Playlist, julio de 2014

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No es mi lista: es la de mi hijo. Son las canciones que estaba deseando escuchar al volver a casa tras dos semanas de campamento, sin música. Las apunté mientras sonaban en la cena, con disimulo, secretamente orgulloso. Dentro de unos años mi hijo no será el mismo, pero quería hacer este post para que al menos quede la música.

 

 

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Desinflando a Marías

[Vaya por delante un aviso para evitar sustos: voy a hablar del novelista Javier Marías, no del filósofo Julián, a quien sigo admirando tanto como cuando escribí el post anterior. Es que al hablar sobre el padre me he acordado del hijo...].

   

Parece que Flaubert era capaz de pasarse días agonizando sobre el papel para encontrar le mot juste, la única palabra que encajaba en la frase y con la que ésta alcanzaba su sentido pleno. Conformarse con otra cosa, con vocablos aproximativos  o con significados romos, era indigno de la tarea de escritor.

Javier Marías no tiene esos problemas. Ha descubierto un enfoque nuevo: cuando hay varias palabras en disputa, las pone todas. De esta manera, los críticos alemanes, que no deben ser muy partidarios del franchute Flaubert, pueden extasiarse ante su rico vocabulario y el pulso de largo aliento que posee su prosa.

Pero mejor veamos un ejemplo. En el primer tomo de “Tu rostro mañana”, su aclamada trilogía de 1300 páginas, encontramos al narrador arrodillado en una escalera, intentando borrar una mancha de sangre que misteriosamente ha aparecido allí. Me he tomado la molestia, como nos recomendaba mi profesor de Lengua de 1º de BUP, de tachar las repeticiones, circunloquios, o perífrasis innecesarias. Hagan la prueba de leerlo saltándose las tachaduras:

Yo estaba ahora ya limpiando la mancha en casa de Wheeler con algodón empapado, la sangre no era muy fresca pero tampoco estaba del todo seca o reseca, y la madera bien barnizada, encerada, pulida, permitía irla quitando o sacando, aunque no sin hacer fuerza e insistir una y otra vez y gastar alcohol y algodones como no había supuesto, los iba dejando a un lado, en el cenicero de Peter —los ya ensangrentados—, y a la vez iba con cuidado para no dañar la tarima ni sustituir una señal por otra, con el alcohol no se sabe. Lo que más cuesta limpiar de esas manchas o hasta de gotas minúsculas es su cerco, su círculo, la circunferencia, no sé por qué eso se aferra al suelo muchísimo más que el resto, o a la loza del lavabo o del baño, allí donde las gotas o las manchas caigan, y además eso ocurre en seguida, incluso cuando la sangre es bien fresca, nada más ser vertida, habrá una ley física sin duda alguna, pero yo la desconozco. ‘Tal vez’, pensé, ‘tal vez es una forma de agarrarse al presente, una resistencia a desaparecer que también oponen los objetos y lo inanimado, no las personas tan sólo, tal vez es la tentativa de dejar su huella de las cosas todas, de hacer más difícil su negación o su difuminación o su olvido, es su manera de decir “Yo he sido”, o “Soy aún, luego es seguro que he sido”, y de impedir que los demás digamos “No, esto no ha sido, nunca lo hubo, no cruzó el mundo ni pisó la tierra, no existió y nunca ha ocurrido“.

El texto se queda en poco más la mitad, y si aplicamos este tratamiento al libro entero el encogimiento es mayor aún, porque Marías gusta de volver una y otra vez a lo mismo y de repetir incluso frases enteras de un tomo en el siguiente. Una vez desinflada, la magna trilogía de 1300 páginas se queda en una novela de, como mucho, 400. Mucho más digerible, además.

¿Que por qué me ensaño con el hijo de Don Julián? Porque ¡me he leído la trilogía! Sí, lo he hecho: he sido incapaz de dejarla a la mitad. Paradójicamente, tanto aire verbal, tal empacho de flatus vocis, a la vez que me impacientaba, me espoleaba a leer y leer: a ver cuando pasaba algo. Ciento cincuenta páginas y por fin el narrador ha subido la escalera donde estaba la mancha. Otras ciento cincuenta y, a la mañana siguiente, ha bajado esa misma escalera. Etcétera.

Pero lo peor no es el ritmo de caracol, no son los diálogos en los que todos los personajes hablan igual, no son las bromas privadas que sólo harán gracia al autor (como la aparición estelar de un antipático Francisco Rico, del que Marías dice, sin asomo de ironía, que “es un hombre eximio”). No necesito que una novela tenga acción, ni riqueza de registros verbales, ni que sea simpática. Me gustan los ensayos, y en las novelas busco también ideas. Lo más decepcionante para mí es que en esas 1300 páginas apenas hay ideas: tres o cuatro que Marías rumia obsesivamente, y que parecen sólo ecos de la experiencia de su padre en la Guerra Civil. Sólo cuando habla de él remonta el vuelo este gigantesco soufflé de palabras: cuando deja de ser una novela.

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Postdata 1: Me resulta curioso que tengo muy claro que sólo he terminado la trilogía porque la he leído en el Kindle, no en papel. Pero no sabría explicar bien por qué es así. Quizá en otro post consiga aclarár(me)lo.

Postdata 2: La experiencia no me ha traumatizado, porque ahora estoy leyendo otra trilogía. Y esta es maravillosa: la Deptford Trilogy de Robertson Davies. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una novela: esta tiene ritmo narrativo, variedad de registros, humor… e ideas para dar y tomar.

Posdata 3: La ley física que sospecha Marías para explicar los cercos de las manchas existe: véase aquí.

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Julián Marías: cien años

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Julián Marías, un hombre ejemplar al que he dedicado algún post aquí.

No es que le estén haciendo muchos homenajes, pero yo esperaba un ninguneo mayor aún. Así que voy a poner mi pequeña contribución a este centenario enlazando aquí alguno de los artículos que le ha dedicado hoy la prensa.

El País le dedica un conmovedor retrato a través de los ojos de sus hijos, firmado por Juan Cruz, una columna de su atrabiliario hijo Javier (que no participará en las escasas celebraciones) y un breve comentario sobre su relevancia filosófica firmada por un Zamora Bonilla que no es Don Jesús. El Mundo le llama “El intelectual en la sombra”, y el ABC, donde escribió muchos años, trae una evocación de su hijo Álvaro, un artículo de Ignacio Sánchez Cámara (“Una vida presidida por el amor a la verdad”) y una extensa entrevista a “su discípulo” (del que no tenía ninguna noticia) Francesco de Nigris.

Como hubiera dicho don Julián: “Por mí que no quede”.

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Vida de PI: un prólogo

PI es, naturalmente, Pablo Iglesias, ¿quién si no? En España no se habla de otra cosa, hasta el punto de que cuando FJL (Federico Jiménez Losantos) lo llama “Pablo Iglesias bis”, lo primero que piensa uno es: “¿Bis?¿es que hay otro?”.

Estas dos últimas noches, tras las elecciones europeas en las que Podemos ha obtenido cinco escaños (las encuestas le daban uno: otro tema que da que pensar y del que casi nadie ha hablado), mi mujer y yo hemos visto en Youtube unos cuantos vídeos de sus tertulias.

PI ha sido muy inteligente, moviéndose como pez en el agua (Mao dixit) en ese singular ecosistema que ha invadido nuestras televisiones: las tertulias, charcas fangosas donde la opinión política muta en combate de boxeo. Se ha preparado sus intervenciones como un opositor aplicado se prepara el examen oral, y ha dado sopas con ipad a los opinosaurios acartonados que nunca se han molestado en saber de lo que hablaban. No habían entendido que Youtube lo ha cambiado todo, y cada vez que el opositor de la coleta les noqueaba dialécticamente, el KO quedaba para los archivos, y era lo primero que iba a devolver Google cuando se tecleara su nombre asociado a PI (“¿cuántas matrículas, Marhuenda?”)

El salto al estrellato de PI se estudiará sin duda en las facultades de Comunicación y de Políticas: se ha ganado su decimocuarta matrícula de honor, y ya no en una asignatura sino en la vida. Pero mucho más que su irresistible ascensión me interesa otra cosa.

PI ha triunfado en las tertulias por su carisma mediático, y esto incluye varios factores, desde los más superficiales (tiene buena voz, no pierde los nervios, dosifica bien su vehemencia y la envuelve en el excipiente de la cortesía formal…) hasta los más de fondo: aporta datos, argumenta con coherencia, habla claro y dice verdades como puños. A diferencia de las estrellas mediáticas a las que nos hemos acostumbrado, no es un cantamañanas o un friqui (por más que lo diga el patético Arriola).  Lo que que ilusiona de PI es que su discurso es atractivo a la razón. Parece impecable, y si yo tuviera treinta años menos seguramente le habría votado.

Y aquí llego a lo que de verdad me interesa de PI: que me hace pensar en qué he aprendido en estos treinta años para no votarle.

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(¿Por qué este post se titula “un prólogo”? Porque estos días no tengo energías para resumir treinta años… pero también porque de la vida de PI estamos sólo en el prólogo).

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El estudiante

(Un cuento de Chéjov para el Viernes Santo)

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.

Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.

La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río

-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches!

Vasilisa se estremeció, pero enseguida lo reconoció y sonrió afablemente.

-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.

Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.

-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!

Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:

-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?

-Sí, fui.

-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió… Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban…

Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.

-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena… Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo…

El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.

Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella…

Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.

Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. “El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros”. Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.

Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido

* * *

Chejov escribió unos 250 cuentos. Este era su favorito, nos dice Simon Leys
(he sacado el texto de aquí).

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Malentendidos creadores

Me ha encantado esta anécdota que he encontrado en un libro, todo él, encantador: La felicidad de los pececillos, de Simon Leys. No me acabo de creer que sea auténtica, pero lo merece.

En mi juventud, hice un curioso viaje a pie a una región desfavorecida del Kwango, en el país de los bayaka. De vez en cuando venía allí, a los pueblos de la sabana, un comerciante griego equipado con una camioneta y un grupo electrógeno a organizar sesiones de cine ambulante (os hablo de antes de la Independencia; pues hoy, aun en el supuesto de que siguiera habiendo griegos emprendedores en la región, dudo que pudieran encontrar todavía pistas practicables para llegar a esas remotas aldeas). Las películas que proyectaba el griego eran viejas producciones de Hollywood con mujeres fatales, teléfonos blancos y gánsteres con puros y trajes a rayas. ¿Contaban estas películas con banda sonora? La verdad es que habría sido de escasa utilidad, pues los espectadores sólo comprendían el kiyaka. En cambio, inventaban, a partir de esas imágenes inciertas que bailaban en una pantalla improvisada en la noche rechinante de insectos, unas epopeyas prodigiosas que sobrepasaban con creces todo cuanto hubiera podido concebir nunca la imaginación de los guionistas de Hollywood.

Los únicos actores negros que aparecían en las películas estadounidenses de esa época eran invariablemente relegados a insignificantes papeles de figurantes mudos: un portero de hotel, un limpiabotas, la cocinera de una mansión, un mozo de equipajes, etcétera. Pero era en ellos en quienes se concentraba todo el interés apasionado de los espectadores. A los ojos de éstos, se convertían en los verdaderos héroes de la película: y, por otra parte, la propia rareza de sus apariciones no hacía sino confirmar esta importancia oculta y fundamental de sus papeles que les prestaba la inspiración colectiva de los espectadores. Sus entradas en escena, excepcionales e inopinadas, eran saludadas cada vez con una enorme ovación, y siempre estaban precedidas de una intensa espera. A veces ocurría que el figurante negro desaparecía definitivamente después de haber salido nada más que una vez, pero ¡no importaba! Ello significaba que se volvía más libre de continuar sus fabulosas aventuras en esa otra película, invisible y soberbia, de la que la pantalla no mostraba más que el pobre envés.

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Libre albedrío: apostillas a un debate

Respondo aquí, como buenamente puedo, a algunas cuestiones que se han planteado en el debate del post anterior. De vez en cuando enlazaré comentarios, mencionando en negrita a su autor. Pido perdón por la extensión: no he sabido hacerlo más breve (aun así, es 20 veces más corto que ese debate, y bastante más ordenado  :-) ).

1

Cuando escribí el post anterior no me preocupé de definir libre albedrío, pero después de doscientos comentarios va a resultar que sí es conveniente… Para mí, decir que “tenemos libre albedrío” es sólo una abreviatura para afirmar que “elegimos realmente nuestras acciones”. Es decir, que nuestra capacidad de tomar decisiones no es ilusoria, aunque pueda ser más limitada de lo que nos gustaría.

Esto parece un concepto sencillo: sería lo opuesto a funcionar mecánicamente o de modo determinista. Pero la cosa se complica enseguida. Hay por lo menos tres factores de complicación.

Primera complicación: “tener libre albedrío” se ha vinculado tradicionalmente con la noción de “ser responsable de los propios actos”, y ésta, a su vez, con la de “ser imputable por sus consecuencias”. Nos metemos así de cabeza en una dimensión legal, social y ética que tiene vida propia (si no somos responsables de nuestros actos ¿siguen teniendo sentido los tribunales y los castigos?). Por muy interesante que esto sea prefiero dejarlo al margen, para que no complicar una discusión ya de por sí difícil.

Segunda complicación: la “capacidad de elegir realmente” se suele equiparar a “tener un yo ejecutivo”. Y hay muchas pruebas que señalan que ese concepto de “yo” que nosotros manejamos es en buena medida una construcción cultural. Ramonmo ha citado varios versos de la Ilíada en ese sentido, pero se trata de mucho más que versos sueltos. Efectivamente, el concepto del hombre, y del mundo en su conjunto, era muy distinto en la Grecia homérica que en el occidente actual. Esta diferencia se ha explicado de varias maneras: para Feyerabend, aquellos griegos veían “el mundo como un agregado”; Owen Barfield habla de su “conciencia participativa”; Jaynes, en su famoso libro de título kilométrico, califica su mente de “bicameral”…

A mí todo esto me parece sumamente interesante, pero creo que es poco relevante para la discusión que nos traemos aquí. Simplemente, nos dice que otras culturas no han compartido nuestra visión del yo como monarca absoluto. Para los griegos, parece que era un CEO en cuyo consejo de administración se sentaban Atenea o Zeus. La tesis de que “no tenían un yo” me parece muy extrema, pero incluso admitiéndola, lo que esto significaría es que con el “yo” pasa como con el lenguaje: las personas somos capaces de desarrollarlo, pero necesitamos que la sociedad dispare ciertos procesos para que esa capacidad potencial se actualice. En cualquier caso, ahí sigue sin explicar nuestro yo, algo que, tomando prestadas las palabras de Marfil, es para nosotros “mucho más inmediato y evidente fenomenológicamente que cualquier tipo de conocimiento científico”. Está de moda hablar mal de Descartes, pero cuando él tomó como única verdad indudable la existencia del yo, sabía lo que hacía…

Aun obviando las complicaciones éticas y psicológicas, nos queda una tercera: la epistemológica. Esta es en la que me gustaría centrarme.

 2

Como decía en el post anterior, el libre albedrío no cabe en el paradigma científico actual. Con la terminología de Kuhn, es una “anomalía” para nuestra “ciencia normal” (que es sin duda, mankel, la neurología de Eagleman, no esa psicología popular en la que nos vemos como individuos libres,  que no es una ciencia). Es una anomalía porque no encaja con las categorías de azar o de necesidad, y no hay tercera opción. O mejor dicho, no la hay en nuestra ciencia: no es cierto que sea una imposibilidad lógica, como afirma Epicúreo. Simplemente no lo hemos conceptualizado, igual que no concebíamos  que pudiera haber un tercer valor de verdad entre “verdadero” y “falso” hasta que se inventaron la lógica difusa o la lógica cuántica.

Cuando uno parte de premisas equivocadas, normalmente no se da de narices con contradicciones flagrantes; lo que ocurre es que, para esquivarlas, se va enredando en razonamientos cada vez más alambicados. Eso es lo que yo veo cuando Epicúreo afirma algo tan sorprendente como que “el libre albedrío no sólo no es incompatible con el determinismo, sino que lo requiere”, ya que “si no funcionáramos causalmente, ni nuestros pensamientos ni nuestros sentimientos mantendrían la coherencia a lo largo del tiempo, serían caóticos”[1]. Evidentemente, si somos como una ruleta, malamente vamos a tener “la capacidad para decidir lo que hacemos basándonos en juicios reflexivos”. Pero esto sólo nos echa en brazos del determinismo porque por principio no admitimos una tercera opción entre azar y necesidad. Nos vemos forzados a ello por nuestras premisas.

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Neurociencia III: Libre albedrío

Ahora parece que la neurología defiende el determinismo: lo científico es decir que no tenemos libre albedrío.

Lo leo una y otra vez, no sólo en Eagleman, sino en Pinker, Gazzaniga, Crick… y pienso que una afirmación tan rotunda debería de estar muy bien sustentada. El argumento viene a ser muy simple: si la conciencia desempeña un papel tan pequeño, si el grueso del funcionamiento del cerebro corresponde a “mecanismos zombis” automáticos, parece que queda muy poco espacio para nuestra libertad.

Demasiado simple, podríamos decir. Una cosa es que no seamos los seres racionales y cien por cien conscientes que nos gustaría ser y otra que nuestras decisiones ya estén tomadas y no pintemos nada. Si nuestro “yo” es el CEO de la empresa cerebral, como dice Eagleman, sigue teniendo el mando, por mucho que delegue buena parte del trabajo. No es un monarca absoluto, pero es que tal cosa tampoco existe en la realidad: por poderoso que parezca, el poder de un gobernante está siempre limitado. Por  las leyes (¡hasta Stalin tenía que obedecer las de la física!), por la tupida red de dependencias que son las relaciones internacionales, por la falta de información y la incapacidad para analizar la que se tiene… Es ingenuo pensar que un rey hace su voluntad al 100%, y parece que lo que exige la neurociencia es abandonar ese modelo ingenuo de “yo” que era como los reyes de los cuentos. No parece tan grave.

¿Por qué esa insistencia en negar el libre albedrío en vez de simplemente matizarlo? Mi impresión es que no es tanto una cuestión de evidencia experimental como de principios. Por ejemplo, se citan siempre los célebres experimentos de Benjamin Libet, diciendo que demuestran que, un segundo antes de que seamos conscientes de nuestra intención de mover un dedo, el electroencefalograma muestra la actividad cerebral correspondiente a esa “decisión”: el cerebro se pone en marcha entre bastidores y sólo un ratito más tarde “recibimos la noticia de que se nos ha ocurrido mover un dedo”. Esto parece muy espectacular… hasta que empieza uno a leer los detalles del experimento y ve que no están nada claros. Tan poco claros están que un campeón del materialismo como Francis Crick prefiere obviarlos, y en su libro “The astonishing hypotheses” dice que “resultan difíciles de interpretar y han dado origen a muchas polémicas”. El libro es de 1995; desde entonces, las polémicas y los resultados contradictorios han continuado.

De modo que la evidencia experimental contra el libre albedrío puede ser muy confusa, pero se cita a menudo con sensacionalismo. Y se hace así porque en el fondo “se sabe” que el determinismo tiene que ser cierto: si partimos, por principio, de que la mente no es más que el resultado del funcionamiento del cerebro, y el cerebro no es más que materia, ¿desde cuándo la materia tiene voluntad, libertad o responsabilidad?

En situaciones confusas, como ésta, lo mejor es preguntar al primero de la clase: Steven Pinker. En su monumental How the mind Works no menciona a Libet, pero no elude el tema por antonomasia. Y dice sobre el libre albedrío una cosa interesante y otra absurda.

Empiezo por la segunda. Al final de su discusión dice que la metáfora de la mente como una máquina y de las personas como robots sólo deshumaniza a la gente…

…si  uno carece tanto de imaginación que se apega al sentido literal y no es capaz de cambiar entre diferentes posturas al conceptualizar a las personas en función de propósitos distintos. Un ser humano es al mismo tiempo una máquina y un agente libre capaz de sentir, dependiendo de cuál sea el propósito de lo que se estudia, del mismo modo en que es un ciudadano que paga impuestos, un corredor de seguros, un paciente en una clínica dental o doscientas libras de lastre en un avión, dependiendo siempre de los propósitos que guían un estudio.

Hombre, no: ser contribuyente, paciente del dentista, etc, son cosas obviamente compatibles. Pero ser una máquina es incompatible lógicamente con ser un agente libre y sentiente, apreciado Steven, y tú lo sabes perfectamente.

Pese a este deslucido final, la discusión de Pinker empieza un par de páginas antes señalando algo muy relevante [1]:

La ciencia con seguridad va a devorar el libre albedrío, con independencia de lo que descubra, porque el modo científico de explicación no puede acomodar la misteriosa noción de una causación incausada que subyace a la voluntad. Si los científicos quisieran demostrar que las personas tienen voluntad, ¿qué buscarían? ¿Algún suceso neural aleatorio que el resto del cerebro amplifica como una señal que lleva a desencadenar el comportamiento? Pero un suceso aleatorio como el supuesto no se ajusta al concepto de libre voluntad más de lo que se ajustaría uno que fuera perfectamente acotable por leyes, y no podría servir para cumplir las funciones que debería satisfacer el tan largamente buscado locus de la responsabilidad moral. No declararíamos a alguien culpable si su dedo apretara el gatillo porque estaba unido mecánicamente a la rueda de una ruleta que había empezado a girar, ¿por qué debería ser distinto en el caso de que la ruleta se hallara en el interior del cráneo? El mismo problema se plantea en otra impredecible causa que ha sido sugerida como fuente originaria de la libre voluntad, la teoría del caos, en la cual, según su versión más estereotipada, un mero revoloteo en el cerebro puede causar un huracán en el comportamiento. Pero, aunque alguna vez se diera este caso, sería aún una causa de comportamiento y no se ajustaría al concepto de una libre voluntad incausada, que subyace a la noción de responsabilidad moral.

Esa es la cuestión: la ciencia no puede encontrar el libre albedrío porque es algo que no está entre sus conceptos. No tiene esa categoría. Para ella no hay nada entre el azar y la necesidad, y el libre albedrío es por definición algo que no es ni una cosa ni otra. No es posible conceptualizarlo dentro de nuestro paradigma científico actual.

Ya hemos visto cosas similares otras veces. En la física aristotélica no había lugar para el vacío por principio, de modo que el vacío nunca podría encontrarse. Sólo cuando se abandonó la física de Aristóteles, en la Revolución Científica del siglo XVII, pudo encontrarlo Torricelli. Quizá haga falta otra revolución científica para que haya un lugar para el libre albedrío, y entonces lo encontremos enseguida, porque al fin y al cabo llevamos toda la vida conviviendo con él. Sea como sea, creo que sólo una profunda revisión filosófica podría acercarnos siquiera un poco a resolver el problema.

* * *

[1] Gracias a Loiayirga que me ha ahorrado un buen rato de tecleo, aunque he tenido que retocar la traducción española, que tiene algún error de bulto al principio de este párrafo.

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Neurociencia II: El cerebro de Incógnito

El desafío de la neurociencia se puede resumir en que supone el destronamiento definitivo del hombre: si con Galileo dejamos de ser el centro del universo, dice Eagleman en Incógnito, ahora descubrimos que ni siquiera somos el centro de nosotros mismos. La conciencia, el yo, no es el núcleo de la mente sino (cito de una reseña de la contraportada)…

… una función limitada y ambivalente en un vasto circuito de funciones neurológicas no conscientes. De ahí que la mayoría de nuestras operaciones mentales ocurran “de incógnito”.

El libro empieza recurriendo a las ilusiones ópticas (esas “burbujas que pueden revelar el agua al pez”) para mostrarnos que el mundo que percibimos no está realmente “ahí fuera” sino que es una construcción de nuestro cerebro, una construcción automática e inconsciente.

En el siguiente capítulo pasa a las ilusiones cognitivas: primado, efecto de mera exposición, etc., para concluir que ni siquiera en el campo del pensamiento nuestra consciencia hace gran cosa.

Hasta aquí no hay nada que no hayan contado otros igual de bien o mejor (para las ilusiones cognitivas, por ejemplo, una referencia mucho mejor es el imprescindible libro de Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio), aunque Eagleman es muy ameno y agradable de leer.

Donde me parece que entra en un terreno de hipótesis más personales y resbaladizas es cuando describe el cerebro como “un equipo de rivales”. Empieza citando a Marvin Minsky, que en La sociedad de la mente presentó el cerebro como una agrupación de subagentes, cada uno realizando tareas particulares. Para Eagleman, un modelo mejor es una democracia, en la que los agentes (los partidos) sostienen opiniones diferentes sobre los mismos temas, y están en conflicto permanente. El “sistema bipartidista dominante” es el de razón/emoción, pero hay más, insiste Eagleman. El problema es que, aunque lo dice y lo repite, apenas da algún ejemplo de tal conflicto. Habla del cerebro derecho vs. cerebro izquierdo (pero esa división parece pertenecer a una categoría diferente) y prácticamente nada más que no sean interferencias más bien triviales entre procesados de aspectos distintos (por ejemplo, si nos preguntan el color de la tinta en el que están impresas unas palabras que nos van mostrando, tardamos más en responder si la palabra es el nombre de un color: “azul” escrito en rojo, pongamos).

Aquí hemos cruzado el ecuador del libro (pg. 171) y llegamos al punto clave: la consciencia.

Eagleman presenta  la consciencia como el CEO de una empresa, que no puede controlar todos los procesos (ni falta que hace) y al que llegan sólo “resúmenes ejecutivos” para tomar decisiones. Si fuéramos sólo unos agregados de “sistemas zombis” seríamos muy eficaces (literalmente, ¡como una máquina!) pero seríamos cognitivamente inflexibles. La consciencia se despierta cuando algo viola las expectativas o cuando hay que mediar entre sistemas zombis en conflicto.  El ser humano la necesita porque está dotado de un número excepcionalmente grande de estos sistemas, igual que una empresa, por encima de un cierto tamaño, necesita un CEO que dirija la orquesta.

Esta idea sobre la consciencia parece que es de F. Crick y C. Koch, y me parece muy bien… salvo que no veo que diga nada sobre por qué ese trabajo de dirección de orquesta tenga que ir acompañado de una sensación de consciencia. Si construimos un robot con una serie de sistemas sensores, de inteligencia artificial, etc, y colocamos en la cúspide un módulo que lo gestione todo, ¿ese módulo va a ser consciente?¿Va a percibirse como un “yo” que toma decisiones? Me parece que aquí hay un salto mortal en el vacío.

Con este final poco convincente concluye la parte de divulgación neurológica del libro. Lo que queda es un largo capítulo sobre la cuestión de la responsabilidad penal a la luz de la neurología. Tiene cierto interés, pero sus 50 páginas resultan repetitivas y a ratos un tanto pedestres. Un poco decepcionante, sobre todo porque le sirve a Eagleman para escabullirse del gran tema que tocaba ahora. El tema por antonomasia: el libre albedrío.

Nosotros no nos vamos a escabullir. Sólo lo dejamos para el siguiente post.

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Neurociencia I: El desasosiego

Estas Navidades devoré Incógnito, de David Eagleman. Se lee muy bien, y por momentos está muy bien escrito, con comparaciones o ejemplos brillantes y a la vez sencillos. Por ejemplo (pg. 42):

Como la visión parece requerir tan poco esfuerzo, somos como peces a los que se les desafía a comprender el agua: como el pez nunca ha experimentado otra cosa, le resulta casi inconcebible verlo o percibirlo. Pero si una burbuja pasa por delante del inquisitivo pez, le puede ofrecer una pista crucial. Al igual que las burbujas, las ilusiones visuales pueden llamar nuestra atención hacia lo que normalmente damos por sentado, y de este modo son herramientas cruciales para comprender los mecanismos que se dan entre bastidores del cerebro.

Hay muchas “burbujas” de éstas en el libro. En sus mejores momentos es como champán, pero en ocasiones su efervescencia se parece más a la de la gaseosa, como cuando dice cosas como ésta (pg. 58):

Si lo que acaba de leer ha cambiado su idea de cómo percibimos la realidad, abróchese el cinturón, porque lo que viene ahora es aún más extraño.

Afortunadamente no abusa de estos recursos baratos, y como lectura, en conjunto, es un placer… y por eso es curioso que a mí me produjera ese desasosiego.

Incógnito proyectaba una sombra sobre otras lecturas. Me impacientaba, por ejemplo, leyendo las reflexiones de Simone Weil sobre la desdicha. ¿No se trata, en realidad, de depresión, y no sabemos hoy que la depresión es un desequilibrio químico en el cerebro? (falta de serotonina, lo dice en la pg. 248).

Weil habla de la desdicha como “el gran enigma de la vida” (A la espera de Dios, pg. 76), porque es donde se plantea, con mucha mayor plenitud que en el mero sufrimiento, el problema del mal. Uno está tentado, cuando lee esto en paralelo con Eagleman, de desecharlo sin más como una antigualla de una era precientífica y oscura.

Y esto me desasosiega, porque al margen de que Weil esté más o menos acertada aquí, con ella tiraría a la basura mucho más: toda una visión del hombre, la que valoramos (yo al menos) como más esencial. Somos muchas cosas a la vez: ciudadanos de un estado, agentes económicos, padres de familia, empleados en tal o cual trabajo… pero nada de esto nos define. Por muy identificados que estemos con estos papeles, los sentimos sólo como eso: roles que desempeñamos pero que no responden a la pregunta de ¿quién soy yo?

Todos sentimos que somos algo diferente del total de nuestras acciones. Somos un “yo”. Tenemos una “teoría del yo” implícita, tan obvia que cuesta mucho explicitarla (como el agua al pez). Es en el marco de esa teoría en el que se mueve Weil cuando habla de sufrimiento o desdicha. Pero es el marco en el que se mueve también esta mujer anónima que en el cercanías habla por el móvil de sus conflictos en el trabajo, por más que su cháchara sea trivial en comparación con la prosa de Weil.

A menudo, cuando se dice que la ciencia es un desafío a nuestro concepto tradicional de nosotros mismos, se piensa en la visión religiosa (el hombre como cumbre de la creación, hecho a imagen y semejanza de Dios, cuestionado por la teoría de la evolución, etc.) Es un error: el desafío va mucho más allá. Al menos en el caso de la neurociencia: lo que se cuestiona es la visión de sentido común que todos compartimos y que está implícita en los ámbitos más básicos de nuestra vida. Para empezar, en el lenguaje, en nuestras frases con sujeto y predicado y en nuestras tres personas del verbo: yo, tú, él.

Pero, ¿cuál es le desafío?¿Se nos ocurre algo para afrontarlo? Lo dejamos para el próximo post.

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