La tercera historia es la más conocida de las tres, y ha sido contada en varios sitios. Yo me he basado en la versión que da Malcolm Gladwell en The tipping point (titulado en español La frontera del éxito, lo reseñé aquí hace tiempo), complementada en varios puntos por la wikipedia.


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Echen un vistazo a esta gráfica:
Sí, muy fea, está claro que el autor es un usuario poco avanzado de Excel (que a su vez es un programa desastroso haciendo gráficas). Pero lo que me interesa son los datos, y son contundentes: una gradual escalada del crimen en Nueva York entre 1970 y 1990, seguida por una caída en picado en la década de los 90, hasta recuperar los niveles de los años 30 en la actualidad. Cuando uno ve un efecto así en una gráfica, inmediatamente se pregunta cual puede haber sido la causa. Sin duda debió ocurrir algo drástico: ¿un incremento brutal de los efectivos policiales? ¿algún cambio en la ley que endureciera el trato a los delincuentes? ¿se gastó una millonada en poner una cámara de vigilancia en cada esquina?
No ocurrió nada de eso. Lo que se hizo fue limpiar las pintadas del metro. O al menos, todo empezó por ahí.
Bueno, estoy simplificando, obviamente. En los años 90 el crimen descendió de forma generalizada en los EEUU. Bajó el consumo de crack, la economía entró en una fase de auge, y el envejecimiento de la población disminuyó el número de jóvenes (que son los autores de la mayor parte de los crímenes). Pero estos factores no afectaron mucho a Nueva York, cuya economía seguía en declive y se había rejuvenecido por la inmigración, mientras que el consumo de crack llevaba allí ya años disminuyendo en esa época. Y a pesar de eso, la caída fue mucho mayor y más rápida que en ninguna parte.
Así que algo especial tuvo que ocurrir en Nueva York, y aquí es donde encajan las pintadas del metro. A mediados de los 80, se hizo cargo de los transportes públicos de Nueva York un nuevo director, llamado David L. Gunn. El metro era en aquella época el símbolo de la epidemia de crimen que asolaba la ciudad. En las navidades de 1984 alcanzó enorme resonancia el caso de Bernhard Goetz, un ciudadano que, acosado por cuatro adolescentes de raza negra en un vagón de metro, sacó un revolver y les disparó cinco tiros. Tres asaltantes fueron gravemente heridos, aunque acabaron recuperándose; el cuarto quedó paralítico de por vida. Goetz estuvo una semana en paradero desconocido, durante la cual la prensa popular le convirtió en un héroe (The Subway Vigilante). Finalmente se entregó, y tras el juicio tuvo que cumplir sólo ocho meses en la cárcel.
Ante este panorama, Gunn no intentó restaurar el orden de la noche a la mañana, sino que empezó una campaña de limpieza de los vagones. Su objetivo era que desaparecieran los graffiti. Una vez limpio un vagón, no se toleraba que se volviera a pintar, y nunca se mezclaba con vagones sucios. Gunn mantuvo un celo religioso hasta conseguir desanimar a los grafiteros. Poco a poco todos los vagones acabaron limpios. Naturalmente, fue muy criticado: esforzarse en esa minucia, se decía, era como entretenerse en fregar la cubierta del Titanic cuando ya se estaba hundiendo. Pero Gunn tenía un motivo para hacerlo así: estaba aplicando la Teoría de las Ventanas Rotas.
La teoría había sido propuesta por James Q. Wilson y George L. Kelling, dos criminólogos que sostenían que hay una fuerte relación entre el desorden y el crimen. Así lo explica Malcolm Gladwell:
Si una ventana rota se deja sin reparar, la gente que pasa sacará la conclusión de que a nadie le importa y no hay nadie que esté al cargo. Pronto se romperán más ventanas, y la sensación de anarquía se extenderá del edificio a la calle, enviando la señal de que todo vale. En una ciudad, problemas menores como los graffiti, los desordenes públicos o la mendicidad agresiva son los equivalentes de las ventanas rotas: invitaciones a crímenes más serios.
George Kelling había sido contratado como asesor por el metro de Nueva York, y Gunn estaba poniendo su teoría en práctica. Tras la campaña de limpieza, la siguiente etapa fue evitar que la gente se colara sin pagar. De eso se encargó el nuevo jefe de la policía del metro, William Bratton. Empezó por poner policías en los torniquetes de las estaciones más problemáticas. Los policías se llevaban esposados a los que no pagaban, para mostrar ostentosamente que eso ya no se toleraba. No fue fácil, porque las formalidades llevaban todo un día y los policías se negaban a perder así el tiempo en esas minucias. Pero Bratton equipó un autobús como comisaría ambulante y consiguió reducir el proceso a una hora. Además, insistió en que se registrara a los detenidos y se les fichara. Resultó que muchos llevaban armas o tenían órdenes de arresto. De repente a los policías de a pie les empezó a gustar la idea: con poco esfuerzo estaban consiguiendo unos estupendos resultados. Los delincuentes empezaron a dejarse las armas en casa y a pagar los billetes, y los delitos menores en el metro cayeron en picado.
Con la elección como alcalde de Rudolf Giuliani, en 1994, Bratton fue nombrado jefe de policía de la ciudad de Nueva York, y empezó a aplicar las mismas estrategias a toda la ciudad. Se modificaron las normas para facilitar el arresto de borrachos, mendigos agresivos o limpiacristales forzosos y en general, a los responsables de pequeños desordenes. Y el crimen cayó en picado como lo había hecho en el metro.
La Teoría de las Ventanas Rotas tiene, por supuesto, sus detractores. Puede parecer simplona, antiintuitiva (¿no deberían tener los problemas difíciles soluciones igual de difíciles?) y, peor aún, regresiva (¿no estamos volviendo a un concepto de la ley y el orden incompatible con las ideas progresistas que todo buen ciudadano debe tener?). Las primeras críticas señalaban además que no tenía ninguna base experimental, pero si el experimento a gran escala que supone su aplicación en Nueva York no es suficiente, en 2008 apareció un estudio holandés en Science, realizado con toda la metodología de la psicología social, que la confirmaba (aquí el paper de Kees Kiezer y aquí una reseña divulgativa en The Economist).
Hay además una razón de orden más general que hace verosímil la teoría: lo que Gladwell llama El poder del Contexto, que a su vez es una idea muy ligada a uno de los grandes descubrimientos de la psicología social: el error fundamental de atribución.
Pero ya llevo más de mil palabras y un post no debería ser así de largo…
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NOTA: La psicología social holandesa se ha visto desprestigiada por el caso de Diederik Stapel, que se inventó de cabo a rabo varios papers, alguno en la línea del de Kees Kiezer. Por lo que he buscado no tienen ningún trabajo juntos, pero lo digo para que conste.