Alexandre Grothendieck, in memoriam

No lo encontrarán en los periódicos españoles, pero yo se lo cuento. Ayer falleció uno de los grandes genios del siglo XX: el matemático Alexandre Grothendieck. Tenía 86 años y desde 1991 vivía solo en un pueblo del Pirineo francés (ahora se ha sabido que era Lasserre, 200 habitantes, a unos 30 km del valle de Arán). No sé si Grothendieck fue el mayor matemático del siglo XX, como dice hoy Le Monde, pero seguramente fue el más carismático, como ya conté aquí.

Grothendieck con 20 años. Sacado de la necrológica de Liberation

Hijo de padres anarquistas que huyeron primero de Rusia y luego de Alemania, lucharon con la República en la Guerra Civil y fueron internados en la Segunda Guerra Mundial (su padre murió en Auschwitz), acabó el bachillerato en 1944, y se matriculó en matemáticas en Montpellier.

No sacó muy buenas notas, pero llamó la atención de un profesor que le recomendó a ir a París. Allí Henri Cartan le puso en contacto con Laurent Schwartz y Jean Dieudonné, que, no sabiendo muy bien qué hacer con él, le plantearon una lista de 14 problemas no resueltos que eran un resumen de todo su programa de trabajo para los próximos años. Grothendieck tenía que elegir uno para trabajar sobre él y demostrarles que tenía madera de matemático.

Unos pocos meses más tarde, Grothendieck se presentó de nuevo a sus maestros: los había resuelto todos.

Schwartz y Dieudonné habían encontrado a un genio. Pero no era fácil retenerle. Grothendieck era apátrida y no podía acceder a un puesto de profesor en la Universidad. Antimilitarista acérrimo, se negaba a hacer el servicio militar (no se nacionalizaría francés hasta los años 70). Pasó unos años enseñando en Brasil y los EEUU, hasta que un industrial aficionado a las matemáticas, Léon Motchane, creó un centro privado, inspirado por el Advanced Study Institute de Princeton, en el que la única obligación y el único requisito eran investigar. Dicen que fue su admiración por Grothendieck, que entonces sólo tenía 27 años, lo que le motivó. El caso es que el genio apátrida desarrolló en el Institut des hautes études scientifiques (IHES) casi toda su carrera. En 1966 recibió la medalla Fields (para ser exactos, la recogió Motchane, pues Grothedieck se negó a ir a Moscú en protesta por el tratamiento que daba la URSS a los disidentes políticos).

Y este aspecto insobornable, comprometido, es lo que hace que Grothendieck sea más fascinante aún. Cada vez más descontento con el mundillo académico, se fue volcando en el activismo ecologista y pacifista, en sus reflexiones introspectivas, en el estudio de los sueños, que para él eran un camino hacia Dios. El artículo que le dediqué hace tiempo decía que “Se cree que vive solo, en un lugar aislado del Pirineo francés, y que trabaja en un manuscrito de miles de páginas sobre la física del libre albedrío y el problema del mal.”

Parece que Grothendieck quería, como Kafka, destruir sus manuscritos y que su obra se dejara de reeditar y despareciera de las bibliotecas. Ojalá la muerte no le haya dado tiempo a hacerlo: descanse en paz.

(Gracias a Tintín, que me avisó. Recomiendo la lectura de las necrológicas de Le Monde y Liberation; más posts sobre Grothendieck en ese blog aquí)

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El chupete de Guille y el espejismo materialista

Después de discutir (durante muchos años ya…) en este blog sobre las Grandes Cuestiones de La Vida El Universo Y Todo Lo Demás, he llegado a la conclusión de que hay una línea divisoria que es quizá más significativa que la que separa a creyentes de ateos, progresistas de conservadores, u optimistas (antropológicos) de pesimistas. De un lado de esa línea están quienes no encuentran ningún problema en la visión científica estándar. De otro lado están los que sienten frío: una íntima desolación que a menudo no saben articular, pero que puede llevarlos a rechazar la ciencia en bloque y a volverse a la religión (clásica o, más frecuentemente, en alguna versión new age).

Quizá lo que me distancia de mis colegas científicos, y lo que distingue este blog de otros, es que yo estoy de este lado. No porque rechace la ciencia, claro. La ciencia es maravillosa, pero la visión del mundo que se nos suele presentar como científica es problemática. Lo es porque reduce el mundo a cantidad, a materia y movimiento. Y por mucho que hayamos refinado el concepto de materia desde la res extensa de Descartes, sigue sin tener hueco para la libertad, el valor o el sentido: todo lo que constituye el mundo humano.

Seguramente donde se ve más claro esto es en la cuestión del libre albedrio, que discutimos hace unos meses aquí. El cientifista (pues cientifismo es el nombre preciso de la “visión científica estándar”), si es honrado, tiene que reconocer que no hay tal cosa: somos robots húmedos, y la libertad es un espejismo. No sólo la libertad, claro. En realidad, para el cientifista todo lo que constituye nuestro viejo y querido mundo son espejismos (aunque cuando escribe libros, prefiere desenmascarar sólo a uno de ellos, Dios: sería antipático explicar que el amor, la bondad, la libertad o incluso la razón son delusions, too).

¿Cómo puede el cientifista seguir su vida como si tal cosa y creer a la vez que es un robot? Generalmente, manteniendo vida y fe en compartimentos estancos. Es decir, haciendo justamente eso de lo que suele acusar a los científicos creyentes (que según él, levantan una pared impermeable entre el laboratorio donde trabajan entre semana y la iglesia a la que acuden el domingo).

Pero si el cientifista no se escabulle y mira de frente su carencia de libre albedrío, seguramente suscribirá lo que ha escrito Epicúreo en algún comentario de este blog (por ejemplo, aquí): tal cosa no tiene importancia, porque yo me siento como si fuera un agente libre, y eso es lo que importa. Igual que no me voy a marear por aprender que la Tierra gira, no voy a vivir como un robot por saber que lo soy. Afirmando esto, levantamos un muro entre “lo que el mundo realmente es” y “lo que yo debo hacer en el mundo”, y postulamos que es impermeable: compartimentos estancos, una vez más, pero al menos asumidos conscientemente y justificados con un argumento.

El problema es que esta justificación no funciona. No es verdad que no haya diferencia práctica (o pragmática) entre las dos visiones del mundo que, por simplicidad, voy a llamar del alma (la vieja visión de origen judeocristiano en la que somos agentes libres y responsables) y del robot (el determinismo cientifista). Estoy de acuerdo en que esa diferencia será mínima en lo que se refiere a nuestra actitud para con nosotros mismos, porque ciertamente nos vamos seguir percibiendo como libres. Descubrir que no lo somos sólo va a perturbar a unas pocas almas (¡perdón! ¿deberíamos decir máquinas?) incurablemente filosóficas. William James fue una de ellas, pero no abundan los William James. Casi todos vivimos de acuerdo con nuestros instintos y percepciones inmediatas, y sólo buscamos la verdad cuando nos interesa.

Ahora bien, ¿qué pasa con nuestra actitud ante los demás? Descubrir que no son más que máquinas convierte toda su actividad, todas sus idas y venidas, sus necesidades y demandas, en un espejismo. Todo el drama que se desarrolla cada día ante nuestros ojos pasa a ser una ilusión óptica, igual que el juego de puntos brillantes que bailan en la pantalla de la TV parece un rostro que ríe o que llora. Saber que no es real no nos impide emocionarnos con la película, ciertamente. Pero si nos empieza a aburrir cambiamos de canal, y si nos hartamos del televisor lo tiramos y compramos otro nuevo. A la hora de la verdad, actuamos de acuerdo con la lógica que resulta procedente según nuestros conocimientos de lo que el televisor es. Mientras estamos viendo la película la suspensión de la incredulidad funciona como un muro entre lo que el mundo es y cómo actuamos ante él: podemos incluso llorar con las desventuras de la protagonista; pero es un muro provisional y utilitario, que  se esfuma en cuanto nos conviene.

Mientras el materialismo sea una idea con poco arraigo en la sociedad, esto no se va a notar apenas. Igual que los nuevos ricos siguen actuando como pobres, los nuevos materialistas aún no han aprendido a vivir como les corresponde. Aún miran el espejismo de la vida como Guille mira la TV:

Guille_TV

Pero no es más que cuestión de tiempo. Inevitablemente, Guille crecerá. Si la visión científica estándar se impone, dejaremos de ofrecer nuestro chupete a esas sombras que danzan en la pantalla. Habremos aprendido que basta con apagar la TV.

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Hawking again (naturally)

A veces tengo insomnio, y la noche del sábado ha sido de las peores. A las cuatro de la mañana, después de probar de todo, pongo el ordenador y me encuentro con una noticia que me desvela definitivamente: No hay ningún Dios. Lo dice El Mundo en un titular que ocupa toda la página. ¡Esto sí que es la noticia más importante de todos los tiempos! (debía de ser por eso por lo que no pegaba ojo).

Menos mal que el susto dura un milisegundo porque la frase va entrecomillada y debajo, más pequeño, veo el nombre de Stephen Hawking y su foto… A mediodía, cuando se me ocurrió hacer una captura de pantalla, el titular ya ponía su nombre por delante, aunque seguía ocupando las tres columnas de la web de El Mundo:

Captura de pantalla El Mundo 2014-09-21Hawking again! (naturally). Qué cansino es este hombre, piensa uno. Se ve que en el sintetizador sólo tiene grabadas unas pocas frases y por eso dice siempre lo mismo…

Pero, bien pensado, la culpa no es suya sino del periodista, o en última instancia, del público, que es el que paga. Lo interesante de la noticia no son las opiniones de Hawking sobre Dios (tan cualificadas como las que tenga sobre la independencia escocesa o la cría de la trucha), sino la importancia que le damos.

A Hawking le damos importancia no porque sea un físico destacado sino por otra cosa. Es el único científico que ha llegado a personaje de Los Simpson, y en ese Olimpo Pop no se entra por méritos científicos, sino por ser un icono mediático. Y Hawking es un icono perfecto: postrado en una silla de ruedas (como el Dr. Strangelove) y  deformado por la enfermedad (admirable-ejemplo-de-superación) habla sobre el origen del universo (ciencia=trascendencia) con la voz metálica de un sintetizador (¡escalofriante!).

simpsons-stephen-hawking Hawking resuena a las mil maravillas con la concepción popular de la ciencia: los científicos son friquis y Hawking es lo más friqui que uno pueda imaginar. Cada una de sus apariciones es una performance, con su cuerpo inerte llevado en volandas o flotando ingrávido; cada una de sus entrevistas se anuncia como una exclusiva excepcional, aunque aparezcan con frecuencia… (hace un año salía otra el El País semanal).

En realidad, Hawking está siempre en los medios. Y esas es la clave, porque el sesgo de disponibilidad hace el resto: para el editorialista de El Mundo,  “es probablemente el mejor científico de este siglo”, y por eso “sus afirmaciones despiertan y merecen especial interés”.

No es que Hawking sea “probablemente el mejor científico de este siglo”. Es que es, seguramente, el más famoso. Pero su fama se debe a factores extracientíficos: uno no se hace famoso por ser un gran científico. Ahí tienen ustedes, por ceñirnos a los físicos vivos, a Freeman Dyson, Steven Weinberg, Murray Gell-Mann, Gerardus ‘t Hooft, Leonard Susskind, Alan Guth o Ed Witten. ¿Quién los conoce?

O ya puestos, ahí tienen a Juan Maldacena, para muchos es el físico vivo más brillante, que ha llevado a una nueva frontera nuestra comprensión de los temas que exploró, precisamente, Stephen Hawking (demostrando, de paso, que estaba equivocado en un punto fundamental). Maldacena es argentino y, vaya por Dios, se ha declarado católico. Quizá por católico, por argentino (o porque a nosotros en realidad nos importa un rábano la ciencia), un perfecto desconocido en España.

 * * *

P.S.1: No digo que lo que crea Maldacena tenga que ser más válido que lo que crea Hawking. Sin saber cuánto ha leído y pensado sobre estos temas sus opiniones sobre religión podrían ser tan fundadas como sus opiniones sobre la cría de la trucha. Lo que habla bien del argentino es que, a diferencia del británico, no va por ahí pontificando sobre un tema que no es el suyo. Ya saben: los que saben no hablan, los que hablan no saben.

P.S.2: Por si hay gente susceptible leyendo esto: desgraciadamente, por motivos familiares, conozco de cerca la enfermedad de Hawking. Nada más lejos de mi intención que despreciar a los que la padecen.

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Dejar de escribir

Cuentan las crónicas que Tomás de Aquino, uno de los teólogos más portentosos de la historia, hacia el final de su vida dejó de pronto de escribir. Cuando su secretario se le quejaba de que su obra estaba sin concluir, Tomás le replicó: “Hermano Reginaldo, hace unos meses, celebrando la liturgia, experimenté algo de lo Divino. Aquel día perdí todas las ganas que tenía de escribir. En realidad, todo lo que he escrito acerca de Dios me parece ahora como si no fuera más que paja”.

¿Cómo puede ser de otra manera cuando el intelectual se hace místico?

Cuando el místico bajo de la montaña
se le acercó el ateo, el cual le dijo
con aire sarcástico:
¿Qué nos has traído del jardín de las
delicias en el que has estado?

Y el místico le respondió: “En realidad
tuve intención de llenar mi faldón de
flores para, a mi regreso, regalar
algunas de ellas a mis amigos. Pero
estando allí, de tal forma me embriagó
la fragancia del jardín que hasta
me olvidé del faldón”.

Los maestros de Zen lo expresan más concisamente: “El que sabe no habla. El que habla no sabe”.

[Sacado de El canto del pájaro, de Anthony de Mello]

* * *

Tranquilos: yo sigo sin saber. Así que seguiré escribiendo…

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Libros a medio leer, curso 2013-2014

No suelo hacer balances del curso en el blog, pero este año, en el que tantos cabos se han quedado sueltos, quería darme un empujoncito para anudar aquí uno: el de los libros a medio leer. Aquí va la lista, creo que casi exhaustiva:

  1. Civilización, de Niall Ferguson: Un libro muy ameno que aborda la cuestión del éxito de las civilizaciones justo donde lo deja Jared Diamond en Armas, gérmenes y acero. Devoré unas 150 páginas en pocos días, pero tuve que devolverlo a la biblioteca y aunque lo compré un tiempo después, el lapso en blanco fue fatal para la lectura.
  2. Maus, de Art Spiegelman: Es probablemente la novela gráfica más prestigiosa de la historia, y por lo que leí, se merece su fama. Demasiado pesado para llevar en la mochila, y aparentemente fácil de retomar (“al fin y al cabo sólo es un cómic”), su turno siempre podía esperar. Ahora mi hijo se lo ha dejado a un amigo (¡glup!).
  3. Mathematics and physics, de Yuri A. Manin: Recomendación de MarianoS aquí mismo. Se quedó a medias en parte porque mi edición pirata (fotocopias del año 1986, más o menos) está completamente desencuadernada, así que sólo lo podía leer en casa si no quería correr el riesgo de que se desparramaran las hojas por el cercanías. Y en casa tengo muy poco tiempo durante el curso. Lo que leí, extraordinario: se merece un buen repaso (y no sólo de pegamento).
  4. Las crisis humanas, de José Ferrater Mora: Desde hace muchos años en las estanterías, lo cogí por impulso uno de esos días que a uno le apetece algo nuevo, aunque tenga diez o doce libros a medias. Sin duda influyó que abultaba poco y me pareció ideal para la sala de espera, además de que prometía poner en perspectiva La Crisis por la que atravesamos. El resultado: ahora tengo once o trece libros a medias.
  5. Vida, de Torres Villaroel: En algunas ferias del libro de ocasión ponen ahora casetas con libros gratis, y éste era uno de ellos, completamente nuevo en edición reciente de Austral. Sabía algo del personaje y me pareció curioso. Y lo es, pero se ve que la prosa del siglo XVIII se me hace cuesta arriba.
  6. La señal de la cruz, de Colm Toibin: Otro libro de ocasión, muy apropiado para leer a salto de mata, con capítulos independientes. Viajes por los lugares de Europa en los que la fe cristiana es más viva, contados por un irlandés escéptico. Debe ser uno de los primeros libros que se editó en España de un autor cada vez más prestigioso. Víctima del sino de los libros que se pueden leer a salto de mata.
  7. Biografía del silencio, de Pablo d’Ors: Que no haya sido capaz de acabar este librito, que tanto me interesa y que tan bien escrito está, demuestra bien a las claras cuanto lo necesito.
  8. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman: Monumental tratado, pero imprescindible y ameno. Traducción un tanto farragosa y mamotreto poco manejable, pero mi solución fue leerlo en inglés en el Kindle y repasar (pre-subrayando) luego en papel. Buena solución, pero demasiado trabajosa para durar.
  9. A la espera de Dios, de Simone Weil: Una víctima del desasosiego de la neurociencia. Lo cuento aquí, así que no hace falta que lo repita.
  10. Una historia secreta de la consciencia, de Gary Lachman: Lo empecé en paralelo con Incógnito: una experiencia curiosa leer dos libros tan distintos sobre lo mismo. Ganó el libro de Eagleman, y éste tuve que devolverlo a la biblioteca, pero me quedé con las ganas y lo compré unos meses después. Aquí lo tengo, al lado, y quizá sea el primero de las vacaciones.
  11. Cómo leer un libro, de Mortimer Adler y Charles van Doren: Sí, es un chiste fácil: ¿cómo no voy a dejar libros a medio leer si no he sido capaz de acabar éste? Obviamente me he quedado sin aprender a leer libros, ese es mi problema…
  12. La creación de lo sagrado, de Walter Burkert: Un tema que me interesa mucho, una editorial que me encanta y un autor del que no sabía nada pero parece ser una eminencia. Y para colmo, se trata de unas conferencias Gifford, benemérita institución a la que debemos muchas obra maestras. Salí emocionado de la librería, y sin embargo, ha sido una decepción. No puedo evitar la sensación de que con toda su erudición (y a diferencia de Rudolf Otto o de Mircea Eliade), Burkert no tiene ningún “oído” para la religión. Encontré luego un libro de Luis Cencillo, Mito, semántica y realidad, que me pareció un antídoto, pero no quería sumar más a la lista de libros a medias y sólo he leído el prólogo.
  13. La mente consciente, de David Chalmers: Un tour de force y una magnífica introducción al “problema duro” de la consciencia. Avancé hasta la mitad mientras discutía aquí en la serie de “Neurociencia“, allá por febrero. Pero no es una lectura para hacer a ratos mientras se está en otras muchas cosas.
  14. Personal knowledge, de Michael Polanyi: Por las mismas fechas en que leía a Chalmers me adentré en este libro, así que, mirado retrospectivamente, ¿cómo no iba a dejar a medias los dos?  Polanyi me parece inteligentísimo, brillante, necesario, siempre denso y demasiadas veces oscuro. Para colmo, la edición será de la Chicago University Press, pero tiene una letra diminuta, impresa con una tinta deleznable. Llevo casi 20 años queriendo leer este libro y supongo que me tendría que retirar a un monasterio para estudiarlo, pero no pierdo la esperanza.
  15. The hall of uselessness, de Simon Leys: Me encantó La felicidad de los pececillos, así que cuando un cómplice me envió este libro para el Kindle me dio una alegría. Sigue siendo el mismo Leys pero aquí se dispersa en temas a menudo demasiado lejanos o eruditos para mí. Lo que no quita para que tenga el firme propósito de acabarlo. No tengo claro si el kindle es una ayuda o un inconveniente para eso.
  16. Tecnología e imperio, de Nicolás García Tapia y Jesús Carrillo Castillo: No entiendo como puede subsitir la editorial Nivola publicando libros que se supone que no interesan a nadie en España, y para colmo de autores españoles. Pero ahí sigue y nos tenemos que felicitar por libros como éste. En mi caso le ha perjudicado que son cuatro biografías independientes (de ingenieros españoles del siglo de oro) y era demasiado fácil dejar a medias la lectura.
  17. Consciencia más allá de la vida, de Pim van Lommel: Las experiencias cercanas a la muerte, según un cardiólogo holandés, con mucha experiencia de primera mano. Después de leer en su día a Kübler-Ross, me pareció muy interesante conocer la perspectiva de un libro muy reciente y de un autor que es también médico pero resulta más científico (vam Lommel, que sepamos, no ve hadas…). Sigo con las ganas.
  18. Saving the appearances, de Owen Barfield: Lachman hablaba mucho de Barfield y lo que decía me parecía muy interesante. Pedí el libro a Amazon y me lancé sobre él. El principio es magnífico, pero cada (brevísimo) capítulo es como una ascensión empinada y pronto te falta el oxígeno.  Muy escueto, muy denso, con una terminología propia que lo hace más difícil, y con un inglés extraño, supongo que con un aire arcaico (aparte de Barfield, ¿decía alguien “without” en el sentido de “fuera de” en el siglo XX?). Este verano me gustaría tomar oxígeno para terminar la ascensión.

Repasando ahora estos libros veo que casi siempre los he dejado no porque fueran malos sino por querer abarcar demasiado, o por motivos muy circunstanciales. Casi podría ser una lista de recomendaciones para el verano: desde luego, para mí lo es.

Felices vacaciones. Y no dejen muchos cabos sueltos…

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Playlist, julio de 2014

 * * *

No es mi lista: es la de mi hijo. Son las canciones que estaba deseando escuchar al volver a casa tras dos semanas de campamento, sin música. Las apunté mientras sonaban en la cena, con disimulo, secretamente orgulloso. Dentro de unos años mi hijo no será el mismo, pero quería hacer este post para que al menos quede la música.

 

 

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Desinflando a Marías

[Vaya por delante un aviso para evitar sustos: voy a hablar del novelista Javier Marías, no del filósofo Julián, a quien sigo admirando tanto como cuando escribí el post anterior. Es que al hablar sobre el padre me he acordado del hijo…].

   

Parece que Flaubert era capaz de pasarse días agonizando sobre el papel para encontrar le mot juste, la única palabra que encajaba en la frase y con la que ésta alcanzaba su sentido pleno. Conformarse con otra cosa, con vocablos aproximativos  o con significados romos, era indigno de la tarea de escritor.

Javier Marías no tiene esos problemas. Ha descubierto un enfoque nuevo: cuando hay varias palabras en disputa, las pone todas. De esta manera, los críticos alemanes, que no deben ser muy partidarios del franchute Flaubert, pueden extasiarse ante su rico vocabulario y el pulso de largo aliento que posee su prosa.

Pero mejor veamos un ejemplo. En el primer tomo de “Tu rostro mañana”, su aclamada trilogía de 1300 páginas, encontramos al narrador arrodillado en una escalera, intentando borrar una mancha de sangre que misteriosamente ha aparecido allí. Me he tomado la molestia, como nos recomendaba mi profesor de Lengua de 1º de BUP, de tachar las repeticiones, circunloquios, o perífrasis innecesarias. Hagan la prueba de leerlo saltándose las tachaduras:

Yo estaba ahora ya limpiando la mancha en casa de Wheeler con algodón empapado, la sangre no era muy fresca pero tampoco estaba del todo seca o reseca, y la madera bien barnizada, encerada, pulida, permitía irla quitando o sacando, aunque no sin hacer fuerza e insistir una y otra vez y gastar alcohol y algodones como no había supuesto, los iba dejando a un lado, en el cenicero de Peter —los ya ensangrentados—, y a la vez iba con cuidado para no dañar la tarima ni sustituir una señal por otra, con el alcohol no se sabe. Lo que más cuesta limpiar de esas manchas o hasta de gotas minúsculas es su cerco, su círculo, la circunferencia, no sé por qué eso se aferra al suelo muchísimo más que el resto, o a la loza del lavabo o del baño, allí donde las gotas o las manchas caigan, y además eso ocurre en seguida, incluso cuando la sangre es bien fresca, nada más ser vertida, habrá una ley física sin duda alguna, pero yo la desconozco. ‘Tal vez’, pensé, ‘tal vez es una forma de agarrarse al presente, una resistencia a desaparecer que también oponen los objetos y lo inanimado, no las personas tan sólo, tal vez es la tentativa de dejar su huella de las cosas todas, de hacer más difícil su negación o su difuminación o su olvido, es su manera de decir “Yo he sido”, o “Soy aún, luego es seguro que he sido”, y de impedir que los demás digamos “No, esto no ha sido, nunca lo hubo, no cruzó el mundo ni pisó la tierra, no existió y nunca ha ocurrido“.

El texto se queda en poco más la mitad, y si aplicamos este tratamiento al libro entero el encogimiento es mayor aún, porque Marías gusta de volver una y otra vez a lo mismo y de repetir incluso frases enteras de un tomo en el siguiente. Una vez desinflada, la magna trilogía de 1300 páginas se queda en una novela de, como mucho, 400. Mucho más digerible, además.

¿Que por qué me ensaño con el hijo de Don Julián? Porque ¡me he leído la trilogía! Sí, lo he hecho: he sido incapaz de dejarla a la mitad. Paradójicamente, tanto aire verbal, tal empacho de flatus vocis, a la vez que me impacientaba, me espoleaba a leer y leer: a ver cuando pasaba algo. Ciento cincuenta páginas y por fin el narrador ha subido la escalera donde estaba la mancha. Otras ciento cincuenta y, a la mañana siguiente, ha bajado esa misma escalera. Etcétera.

Pero lo peor no es el ritmo de caracol, no son los diálogos en los que todos los personajes hablan igual, no son las bromas privadas que sólo harán gracia al autor (como la aparición estelar de un antipático Francisco Rico, del que Marías dice, sin asomo de ironía, que “es un hombre eximio”). No necesito que una novela tenga acción, ni riqueza de registros verbales, ni que sea simpática. Me gustan los ensayos, y en las novelas busco también ideas. Lo más decepcionante para mí es que en esas 1300 páginas apenas hay ideas: tres o cuatro que Marías rumia obsesivamente, y que parecen sólo ecos de la experiencia de su padre en la Guerra Civil. Sólo cuando habla de él remonta el vuelo este gigantesco soufflé de palabras: cuando deja de ser una novela.

 * * *

Postdata 1: Me resulta curioso que tengo muy claro que sólo he terminado la trilogía porque la he leído en el Kindle, no en papel. Pero no sabría explicar bien por qué es así. Quizá en otro post consiga aclarár(me)lo.

Postdata 2: La experiencia no me ha traumatizado, porque ahora estoy leyendo otra trilogía. Y esta es maravillosa: la Deptford Trilogy de Robertson Davies. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una novela: esta tiene ritmo narrativo, variedad de registros, humor… e ideas para dar y tomar.

Posdata 3: La ley física que sospecha Marías para explicar los cercos de las manchas existe: véase aquí.

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Julián Marías: cien años

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Julián Marías, un hombre ejemplar al que he dedicado algún post aquí.

No es que le estén haciendo muchos homenajes, pero yo esperaba un ninguneo mayor aún. Así que voy a poner mi pequeña contribución a este centenario enlazando aquí alguno de los artículos que le ha dedicado hoy la prensa.

El País le dedica un conmovedor retrato a través de los ojos de sus hijos, firmado por Juan Cruz, una columna de su atrabiliario hijo Javier (que no participará en las escasas celebraciones) y un breve comentario sobre su relevancia filosófica firmada por un Zamora Bonilla que no es Don Jesús. El Mundo le llama “El intelectual en la sombra”, y el ABC, donde escribió muchos años, trae una evocación de su hijo Álvaro, un artículo de Ignacio Sánchez Cámara (“Una vida presidida por el amor a la verdad”) y una extensa entrevista a “su discípulo” (del que no tenía ninguna noticia) Francesco de Nigris.

Como hubiera dicho don Julián: “Por mí que no quede”.

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Vida de PI: un prólogo

PI es, naturalmente, Pablo Iglesias, ¿quién si no? En España no se habla de otra cosa, hasta el punto de que cuando FJL (Federico Jiménez Losantos) lo llama “Pablo Iglesias bis”, lo primero que piensa uno es: “¿Bis?¿es que hay otro?”.

Estas dos últimas noches, tras las elecciones europeas en las que Podemos ha obtenido cinco escaños (las encuestas le daban uno: otro tema que da que pensar y del que casi nadie ha hablado), mi mujer y yo hemos visto en Youtube unos cuantos vídeos de sus tertulias.

PI ha sido muy inteligente, moviéndose como pez en el agua (Mao dixit) en ese singular ecosistema que ha invadido nuestras televisiones: las tertulias, charcas fangosas donde la opinión política muta en combate de boxeo. Se ha preparado sus intervenciones como un opositor aplicado se prepara el examen oral, y ha dado sopas con ipad a los opinosaurios acartonados que nunca se han molestado en saber de lo que hablaban. No habían entendido que Youtube lo ha cambiado todo, y cada vez que el opositor de la coleta les noqueaba dialécticamente, el KO quedaba para los archivos, y era lo primero que iba a devolver Google cuando se tecleara su nombre asociado a PI (“¿cuántas matrículas, Marhuenda?”)

El salto al estrellato de PI se estudiará sin duda en las facultades de Comunicación y de Políticas: se ha ganado su decimocuarta matrícula de honor, y ya no en una asignatura sino en la vida. Pero mucho más que su irresistible ascensión me interesa otra cosa.

PI ha triunfado en las tertulias por su carisma mediático, y esto incluye varios factores, desde los más superficiales (tiene buena voz, no pierde los nervios, dosifica bien su vehemencia y la envuelve en el excipiente de la cortesía formal…) hasta los más de fondo: aporta datos, argumenta con coherencia, habla claro y dice verdades como puños. A diferencia de las estrellas mediáticas a las que nos hemos acostumbrado, no es un cantamañanas o un friqui (por más que lo diga el patético Arriola).  Lo que que ilusiona de PI es que su discurso es atractivo a la razón. Parece impecable, y si yo tuviera treinta años menos seguramente le habría votado.

Y aquí llego a lo que de verdad me interesa de PI: que me hace pensar en qué he aprendido en estos treinta años para no votarle.

* * *

(¿Por qué este post se titula “un prólogo”? Porque estos días no tengo energías para resumir treinta años… pero también porque de la vida de PI estamos sólo en el prólogo).

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El estudiante

(Un cuento de Chéjov para el Viernes Santo)

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.

Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.

La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río

-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches!

Vasilisa se estremeció, pero enseguida lo reconoció y sonrió afablemente.

-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.

Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.

-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!

Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:

-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?

-Sí, fui.

-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió… Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban…

Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.

-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena… Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo…

El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.

Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella…

Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.

Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. “El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros”. Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.

Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido

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Chejov escribió unos 250 cuentos. Este era su favorito, nos dice Simon Leys
(he sacado el texto de aquí).

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