con sus manos…

Habla a los niños, que el reino
tan soñado
de los cielos es del niño
soberano,
del niño, rey de los sueños,
¡corazón de lo creado!

¡Habla, que lo quiere el niño!
¡Ya está hablando!

Miguel de Unamuno

El crisantemo y la espada

18 / Diciembre / 2009 por pseudópodo

En la Segunda Guerra Mundial se movilizaron cientos de miles de reclutas y muchas toneladas de acero y explosivos. Pero también se movilizó, con sorprendente eficacia a veces, mucha inteligencia. Pienso en Los Álamos, claro, donde se reunió la mayor concentración de genios de la historia, pero también en sitios menos conocidos, como Bletchley Park, donde Alan Turing descerrajaba los códigos alemanes, o el Centro de Operaciones de Wyton donde un jovencísimo Freeman Dyson asesoraba a la RAF en sus bombardeos.

Otro empeño, quizá más modesto pero fascinante, es el que le correspondió a Ruth Benedict. En junio de 1944 la guerra del Pacífico estaba en su apogeo. Dos años y medio de lucha contra los japoneses habían demostrado a los norteamericanos que la victoria no iba a ser nada fácil. No era sólo que los problemas logísticos tuvieran una envergadura inédita (¿hace falta recordar el tamaño del Pacífico?); es que además se enfrentaban a un enemigo formidable. Un enemigo, además, profundamente extraño. En palabras de Benedict:

Al igual que la Rusia zarista antes que nosotros, en 1905, luchábamos contra una nación perfectamente armada y adiestrada que no pertenecía a la tradición cultural de Occidente. Era obvio que para los japoneses no existían las convenciones bélicas que las naciones occidentales habían llegado a aceptar como hechos humanos naturales (…) En realidad, el problema principal estaba en la propia naturaleza del enemigo. Debíamos, ante todo, entender su comportamiento para enfrentarnos con él.

Un ejemplo de esta extrañeza era el comportamiento de los japoneses ante la derrota:

Durante la campaña en el norte de Birmania, la proporción de prisioneros [japoneses] con respecto a los muertos fue de 142 a 17166; es decir, de 1 a 120. Y de los 142 soldados que se encontraban en los campos de prisioneros, todos, excepto una pequeña minoría, se hallaban heridos o inconscientes cuando fueron apresados (…) En los ejércitos de las naciones occidentales, es un hecho reconocido que las unidades no pueden resistir a la muerte de la cuarta o la tercera parte de sus efectivos sin rendirse. La proporción entre los que se entregan y los muertos es de cuatro a uno.

Cuatro a uno en occidente, uno a ciento veinte en Japón. Está claro que eran diferentes.

Otro ejemplo: los oficiales japoneses no tenían reparos en sacrificar a sus hombres si con ello conseguían el éxito de una misión. Esto parece inhumanos, pero es que los propios soldados preferían morir a la ignominia de rendirse. El trato que daban los japoneses a sus prisioneros de guerra era atroz, pero sus propios heridos no corrían mucha mejor suerte: no se preocupaban de evacuarlos, y cuando se retiraba el batallón de una posición, el oficial al mando a menudo los mataba de un disparo.

Ante este panorama, el alto mando norteamericano hizo algo muy notable. En lugar de demonizar a los nipones como bestias inhumanas, como ciegos fanáticos, hubo quien pensó que había que intentar entenderlos. Y contrató a Ruth Benedict, que era, junto con Margaret Mead, la antropóloga más brillante del momento, para esa tarea.

No fue fácil: estaban en guerra, y era imposible utilizar la principal herramienta del antropólogo, el trabajo de campo. Benedict lo suplió entrevistando hasta la extenuación a docenas de inmigrantes criados en el Japón. Y empapándose de toda la literatura japonesa que pudo:

Al revés de lo que sucede con muchos pueblos orientales, los japoneses tienen una gran tendencia a escribir sobre sí mismos. Escribieron sobre las trivialidades de su vida, lo mismo que sobre sus programas de expansión mundial. Y eran notablemente francos. Claro está que no daban una imagen completa. Nadie lo hace. Un japonés que escriba sobre el Japón pasa por alto cuestiones verdaderamente cruciales, pero que son para él tan diáfanas e invisibles como el aire que respira, y lo mismo hacen los norteamericanos cuando escriben sobre los Estados Unidos (…)

Leía esta literatura como Darwin dice que leía cuando estaba trabajando en sus teorías sobre el origen de las especies, anotando todo aquello que no lograba comprender. ¿Qué necesitaría saber para entender la yuxtaposición de ideas en un discurso pronunciado en la Dieta?¿A qué respondía la repulsa de un acto que parecía trivial y la fácil aceptación de otro que parecía ultrajante? Yo leía haciéndome siempre la misma pregunta: Hay algo absurdo en esta imagen. ¿Qué necesitaría saber para entenderla?

Esto me parece absurdo, luego no lo entiendo bien”: maravillosa actitud, y sumamente infrecuente.

El resultado de este trabajo se publicó en forma de libro en 1946, con el título de El crisantemo y la espada, y fue un éxito inmediato. Aunque la mentalidad japonesa seguramente ha cambiado mucho en sesenta años, sigue siendo una lectura extraordinaria.

Empezaba diciendo que la Segunda Guerra Mundial sirvió para movilizar mucha inteligencia. El 11 de septiembre de 2001 vivimos una agresión en suelo norteamericano sólo comparable a la de Pearl Harbor. Se dice que desde entonces estamos en guerra contra un enemigo formidable y profundamente extraño. Pero no parece que el Pentágono haya contratado a ninguna Ruth Benedict que le ayude a entender al enemigo. Quizá es sólo un ejemplo más del general declive de la inteligencia.